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Cultura-hombre-sociedad

versión impresa ISSN 0716-1557versión On-line ISSN 0719-2789

Cult.-hombre-soc. vol.29 no.2 Temuco dic. 2019

http://dx.doi.org/10.7770/0719-2789.2019.cuhso.03.a04 

Dossier

Antropología de las Ruinas. Desestabilización y fragmento

Anthropology of the Ruins. Destabilization and fragment

Francisca Márquez 1  

Javiera Bustamante 2  

Carla Pinochet 3  

1 Académica Titular Departamento Antropología Universidad Alberto Hurtado. Chile. fmarquez@uahurtado.cl.

2 Académica Departamento Antropología Universidad Alberto Hurtado. Chile. bjaviera@uahurtado.cl

3 Académica. Departamento Antropología Universidad Alberto Hurtado. Chile. cpinochet@uahurtado.cl

Resumen:

Este artículo elabora, a modo de ensayo, algunos avances teóricos de un proyecto de investigación sobre ruinas urbanas en tres ciudades de América Latina, y analiza la noción de ruinas en tanto espacios de articulación de materialidades, temporalidades y agencias diversas. La hipótesis señala que, en tanto artefacto cultural, esto es, manifestación de la actividad humana creativa, la ruina molesta e incomoda porque desordena y desestabiliza los preceptos del progreso urbano, confrontándolo y tensionando a la ciudad en sus pretensiones de futuro. El texto se organiza en el análisis de tres dimensiones: a) las fuerzas de la naturaleza y la cultura; b) las latencias del pasado y las configuraciones del presente; c) y las agencias diferenciadas que relevan el carácter histórico y político de la ruina. Se sostiene que en el proceso de transformación, nunca acabado, del escombro a la ruina y de la ruina al escombro, los procesos de modernización, progreso y urbanización son resistidos y subvertidos. Finalmente, ofrecemos algunas reflexiones finales que ayudan a imaginar una “antropología de las ruinas”, que permita aproximarse a su complejidad desde una perspectiva relativista, crítica y comprensiva.

Palabras Clave: Ruina; ciudad; memoria

Abstract:

This article as an essay elaborates some theoretical advances of a research project on urban ruins in three cities in Latin America and analyzes the notion of ruins as articulation spaces for diverse materialities , temporalities and agencies. The hypothesis points out that as a cultural artifact the ruin upsets and disturbs as it disrupts and destabilizes the precepts of urban progress, a manifestation of creative human activity confronting and stressing the city in its pretensions for the future. In the analysis the text is organized into three dimensions: a) forces of nature and culture; b) latencies of the past and configurations of the present; c) and the differentiated agencies that relieve the historical and political nature of the ruin. It is argued that in the never-ending process of transformation from rubble to ruin and ruin to rubble processes of modernization, progress and urbanization are resisted and subverted. Finally, some reflections are presented that help to imagine an “anthropology of ruins”, enabling to approach its complexity from a relativistic, critical and comprehensive perspective.

Keywords: Ruin; city; memory

Introducción

Todos los seres humanos tienen una secreta fascinación por las ruinas, nos recuerda a fines del siglo XVIII Chateaubriand (2010 [1789]), apelando a la fragilidad de nuestra condición humana. Si la historia universal puede ser narrada como la historia del dominio de la cultura sobre la naturaleza, entonces el desmoronamiento de nuestras ciudades y obras sería también el desplome de dichos códigos y certezas. Como si la ruina fuese la venganza de la naturaleza sobre la cultura, conformándola a su propia imagen; o como si nuestra arquitectura y nuestras ciudades no fuesen más que un acto de voluntarismo al que la piedra y el agua se someten, para luego, sacudirse violentamente de ese yugo y retornar al imperio de la naturaleza (Simmel, 2010).

Este artículo presenta los fundamentos teóricos de un proyecto de investigación que aborda las ruinas urbanas en tres ciudades latinoamericanas1 y analiza la noción de ruinas (urbanas) en tanto espacios de articulación de materialidades, temporalidades y agencias diversas. Desde una clave de escritura ensayística, buscamos desarrollar un conjunto de interrogantes y líneas interpretativas que nos ayudan a penetrar este palimpsesto. ¿Es la ruina testigo obstinado de una memoria (pasado) de las fisuras y resquebrajamiento del progreso (futuro)? ¿O es la expresión (a veces molesta e incómoda) de la convergencia / disputa entre la voluntad humana y el poder de la naturaleza? ¿Expresa la ruina el barrido implacable de la ciudad (moderna, neoliberal) sobre el pasado?

La hipótesis que articula este artículo sostiene que la ruina es un factor de desorden y desestabilización que con frecuencia desafía la traza urbana en tanto dispositivo de control de la naturaleza y los cuerpos que por ella deambulan. En su obstinación iterativa sobre la cultura y la naturaleza, la memoria y el olvido, la ruina molesta e incomoda (Prats, 1997) porque desordena los preceptos del progreso presente y del futuro. En tanto artefacto cultural2 (y también fetiche) confronta la forma urbana, la contradice y tensiona, porque proyecta en la ciudad ciertas formas anteriores que pretenden dejarse en el pasado. La ruina asociada al deterioro es no progreso; es estancamiento que trunca y pone en tensión las pretensiones de futuro.

Para ahondar en la hipótesis de este ensayo, conviene detenerse en tres dimensiones analíticas que confluyen en la ruina: a) las fuerzas de la naturaleza y la cultura, vectores inagotables de construcción y destrucción; b) las latencias del pasado y las configuraciones del presente, en una tensión constante entre las memorias y las voluntades de reescribir la ciudad; y c) diversos proyectos urbanos en pugna, cuyas agencias diferenciadas ponen de relieve el carácter histórico y político del escombro o fragmento, haciendo de ella un artefacto cultural que activa las redes de significación, pero al mismo tiempo lo escenifican en una suerte de inscripción significante susceptible de ser leída, analizada, interpretada y (re)pensada.

Finalmente, interesa explicitar los alcances que ofrece la ruina en tanto hito o nodo cultural, para interrogar las dinámicas de las ciudades contemporáneas en sus agendas de avance hacia el progreso y la globalización (Augé, 2003; Hardoy, Morse y Schaedel, 1978). Y por sobre todo, parafraseando a Bruno Latour, interesa observar la ruina como aquel nodo donde convergen colectivos humanos y no humanos; y donde se movilizan en configuraciones y geometrías diferenciadas: los cuerpos, los bienes, los dioses, las plantas, el arte, las leyes, las almas, los antepasados, los animales, las creencias, las ideologías (2013, p.78).

Ruina, naturaleza y cultura

La distinción entre naturaleza y cultura constituyó una piedra angular en el origen de la antropología. Desde el biologismo más extremo al culturalismo ferviente, desde etnoecologías particulares a reflexiones universalizadoras, su exploración constante ha sido un verdadero motor para el pensamiento disciplinar. Hacia mediados del siglo XX, Lévi-Strauss sostenía que, aun cuando resulta imposible captar el punto de pasaje entre hechos de la naturaleza y hechos de la cultura, todas las estructuras universales en los seres humanos corresponden al orden de la naturaleza, mientras que todas las estructuras que estén sujetas a normas pertenecen al orden de la cultura (Lévi-Strauss, 1998, p. 41). Medio siglo después, la discusión permanece vigente; en diálogo con autores como Ingold (2000) y Latour (2013), Descola se distancia de su maestro para pensar estas dos nociones -naturaleza y cultura- en términos de “continuidad” y no de ruptura (Lavazza, 2016). Se delinea, de este modo, la posibilidad de pensar la existencia de los humanos en coalición con lo “otro”, pues lo humano y lo “no humano” conforman un todo -un continuum- de afectaciones recíprocas (Descola, 2012, p. 182).

Esta tensión inmemorial entre naturaleza y cultura está también en el centro de la noción de ruina. Algunos autores han tendido a clasificarlas desde un marco dicotómico, distinguiendo las ruinas como obra del tiempo de las ruinas como obra de los hombres (Chateaubriand, (2010 [1789]). En este ensayo, en cambio, proponemos que la ruina es un constructo que el ser humano construye en alianza y conflicto con la naturaleza. En sintonía con los desarrollos conceptuales que subrayan la continuidad entre ambos términos, nos interesa analizar las ruinas como espacios donde ambos elementos confluyen. El valor estético de las ruinas, nos señala Simmel, está justamente en su capacidad para conjugar el desequilibrio de la cultura con las fuerzas de la naturaleza. Su encanto surge en el preciso momento en que una obra humana es percibida, en definitiva, como si fuera un producto de la naturaleza (Brinckerhoff, 2012; Brinckerhoff, 2012; Simmel, 1988), y se esfuma cuando ya no reconocemos en ella lo suficiente como para percibir las fuerzas de las culturas pasadas y de las voluntades humanas (Baudrillard y Nouvel, 2007).

Aun cuando todas las ruinas se despliegan en esta tensión, cada una de ellas nos habla en un lenguaje particular y marcado por el contexto. No sólo porque los quiebres entre naturaleza y cultura contienen profundidades diferentes en cada caso, sino también porque tras el derrumbe la ruina no ha dejado igualmente reconocibles los cimientos y sus formas (Sennet, 2003). Cabría preguntarse entonces para cada una de estas ruinas, ¿qué podemos leer de esa totalidad de la forma que se pierde? ¿Qué de cultura subsiste en esa arquitectura violentada por las fuerzas de la naturaleza? Y, ¿qué de esta ruina habla de una nueva totalidad, de una nueva forma?

En la línea de la definición propuesta por Rizzi, la ruina puede ser leída como una particular conjunción de arquitectura y naturaleza. “Una ruina es una construcción que, habiendo perdido partes sustanciales de su forma arquitectónica, ha dejado de funcionar como tal. […] Una construcción que ha perdido sus defensas naturales, desarmada frente a los estragos de los agentes atmosféricos y consecuentemente más vulnerable respecto de los destructivos efectos del tiempo” (2007, p. 25). La ruina, entonces, es aquel bien inmueble que presenta en su materialidad los signos del tiempo y el abandono, pero que aún manifiesta vestigios o resonancias de la época viva del lugar o edificio. Por ende, la entenderemos como aquel edificio que es objeto de memoria y depositario de la identidad y de la cultura de una sociedad (Lanuza, 2008), cuya materialidad lleva las señales del deterioro, derrumbe y/o erosión. Nuestro marco de lectura busca reconstruir en las ruinas el campo de fuerzas, disputas y significados que se articulan en torno a ellas, entendiéndolas como fenómenos sociales y no sólo materiales o espaciales. Ya que toda ruina tuvo una vida previa a su condición de deterioro, y dado que la forma en que este proceso de abandono se lleva cabo, puede dar cuenta de prácticas y objetivos diferenciales (Cameron y Tomka, 1996).

Ruina y temporalidad

La ruina es la historia de una caída, de un hundimiento, de un derrumbe. Nos remite a la transformación de un cuerpo enhiesto a otro, deteriorado, derruido e imperfecto, marcado por la imagen de lo ausente. La noción de ruina va ligada a la idea del fragmento, a la pérdida de una totalidad y de un origen: son los restos/ escombros de algo que no volverá a ser más que en su reconstrucción ilusoria y mimética, subsidiaria del modelo original. En este sentido, la ruina implica la convergencia de un pasado y un presente; la pervivencia de vestigios incompletos de un pretérito que es irrecuperable y al mismo tiempo “ineliminable” (Sarlo, 2005). De manera consciente o inconsciente, reaparecen fragmentariamente una y otra vez trozos de un pasado que se supone olvidado, aun cuando lo que se pretenda es el progreso de la modernidad (Deótte, 1998). En una era de temor y de negación de la memoria, la ruina abre la posibilidad de recordar (Gavilán, 2008; Lazzara, 2007), ella inscribe la experiencia en una materialidad donde aún podemos o queremos reconocer lo sucedido. La ruina como testigo, da cuenta de la fragilidad del tiempo y de la experiencia humana. En estos términos, en la ruina “el testimonio es inseparable de la autodesignación del sujeto que testimonia porque estuvo allí donde los hechos (le) sucedieron” (Sarlo, 2005, pp. 27, 67).

Descubrir el carácter pretérito de la ruina exige por tanto, un esfuerzo de imaginación y de voluntad para sobreponerse a ese pasado hecho presente. Tal vez el propio encanto y el temor que se desprende de la ruina guarda relación con el modo en que ésta sobrepasa la destrucción que contiene. Las ruinas nos indican que en sus muros destruidos han hecho acto de presencia otras fuerzas y formas, de tal manera que lo que subsiste todavía de arte o de naturaleza, constituye una nueva totalidad (Simmel, 1988, p. 118). Enfrentados al edificio en ruinas, un nuevo sentido se impone a ese accidente, que cobra aún mayor intensidad cuando es palpable la destrucción por la mano del ser humano (por ejemplo, edificios deteriorados). Al mismo tiempo, en tanto movimiento entre el pasado y el presente -entre lo observado y la historia-, la ruina involucra una paradoja, pues aquello que está presente es sólo una ausencia. Es el presente imaginado de un pasado que hoy sólo puede captarse en su descomposición. Por eso la ruina es un objeto de nostalgia (Huyssen, 2006, p. 37; Jackson, 1980). Y aun cuando la ruina moderna no se agota en la semántica de su pasado, veremos cómo ella es recubierta de ese halo de pasado glorioso, incontaminado y de autenticidad por metonimia con el patrimonio, la espectacularización y los mass media (Déotte, 1998).

Tal como lo expresara Walter Benjamin, el concepto de “ruinas” enuncia la transitoriedad histórica a través de la desintegración y la decadencia de los pasajes pasados, mientras que por otro lado, enuncia en las coordenadas del ahora, su continuidad temporal. En el análisis del cuadro de Paul Klee, Angelus Novus, Benjamin relata un ángel que parece a punto de alejarse de algo a lo que mira atónito. Nos advierte que el Ángel de la Historia debe ser parecido. Ha vuelto su rostro hacia el pasado, donde él ve una única catástrofe que acumula solo ruinas. Y aunque quiere demorarse, despertar a los muertos y componer el destrozo, el paraíso sopla un vendaval que se le ha enredado en las alas. Ese vendaval es lo que llamamos progreso, nos dice Benjamin (2011, p. 23). El Ángel representa la idea de progreso o la ilusoria evolución universal que el historicismo trata de representar en sus narraciones: “Nada que haya acontecido alguna vez ha de darse por perdido para la historia” (Benjamin, 2011, p. 14). El proceso dialéctico de la historia se fundamenta en esta relación multidireccional entre, el pasado, el futuro y el ahora. De allí que en el contexto capitalista solo se descubra esta acumulación de ruinas, todo aquello que la historia del progreso se esfuerza por olvidar (Enjuto-Rangel, 2007). La noción de progreso que nos empuja como seres inconscientes, nos aleja de la memoria de nuestros muertos. ¿Cómo es posible honrar los rostros caídos sin conocer las ruinas que los apilaron en la historia? De allí la oscilación del pensamiento benjaminiano, entre la asunción del curso ruinoso de la historia y la voluntad activa de producir nuevos sentidos a partir de lo destrozado. Es el fracaso de un concepto de historia como totalidad de sentido, pero que sin embargo testimonia la búsqueda de nuevas configuraciones para la experiencia venidera. La ruina en estos términos es la provocación para abrirse a una lectura más atenta a las tensiones de la ruina y menos a la simplificación romantizante (García, 2010). La “construcción” no es posible en Benjamin sin la “destrucción”. La ruina nos dice dos cosas a la vez: por un lado, no hay retorno, sólo disponemos de los fragmentos, los escombros, las astillas de una utopía definitivamente rota. Pero, por otro lado, este punto de partida no puede dejarnos atados a la derrota por la amenaza de que el horror se repita. De allí que esta investigación no apuesta a la mirada melancólica fijada en una nada que contamina de muerte, sino desde un ejercicio reflexivo que permite acomodar las ruinas y leerlas como jeroglíficos de un futuro a venir (García, 2010). La ruina, en estos términos, no aparece como la venganza de la naturaleza por la violencia que le hizo el hombre al conformarla a su propia imagen (Simmel, 1988), sino como el ejercicio de comprender su soberanía sobre las memorias y los modos de habitar e imaginar la vida urbana.

La ruina como lugar de memoria es siempre una marca en el territorio (urbano). Justamente porque ella se hace visible en el lugar, la ruina invita a rememorar, conmemorar, pero también a hacer de lo que queda un recurso para el olvido. Quizás el lugar que despierta la memoria sea más exigente que la memoria misma, como nos propuso alguna vez Nora (2009). De hecho, la escena de las ruinas constituye por definición un encuadre estético en el paisaje urbano. Es el artificio de lo que más tarde será nuestra entrada en la representación, porque la escena de la ruina es una plataforma que con-mueve la memoria misma. Así, la materialidad/escombro “ruinoso” abre en la memoria un movimiento entre lo observado y la historia. Nada es inocente: en presencia del escombro, allí trabajan la cita y la repetición para dar forma y configurar las ruinas que son siempre un encuentro dialógico. Una manera de percibir de manera conjunta pasado y futuro, de pasar desde la lectura hacia la imaginación que esa escena del escombro transformado/ trasvestido en ruina, nos inspira (Massielo, 2008).

Ruina y agencias

En un tercer nivel de análisis, podemos sostener que el estado de ruina no es una condición neutra, reductible a la mera acción de agentes no humanos. No hay ruinas que sean un producto exclusivo de la naturaleza, porque incluso el abandono puede ser leído como acción humana; ni ruinas que sean sólo producto del ser humano, pues arruinar exige convocar las fuerzas de la naturaleza. Aunque en la ruina convive lo humano y lo no humano, hay mediaciones e interlocuciones que suceden en un orden simbólico y que pueden ser leídas desde una arena política. Hay ruina no sólo porque la naturaleza hace su trabajo, sino también porque ciertas personas y políticas en determinadas épocas dejaron que así ocurriera. El abandono, la negligencia, la desvalorización, pero incluso los ejercicios de restauración, patrimonialización y especulación inmobiliaria, están a la base de estas transformaciones siempre en movimiento3. Ciertos tipos de ruinas no son sólo la manifestación imponente de la naturaleza, sino de la agencia de los humanos. En esta investigación, nos interesa incorporar al análisis esta carga de historicidad que permite leer las ruinas en una trama sociosimbólica particular, comprendiendo las agendas políticas que entran en juego y sus capacidades diferenciadas para imponer su voluntad sobre los espacios urbanos (Lefebvre, 1999).

En línea con el análisis que realiza Stoler, resulta preciso observar no sólo la ruina como sustantivo, sino también en su potencia adjetiva: el acto de “arruinar” constituye un proceso activo, que invita a poner atención no en la materia inerte sino en su reconfiguración vital (Stoler, 2008). En tanto hitos del espacio urbano, las ruinas constituyen con frecuencia elementos de disrupción en la “división de lo sensible” que estructura el tejido social; aquel “reparto de partes y lugares” que determina aquellos elementos que constituyen la vida pública, y que establece qué y quiénes no tienen cabida en ella (Rancière, 2010). Las ruinas, en esta medida, pueden constituir arenas políticas, pues se localizan en el centro del conflicto sobre un espacio común. Al desestabilizar la estructura habitual de las cosas, las ruinas - nos dicen los románticos y barrocos- ponen los sentidos en estado de alerta, obligan a ver y escuchar y tocar lo inesperado. Las ruinas, formas preñadas de sentido, son una presentación de la vida en aquello que ya no lo es, recuerdo de la fuerza que nunca renuncia a ser. Desde esta activación de la memoria y de los sentidos, las ruinas nos ponen frente al problema de la autenticidad, como un concepto históricamente construido; ellas siempre remiten a los orígenes y reproducen un carácter aurático. Por cierto, las narrativas sobre ruinas han jugado un rol en la legitimación de las reivindicaciones de poder en los estados modernos, e incluso en el mundo prehispánico. De allí, el riesgo del discurso del origen incontaminado y de la noción de autenticidad. La supuesta autenticidad de la ruina puede entonces tener derivas diversas. Está la ruina destinada a convertirse en fetiche de la nación en su ejercicio de preservación o restauración museificante (Nietzche, 2008). Pero también está la ruina que, sometida a un estado neoliberal y una cultura mercantil, es sometida a ejercicios de reproducción retrofashion, al punto de transformarla en falsos históricos de un supuesto pasado glorioso. En su otra expresión, lo nuevo puede ser sometido a técnicas que lo hagan parecer antiguo y ruinoso, simulando la pátina del tiempo, el óxido y el desgaste de un pasado imaginado por los aparatos del Estado y, a menudo, el mercado (Kraljevich, 2005). Es la ofensiva del presente sobre el pasado. Contra el optimismo de la ilustración, el imaginario moderno de ruinas es consciente del lado oscuro de la modernidad, de la “devastación del tiempo”. Ellas nos advierten que toda historia puede ser finalmente aplastada por la naturaleza (Huyssen, 2006, pp. 36-37). Las ruinas, entonces, pueden ser leídas como alegorías que cuestionan la utopía moderna de libertad y progreso, tiempo lineal y espacio geométrico. Una belleza terrible que despierta una autoconciencia crítica que acompaña a esta modernidad tardía. Quizás habría que admitir que detrás de estas ruinas se develan las catástrofes civilizatorias que sólo dejaron escombros, por más que el Estado, sus museos y sus prácticas patrimonialistas y de mercado se esmeren en disfrazarlos de ruinas.

Ruinas del paisaje urbano

Hemos sostenido que la ruina constituye un hito urbano complejo, en el que convergen distintas formas espacio/temporales cuyas pugnas se materializan en al menos tres niveles: como batallas entre la naturaleza y la cultura; como fricciones entre el pasado y el presente; y como desencuentros de actores diversos con capacidades y agencias diferenciadas. En esa medida, y haciendo eco de las aproximaciones que han entendido la ruina más como un proceso que como un objeto (Errázuriz y Greene, 2018; Stoler 2008), proponemos abordar el estado de ruina como un equilibrio precario que, aun cuando se inscribe sobre una materialidad firme, invita a la imaginación y admite la transformación permanente, revelándose como un espacio privilegiado para comprender la miríada de proyectos urbanos que confluyen en sus formas.

En este sentido, resulta interesante retomar la distinción que Gordillo (2018) realiza entre la noción de ruina y escombro. Efectivamente, como señala el autor argentino, la ruina es el intento de conjurar el vacío y el vértigo que generan los escombros en tanto materialidad derruida. Uno de los secretos mejor guardados de la industria del patrimonio es que sus ruinas son escombros fetichizados. El aura de las ruinas como objetos patrimoniales, proviene de los escombros que ellas canibalizan (p. 3). Sin embargo, en los términos de esta investigación, parece importante y necesario, más que la distinción estanca, observar esos desplazamientos y transformaciones iterativas entre el escombro - la ruina - el escombro - la ruina… Un desplazamiento que por cierto posee una biografía y una trayectoria, en la que la materialidad se impregna de significados, imaginarios y afectos que bien pueden conducirlos a su fetichización.

En el movimiento dinámico e iterativo del escombro a la ruina y de la ruina al escombro, se registra y plasma la condición histórica y temporal de la ruina. En este movimiento de ir y venir, nunca acabado, se conjugan aquellas fuerzas que permiten situar a la ruina como un campo de relaciones. La ruina entendida como un campo de fuerzas (Bourdieu, 1996) es un espacio social de acción y de influencia en el que confluyen relaciones sociales y posiciones diferenciadas. De allí que la ruina y sus desplazamientos nos obligue a pensar en términos de relaciones y de genealogías históricamente construidas. Develar la genealogía de la ruina y sus desplazamientos (materialidad, forma, significados…) permite comprenderla como un agente socialmente eficaz en la organización y constitución del vínculo social. ¿Qué hacen las ruinas que logran esta agencia material en la sociedad? La respuesta no es evidente, en tanto ninguna ruina y sus escombros se nos da de manera inmediata. Muy por el contrario, comprender estos desplazamientos, estas fragilidades temporales y de significado, requiere de un trabajo de observación y escucha, que permita situarlos en su nuevo contexto ecológico, histórico y social (Domínguez, 2016). Las ruinas por definición están siempre en movimiento; ellas se trizan, se fisuran, se tuercen, se oxidan al punto que puede ser muy difícil reconocerlas o nombrarlas. Como toda nuestra cultura material, las ruinas se desplazan y se mueven, no sólo de lugar, sino también en su forma y significado. En estos términos, el mundo simbólico de las ruinas y sus huellas no constituyen “memoria” a menos que sean evocadas y ubicadas en un marco que les dé sentido (Jelin, 2002). Esto significa, por tanto, pensar y rastrear esas condiciones materiales y prácticas a través de las cuales ciertos escombros se vuelven posibles, efectivos y reproducibles como ruinas que contienen un valor, un significado y un poder (Domínguez, 2016).

En síntesis, sabemos que el escombro por definición nos remite a la materialidad del mundo; él puede ser definido como un proceso material que se revela con el tiempo. La ruina en cambio sitúa y subsume al escombro para hacerlo participar en diferentes regímenes de valor y significado (Domínguez, 2016). En estos términos, cuando hablamos de ruina, necesariamente nos estamos refiriendo a un momento particular (y quizás fugaz) en la vida del escombro. Para que el escombro pueda ser reconocido como un tipo particular de ruina, tiene que ser posible situarla en términos físicos y semióticos. Los procesos de agencia, en estas etapas de ruinificación de los escombros, deben, por ende, ser leídos y decodificados.

Esta lectura dinámica, que pone atención a “la vida de las ruinas” como un continuo de transformaciones y marcos sociales de lectura, proporciona una entrada sugerente a los procesos de modernización y urbanización latinoamericana. Sabemos que las ciudades latinoamericanas nacen de un ejercicio de la conquista por imponer una lectura uniforme de la cuadrícula sobre espacios naturales y territorios prehispánicos previamente construidos (Ausín, 1997; Matres, 2015; Márquez, 2017, 2019). Así, la historia urbana en Latinoamérica es la narración de los vencedores, que se diseña a partir de los escombros de un pasado que oblitera aquello que se desvanece en la marcha del progreso (Benjamin, 2011). Las ruinas sumergidas en la traza hispánica ofrecen continuidad al pretérito en un presente reconfigurado.

Pero nuestras ciudades son un palimpsesto de historias múltiples, cuyos desarrollos no se cancelan entre sí. En este sentido, entre estas ruinas urbanas podemos distinguir las ruinas prehispánicas, resabios de una cultura ancestral que, olvidada o museificada, resguarda algo de ese pasado prehispánico al interior de la ciudad moderna, pero también supervivencias de ese pasado que conserva buena parte de su potencia ancestral. Del mismo modo, distinguimos las ruinas de la oligarquía pasada, palacios y resabios de un pasado opulento enfrentados a las evidencias de su deterioro y un mercado inmobiliario que no perdona ni a las políticas patrimonializantes. Palacios cuya condición monumental y museística, las hace permanecer congeladas en el tiempo de la ciudad. En nuestras ciudades también proliferan Las ruinas posindustriales, expresiones del olvido y abandono del proyecto industrializador urbano, lugares de abandono que permanecen a menudo en la periferia urbana. Paisaje residual, correspondiente a un pasado no incorporado en la coherencia del espacio histórico de la ciudad. Por otra parte, las ciudades latinoamericanas poseen también ruinas memoriales, aquellas que rememoran tragedias históricas de la violencia política reciente (lugares de detención, tortura o violencia armada) que, dejadas a su natural deterioro, nos increpan al no-olvido de sus víctimas y victimarios (Jelin, 2002).

Son ruinas que hablan e invaden los sentidos con imágenes arquitectónicas donde la cotidianeidad o la belleza de la forma, dejan entrever el horror. Y, por cierto, están también las ruinas de la limpieza social o del higienismo urbano que, en pos de la especulación inmobiliaria o el proyecto de una ciudad de clase mundial o globalizada, no trepida en barrer y borrar de su mapa antiguos y deteriorados barrios.

La ciudad planificada, que opera como horizonte del ideario moderno, suele ejercer presión sobre los sitios residuales que parecen resistirse al relato urbano de la eficiencia. A través de la destrucción o la patrimonialización, el orden urbano intenta restituir su coherencia con el todo. En este marco, las ruinas constituyen un espacio privilegiado para observar estos gestos sucesivos de reescritura de la ciudad, puesto que en ellas -y en las políticas que las administran y transforman- se conjugan proyectos diversos de cultura urbana (Jouannais, 2017).

Hacia una antropología de las ruinas

En tanto articulación compleja de la naturaleza y la cultura, del pasado y el presente y de diversos poderes en conflicto, las ruinas en el contexto urbano nos permiten leer las huellas de proyectos abortados y/o en decadencia. En esa medida, las ruinas despiertan la nostalgia por otras ciudades enterradas bajo la ciudad contemporánea. Para Huyssen (2006, p. 35), por ejemplo, los monumentos de la arquitectura industrial evocan la añoranza de una cultura pública que unía el trabajo y la organización política. La pregunta que cabría hacerse es si a partir de esos muros podemos efectivamente imaginar ese pasado industrial. ¿Puede comprenderse, en esos muros en ruinas, un pasado preciso? ¿O no será que el encanto por las ruinas nace justamente de esa imposibilidad de leer con precisión un pasado remoto? Tal vez ese encanto por la ruina nace justamente de las evidencias de que el progreso se ha detenido y de la naturaleza que se esmera en hacernos parte de ella. ¿Cómo se explica entonces ese afán de las ciudades por las simulaciones, los falsos históricos, las reconstrucciones, el retrofashion y las simulaciones de las pátinas del tiempo en su arquitectura? La preocupación actual por las ruinas urbanas forma parte de una corriente que privilegia la memoria en nuestras sociedades; pero, también, forma parte de una modernidad secular, que comprende las agresiones del tiempo y las integra desde una perspectiva reflexiva a las lecturas del futuro.

Nuestra propuesta de lectura sostiene que retomar este conjunto de interrogantes desde la perspectiva antropológica abre, a su vez, nuevas búsquedas y modos de problematizar estos territorios conceptuales. Examinar la ruina desde la clave de la antropología requiere de un examen distanciado y relativista, que permita poner en evidencia las agencias desiguales con que se declara esta condición. ¿Puede la ruina tener variabilidad según el contexto cultural? ¿Puede ser una noción etnocéntrica o sociocéntrica? Sabemos que lo que en algunos contextos se piensa como ruina, en otro es parte de un habitar activo: los lodazales que rodean las viviendas en ruinoso abandono de poblaciones urbanas o de poblaciones rurales incorporadas a la trama urbana nos conmueven en su devastación, porque apenas logramos dibujar en ellas su propósito original. Pero en esos lodazales y escombros, un mundo social y humano persiste y resiste. Las “buenas condiciones” de un edificio pueden ser relativas; las marcas del tiempo no son igualmente perceptibles para todos, y menos para quienes miran desde dentro. Muchos de los espacios asumidos como ruinosos para el turista, que viene de afuera, son espacios llenos de vitalidad para quienes los habitan. Así como quien habita un espacio no siempre percibe su transformación y deterioro, la idea de ruina siempre implica una mirada comparativa pasado/presente; interna /externa. De allí, volviendo a nuestra hipótesis, que la ruina por definición incomode, contradice y tensione, porque proyecta en la ciudad ciertas formas anteriores que pretenden dejarse en el pasado.

Una aproximación antropológica a estos hitos complejos y problemáticos de la ciudad debe, además, desanudar las contradicciones que se tejen entre sus materialidades obstinadas y los discursos que pretenden regirla o administrarla. Si tomamos el caso de Chile, veremos que la Ley de Monumentos Nacionales, en su Título I, Artículo 1º, establece que las ruinas -en tanto monumentos nacionales- quedan bajo la tuición y protección del Estado […] y cuya conservación interesa a la historia, al arte o a la ciencia; […] y, en general, los objetos que estén destinados a permanecer en un sitio público, con carácter conmemorativo (CMN, 2006, p. 13). Sin embargo, lo cierto es que buena parte de las ruinas no han recibido la atención de la política pública, y son percibidas ante todo como un estorbo ante el avance del progreso. Aun en su diversidad, la mayoría de ellas son consideradas como una realidad impertinente, molesta y peligrosa al hábitat de sus entornos. Pero, mientras para algunos pueden ser leídas como lugares inseguros e insalubres; para otros que las habitan, pueden ser sólo vida y cobijo. Asimismo, muchas de ellas permanecen como ruinas no apropiadas, sino infiltradas en el espacio de nuestra cotidianeidad, colándose desde el pasado al presente. Irrumpen como signos que cobran autonomía al carecer de una función o un sentido actual. Signos críticos, porque además de su incierto modo de existir, son agentes de crisis de la ciudad funcional y, con ello, elementos de crítica hacia su proyecto. Todas estas ruinas, constituyen entonces una fisura, un intersticio en los pliegues de la urbe planificada y eficiente del ideal moderno; y dan cuenta de aquella condición de desecho, producto residual en la dinámica moderna del desarrollo y el progreso (Lanuza, 2008).

Pensamos que esta antropología de las ruinas debe poner atención en los procesos culturales e históricos de construcción de ellas al interior de nuestras ciudades contemporáneas, ya sea en términos de la génesis de su forma material, así como de las narrativas y disputas que desde ellas se generan. Ciertamente el abandono que la ruina expresa, es una manifestación cultural y a menudo política, contra la cultura misma y sus ansias de progreso en el tiempo. Si bien la génesis de toda ruina urbana se asocia a la negación del significado original de un determinado edificio; no todas las ruinas poseen un mismo devenir en la ciudad. Algunas ruinas tendrán un lugar, gozando del reconocimiento y la imaginación de quienes la observan. Estas son las ruinas de la nostalgia moderna, que hablan y se leen como testimonio de un tiempo perdido. Pero otras, sin embargo, con el pasar del tiempo, sólo darán curso al escombro, haciéndose inteligible la forma y la narrativa que les dio origen; estas son las ruinas del olvido. De allí que es posible pensar que la posibilidad de resistencia de la ruina urbana al olvido por parte de la ciudad y sus proyectos urbanos va de la mano de la capacidad de los actores y agentes de reconocer y reactualizar esa narrativa fundacional en sus formas materiales, como un ejercicio político para la vida urbana contemporánea (Mejías, 2015). Sin esa capacidad de reactualización de la narrativa, la ruina urbana caerá en el olvido y como materialidad desaparecerá en los escombros del suelo urbano. Asimismo, podríamos señalar que las ruinas urbanas que gozan del reconocimiento de la ciudad, pueden hacerlo en tanto testimonios de la nostalgia y de la visión crítica respecto al devenir de la vida urbana y el progreso; pero también, ser reconocidas y refaccionadas de modo tal, que ellas se vuelvan funcionales y adecuadas a las modas retrofashion del espectáculo inmobiliario de la ciudad neoliberal.

En la búsqueda comprensiva de la genealogía de estas ruinas urbanas y sus contradicciones con el proyecto urbano, las vidas de las ruinas y de los idearios que subyacen a ellas configuran distintos relatos que las construyen históricamente: público estatal; citadino ciudadano; privado inmobiliario; literario académico; gráfico visual. La “historia de vida de la ruina”, en estos términos puede ser rastreada a través de la génesis material y de la forma original del inmueble, sus transformaciones a lo largo del tiempo, abandono, deterioro y posible reacondicionamiento. La distinción para las ruinas modernas latinoamericanas entre ruinas vivientes y ruinas pasmadas, habla justamente de estos destinos diferenciados (Olalquiaga y Blackmore, 2017). Pero también la narrativa patrimonalizante, institucionalizante (estatal), así como las narrativas “otras” sobre la ruina urbana que funciona como un conjunto de estructuras significativas ligadas al reconocimiento o desconocimiento de su carácter morfológico y arquitectónico.

Lo cierto finalmente es que, sean cuales sean las ruinas, ellas siempre -como materialidades residuales que son-, desordenan y desconciertan a nuestras ciudades, obligándolas a releer y rescribir sus formas significadas. Allí reside posiblemente, la secreta fascinación de las ruinas en nuestras ciudades

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Sobre las autoras

*Este artículo retoma resultados de la investigación “Ruinas Urbanas. Réplicas de Memoria en Ciudades Latinoamericanas, Bogotá, Quito y Santiago”, Fondecyt 1180352

1Santiago, Chile; Bogotá, Colombia; Quito, Ecuador.

2Lo material en el artefacto cultural no puede negarse; pero en éste lo material debe pensarse a partir de lo que en él se pone en obra y se patentiza: la cultura. A diferencia del utensilio, en el artefacto cultural lo que interesa es su “espesor significante”. Esto quiere decir que en lugar de hacerse habitual como el utensilio, impone una no familiaridad que lo convierte en signo, que lo vuelve posible de ser leído (Isava, 2009).

3Diversos ejemplos de nuestras ciudades latinoamericanas nos permiten visualizar aquello: La Moneda bombardeada en Santiago; el ex centro de detención y tortura El Atlético en Buenos Aires; las viejas líneas férreas de nuestras ciudades; o los palacios abandonados de la vieja oligarquía.

Recibido: 12 de Mayo de 2019; Aprobado: 02 de Octubre de 2019

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Francisca Márquez es Antropóloga, Doctora en Sociología, Académica Titular Departamento Antropología Universidad Alberto Hurtado. Investigadora Responsable Fondecyt 1180352, Ruinas Urbanas. Réplicas de Memoria en Ciudades Latinoamericanas, Bogotá, Quito y Santiago. Correo electrónico: fmarquez@uahurtado.cl

Javiera Bustamante es Antropóloga, Doctora en Gestión de la Cultura y el Patrimonio, Académica Departamento Antropología Universidad Alberto Hurtado. Coinvestigadora Fondecyt 1180352. Correo electrónico: bjaviera@uahurtado.cl

Carla Pinochet es Antropóloga, Doctora en Ciencias Antropológicas. Académica. Departamento Antropología Universidad Alberto Hurtado. Coinvestigadora Fondecyt 1180352.Correo electrónico: cpinochet@uahurtado.cl

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