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Cultura-hombre-sociedad

versión impresa ISSN 0716-1557versión On-line ISSN 0719-2789

Cult.-hombre-soc. vol.29 no.2 Temuco dic. 2019

http://dx.doi.org/10.7770/0719-2789.2019.cuhso.04.a10 

Documentos y testimonios

Ruth Behar and Deborah A. Gordon, eds., Women Writing Culture , Berkeley: University of California Press, 1995

Melchor Barrientos 1  

Cristopher Betancur 2  

1 Universidad Austral de Chile, Chile

2 Universidad de Concepción, Chile

Resumen:

Se presenta una interpretación en español de la introducción del libro Women Writing Culture. En este capítulo introductorio titulado en su versión original “Out of exile”, Ruth Behar, su autora, contextualiza a través de relatos y vivencias la constante lucha de las antropólogas para ser reconocidas en el ámbito académico, en el cual han sido muchas veces invisibilizadas por sus pares masculinos. Bajo este contexto nace “Women Writing Culture”, como una respuesta a la inexistente participación de mujeres antropólogas en el proyecto “Writing Culture” (escrito por hombres antropólogos). Women Writing Culture incorpora el punto de vista de aquellas que han sido marginadas, y que han debido mantenerse a la sombra de los hombres a lo largo del devenir histórico.

En la introducción se presentan atisbos de cómo a lo largo del texto - mediante la experimentación de diferentes formas de escritura- se busca demostrar la capacidad de las mujeres para generar escritura antropológica, liberándolas del escrutinio constante de sus colegas y mentores masculinos, quienes las han considerado más bien el lado “blando” de la disciplina, incapaces de realizar un trabajo feminista y al mismo tiempo innovador.

Palabras clave: Ruth Behar; mujeres; escritura; Women Writing Culture

Abstract:

An interpretation in Spanish of the introduction of the book Women Writing Culture is presented. In this introductory chapter titled “Out of exile” in its original version, Ruth Behar, its author, contextualizes through stories and experiences the constant struggle of the woman anthropologists to be recognized in the academic field, in which they have been invisibilized by their male fellows. In this context “Women Writing Culture” is born as a response to the non-existent participation of women anthropologists in the “Writing Culture” project (written by male anthropologists). Women Writing Culture incorporates the point of view of those that have been marginalized, and that have had to remain in the shadows of men throughout the historical development of the discipline.

In the introduction there are glimpses of how throughout the text- by experimenting with differents forms of writing- it seeks to demonstrate the ability of women to generate anthropological writing, freeing them from the constant scrutiny of their male colleagues and mentors, who have considered them the “soft” side of the discipline, unable to perform a feminist and at the same time innovative work.

Keywords: Ruth Behar; women; writing; Women Writing Culture

Introducción: Fuera del exilio

Mientras escriba notitas nadie criticará a una mujer escribiendo.

(Virginia Woolf, Orlando, 1928)

No dejes que ningún pensamiento pase de incógnito, y guarda tu libreta tan estrictamente como las autoridades guardan su registro de extranjeros

(Walter Benjamin, One-Way Street, 1928)

La mujer con los pechos desnudos y los ojos a su espalda

Lo primero que me atrajo a los dibujos de Yolanda Fundora fueron los pechos descubiertos de las mujeres tomando el lápiz. En antropología siempre es la otra mujer, la mujer nativa de alguna otra parte, la mujer que no escribe, la mujer !Kung, la mujer balinesa, la mujer National Geographic, quien tiene pechos. Pechos que pueden ser vistos, expuestos, fotografiados, llevados a casa y puestos en libros.

La mujer antropóloga, la mujer que escribe cultura, también tiene pechos, pero a ella se le ha dado el permiso de ocultarlos tras su lápiz y su libreta de notas. Sin embargo, es bajo su propio riesgo que se engaña pensando que sus pechos no importan, que son invisibles, que el cáncer no los alcanzará, que la mirada masculina no los toma en cuenta. ¿Recuerdan lo que las Guerrilla Girls dijeron acerca del mundo artístico Occidental? Solo las mujeres de pechos desnudos llegan al Museo Metropolitano de Arte (Nueva York). En los dibujos de Yolanda Fundora los pechos rozan contra el brazo y la mano que agarra el pincel.

La mujer en el dibujo recompensa al mundo con la mirada directa y firme de un observador sagaz. Pero detrás de ella hay un mar de ojos. Cuando una mujer se sienta a escribir, todos los ojos están detrás de ella. La mujer que está convirtiendo a los/las otros/as en objeto de su mirada ya es (ella misma) objeto de miradas. Mujer, la otra original, siempre está viendo y siendo vista. Una mujer se ve a sí misma siendo vista. Agarrando su lápiz ella se pregunta cómo “la disciplina” verá lo que ella quiere hacer. ¿Será visto como demasiado derivado del trabajo masculino? ¿O muy femenino? ¿Muy seguro? ¿O demasiado riesgoso? ¿Demasiado serio? ¿O no lo suficiente? Muchos ojos se posan sobre ella, buscando ver si lo hará mejor o peor que un hombre, o al menos tan bien como otras mujeres.

Los ojos sobre la espalda de una mujer también son sus propios ojos. Ellos son todo lo que ella ha visto en sus viajes y su regreso a casa. Ellos representan los diferentes roles que la mujer asume en los distintos lugares en que ha estado, cada ojo viéndola desde un ángulo ligeramente distinto. Sentándose a escribir una mujer viste las ropas de cada uno de los diferentes roles que ha asumido y deja que todos los ojos de sus experiencias pasen a través de ella mientras contempla su vida e inicios para comenzar a escribir.

Yolanda Fundora destinó sus dibujos a ser autorretratos. Ella quería encontrar una forma de definir y de definirse a sí misma como una artista cubana de nacimiento que se ha dividido entre Nueva York y Puerto Rico. Ella quería, según dice, no tener que siempre categorizarse, así que decidió hacer a la mujer de un color que no existe en la vida real. Un azul atardecer, mujer púrpura. Su cabello, sugiriendo un arcoíris de indecisión, un floreciente pavorreal andrógino, es multicolor-azul, rosado, morado, amarillo, blanco, negro. Tras la mujer el sol se ha puesto, la luna se ha alzado y la punta de una isla, un país desconocido, hace señas desde lejos.

La imagen también es un grupo de autorretratos según Yolanda Fundora. Ella lo dibujó hace unos años atrás cuando era parte de un colectivo de mujeres artistas en Puerto Rico. Controversias y debates surgían todo el tiempo entre las integrantes del colectivo acerca de su rol como artistas. El mar de ojos reconoció las diferentes formas en que cada mujer ve el mundo, así como la complacencia de las mujeres a aceptar en lugar de aniquilar, una diversidad confusa de visiones. Cuando la mujer está cuidando a otro, el mar de ojos ya no es nada a lo que temer.

La visión artística de Yolanda encapsula el espíritu de este libro, el que trata acerca de ver la antropología a través de otros ojos. Los ojos son los de aquellas mujeres que hacen sus escritos como antropólogas, conscientes de cómo su propia identidad es construida como femenina en una disciplina enraizada en machos meditando acerca de tierras extranjeras. Enfocándose en el legado de los escritos antropológicos de mujeres y sobre los dilemas que las mujeres antropólogas encuentran como escritoras, este libro es único, pero está muy atrasado. Todos los ojos de hecho están sobre nosotras. Pero no tenemos miedo de mirar hacia atrás y de ofrecer una mirada distinta de una antropología diferente que posiciona a la escritura de la mujer al centro en el debate acerca de cómo, para quién, y con qué fin los/las antropólogos/as se embarcan en viajes que los/as traen nuevamente a casa, nuevamente a sus escritorios, y hoy en día a sus computadores. Computadores, no lo olvidemos, ensamblados por las delicadas manos de mujeres nativas de algún otro lugar.

Un cruce en el camino donde Writing Culture se encuentra con This Bridge Called My Back

Este libro fue creado a partir de una crisis doble: la crisis del feminismo y la crisis de la antropología2. Es una respuesta de 1990 a dos proyectos críticos de 1980, que emergieron de forma separada, como dos líneas paralelas destinadas a nunca encontrarse, pero que este libro está listo para unir. Un proyecto emergiendo dentro de la antropología, fue la crítica posmoderna o textualista, mejor ejemplificado por la antología “Writing Culture: The Poetics and Politics of Ethnography” editado por James Clifford, un historiador de antropología y George Marcus un antropólogo y crítico de las tradiciones “realistas“ en escrituras etnográficas. Su libro fue el producto de un “seminario avanzado” de puestos limitados en la Escuela Americana de Investigación en Santa Fe3.

El otro proyecto, proveniente de las críticas al feminismo blanco de clase media por parte de lesbianas y mujeres de color, apareció desde afuera de la academia, sin embargo ingresó a la corriente principal de los estudios de las mujeres a través de la antología “This Bridge Called My Back”, editado por Cherrie Moraga y Gloria Anzaldúa, una pareja de lesbianas chicanas poetas y críticas4. Sin adiestramiento académico, Moraga y Anzaldúa se preocupaban por pagar la renta mientras producían su libro, en el que encaraban a mujeres de color quienes no habían pensado en sí mismas como escritoras y participantes. El proyecto “Writing Culture” había caído directamente dentro del ámbito académico; el proyecto de “This Bridge Called My Back” se presentó como un desafío para las cerradas fronteras de ese territorio.

Ya había sido advertida tanto por nuestra preocupada editora femenina como por un gentil antropólogo masculino quien se preocupaba profundamente acerca de este proyecto (y contribuyó a “Writing Culture”) que se enfatizara que “Women Writing Culture” es un proyecto nuevo y distintivo, algo totalmente original, sin parentesco con “Writing Culture”. De otra forma, me dijeron, corremos el riesgo de que nuestro libro fuera desacreditado (por los hombres) como derivado - “y ahora oímos desde las mujeres la misma cosa vieja”. Mientras yo aprecio esta sensible advertencia, refiero ser testaruda y audaz y reclamar a “Writing Culture” como pieza precursora de nuestro proyecto feminista.

La publicación de esa antología en 1986 encendió el debate acerca de los predicamentos respecto de la representación cultural que sacudió la antropología norteamericana y que trajo una nueva conciencia de sí misma a la disciplina. Incluso aquellos que criticaron “Writing Culture” reconocieron su importancia entregándole su atención de una manera seria5. El propósito del libro era resaltar un punto increíblemente obvio: los antropólogos escriben. Y, más allá de eso, lo que ellos escriben, llámense etnografías- una extraña cruza entre una novela realista, un reporte de viaje, una memoria y un reporte científico- debe ser entendido en términos de poéticas y políticas. En una disciplina sobrecargada de aspirantes a literatos como la famosa Ruth Benedict y Edward Sapir, quienes escondieron sus poemas de los ojos alertas de ‘Papá’ Franz Boas, el “padre” de la antropología americana, esta revelación no fue estremecedora6. Pero nunca antes se había tenido el poder de la retórica antropológica sometida a tan agudo y sofisticado análisis textual, extinguiendo cualquier chispa que quedara de la presunción de que las etnografías fueran transparentes espejos de cultura. Sus colaboradores cuestionaron la política de una poética que depende de las palabras de otros (frecuentemente menos privilegiados) y para su existencia, y sin embargo, no ofrece ni uno de los beneficios de autoría (paternidad literaria) de aquellos/as otros/as quienes participaron con el antropólogo del escribir la cultura7.

Solo Mary Louise Pratt, la única mujer colaboradora de la antología, y una crítica literaria ni más ni menos, se atrevió a preguntarse en voz alta si realmente es tal gran honor el ser nombrado dentro de los libros que los antropólogos escriben. ¿Cómo es, preguntó maliciosamente con la libertad de alguien ajeno a la disciplina, que los antropólogos, quienes son personas tan interesantes haciendo cosas tan interesantes, hacen libros tan aburridos?8.

En su introducción a “Writing Culture”, James Clifford buscó responder la diabólica pero importante pregunta de Pratt mediante la afirmación de que la antropología necesitaba alentar una escritura más innovadora, dialógica, reflexiva y experimental. Al mismo tiempo también se esperaba que la “nueva etnografía” reflejara una autoconciencia más profunda acerca del funcionamiento del poder y la parcialidad de toda verdad, tanto en los textos como en el mundo. La “nueva etnografía” no podría resolver los problemas profundamente preocupantes de inequidad en un mundo impulsado por el capitalismo mundial, pero al menos podría buscar el descolonizar las relaciones de poder inherentes en las representaciones del Otro9. La agenda de “Writing Culture” prometía renovar el vacilante sentido de propósito de la antropología.

Mientras, las antropólogas y los escritos antropológicos de mujeres estuvieron decididamente fuera de esa agenda. Como una versión miniatura de los grandes planes revolucionaros del siglo XX que prometían algún día resolver la “cuestión de la mujer”, el proyecto “Writing Culture” le pidió a las mujeres “ser paciente, entender…[que] sus necesidades - que con ideología, política, y economía- no estaban ni cerca de las principales”10. En un acto de ignorancia sancionada, la categoría de la nueva etnografía no tuvo en cuenta que a través del siglo XX las mujeres habían cruzado la frontera entre antropología y literatura- pero por lo general de manera “ilegal”, como extranjeros que produjeron obras que tendían a ser vistas en la profesión como “confesionales” y “populares” o, en palabras de Virginia Woolf como “notitas”. La agenda de “Writing Culture”, concebida en términos homoeróticos por académicos masculinos para otros académicos masculinos, proporcionó las credenciales oficiales, y los sellos de autenticidad, de los que las mujeres carecían para cruzar la frontera. Incluso la voz personal, quebrantada cuando la usaban las mujeres, recibió el sello de aprobación en las cuentas de los hombres, reclasificada en términos académicamente más favorables como “reflexiva” y “experimental”11.

“Writing Culture”, sin sorprender, entristeció y enfureció a varias antropólogas. No hay dos páginas en la historia de los escritos antropológicos que hubieran creado tanta angustia entre lectoras feministas como lo hicieron las incomodas declaraciones de James Clifford justificando la ausencia de antropólogas en el proyecto de “Writing Culture”. Forzado a dar cuentas acerca de esta brecha por las críticas de una lectora feminista quien revisó el manuscrito del libro, Clifford hizo la ahora infame aclaración de que las antropólogas mujeres fueron excluidas porque sus escritos no cumplían con el requerimiento de ser feministas y textualmente innovadores12. Ser una mujer que escribiera cultura se transformó en un término contradictorio: las mujeres que escriben experimentalmente no son lo suficientemente feministas, mientras que las mujeres que escriben como feministas lo hacen ignorando la teoría textual que apuntala sus propios textos.

La primera respuesta feminista mayor a estas ideas fue entregada por Deborah Gordon, la coeditora de este libro, quien argumentó que “un importante problema con la autoridad etnográfica ‘experimental’ es estar basada en una subjetividad masculina la cual anima a feministas a identificarse con nuevas formas de etnografía, afirmando ser decolonial, mientras simultáneamente relega al feminismo a una posición de servidumbre forzada”. Sin embargo, Gordon insistía que los ensayos en “Writing Culture” no eran maliciosos, estos eran simplemente emblemáticos de la “gestión ineficaz de la negociación del feminismo por parte de los hombres”13. Siguiendo la visión de Gordon, Judith Newton y Judith Stacey habían elegido explorar en sus ensayos para este volumen precisamente las dificultades que experimentan los hombres para ubicarse en el feminismo, mientras tratan de evitar ser turistas, o peor, intrusos en terrenos de mujeres.

Ciertamente nuestro objetivo en este libro no es discutir por una simple oposición hombre-mujer entre “Writing Culture” y “Women Writing Culture”. La revisión feminista siempre es inclusiva para esos hombres que, como Joseph Boone y Michael Cadden, quieren renunciar la “mirada masculina” y aprender a “re-mirar” la realidad generada en términos más allá de un “Yo/ojo” que se imagina a sí mismo como trascendente14. Pero el hecho es que “Writing Culture” clavó un puñal en el corazón de la antropología feminista, que fue devaluada como una misión aburrida, irremediablemente tautológica, de investigación- así que, dinos, querido/a, ¿son las mujeres dentro de los Bongo-Bongo de hecho tan terriblemente diferentes? Como Catherine Lutz indica en su ensayo para este volumen, la presión constante para nosotras como mujeres de trabajar nuestros cuerpos y nuestras modas ahora se dirigió hacia nuestra escritura, la que necesitaría mucho más esfuerzo si su “estilo” alguna vez fuera a ser valorado.

Después de eso, aquellas de nosotras que habíamos entrado en la antropología con el sueño de escribir y habíamos tenido nuestras alas recortadas por no haber sido suficientemente analíticas tomamos el lápiz con un fervor que nunca nos permitirá de nuevo esconder nuestros destellos de visión bajo nuestras camas como Emily Dickinson hizo con su poesía. En realidad, el proyecto “Writing Culture” fue una desagradable liberación. No podíamos dejar pasar la ironía: como mujeres estábamos siendo “liberadas” para escribir con más creatividad, más autoconciencia, más atractivamente por los colegas masculinos quienes continuarían el operar dentro de una jerarquía del género que reproducía la estructura usual de las relaciones de poder dentro de la antropología, la academia y la sociedad en general.

Y así la ironía de este libro- el cual nunca habría llegado de no ser por la ausencia de mujeres en “Writing Culture”. Tal como la antología “Woman, Culture and Society”, el texto referente de nuestros predecesores feministas de 1970, se apropió y por lo tanto transformó el clásico antropológico “Man, Culture and Society”, así también nosotras reclamamos el proyecto de “Writing Culture”15. Más de veinte años atrás Adrienne Rich afirmó que los escritores masculinos no escriben para las mujeres, o con un sentido de crítica femenina, cuando escogen materiales, temas y lenguaje. Pero las mujeres escritoras, incluso cuando se supone que ellas están direccionadas hacia mujeres, escriben para hombres; o al menos escriben con la sensación persecutoria de ser escuchadas de casualidad por hombres, y ciertamente con el conocimiento ineludible de ya haber sido definida por las palabras de los hombres. Es por eso que la “re-vision”, el acto de “ingresar a un texto viejo desde una nueva dirección critica”, es para las mujeres “un acto de sobrevivencia… necesitamos conocer lo escrito del pasado…no transmitir una tradición, sino romper su dominio sobre nosotros”16.

Pero es agotador tener que ser siempre receptiva, lo que es tan a menudo el rol de la mujer en nuestra sociedad. Afortunadamente, a pesar de que este libro comenzó siendo una respuesta feminista a “Writing Culture”, se desarrolló como algo mucho más grande. Nuestro libro inició otra agenda que iba más allá que la de “Writing Culture” en su inclusividad, sus procesos creativos, su necesidad de combinar práctica e historia, su humor, su angustia moral, sus políticas democratizantes, su atención tanto a la raza y etnicidad así como también a la cultura, su autoconciencia engendrada, su conciencia de la academia como una fábrica de conocimiento, sus sueños. La revisión feminista se trata siempre acerca de una forma nueva de revisar todas las categorías, no solo la de “mujer”. Los ensayos recopilados aquí guardan otra historia, así como también otro futuro para la antropología, una búsqueda intelectual que hasta no hace mucho tiempo seguía siendo (e incluso ahora sigue siendo) definida como el estudio del “hombre”.

Si el efecto de “Writing Culture” fue inspirar una ira empoderada, el efecto de “This Bridge Called My Back”, por otro lado, fue humillarnos, detenernos en nuestro recorrido. Leímos “This Bridge”, muchas de nosotras, como estudiantes graduadas o profesoras asistentes recién iniciadas educándonos tardíamente sobre los asuntos que estaban afectando a las mujeres de color en nuestro país, de los que nuestra educación en antropología nos había privado. Muchas de nosotras, también, nos hicimos conscientes de nuestra propia identidad como “mujeres de color”, incluso si nuestro adiestramiento en antropología nos hacía escépticas con respecto a las limitaciones de ese término. Como Paulla Ebron y Anna Lowenhaupt Tsing afirmaron en sus ensayos en este volumen, leer “This Bridge” les entregó nuevas energías a aquellas de nosotras en la academia que buscábamos formas de entender cómo nuestras políticas de conocimientos podrían ser reformadas por el movimiento femenino, el movimiento de derechos humanos afroamericanos, y el movimiento cultural chicano/a. Y, sin embargo, “This Bridge” lanzó una flecha diferente al corazón de la antropología feminista -nos hizo replantearnos las formas en que las mujeres del primer mundo inconscientemente crearon un Otro cultural en sus representaciones de las mujeres del “Tercer Mundo” o “minorías”17. Y forzó a la antropología feminista a regresar a casa18. “This Bridge” no solo llamó la atención de la mirada de las feministas blancas, sino que también señaló la importancia de crear nuevas coaliciones entre mujeres que reconocieran las diferencias de razas, clase, de orientación sexual, de privilegios educacionales y nacionalidad. Que las divisiones entre las mujeres podían ser tan fuertes como los lazos que las unen fue una lección de feminismo necesaria y edificante. En efecto, “This Bridge” fue un producto de la crisis más severa y dolorosa que el movimiento feminista norteamericano haya sufrido nunca - su necesidad de llegar a términos con el hecho de que Otra Mujer haya sido excluida (o a veces incluida, solo de manera matronizante, sin cuestionar) de su proyecto de liberación universal. Colocando a “This Bridge” al lado de “Writing Culture” en las estanterías, las antropólogas feministas sintieron la insuficiencia de las dicotomías entre sujeto y objeto, el Sí mismo y el Otro, el Occidente y el Oriente.

También hubo una profunda preocupación en “This Bridge” acerca de las políticas de derecho de autor. Las contribuyentes, mujeres de raíces nativas americanas, afroamericanas, latinoamericanas y asiáticas americanas, escribieron completamente consientes del hecho de que ellas una vez fueron las colonizadas, las informantes nativas, los objetos de la mirada etnográfica, y habían reflexionado acerca de la interrogante de quién tenía el derecho de escribir cultura por ellas. Antropólogos/as y especialistas afines, afirmaron, ya no serían los/las únicos/as proveedores de conocimiento acerca de significados y entendimiento cultural. Cuestionando el concepto a menudo estático, despolitizado, cómodamente-en-algún-otro- lugar de la antropología, ellas retaron a los antropólogos a reconocer la discriminación del racismo, homofobia, sexismo y clasismo en la América a la cual continuamente regresábamos después de buscar nuestras investigaciones en lugares lejanos. Conscientes de los privilegios de los/las autores/as, ellas escribieron para enfrentar las maneras distantes y alienadas de autoexpresión que el elitismo académico alentaba. Como Gloria Anzaldúa expresó: “Nos convencen de que debemos cultivar un arte por el bien del arte. Hacer reverencia a la forma de una vaca sagrada. Colocar marcos y sobremarcos alrededor de los escritos”19. Rompiendo la noción de la “forma” para democratizar el acceso a la escritura, “This Bridge Called My Back” incluyó poemas, ensayos, historias, discursos, manifiestos, diálogos y cartas.

Audre Lorde escribió una carta abierta a Mary Daly, preguntando si ella la veía como una informante nativa: “¿Has leído mi trabajo, y el trabajo de otras mujeres negras, por lo que podría entregarte? ¿O lo has buscado solo para encontrar palabras que podrían legitimizar tu capítulo sobre la mutilación genital africana? Gloria Anzaldúa escribió una carta a las escritoras del Tercer Mundo en la cual ella recordaba su dolor para llegar a escribir: “Las escuelas a las que asistíamos o no, no nos entregaron las habilidades para escribir ni la confianza de que estábamos correctamente usando nuestro lenguaje étnico y de clase. Yo, por mi parte, me hice adepta, y me especialicé en inglés por despecho, para demostrarle, a los profesores racistas y arrogantes que pensaban que todos los/las niños/as chicanos/as éramos tontos/as y sucios/as”. Y Nellie Wong, en una carta a sí misma, se refirió acerca de la necesidad de hablar con varias voces y formas, mientras se daba cuenta de la inutilidad de simplemente escribir: “Tus historias y poemas solos no son suficiente. Para ti nunca será suficiente y por eso debes retarte a ti misma una y otra vez, a hacer algo nuevo, a ayudar a crear un movimiento, a organizarse por los derechos de las personas trabajadoras, a escribir una novela, un juego, a crear un teatro viviente que encarne tu visión y tus sueños, energía impresa”20.

“Women Writing Culture” sigue el espíritu de “This Bridge Called My Back” mediante el rechazo a separar la escritura creativa de la escritura crítica. Nuestro libro tiene múltiples voces, e incluye ensayos biográficos, históricos, y literarios, ficción, autobiografías, teatrales, poesía, historias de vida, trabalenguas, crítica social, anotaciones de trabajo de campo, y textos mezclados de temáticas variadas. No simplemente citamos el trabajo de las mujeres de color o recitamos el mantra de género, raza y clase y avanzamos con el trabajo académico como es lo usual, haciendo la diferencia con una mano y quitando con la otra21. Nos hemos hecho demasiado conscientes que no solo fueron mujeres antropólogas las excluidas del proyecto “Writing Culture” sino que también fueron antropólogas “nativas” y “minorías”22. En palabras de la crítica afroamericana bell hooks, la portada de “Writing Culture” escondía “la cara de las mujeres café/negras” debajo de su título, gráficamente representando el encubrimiento que remarca mucho de lo escrito en su interior23. Ese encubrimiento se basó en una extraña suposición: que las experiencias en la escritura parecieran no venir desde los lápices de los/las menos privilegiados/as, como las personas de color o aquellos/as sin trabajo estable24. Pero como afirmó ferozmente una vez Audre Lorde, la poesía no es un lujo para las mujeres y las personas de color; es una necesidad vital, “es la arquitectura esquelética de nuestras vidas”25.

Muchas contribuyentes de este libro son ellas mismas mujeres de color o inmigrantes o personas de identidad híbrida que saben lo que es ser vistas como otras y que traen a la antropología un deshacer rebelde de los límites clásicos entre observador/a y observado/a. Varias son la primera generación de mujeres en sus familias que han recibido educación universitaria y también traen a la antropología un sentido agudo de inquietud para con las jerarquías incrustadas en las instituciones educacionales. Algunas son lesbianas. Algunas son casadas con hijos/as. Otras han elegido ser esposas pero no madres, o madres pero no esposas. Algunas son felices solteras sin hijos/as. Algunas están con contrato fijo y cómodas pero alejadas de los límites administrativos donde se hace la escritura que importa. Algunas no tienen puesto de trabajo fijo y están luchando para hacer la escritura que importa mientras hacen malabares con grandes cargas académicas y los peligros de ser “asistentes” de facultad. Tres son estudiantes luchando para ser la escritura que importa mientras tratan de obtener un doctorado. Incluso tenemos una voz masculina que es la de un joven estudiante graduado buscando otra posición entre la historia de la meditación de los hombres acerca de las tierras extranjeras y el impacto del despertar feminista. Nuestras trayectorias individuales son ciertamente tan diversas como nuestras contribuciones a este libro. Si hubiera una sola cosa, un objetivo común que estamos buscando, ese sería una antropología sin exilio.

La duda del canon, ¿Alice Walker y Margaret Mead representan una amenaza para Shakespeare y Evans- Pritchard?

La antropología en este país tiene la forma de una mujer- Margaret Mead la antropóloga más famosa de nuestro siglo. Como antropólogas, debemos estar orgullosas de esta mujer fuerte y queremos reclamarla, pero en realidad muchas de nosotras estamos humilladas por ella. Solo de vez en cuando, si ella fuera atacada despiadadamente nos levantaríamos en su defensa. Usualmente nosotros/as no la tomamos muy enserio. Entonces es probable que no hayamos puesto atención cuando James Clifford remarcó en la primera página de su introducción que la fotografía de la portada de “Writing Culture”, mostrando un etnógrafo blanco anotando en su libreta bajo la mirada de unas cuantas personas locales, “no es el retrato usual del trabajo de campo antropológico”. Y continuó: “nosotros estamos más acostumbrados a imágenes de Margaret Mead exuberantemente jugando con niños/as en Manus o entrevistando a pobladores/as en Bali”26.

Esto es un desliz interesante. Margaret Mead fue una escritora prolifera quien superó a sus colegas masculinos y usó su lápiz para explorar géneros categorizados desde etnografías a crítica social a autobiografía. Como Nancy Lutkehaus afirmó en su ensayo en este volumen, entre 1925 y 1975 Mead publicó más de 1300 libros, biografías, artículos y revisiones. Ella también escribió piezas cortas para publicaciones que van desde la revista The Nation hasta la Redbook, a la cual ella contribuyó con una columna mensual. Mead era una intelectual pública inmersa en los asuntos de su tiempo; apareció frecuentemente en programas de entrevistas televisivas, y cuando Rap on Race fue publicada ella insistió que se mantuviera su forma dialógica la que había surgido en sus conversaciones con James Baldwin. Mientras, la reputación de Mead como una académica seria había sido dañada por su imagen en la disciplina como una “popularizadora”. Edward E. Evans- Pritchard, un hombre contemporáneo que fue un ejemplo del modelo profesional de escritura etnográfica que se hizo dominante en la disciplina y tituló los escritos de Mead como el “susurro-del-viento-en-las-escuelas-de-palmeras”. El descrédito de Mead como académica, escritora y como intelectual pública, el desliz del lápiz de Clifford, dan fe al hecho de que la imagen de la mujer como antropóloga es la de aquella que juega con los niños/as y entrevista a los/las pobladores/as, no de quien escribe los textos, que vive en, a pesar de la mítica concepción de la antropología americana como una profesión que es especialmente receptiva a las contribuciones de mujeres.

Lamentablemente, Clifford no es el único que falla en reconocer las contribuciones teóricas y literarias de las mujeres a la antropología. Ni son simplemente hombres en la disciplina quienes son los culpables de pasar por alto el trabajo de las mujeres. En su estudio de prácticas de citas (citas bibliográficas) en antropología, Catherine Lutz subraya como tanto autores femeninos y masculinos tienden a citar más a menudo los escritos presumiblemente “teóricos” de hombres, mientras los escritos de mujeres, los cuales a menudo se enfocan en temas de género, son citados con menos frecuencia y usualmente en contexto circunscritos. De la misma manera que las huellas de los trabajos de las mujeres pasan desapercibidos en la sociedad, Lutz sugiere que la labor de las mujeres en antropología es silenciosamente borrada para mantener una jerarquía prestigiosa dentro de la disciplina que ha creado un canon “masculino” de lo que cuenta como conocimiento importante27.

En los Estados Unidos hemos crecido acostumbrados/as a escuchar debates acerca del “canon” en departamentos de inglés. En años recientes varias universidades importantes han estado revisando las currículas tradicionales para incluir escritos de mujeres y minorías, los dos “grupos” que han sido llamados para diversificar la lista de lecturas estándar de “grandes libros” de hombres blancos28. Incluso los medios se han unido al debate ofreciendo sombrías visiones de ciencia ficción de un mundo donde los tesoros de la cultura Occidental, perennes empolvados y pasados a través de las generaciones y los siglos, han sido reemplazados por los caprichosos escritos de mujeres negras y escritores étnicos, enseñados por sus intolerantes y radicales partidarios en la academia29.

Un símbolo de la amenaza percibida planteada por las guerras del canon fue la reclamación de los medios (que es totalmente falso) que libros de Alice Walker ahora son asignados más frecuentemente que Shakespeare en departamentos de inglés30. Como propuso un artículo histérico en Time, “imagina una clase de literatura que equipara a Shakespeare con la novelista Alice Walker, no como artista sino como fragmentos de sociología. Shakespeare está condenado a representar la figura de un inglés racista, sexista y clasista del siglo XVI, mientras Walker pretende personificar una mejor pero aun opresiva América del siglo XX… ¿dónde está este mundo al revés?… este se encuentra en muchos campus universitarios de Estados Unidos”31.

De hecho, una conclusión clave del debate ha sido la necesidad no simplemente de incorporar el trabajo de los/las escritores/as excluidos/as a las listas de lectura estandarizada sino también el examinar cómo el proceso de marginalización ha dado forma al trabajo producido dentro de la cultura dominante. Como Toni Morrison planteó, “viendo el alcance de la literatura americana no puedo evitar pensar que la pregunta nunca debería haber sido ¿por qué estoy yo un afroamericano ausente de ésta? de cualquier modo esta no es una pregunta interesante. La pregunta espectacularmente interesante es ¿qué hazaña intelectual tiene que ser alcanzada por el actor o la crítica para borrarme de una sociedad agitada por mi presencia, y qué efecto tiene esa acción en el trabajo?”32. Hazel Carby, comentando en el texto de Morrison añade, “preservar un análisis de género para los textos de las mujeres o acerca de las mujeres y un análisis de dominación racial para textos de o directamente acerca de gente negra no será por sí mismo una transformación de nuestro entendimiento de las formas culturales dominantes”33.

Extrañamente los/las antropólogos/as se mantuvieron en silencio mientras se llevaban a cabo estos debates acerca del canon literario, los cuales realmente trataban sobre la negociación del significado de la cultura Occidental, formaban parte de los discursos públicos de todos los días en los Estados Unidos. Sin embargo los/las antropólogos/as tenían mucho que aprender de estos debates así como también mucho que contribuir. A pesar de que los debates hayan sido reducidos, por sus detractores, a una batalla acerca de los méritos relativos del trabajo de Shakespeare y Alice Walker, la pregunta clave en juego es qué tipo de escritura pervivirá en las mentes de la generación venidera de lectores/as y escritores/as y qué tipo de escritura desaparecerá por desuso y de este modo perderá su oportunidad de formar y transformar el mundo. Lamentando “la carrera por la teoría” que había sorprendido al mundo literario académico, la crítica afroamericana Barbara Christian comentó astutamente, “yo sé, por la historia literaria, que la escritura desaparece a menos que haya una respuesta a esta”34.

Para muchos/as antropólogos/as, quienes entraban a la profesión lo hacían por un deseo de compromiso con gente real en lugares reales (y usualmente olvidados), la crítica literaria con “sus” listas de lecturas de grandes libros de la civilización Occidental, es una antítesis simbólica. Al menos en su forma clásica era una disciplina que era “tosca pero eficaz”35. Incluso hoy, nosotros/as no creemos totalmente en los libros y archivos; nosotros/as de alguna manera creemos (¡aún!) en las posibilidades redentoras del desplazamiento, del viaje, incluso si, como posteriormente pasa, nuestros viajes solo nos regresan a nuestros pueblos abandonados o a nuestros antiguos colegios36. Nosotros/as vamos en busca de experiencias de vida, esas cosas que, de una manera profunda, hacen a los libros inquietantemente ridículos. Sin embargo, irónicamente hacemos libros acerca de cosas que nosotros/as no pensábamos que encontraríamos en libros. Terminamos, como la poetisa Marianne Moore diría, plantando gente y lugares reales en los jardines imaginarios de nuestros libros.

Pero como antropólogos/as académicos/as nosotros/as no simplemente escribimos libros, nosotros/as enseñamos libros, así como nuestros/as colegas lo hacen en los departamentos de inglés. Si nuestro trabajo de campo va bien, si nuestra exposición es aprobada, eventualmente muchos/as de nosotros/as terminaremos- o al menos esperamos- en el aula, enseñando a aprendices de qué se trata la antropología. Tal vez podremos contarles unas cuantas anécdotas, pero son nuestras listas de lectura las que comunican a los/las estudiantes lo que se considera el conocimiento antropológico legítimo y que vale la pena. Los/las antropólogos/as comenzamos tardíamente a darnos cuenta que, también tenemos un canon, un conjunto de “grandes libros” que continuamos enseñando a nuestros/as estudiantes tan diligentemente como alguna vez se nos enseñó a nosotros/as en nuestras escuelas de posgrado. Que estos libros son los escritos de hombres blancos es una idea que nunca se puede mencionar. Esto se ve de alguna manera descortés, dada la virtud de la antropología como la primera disciplina académica que poco se ha preocupado acerca de esas culturas lejanas y muchas veces ya vencidas. Así que habitualmente asignamos los escritos de Evans- Pritchard porque su trabajo en Los Azande y Los Nuer ha sido consagrado como parte del “núcleo” de nuestra lista de lectura. Sin embargo rara vez pedimos a nuestros/as estudiantes abordar los escritos de Alice Walker, aunque, como Faye Harrison convincentemente demuestra en su ensayo para este volumen, ella se ha visto a sí misma por mucho tiempo como una interlocutora activa con la antropología.

La administración profesional del ejercicio de poder en la antropología no solo mediante el manejo del valor de ciertos textos en un reino ahistórico, acultural de los clásicos, sino también mediante determinar qué escritos etnográficos emergentes serán inscritos en la disciplina y cuáles serán eliminados. Como Lorraine Nencel y Peter Pels afirman, “para ser tomados/as en cuenta de manera seria en la academia también tenemos que escribir nosotros/as mismos/as en la historia de la disciplina y, consecuentemente, cancelar las corrientes rivales37. Así es, por supuesto como los cánones son construidos. Como lo expuso Joan Vincent, “cuando nos encontramos a nosotros/as mismos/as tomando en nuestras manos etnografías ‘clásicas’, sabemos que estamos a punto de leer a los vencedores en luchas por reconocimiento pasado y presente y por la atribución de importancia”. La crítica textualista en “Writing Culture” no fue lo suficientemente lejos, señaló Vincent, porque más allá de analizar textos específicos también es necesario “administrar las políticas en torno a la escritura del texto, las políticas de lectura del texto, y las políticas de su reproducción”38.

Recientemente los/las antropólogos/as americanos/as han lamentado el hecho de que sus colegas en literatura les dejan fuera de sus discusiones acerca del canon y de la enseñanza multicultural39. Pero la falta continuada de reflexión crítica acerca de nuestro propio canon sugiere que la antropología todavía tiene que llevar a cabo el tipo radical de autoexamen que le entregaría su búsqueda multicultural. Asumimos que porque siempre hemos estudiado a “el Otro”, tenemos de alguna manera, la apariencia animista que solíamos atribuir a la mentalidad primitiva, incorporamos las ideas del multiculturalismo en los ajustes académicos en los cuales trabajamos. La antropología americana bajo la dirección de Franz Boas, un judío-alemán, hizo un aporte temprano a socavar el racismo y traer a la conciencia nacional el conocimiento de la destrucción creada sobre los/las nativos/as americanos/as. Pero citando repetidamente a Boas y reposando en esos laureles no construiremos una antropología del presente. Nuestras facultades de antropología y los cuerpos estudiantiles tienen un largo camino por recorrer antes de que se vuelvan étnicamente diversos, mientras en nuestra enseñanza continuamos la reproducción del conocimiento teórico de hombres euroamericanos.

¿Por qué es que el legado de lo que cuenta como teoría social se puede rastrear solo a Lewis Henry Morgan, Karl Marx, Émile Durkheim, Max Weber, Michelle Foucault, Pierre Bourdieu? ¿Por qué es que no hay una genealogía matrilineal paralela despegando desde, digamos, el trabajo de cambio-de-siglo de Charlotte Perkins Gilman? ella escribió no sólo un tratado importante, Women and Economics, sino también la historia corta “The Yellow Wallpaper”, una alegoría brillante acerca de la locura de una mujer quien fue impedida de leer y escribir40. ¿Por qué el concepto cultura en antropología solo es rastreado a través de Sir Edward Tylor, Franz Boas, Bronislaw Malinowski, Claude Lévi- Strauss, y Clifford Geertz? ¿No podría rastrearse la escritura de la cultura, como sugieren los ensayos en este volumen, desde Elsie Clews Parsons, Ruth Benedict, Margaret Mead, Ella Deloria, Zora Neale Hurston, Ruth Landes y Barbara Myerhoff hasta Alice Walker? ¿No podríamos seguir esta trayectoria hasta la historia oral contemporánea y el trabajo de alfabetización, analizado por Deborah Gordon en su ensayo en este volumen, de Rina Benmayor y otros/as investigadores/as del Hunter College del proyecto El Barrio sobre mujeres puertorriqueñas viviendo en Harlem? Al mismo tiempo, ¿No debiéramos enfocar nuestro canon de una manera más andrógina y buscar entender la interacción de la teorización masculina y femenina en la sociedad y cultura? No solo necesitamos tener un enfoque bilateral, también necesitamos cuestionar la suposición que, en antropología, “problemas e ismos se desarrollan de forma no lineal y desde dentro” y llaman nuestra atención hacia “constelaciones de expatriados/as, émigrés, profesionales y aficionados/as dedicados/as a una escritura y actuación distorsionada”41. Y ¿no tenemos que explorar completamente, como Toni Morrison y Hazel Carby sugieren, el borrado por género y por raza que apuntala el canon como hemos llegado a conocerlo? ¿Por qué es que la antropología- la disciplina cuya legitimidad está tan envuelta en la multiplicidad de lenguajes y mundos- continúa siendo concebida tan resueltamente en términos patrilineales y eurocéntricos?

Es hora de un debate acerca de nuestro canon como Faye Harrison argumenta, la antropología ha tendido a relegar las contribuciones de las minorías y las mujeres “al estatus de trivia de interés especial… el menú curricular autorizado de electivos ‘agregar y mezclar’ prescindibles… una antropología socialmente responsable y genuinamente crítica debiera desafiar esta reacción inicua, y, además, colocar un ejemplo positivo mediante la promoción de la diversidad cultural ahí donde cuenta, en su núcleo”42. Los ensayos en este volumen ofrecen una entrada a ese debate, volviendo a contar la historia de la antropología americana de formas que nos permiten imaginar qué habría dicho Alice Walker, no solo a Shakespeare sino a Evans- Pritchard y Mead.

“Women Writing Culture” está enraizado en preocupaciones pedagógicas, las cuales también son preocupaciones políticas, epistemológicas, e históricas. Este libro creció a partir de mis propios, a menudo frustrantes, esfuerzos de repensar el canon antropológico. En 1991 inspirada por la crítica de Gordon a “Writing Culture” enseñé un seminario de posgrado en la Universidad de Michigan acerca de “Women Writing Culture: antropólogas americanas del siglo XX”43. Setenta mujeres estudiantes de posgrado con distintos intereses en antropología tomaron el curso, y juntas tratamos de entender los desafíos particulares que escribir etnografía ha planteado para autoras mujeres. Nuestras discusiones generaron una tremenda emoción. Para las estudiantes de antropología en el grupo, este curso llenó una laguna y sirvió como un desafío para el programa de curso básico, una exploración de un año de duración acerca de la historia y la teoría de la disciplina que en el año que yo estaba enseñando incluyó a Ruth Benedict como la única autora mujer en la lista de lectura. Para mí, enseñando por primera vez en mi carrera un curso con la palabra “Mujer” en el título, aprendí de primera mano lo que significa enseñar un curso tan peligroso- o meramente irrelevante- para el otro sexo que ningún hombre se atrevió a inscribirse en él. Si hubiese llamado a este curso simplemente “Escribiendo Cultura”, estoy segura que el patrón de inscripción habría sido diferente. ¡Por supuesto, el acto más subversivo habría sido llamar al curso “Escribiendo Cultura” y aun así haber enseñado solo los escritos de etnógrafas mujeres!

Enseñando el “Women Writing Culture” se me hizo claro que, para evitar borrarme a mí misma como una mujer profesora de antropología, necesitaba refigurar el canon del conocimiento antropológico como está definido y pasado de una generación a la siguiente en la academia. Necesitaba otro pasado, otra historia así que busqué modelos en los textos de esas mujeres etnógrafas que llegaron antes de nosotras. Alice Walker había escrito que “la ausencia de modelos en la literatura como en la vida… es un riesgo ocupacional para el artista, simplemente porque los modelos en el arte, en el comportamiento, en el crecimiento espiritual e intelectual- incluso si son rechazados- enriquecen y aumentan nuestra visión de la existencia”. Posiblemente, en esa búsqueda de modelos mi mano sería ampollada por la cera sagrada de “la teoría pura”- como Adrianne Rich lo expone en un poema que imagina “una mujer sentada entre la estufa y las estrellas”44. Pero necesitaba seguir adelante con el fin de aprender cómo yo, siendo una mujer, estoy inscrita dentro de la disciplina que me da el permiso para escribir a otros/as dentro de mis trabajos.

Sin embargo encontré deprimente el emprender esta búsqueda sola. Había muchas historias que recuperar, muchos dilemas que resolver, muchos silencios que romper. Para desafiar todas esas excusas que dejaban a un lado cortésmente el trabajo de las mujeres en antropología, “Women Writing Culture” necesitaba a muchas de nosotras hablando al mismo tiempo.

Locas en lo exótc

El movimiento de las mujeres dividió la labor intelectual de tal manera que las antropólogas feministas establecieron la búsqueda de los “orígenes” de las diferencias de género y las críticas literarias feministas establecieron la búsqueda de las tradiciones literarias femeninas “perdidas”45. Mientras las críticas literarias feministas fueron a desenterrar a las literatas desaparecidas de la tradición Occidental, se esperaba que las antropólogas feministas viajaran más allá del Occidente, a través de los Archivos del Área de Relaciones Humanas o el trabajo de campo real, a fin de traer de vuelta las verdades profundas acerca de la feminidad que las mujeres occidentales podrían usar para lograr su propia liberación46.

Quizás porque sus orígenes parecían estar más cercanos a las verdades fundamentales, las críticas literarias feministas a menudo tomaron prestado conceptos teóricos de las antropólogas feministas, especialmente ideas acerca de la separación naturaleza/cultura y el sistema sexo-género. Las antropólogas feministas estaban mucho menos influenciadas por las nuevas lecturas de las políticas sexuales/textuales que rápidamente se convirtieron en la marca registrada de la crítica literaria feminista. En conjunto, ellas preferían perseguir vínculos con la teoría social clásica y la economía política y escribir textos cuidadosamente argumentados pero seguros, cubiertos con ejemplos transculturales que persuasivamente defendían la subordinación universal de las mujeres mientras a menudo también revelaban los mitos del poder masculino. Como Deborah Gordon sugiere en su conclusión, necesitamos dejar ir la dicotomía reduccionista de etnografía “convencional” contra “experimental” para entender completamente el complejo momento histórico a partir del cual surgieron los primeros escritos de antropólogas feministas. En efecto los textos clásicos de ese momento histórico- “Women Culture and Society” y “Toward and Anthropology of Women”- fueron percibidos como originales e innovadores, ofreciendo un cambio de paradigma mayor en la teorización de la antropología como una práctica intelectual, política y cultural. Pero la crítica de “Writing Culture” mostró que la marca de la teoría, como argumenta Lutz, es últimamente controlada por los hombres. Las antropólogas feministas pueden haber estado al día en lo teórico, pero para el estándar de la teoría textual de vanguardia promovida por “Writing Culture” escribieron en términos de una noción de gran teoría que estaba desactualizada, incluso conservadora. Sin importar cuánto lo intentaran, el trabajo de las mujeres nunca es lo suficientemente teórico.

A diferencia de la crítica literaria feminista, la cual tuvo un impacto importante en la lectura, enseñanza y en la escritura de literatura, hubo siempre como Marilyn Strathern sabiamente señaló, una torpeza en torno de la conjunción de la antropología y el feminismo. La torpeza surgía de la dificultad de mantener la premisa de antropología como un Yo en relación con Otro en un contexto donde la investigadora feminista es un Otro frente al Yo del patriarcado47. En un caso de curiosa casualidad, dos feministas americanas, Lila Abu- Lughod situada en la costa Este y Judith Stacey, ubicada en la costa Oeste publicaron ensayos aproximadamente al mismo tiempo con exactamente el mismo título: “¿Podría haber una etnografía feminista?” para Stacey, una etnografía totalmente feminista nunca podría ser alcanzada, para la política feminista, enraizada en sensibilidad a todos los contextos de dominación, es incompatible con la premisa básica de la etnografía, la cual es que “el producto de la investigación es en última instancia el del investigador/a, sin embargo modificado o influenciado por los/las informantes”. Abu- Lughod fue más optimista acerca de una etnografía feminista basada en las particularidades de la vida de las mujeres y sus historias. Sin embargo ella aceptó la evaluación de Clifford de que las antropólogas feministas que tienen credenciales académicas rara vez experimentan con la forma. Abu- Lughod sugirió que la “tradición de las mujeres” alternativas de escritura etnográfica, la cual es tanto literaria como popular, está asociada con las esposas “inexpertas” de los antropólogos, de la cual las antropólogas feministas necesitan separarse con el fin de afirmar su estatus profesional48.

Stacey y Abu- Lughod se dirigieron ellas mismas hacia una noción emergente de etnografía feminista distinta tanto de la antropología de la mujer (un esfuerzo para entender las vidas de la mujer a través de las culturas) y la antropología feminista (un esfuerzo para entender las ramificaciones sociales y políticas de la mujer como el segundo sexo). Al mismo tiempo Kamala Visweswaran ofreció una definición temprana de etnografía feminista como un proyecto para cerrar la brecha- la cual “Writing Culture” había llamado la atención sin rodeos y sin comprometerse- entre la resolución feminista y la innovación textual49. En efecto, desde la publicación de “Writing Culture”, ha habido una explosión de trabajos creativos de etnografía feminista que buscan cerrar esta brecha mientras se mantienen sintonizados- como lo sugerido por “This Bridge Called My Back”- con las relaciones entre las mujeres a través de las diferencias de raza, clase, y privilegios50. Nuestro libro se sitúa dentro de esta etnografía feminista emergente y sus predicamentos.

El desarrollo de un corpus de trabajos etnográficos feministas que son post “Writing Culture” y post “This Bridge Called My Back” han llevado a un nuevo autoconocimiento acerca de lo que significa ser mujeres escribiendo cultura. Con el trabajo pionero de Deborah Gordon, ahora tenemos nuestra primera historia sofisticada y ambiciosa acerca de la torpe relación entre la etnografía feminista y experimental, revelando cómo el género (gender) y el género (genre) se entrelazan o están entrelazados en los textos canónicos de la antropología51. “Women Writing Culture” intenta entregar respuestas a algunas dudas primordiales: ¿La autoridad etnográfica y la carga de la autoría se han desarrollado de manera diferente en los trabajos de las mujeres antropólogas? ¿Cuál es la lógica cultural mediante la cual la autoría es codificada como “femenina” o “masculina”, y cuáles son las consecuencias de esas calificaciones? ¿Qué tipo de escritura es posible para las antropólogas feministas, si escribir de forma no convencional coloca a la mujer en la categoría de esposa inexperta, mientras escribir de acuerdo a las convenciones de la academia la sitúa como una conservadora textual?

Una de las mayores contribuciones de la crítica literaria feminista es su afirmación de que la escritura es tremendamente importante para las mujeres; que como nos trazamos dentro de nuestras ficciones tiene todo que ver con cómo nos perfilamos en nuestras vidas. Desde esta perspectiva algunas de las críticas de “Writing Culture” van demasiado lejos en su escepticismo acerca de la importancia crucial de los textos52. Como Rachel Blau DuPlessis dice, “Componer un trabajo es negociar con estas preguntas: ¿Qué historias pueden ser contadas? ¿Cómo pueden ser resueltos los conflictos? ¿Qué se siente ser narrable tanto por convenciones literarias y sociales?” Los textos literarios, en lugar de ser miméticos, pueden entregar “estrategias emancipadoras” para “escribir más allá del final”, más allá de las narrativas de romance o muerte que han sido, para las mujeres el legado cultural de la vida y las cartas del siglo XIX53.

La incertidumbre es la otra herencia que encamina a las mujeres a escribir. No la “incertidumbre de influencia” descrita por Harold Bloom como el drama por excelencia del asesinato edípico del escritor masculino de los poderosos precursores de la alfabetización masculina, sino una incertidumbre más básica, la incertidumbre por la autoría propia. Interesantemente, a fin de responder al volumen elegante pero altamente influyente de Bloom, Sandra Gilbert y Susan Gubar produjeron un tomo tamaño biblia, “The Madwoman in the Attic”, en el cual sugerían que las escritoras mujeres en el siglo XIX escribieron encarando miedos profundos- acerca de ser incapaces de crear, incapaces de convertirse en precursoras, incapaces de sobrellevar su desconfianza de la autoridad. Como “hijas” recibiendo la tradición por parte de “padres” literarios severos quienes las veían como inferiores, las mujeres intentando escribir “lucharon en un aislamiento que se sentía como enfermedad, alienación que se sentía como locura”. Sin embargo, al escribir su agorafobia y su histeria dentro de la literatura, crearon una subcultura literaria femenina que empoderó a otras mujeres escritoras. A diferencia del revisionismo de la escritura masculina en la incertidumbre de influencia de Bloom, la cual imaginó, “una fuerza amenazante para ser negada o asesinada”, la búsqueda de las mujeres de precursoras literarias femeninas “prueba con ejemplo que una rebelión en contra de la autoridad literaria patriarcal es posible”54.

Quince años después la imagen de la mujer escritora del último siglo (una privilegiada, blanca, para estar seguros/as) como una “loca en el ático” sigue siendo persuasiva, a pesar de sus limitaciones55. Al menos, la idea de la incertidumbre de autoría de la mujer ofrece un marco dentro del cual generar la noción de autoridad etnográfica. Por supuesto, hay un claro contraste entre la mujer atrapada de la literatura Occidental del siglo XIX y las mujeres antropólogas, inquietas y nómades del siglo XX. Pero incluso hoy, luego de los despertares feministas, en una época de pobreza, racismo, inequidad, xenofobia, y guerra crecientes, de alguna manera todavía importa. Luchamos para creer que nuestros escritos no son cojines en contra de la locura, o peor una forma de locura por sí misma. Cuando los ensayos para este volumen llegaron en un número difícil de manejar, disfruté de la idea de producir un libro tan formidable, tan indispensable, tan salvajemente deseoso por un lugar en la estantería como “The Madwoman in the Attic”. Nuestro propio “Madwomen in the Exotic”.

Mary Morris indica en su introducción a una antología de escritos de viaje de las mujeres que yendo en una expedición o esperando al/la extraño/a han sido las dos tramas de la literatura Occidental. Las mujeres han sido usualmente aquellas que esperan. Pero, añade Morris, cuando las mujeres crecen cansadas de esperar, ellas pueden ir a una expedición; ellas “pueden ser la extraña que llega al Pueblo”. Sin embargo, las mujeres viajan necesariamente de una manera diferente, conscientes de su cuerpo, su sexo, temiendo abucheos y violaciones, buscando libertad de movimiento, muchas veces vistiendo ropas de hombre56.

Si, en efecto, la única narrativa tradicionalmente disponible para las mujeres es la de los argumentos del amor o el matrimonio, el tratar de vivir la trama de la búsqueda, como las historias de los hombres lo permiten, es un acto radical- incluso uno que elimina el género, como lo atestiguan las tantas historias de antropólogas que han interpretado el rol de “hombre honorario” en el campo o han sufrido las consecuencias de ser “hijas” inapropiadas57. La antropología, como la trama de la búsqueda masculina se convirtió en institución, es debido a su propia naturaleza una persecución paradójica de mujeres. Susan Sontag fue más allá y reclamó que ser antropólogo/a es “una de las raras vocaciones intelectuales en la que no se requiere el sacrificio de la masculinidad propia”58.

La antropología crea héroes a partir de hombres, permitiendo, incluso insistiendo, que ellos exploten su alienación, su intrépido desamparo, su deseo “de hacer una vida fuera de funcionamiento” por el bien de la ciencia, como Laurent Dubois escribe en su ensayo de este volumen. Dubois, un estudiante blanco masculino ingresando a la profesión, se preguntó a sí mismo, “¿mi historia ya ha sido escrita?” colocándose a sí mismo dentro de la historia heredada de la búsqueda masculina, no inventada, por la antropología, él interrogó su propio deseo de salir de casa en busca de los mismos amplios horizontes vistos por su héroe literario Bruce Chatwin; y puso atención, de cómo su propia conciencia feminista tomaba forma, a la esposa de Chatwin, quien siempre estuvo ahí, esperando en los suburbios el regreso de su marido.

En su identificación con la masculinidad, la antropología siempre ha sido ambivalente acerca de la esposa del antropólogo. El ensayo de Barbara Tedlock ofrece una perspectiva fascinante sobre la división sexual de la labor textual entre los esposos antropólogos y las esposas incorporadas. Con ingenio y pasión, Tedlock nos muestra cómo el trabajo de las esposas quienes a menudo habían alcanzado amplias audiencias de lecturas, eran tratadas como desautorizadas e ilícitas dentro de la antropología. Sin embargo a través de la historia de la profesión, e incluso en algunas situaciones contemporáneas, los antropólogos han dependido del trabajo no pagado y a menudo no reconocido de sus esposas. ¡Tedlock incluso habla de un antropólogo quien trató de persuadir a su mujer de tener un hijo en el campo de trabajo de manera que él pudiera obtener información de ella para su investigación! Más importante, Tedlock sugiere que la imagen de la esposa devaluada se cierne sobre aquellas mujeres que se vuelven antropólogas con derecho propio. Incluso cuando ellas buscan credibilidad profesional, las antropólogas continuamente socavan su propia autoridad etnográfica revelando su incertidumbre acerca del trabajo de campo y la escritura etnográfica.

La incertidumbre de autoría es el legado de nuestro terror a convertirnos en hombres (honorarios).

En búsqueda de la tradición literaria femenina en antropología

Para que una mujer fuera capaz de viajar en los inicios de la antropología, ella no solo debía tener una habitación propia sino también un montón de agallas y dinero propio. Esto fue ciertamente real para la “madre” de la antropología americana, Elsie Clews Parsons, quien financió no solo su propia investigación sino también las investigaciones de muchas otras antropólogas. Fue Parsons quien inició a Ruth Benedict en la antropología feminista de la “New School for Social Research” y la convenció de ir más allá en sus estudios con Franz Boas en la Universidad de Columbia. Y sin embargo, a pesar de su riqueza y prominencia, como Louise Lamphere indica en su ensayo de este volumen, Parsons nunca logró una posición permanente dentro de la academia. Porque ella no pudo entrenar a estudiantes graduados/as, no fue su nombre, más bien, fue el de Boas el que se asoció con la escuela temprana de antropología americana. Las mujeres que persiguieron el plan de búsqueda en los primeros días de la profesión no volvieron a casa a las cátedras deantropología; ellas solo tenían su escritura por la cual levantarse o caer. Y entonces su escritura necesitó tener sus propias fuentes de resiliencia.

Ruth Benedict, como aprendimos del ensayo de Barbara Babcock de este volumen, siempre reconoció que la descripción etnográfica existe como escritura. En efecto, Benedict fue a menudo reprendida por escribir demasiado bien, por escribir antropología como si fuera una poeta. Ella frecuentemente recurrió a los modelos literarios, leyendo “The Waves” de Virginia Woolf mientras escribía su propio “Patterns of Culture”. Ruth Benedict había llegado a la antropología, como Elsie Clews Parsons, fascinada con la “Mujer Nueva” de los años entreguerras, la mujer “aun no clasificada, quizás inclasificable”. Pero convirtiéndose en antropóloga escondió su feminismo, dejándolo aflorar principalmente en su uso de la ironía y dándole voz a su lesbianismo solo en su obsesión con lo “anormal”. Antes de dirigirse a la antropología un editor rechazó su manuscrito acerca de “las mujeres inquietas y altamente esclavizadas de las generaciones pasadas”, y Benedict no volvió a retomar esas preocupaciones feministas de manera explícita nunca más. Esto quedó en manos de Margaret Mead, estudiante de Ruth Benedict, el reabrir el puente entre el feminismo y la antropología, pero de manera agresiva con muchas promesas sobre las posibilidades que tenían las mujeres las cuales iban en contra de la visión más sombría de su mentora.

Al igual que Benedict y Mead, Zora Neale Hurston y Ella Cara Deloria fueron estudiantes -hijas de ‘Papá’ Franz. Sin embargo Hurston, una mujer afroamericana, y de Deloria, una nativa americana, fueron tratadas más bien como “las informantes nativas” que como estudiantes de hecho59. Ninguna logró una posición académica o, hasta recientemente, tuvo un impacto más importante en la antropología. A sus hermanas blancas les fue mejor en colocar sus pies en las puertas de la academia, pero incluso a Benedict le fue negada la cátedra de antropología en la Universidad de Columbia, convirtiéndose en una profesora completa solo en el año de su muerte, y Mead fue derivada al Museo Americano de Historia Natural.

Lo que estas cuatro mujeres compartían (más allá de su infantilización común como “hijas” de ‘Papá’ Franz) fue la intolerancia a la voz plana e impersonal que se estaba convirtiendo en la norma de las etnografías de su tiempo. Buscaron, en cambio quizás por su inhabilidad para reproducirse a ellas mismas en la academia, alcanzar una audiencia popular con su propia escritura creativa de la historia. Desde ese momento, como Narayan afirmó, emergieron dos polos en la escritura antropológica: por un lado, tenemos “etnografías accesibles cargadas de historias” (asignada a estudiantes de introducción a la antropología para abrir su apetito) y por el otro, “artículos de revistas arbitrados, densos y con análisis teórico” (asignados a estudiantes graduados/as y con distinción en los cursos básicos). Pero Narayan pregunta “¿necesitan las dos categorías, la narrativa convincente y el análisis riguroso ser impermeables?”. Como ella sugiere, se están filtrando unos a otros en textos etnográficos cada vez más híbridos60. Una contribución clave de los ensayos de este libro es la revelación de cómo las mujeres, pasadas y presentes resuelven de manera fructífera la tensión entre estos dos polos de la escritura.

Como Janet Finn señala en su ensayo de este volumen, Deloria estaba incómoda con las formas de distanciamiento del trabajo de campo y la escritura que le recomendó su mentor. Deloria le contó a Boas en una carta que “el ir como un hombre blanco, para mí, una India, es colocar una barrera inmediata entre mí y la gente”. Incapaz de conseguir un salario en la esfera académica, Deloria trabajó como asistente de investigación e informante para Boas y otros becarios en el equivalente antropológico del trabajo a destajo. El patronato de los becarios blancos fue crucial para Deloria, así como lo fue para otra escritora nativa americana contemporánea, Mourning Dove, cuyas novelas exploraron los desafíos de ser una mujer india y mestiza. Deloria misma ansiosa por encontrar una forma de representar la vida de una mujer Sioux que no usara categorizaciones, escribió una novela, “Waterlily”, la cual dedicó a Benedict, quien alentó sus esfuerzos. Pero “Waterlily”, la cual hoy se lee como un modelo de cómo mezclar etnografía y ficción, fue rechazada durante la vida de Deloria por editores quienes decían que no había público para tal escritura.

Realizando una lectura matizada de “Mules and Men” de Hurston, Graciela Hernández revela de qué manera las voces múltiples de Hurston como etnógrafa, escritora y miembro de la comunidad son sutilmente mediadas por el uso de un estilo narrativo que le entrega el poder para pronunciar las palabras de sus informantes por sobre las palabras escritas de su propio texto.

El regreso de Hurston a su pueblo natal en Eatonville, Florida, con el “catalejo de la antropología” obtenido en Morningside Heights la forzó a negociar la relación entre la autoridad etnográfica y la autenticidad personal. Fuera de esa negociación vino un texto acerca de la cultura popular afroamericana que fue postmoderno antes de su tiempo en la promulgación de una hibridez ejemplar que combinaba una erudición comprometida con un retrato matizado del propio proceso intelectual de Hurston. Como bell hooks señaló, “un ensayo sobre Hurston habría sido una adición valiosa para la colección “Writing Culture”… en muchos sentidos, Hurston estaba a la vanguardia de un nuevo movimiento en etnografía y en antropología que solo recientemente había sido actualizado”61.

Los ensayos sobre Deloria y Hurston son un primer paso importante para recuperar la aún no escrita historia de una minoría femenina que luchó para encontrar su voz en la antropología. También hay otras precursoras igualmente importantes, tales como la folclorista mexicana-estadounidense Jovita González cuyo abordaje paradójico del poder masculino complica nuestra imagen de la conciencia étnico-feminista62. Como “antropólogas nativas” escribiendo en un momento en el que la división entre el yo y el otro estaba claramente demarcado, Deloria y Hurston, así como también González, se colocaron en la posición necesaria para repensar sobre las políticas culturales de ser una persona instruida. El legado de sus escrituras es de crucial importancia para el desafío actual que enfrenta el rol de el/la “observador/a objetivo/a” y del cambio de la antropología a hacia el estudio de las fronteras63.

Para Ruth Landes, otra hija Boasiana, no fue el concepto de cultura el que la atrajo a la antropología sino, más bien, el antirracismo que inicialmente había sido el núcleo de su quehacer intelectual. Sally Cole revela que Landes continuó la teorización acerca de la etnografía de las razas en sus escritos sobre la sociedad brasileña y americana, incluso el establecimiento de la antropología profesional en las universidades de postguerra llevaron a los/las antropólogos/as a abandonar el debate sobre la raza a favor de la menos politizada noción de la “ciencia de la cultura”. Se mantuvo firme, también frente a la presión de su colega hombre más poderoso Melville Herskovits, quien la criticó por enfocarse en la raza y no en la “cultura afroamericana”. Landes escribió “en contra de la cultura”- un concepto creado recientemente por Lila Abu-Lughod- mucho antes de que estuviera de moda hacer eso en antropología.

Barbara Myerhoff, en cambio, fue una escritora con un amplio seguimiento popular así como también una pionera en el estudio reflexivo de etnicidad y en estudios judíos en antropología. Como Gelya Frank comenta, si Myerhoff no hubiese muerto prematuramente de cáncer de pulmón ella podría haberse convertido en la Margaret Mead judía. El último trabajo de Myerhoff como antropóloga no fue un texto sino una película innovadora, “In Her Own Time”, el cual mezclaba autobiografía y etnografía para expresar con una profundidad inusual la experiencia de su propia muerte. Frank explora las formas contradictorias en las cuales Myerhoff se dirigió al judaísmo Ortodoxo y Lubavitch buscando el sentido espiritual en sus últimos días, interpretando el rol de una antropóloga “en un trance de juego profundo”, una antropóloga encarando sus limitaciones para conseguir una identidad judía coherente. Exponer el trabajo de Myerhoff dentro del canon es hacer otra borradura- la conciencia judía de la diferencia que ha sido una parte central, aun encerrada, de la antropología desde Franz Boas64.

Faye Harrison proclama que si la etnografía es a menudo un tipo de ficción, entonces el inverso, que la ficción es a menudo un tipo de etnografía, también es verdad. Alice Walker, como muestra Harrison, tiene una larga ficción escrita que es un diálogo con la antropología. Es Walker quien escribiendo sobre su propia búsqueda de Hurston en los 1970s, la restauró a la antropología, la que la había lanzado al olvido, restaurando su trabajo no solo como una escritora de ficción sino también como una antropóloga y folclorista. Consiente que la precaria posición de Hurston en la antropología tenía relación con el que fuera negra y así como también con sus escritos de formas creativas que iban en contra de los informes antropológicos convencionales, Walker eligió mantenerse fuera de la antropología académica y promulgar un corpus de obras ficticias que encarnaran y ampliaran las preocupaciones antropológicas. La atenta lectura de Harrison de “The Temple of My Familiar” de Walker demuestra como este texto ofrece una crítica y un complemento a tales obras de globalización de la teorización antropológica como “Europe and the People without History” de Eric Wolf, la cual omite las perspectivas de raza y de género. Sin embargo Harrison también afirma sabiamente que Walker es una entre muchas mujeres negras e intelectuales minoritarias cuyos trabajos deberían ocupar un lugar central en la discusión antropológica acerca de las poéticas y políticas del escribir cultura.

En su ensayo sobre la lectura a través de los discursos de las minorías, Paulla Ebron y Anna Tsing se encargaron de, precisamente, la nueva literatura ficticia de escritores/as afroamericanos/as y asiático-americanos/as. Como ellas dijeron ya no son los/las cientistas sociales (como Margaret Mead) quienes están dándole forma a la comprensión pública de la cultura, raza, y etnicidad en Estados Unidos, sino las novelistas tales como Toni Morrison y Amy Tan. Aunque el giro literario en la antropología a menudo se descarta como ejercicio de autocomplacencia, Ebron y Tsing ofrecen una lectura fresca del discurso de las minorías como una manera de formar alianzas entre los/las alguna vez colonizados/as. Esa lectura es sutil y cruza muchas fronteras simultáneamente, mostrando como la autoridad figurativa es alcanzada de manera diferente por las mujeres y los hombres de color en los Estados Unidos. “La gente de color”, como ellas indican, llaman una atención así como también una esperanza, incrustados en su propio proyecto el cual se desarrolló en el contexto del levantamiento de Los Ángeles y las hostilidades negro-asiáticas.

Trabajando etnográficamente con escritores/as vivos/as en lugar de fuentes literarias, Smadar Lavie también se compromete en leer a través de los discursos de las minorías. Su ensayo se enfoca en el desplazamiento del lenguaje, identidad, y patria en las vidas y escritos de poetas de la frontera. Estos/as poetas de la frontera caen dentro del estatus de minoría porque su ambiente Mizrají y Palestino los/las hacen exiliados/as dentro de la definición Asquenazí de la nación de Israel. El ensayo de Lavie ofrece un importante, y necesario, contrapunto al tratamiento de la identidad judía de Gelya Frank en el trabajo de Barbara Myerhoff. De manera más conmovedora, Lavie reflexiona sobre la forma en que ella misma, como una mujer de color dentro del sistema israelí, eligió migrar a los Estados Unidos con el fin de “mantener su voz”, a pesar de que, irónicamente, ha significado dejar de escribir en hebreo, su idioma nativo.

Dorinne Kondo promulga otro tipo de lectura a través de los discursos de las minorías en su propia dramaturgia, inventando al personaje inolvidable de Janice Ito, una profesora de cine asiática-americana quien sueña en convertirse en la diva disco afroamericano Grace Jones. Buscando trastornar las ideas dominantes de raza, Kondo dice que ella se dirigió al teatro porque era un espacio donde los/las asiático-americanos/as podrían ser alguna otra cosa más que minorías modelos. El teatro también le permitió hacer un cambio de lo textual a lo performativo y llevar a cabo un trabajo colaborativo y comprometido. Esto le abrió un espacio para ser una “chica mala”, no una “chica triste”.

La ficción, como tanto Kondo y Narayan exponen, puede ser un género ideal para volver a encarnar tanto los temas del sujeto antropológico y el nosotras como mujeres de la academia. La ficción también alcanza a la audiencia porque entretiene así como también educa, permitiendo a las ideas antropológicas el ir más allá. En nuestra época, cuando prevalecen las fronteras en lugar de las comunidades cerradas, la lectura ya no es homogénea. La etnografía ya no debiera ser como “aquellos salones de primera clase ocultos tras puertas en el aeropuerto, a los que solo ciertas personas, habiendo pagado sus cuotas de socio, pueden ingresar”65. Para que la etnografía sea importante en un mundo multicultural es necesario que alcance un rango de audiencias más amplias tanto dentro como fuera de la academia.

Junto con la ficción, ahora existe una variedad de géneros creativos no ficticios que expanden el alcance de la antropología. Anhelando una antropología que será escrita no solo por y para otros/as académicos/as, Deborah Gordon hace una mirada cercana a como nuevos tipos de textos colaborativos pueden ser creados cuando la investigación etnográfica toma lugar dentro de las agendas comunitarias. Compartir el privilegio, compartir el conocimiento práctico, compartir la información- los cuales en nuestro mundo son poder- son algunas de las formas en las que las relaciones feministas en las condiciones postcoloniales de inequidad cierren la brecha entre la mujer de la academia y la mujer en las comunidades étnicas. El proyecto “El Barrio” (del centro para estudios puertorriqueños en el Hunter College en Nueva York) se enfoca en el trabajo de historia oral como una forma de empoderar a las mujeres para repasar los guiones de sus vidas. Mujeres enseñando a otras mujeres las habilidades de escritura que necesitan brinda un modelo, sugiere Gordon, para expandir el enfoque sobre el escribir cultura más allá de las dimensiones puramente estéticas del texto individual hacia una apertura más real de las puertas de la escritura antropológica a todos/as aquellos/as que deseen entrar.

El trabajo colaborativo siempre ha sido una parte clave de la práctica feminista. “Women Writing Culture” se desarrolla como una colaboración entre Deborah Gordon y Yo, y de nuestro acuerdo afectivo para estar en desacuerdo. Mientras que Yo, como una etnógrafa feminista, coloco el acento en cómo las mujeres escriben cultura, Gordon, como una historiadora feminista de la antropología, coloca el acento en cómo las mujeres son escritas por la cultura. Nuestra introducción y conclusión están destinadas a estar en conflicto la una con la otra. De manera similar, ya hemos visto como Ebron y Tsing exploran juntas el discurso de las minorías desde el punto de vista afroamericano y asiático-americano. Judith Newton y Judith Stacey, en cambio unen sus fuerzas para examinar como el deseo feminista de múltiples alianzas podrían llegar a los críticos culturales masculinos en busca de formas de posicionarse dentro del feminismo. Estudiando “a los de arriba”, esperan traer de vuelta nuevas lecciones feministas, aprender que ganan los hombres (y las mujeres blancas) al adoptar “identidades traidoras” que desafían su privilegio pero que ayudan a construir una sociedad no sexista y no racista.

Trabajar colaborativamente en una forma diferente que explore la identidad diaspórica, Aihwa Ong, quien se ve a sí misma no como una asiática-americana sino como una china expatriada, busca las historias de mujeres inmigrantes recién llegadas de origen Chino a medida que entrar en su propio sentido de agencia en los Estados Unidos. Al mismo tiempo ella cuestiona la noción de nativismo privilegiado y expone que ser posicionado/a como algún tipo de persona entrenada en la cultura no lo/la predispone a producir una etnografía políticamente correcta de el/la Otro/a. En efecto, ella nos recuerda que las mujeres del Tercer Mundo del mundo académico angloparlante son privilegiadas en comparación con las mujeres de sus culturas ancestrales. Las etnógrafas feministas necesitan desarrollar una práctica crítica “desterritorializada” que lidia con las inequidades no solo en ese “otro lugar” sino también en aquella comunidad “propia”.

En su cuento de dos embarazos, Lila Abu-Lughod ofrece un ejemplo preciso de cómo desterritorializar la etnografía, virando hacia adelante y atrás entre su propia experiencia tecnologizada de embarazo y las experiencias de sus amigas beduinas y egipcias. El enfoque de Abu-Lughod sobre su maternidad inminente también rompe un tabú. La primera generación de antropólogas feministas, quienes veían la maternidad como una de las instituciones centrales que privaba a las mujeres de conseguir poder en la esfera pública, nunca escribieron acerca de sus propios conflictos entre la reproducción y la antropología. En la última década, ya que el feminismo se ha visto cada vez más atacado y los derechos al aborto han sido desafiados, la maternidad se ha convertido en una meta pública para las mujeres. Continuamente han aparecido artículos en la prensa dominante acerca de mujeres que ponen en peligro sus fetos o lamentan haber elegido una carrera por sobre la maternidad66. Las etnógrafas feministas en este país no son inmunes a estas presiones culturales, y Abu-Lughod es valiente al hablar de ello, abriendo un espacio para que otras cuenten sus historias. Abu-Lughod se sintió igualmente vulnerable a la presión de sus amigas beduinas y egipcias que se compadecían de su falta de hijos/as.

El ensayo de Ellen Lewin ofrece un contraste a estos asuntos. Con brío y visión, Lewin reflexiona sobre la suposición heterosexual que afianza la antropología, que hasta hace poco parecía no necesitar explicación o teorización. De hecho, la antropología tiene un sexo, como Yo había sugerido anteriormente, siendo virtualmente sinónimo de masculinidad. Sin embargo, hacer etnografía lesbiana llevó a Lewin a la conclusión que la identidad es siempre un flujo entre etiquetas étnicas, raciales, de edad, profesionales, entre otras. Una lesbiana nunca es solo una lesbiana. El deseo de Lewin de sentirse identificada con sus asuntos lésbicos fracasa entre esas mujeres que, a diferencia de ella, han elegido convertirse en madres sin maridos. Enfocándose en diferencias entre lesbianas, Lewin añade un nivel inusual de complejidad a nuestro entendimiento de los dilemas de trabajar etnográficamente sobre nuestra “cultura propia”.

La gran mayoría de los ensayos en este libro siguen la tendencia actual en la antropología americana de escribir cultura aquí, en los Estados Unidos, donde hacemos nuestras vidas como antropólogas de la academia. Nuestro objetivo a la larga, ha sido examinar las poéticas y las políticas de la etnografía feminista como una forma de repensar el propósito de la antropología en una América multicultural. Una limitación de este acercamiento es que no podría ser más internacional en su enfoque67. Sin embargo, trabajando en estos espacios que pensamos como “hogares”, los cuales en cambio son trasversales para múltiples intersecciones de espacios de identificación y diferenciación, nuestro libro hace una contribución teórica importante: nos alejamos de las dicotomías de “Occidente” contra el “Resto” y el “Yo” contra el “Otro”, que de manera acrítica informó “Writing Culture” y que siguen siendo centrales en la narrativa de la búsqueda de la antropología. Incluso el ser blanco, como muestra Kirin Narayan en su historia, no es una identidad monolítica, sino que está cubierta con capas de sombras de diferencias que difuminan los límites entre “adentro” y “afuera”. Como indica Anna Tsing, “la observación participante comienza en casa- y no solamente porque estamos estudiando a ‘nosotros/as mismos/as’; una parte de cada ‘nosotros/as’ es también ‘otro/a’”68.

En efecto, como escribo en mi ensayo “Writing in My Father’s Name”, tuve que afrontar los problemas más profundos que había enfrentado como antropóloga cuando traje las luchas de la casa a mí etnografía, “Translated Woman”. Me dolió descubrir que había alienado a mis padres al escribir sobre ellos de maneras que encontraron inquietantes. Angustiada por mi “malicia”, volví a México esperando ser vindicada al darle el libro que había escrito acerca de ella a mi comadre Esperanza. Pero no había redención; mi comadre me dijo que no quería conservar un texto que ella nunca podría ser capaz de leer.

Escribir daña.

Porque escribir daña, Caridad de Kirin Narayan- una mujer blanca por fuera pero con su corazón perdido en India- es una creación entrañable de la imaginación antropológica feminista. Porque Caridad promulga el romance de ser amada, incluso adorada, por su escritura. Su relato antropológico de un pueblo Indio es leído apasionadamente, consumido de cabeza a pies, por un antropólogo varón sobre quien Caridad solo sabe que es un “weberiano”. Las cartas de su lector admirador la llenan de esperanza y nostalgia, mientras enfrenta el hecho de que ya no es la estudiante de posgrado confiada escribiendo la exposición ejemplar, sino una marginal en la academia, tratando de mantener un agarre tenue de la realidad convocando sus recuerdos acerca de esas teorías en los textos de Radcliffe- Brown y Malinowski y “Writing Culture” que alguna vez estudió con devoción.

¿Qué le pasará a Caridad? ¿Su escritura traerá éxito, realización, un movimiento desde los márgenes al centro? Intentemos imaginar un futuro brillante para esta heroína ambivalente- y para todas las mujeres escribiendo cultura mientras este siglo llega a su fin.

Notas

Estoy profundamente agradecida con Deborah Gordon, Rachel Cohen, Lila Abu-Lughod, Kirin Narayan, Benjamin Orlove, un revisor anónimo de University of California Press, y nuestra editora, Naomi Schneider, por sus comentarios reflexivos y alentadores sobre este texto. Mis agradecimientos a Laura Kunreurther por su epígrafe de Virginia Woolf. Una versión temprana de estas ideas aparecieron en mi “Introducción”, un edición especial en “Women Writing Culture: Another Telling of the Story of American Anthropology”, editado por Ruth Behar, Critique of Anthropology 13, n° 4(1993): 307-26.

1 Traducción de la Introducción del texto| Introducción: Fuera del Exilio- Introduction: Out of exile| Revisión técnica de Ruth Behar.

2Esta crisis doble había inspirado tempranamente a las antropólogas feministas a pensar acerca de nuestro propósito. Mirar, en particular, Lila Abu-Lughod, “Can There Be a Feminist Ethnography?” Women and Performance: A Journal of Feminist Theory 5 (1990): 7-27.

5Ver, por ejemplo, Clifford Geertz, Works and Lives: The Anthropologist as Author (Stanford: Stanford University Press, 1988); Richard Fox, editor, Recapturing Anthropology: Working in the Present (Santa Fe, Nuevo México: School of American Research Press, 1991). Con 25.000 copias, Writing Culture también se vendió bien, una hazaña rara para una colección de ensayos académicos publicada por una imprenta universitaria.

6Sobre los intercambios intelectuales y poéticos y los conflictos de Sapir y Benedic, ver Richard Handler, “Vigorous Male and Aspiring Female: Poetry, Personality and Culture in Edward Sapir and Ruth Benedict”, en Malinowski, Rivers, Benedict and others: Essays on Culture and Personality, editado por George W. Stocking, Jr. (Madison: University of Wisconsin Press, 1986), 172-155.

7Reconozco que en este resumen capsula estoy ofreciendo una imagen de Writing Culture como si fuera un texto monolítico. Como muchos/as lectores/as han mencionado, hay diferencias claves entre los autores del libro. Por ejemplo, el ensayo de Talal Asad no se refiere a la teoría textual; el ensayo de Michael Fischer se enfoca en la autobiografía étnica más que en otra etnografía; y el ensayo de Paul Rabinow critica la preocupación con la forma textual y también busca una alianza incomoda entre la antropología y el feminismo que se encuentra en oposición a la postura de James Clifford. Sin embargo, a pesar de estas diferencias, el libro ha sido leído no como una colección de ensayos que están en dialogo el uno con el otro sino, más bien, como un tratado programático llamando a los antropólogos a ser más conscientes de los fundamentos literarios de lo que ya son. El libro continúa siendo leído a través del filtro de la introducción de Clifford, la cual enfatiza en la forma textual y en la teoría, y así, en la forma lector- respuesta, esta es la perspectiva que yo también enfatizo.

8Mary Louisse Pratt, “Fieldwork in Common Places,” en Writing Culture, 33.

9Para mayor discusión, ver George E. Marcus y Michael M. J. Fischer, Anthropology as Cultural Critique: An Experimental Moment in the Human Sciences (Chicago: University of Chicago Press, 1986). Richard Fox, en su introducción a Recapturing Anthropology (p. 9), critica el acercamiento textualista del concepto erróneo de la naturaleza del poder y por suscribirse al mito de la escritura antropológica como artesanía en lugar de como “disciplina industrial”.

10Slavenka Drakulić, How We Survive Communism and Even Laughed (New York: Harper Perennial, 1993), 46-47.

11Por ejemplo el trabajo de campo de Paul Rabinow en Morocco (Berkeley: University of California Press, 1977) y el de Vincent Crapanzano Tuhami: Portrait of a Moroccan (Chicago: University of Chicago Press, 1980) fueron vistos como ejemplos originales de etnografía experimental , a pesar de que claramente se basaron en una tradición de escritura femenina que incluía a Return to Laughter de Laura Bohannan (New York: Doubleday, 1964; original 1954) y Never in Anger de Laura Briggs (Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 1970). Curiosamente el único texto perteneciente a una etnógrafa que fue discutido en detalle en Writing Culture fue Nisa: The Life and Words of a !Kung Woman (New York: Vintage Books, 1981), una historia de vida escrita por la esposa de un antropólogo envuelta en el Harvard Kalahari Project, cuyos vividos reportes personales le han asegurado un lugar favorecido en los cursos de introducción a la antropología.

12Ver James Clifford, “Introduction”, en Writing Culture, 21-22, donde proclama que aquellas antropólogas que ha hecho innovaciones textuales “no han hecho lo mismo en terrenos feministas”, mientas, por otro lado, aquellas quienes, como feministas, estaban “activamente re-escribiendo el canon masculinista” no habían “producido ni formas de escrituras no convencionales ni una reflexión desarrollada sobre la textualidad etnográfica como tal”.

13Deborah A. Gordon, “Writing Culture, Writimg Feminism: The Poetics and Politics of Experimental Ethnography”, Incriptions ¾ (1988): 8, 21. Le siguieron otras respuestas, incluyendo “The Post-modernist Turn in Anthropology: Cautions from a Feminist Perspective”, Signs 15 (1989): 7-33 de Frances Mascia-Less, Patricia Sharpe, y Collen Ballerino Cohen; A Thrice-Told Tale: Feminism, Postmodernism, and Etnographic Responsability (Stanfor: Stanfor University Press,1992) de Margery Wolf; “Feminism/Pretexts: Fragments, Questions and Reflections”, Anthropological Quarterly 66, no. 2(1993): 59-66 de Barbara Babcock.

14Joseph A. Boone y Michael Cadden, editores; Egendering Men: The Question of Male Feminist Criticism (New York: Routledge, 1990), 3.

15Michelle Zimbalist Rosaldo y Louise Lamphere, editoras., Woman, Culture and Society (Stanford: Stanford University Press, 1974); Harry Lionel Shapiro, Man, Culture and Society (New York: Oxford University Press, 1956). Writing Culture puede ser vista como una respuesta masculina a Woman, Culture and Society. La fantástica complejidad de estas políticas e historia son exploradas de una manera más completa en la conclusión de Deborah Gordon en este libro.

16Adrienne Rich, “When We Dead Awaken: Writing as Re- Vision”, en su On Lies, Secrets, and Silence: Selected Prose 1966-1978 (New York: Norton, 1979), 35-38.

17Moraga y Anzaldúa, This Bridge Called My Back. Ver también Chandra Talpade Mohanty “Under Western Eyes: Feminist Scholarship and Colonial Discourses”, en Third World Women and the Politics of Feminism, editoras. Chandra Tapalde Mohanty, Ann Russo y Lourdes Torres (Bloomington: Indiana University Press, 1991), 1-80. En este contexto deberíamos notar también la importancia del trabajo de las antropólogas “nativas” fuera de los Estados Unidos. Ver, por ejemplo, Soraya Altorki y Camilla El Solh, editoras., Studyng Your Own Society: Arab Women in the Field (Syracuse, N.Y.: Syracuse University Press, 1988).

18El impacto de This Bridge Called My Back en la antropología feminista puede ser visto en Faye Ginsburg y Anna Lowenhaupt Tsing, editoras., Uncertain Terms: Negotiating Gender in American Culture (Boston: Beacon Press, 1990).

19Gloria Anzaldúa,”speaking in Tongues: A letter to Third World Women Writes”, en This Bridge Called My Back, 167. Ver también su antología, Making Soul: Haciendo Caras: Creative and Critical Perspectives by Women of Color (San Francisco: Aunt Lute Foundation, 1990).

20Audre Lorde, “An Open Letter to Mary Daly”, Gloria Anzaldúa, “Speasking in Tongues”, Nellie Wong, “In Search of the Self as Hero: Confetti of Voices on New Year’s Night”, en This Bridge Called My Back, 96. 165- 66, 180-81.

21Norma Alarcón, “The Theoretical Subjects of This Bridge Called My Back and Anglo-American Feminism”, en Criticism in the Borderlands: Studies in Chicano Literature, Culture and Ideology, editores. Héctor Calderón y José David Saldívar (Durham, N.C.: Duke University Press, 1991), 37.

22Ver las importantes críticas de minorías de Lila Abu-Lughod, “Writing against Culture” 137-62, y José Limón, “Representations, Ethnicity, and the Precursory Ethnography: Notes of a Native Anthropologist”, 115- 35, en Recapturing Anthropology; Angie C. Chabram, “Chicana/o Studies as Oppositional Ethnography”, Culture Studies 4, n°. 3 (1990): 228- 47; Christiene Obbo, “Adventures with Fieldnotes”, en Fieldnotes: The makings of Anhropology, ed. Roger Sanjek (Ithaca, N.Y.: Cornell University Press, 1990), 290- 302. Para un repensar del posicionamiento de las minorías, ver Virginia R. Dominguez, “A Taste for ‘the Other’: Intellectual Complicity in Racializing Practices” y “Comments”, Current Anthropology 35, n°. 4 (1994): 338-48.

23bell hooks, Yearning: Race, Gender and Culture Politics (Boston: South End Press, 1990), 130-31.

24James Clifford, “Introduction”, en Writing Culture, 21, n.11; Paul Rabinow, “Representations Are Social Facts: Modernity and Post-Modernity in Anthropology” en Writing Culture, 234-61.

25Audre Lorde, “Poetry Is Not a Luxury”, en su Sister Outsider: Essays and Speeches (Trumansburg, N.Y.: The Crossing Press, 1984), 36-39.

26Clifford, “Introduction”, 1.

27Catherine Lutz, “The Erasure of Women’s Writing in Sociocultural Anthropology”, American Ethnologist 17, n°. 4 (1990): 611- 27. Sería provechoso expandir el análisis de Lutz para ver el alcance que las contribuciones de los/las antropólogos/as de color son igualmente, o quizás de manera más irrevocable, borradas a través de los patrones estándares de citación, para contrarrestar el borrado de la labor femenina en la historia de la antropología, ver Nancy J. Parezo, ed., Hidden Scholars: Women Anthropologists and the Native American Southwest (Albuquerque: University of New Mexico Press, 1993); y Barbara A. Babcok y Nancy J. Parezo, Daughters of the Desert: Women Anthropologists and the Native American Southwest, 1880- 1980 ((Albuquerque: University of New Mexico Press, 1988). Como Barbara Babcok me hizo notar, que es importante que la serie History of Anthropology de la editorial de Universidad de Wisconsin ha evitado estudiosamente el género, el feminismo y las antropólogas. Ciertamente, George W. Stocking, Jr., el editor de la serie, ha escrito la cuenta histórica más completa y reflexiva de nuestro canon antropológico. Ver su The Ethnographer’s Magic and Other Essays in the History of Anthropology (Madison: University of Wisconsin Press, 1992).

28Renato Rosaldo, Culture and Truth: The Remaking of Social Analysis (Boston: Beacon Press, 1990); Mary Louise Pratt, “Humanities for the Future: Reflections on the Western Culture Debate at Stanford”, South Atlantic Quarterly 89 (1990): 7-25. Renato Rosaldo es uno de los pocos antropólogos que se ha comprometido con los debates en torno al multiculturalismo. También ha sido una excepción clave a la tendencia de cancelar el trabajo de las mujeres en antropología. En Culture and Truth, él crítica la ética weberiana “masculina” y en cambio se identifica con el pensamiento feminista. Rosaldo no solo trata de escribir antropología que está arraigada en las emociones de la pena, el dolor, y la ira, sino que conscientemente reclama las formas subjetivas de análisis social usadas por las antropólogas (ver pp. 1- 21 y 168- 95).

29Los medios americanos, para la mayor parte, representaron el debate como si fuera acerca de “La hegemonía creciente de lo políticamente correcto”, como un artículo fue titulado (Richard Bernstein, New York Times, Octubre 20, 1990, sec. 4, p.1) Una gran cantidad de artículos y reseñas apareció durante 1990 y 1991.

30Hazel Carby, “The Canon: Civil War and Reconstruction”, Michigan Quarterly Review 28, n°. 1(1989): 36.

31William A. Henry III, “Upside Down in the Grove of Academe”, Time, Abirl 1, 1991, 66.

32Toni Morrison, “Unspeakable Things Unspoken: The Afro- American Presence in American Literature”, Michigan Quarterly Review 28, n°. 1 (1988): 78.

33Carby, “The Canon”, 40.

34Barbara Christian, “The Race for Theory”, Feminist Studies 14, n°.1 (1988):78.

35Geertz, Works and Lives, 137.

3636. Ver, por ejemplo, Limón, “Representations, Ethnicity, and the Precursory Ethnography”; y Sherry Ortner, “Reading America: Preliminary Notes on Class and Culture”, en Recapturing Anthropology, 163-89.

37Lorraine Nencel y Peter Pels, “Introduction: Critique and the Deconstruction of Antropological Authority”, en Constructing Knowledge: Authority and Critique in Social Science, eds. Lorraine Nencel y Peter Pels (London: Sage Publications, 1992), 17.

38Joan Vicent, “Engaging Historicism”, en Recapturing Anthropology, 49.

39Annette Weiner, “Anthropology’s Lessons for Cultural Diversity”, Chronicle of Higher Education, Julio 22, 1992, 31-32. En respuesta, en 1992 la reunión anual de la AAA, hizo al multiculturalismo su tema central, pero la relevancia de los debates del canon para la antropología no fue el principal tema de discusión

40Charlotte Perkins Gilman, The Yellow Wallpaper and Other Writings (New York: Bantam Books, 1982).

41James A. Boon, “Between- the- Wars Bali: Rereading the Relics”, en Malinowski, Rivers, Benedict and Others, 243. Ver también James A. Boom, Other Tribes, Other Scribes: Symbolic Anthropology in the Comparative Study of Cultures, Histories, Religions, and Texts (New York: Cambridge University Press, 1982). Una lectura ejemplar a través de los géneros puede encontrarse en James Clifford, “On Ethnographic Self- Fashioning: Conrad and Malinowski” en su The Predicament of Culture: Twentieth- Century Ethnography, Literature, and Art (Cambridge, Mass: Harvard University Press, 1988), 92- 113. Se necesitan más lecturas a través de los géneros y las etnicidades, como sugieren Ebron y Tsing en sus ensayos de este volumen.

42Faye V. Harrison, “Anthropology as an Agent of Transformation: Introductory Comments and Queries”, en Decolonizing Anthropology: Moving Further Toward and Anthropology for Liberation, ed. Faye V. Harrison (Washington, D.C.: American Anthropology Association, 1991), 6-7. Ver también Michel- Rolph Trouillot, “Anthropology and the Savage Slot: The Poetics and Politics of Otherness”, en Recapturing Anthropology, 17-44.

43En mi seminario, como en esta colección de ensayos, decidí mantener el foco sobre el rol de la mujer en la antropología cultural americana para mantener continuidad histórica. Mientras esta perspectiva puede parecer limitada, aún queda mucho perdido acerca de las contribuciones de la mujer solo para la antropología cultural americana. Ciertamente sería provechoso expandir esta lectura feminista a la historia de las mujeres en la antropología a otras tradiciones nacionales y eventualmente desarrollar una perspectiva internacional. Dentro de la tradición británica, por ejemplo, podríamos preguntar por qué Political Systems of Highland Burma de Edmund Leach (Boston: Beacon Press, 1964) fue aclamada como una partida innovadora del funcionalismo clásico mientas Chusungu: A Girl’s Initiation Ceremony Among the Bemba of Northern Rhodesia (London: Faber and Faber, 1956) de Audrey Richard no lo fue (Peter Pels, comunicación personal). Para mujeres en la antropología social británica, ver Nancy Lutkehaus,, “’She Was Very Cambridge’: Camilla Wedwood and the History of Women in British Social Anthropology”, American Ethnologist 13, n°. 4 (1968): 776-98.

44Alice Walker, In Search of Our Mothers’s Gardens (New York: Harcourt Brace Jovanovich, 1983), 4; Adrienne Rich, “Divisions of Labor”, en su Time’s Power: Poems 1985-1988 (New York: Norton, 1989).

45Ver Rosaldo and Lamphere, Woman, Culture and Society; Rayba Reiter (Rapp), ed., Toward and Anthropology of Women (New York: Montly Review Press, 1975); Peggy Reeves Sanday, Female Power and Male Domincnae: Out the Origins of Sexual Inequality (Cambridge, England: Cambridge University Press, 1981); Henrietta Moore, Feminism and Anthropology (Minneapolis: University of Minnesota Press, 1988); Micaela di Leonardo, ed., Gender at the Crossroads of Knowledge: Feminist Anthropology in the Postmodern Era (Berkely: University of California Press, 1991); Elaine Showalter, A Literature of Their Own: British Women Novelists from Brontë to Lessing (Princeton, N,J.: Princeton University Press, 1977); Ellen Moers, Literay Women: the Great Writers (New York: Oxford University Press, 1977); Nancy k. Miller, Subject to Change: Reading Feminist Writing (New York: Columbia University Press, 1988); Carolyn G. Heilbrun, Hamlet’s Mother and Other Women(New York: Ballantine, 1990).

46Un ejemplo clásico es Nisa de Shostak. Ver el perspicaz análisis de este texto de Deborah A. Gordon en A Troubled Border: Feminism and the Textual Turn in Anthropology (Ann Arbor: University of Michigan Press, próximamente).

47Marilyn Strather, “An Awkward Relationship: The Case of Feminism and Anthropology”, Signs 12, n°2 (1987): 276- 92. Recientemente, la torpeza ha sido refundida en términos de la relación entre el postmodernismo y el feminismo. Ver Mascia- Less, Sharpe, y Cohen,” Postmodernist Turn”; Linda J, Nicholson, ed., Feminism/Postmodernism (New York: Routledge, 1990); Deborah Gordon, “The Unhapphy Relationship of Feminism and Postmodernism in Anthropology”, Anthropological Quarterly 66, n°. 3 (1993): 109-17.

48Judith Stacey, “Can There Be a Feminist Ethnography?” Women’s Studies International Forum 11, n° 1 (1988): 22-23; Abu- Lughod, “Can There Be a Feminist Ethnography?” 18-19.

49Kamala Visweswaran, “Definig Feminist Ethnography”, Inscription ¾ (1988): 36- 39. Ver también Fictions of Feminist Ethnography de Visweswaran (Minneapolis: University of Minnesota Press, 1994).

50Judith Stacey, Brave New Families (New York: Basic Books, 1990); Dorinne Kondo, Crafting Selves: Power, Gender, and Discourses of Identity in a Japanese Workplace (Chicago: University of Chicago Press, 1990); Karen McCarthy Brown, Mama Lola: A Vodou Priestess in Broolyn (Berkeley: University of California Press, 1991); Lila Abu- Lughod, Writing Women’s Worlds: Bedeoun Stories (Berkeley: University of California Press, 1992); Rth Behar, Translated Woman: Crossing the Border with Esperazana’s Story (Boston: Beacon Press, 1993); Anna Lowenhaupt Tsing, In the Realm of the Diamond Queen (Princeton, N.J.: Princeton Univeristy Press, 1993).

51Gordon, Troubled Border.

52Creo que este es el caso con la crítica feminista de Mascia- Lees, Sharpe, y Cohem, “The Postmodernist Turn”, y hasta cierto punto con el volumen editado por Fox, Recapturing Anthropology.

53Rachel Blau DuPlessis, Writing beyond th Ending: Narrative Strategies of Twentieth-Century Women Writers (Bloomington: Indiana University Press, 1985), 3; Patricia Yaeger, Honey-Mad Women: Emancipatory Strategies in Women’s Writing (New York: Culumbia University Press, 1988); Carolyn Heilbrun, Writing a Woman’s Life (New York: Norton, 1988).

54Harold Boom, The Anxiety of Influence: A Theoryof Poetry (New York: Oxford University Press, 1973); Sandra M. Gilbert y Susan Gubar, The Madwoman in the Attic: The Woman Writer and the Nineteenth-Century Literary Imagination (New Haven: Yale University Press, 1979), 48-51. Limón, en “Reresentation, Ethnicity, and the Precursory Ethnography”, es el único antropólogo quien, según entiendo, se basa en la idea de incertidumbre de influencia. Sobre la ambivalencia que las mujeres académicas sienten hacia la autoridad que tienen, ver Nadya Aisenberg y Mona Harrington, Women of Academe: Outsiders in the Sacred Grove (Amherst: University of Massachusetts Press, 1998).

55Sobre las complejidades de la crítica literaria feminista reciente, ver Marianne Hirsch y Evelyn Fox Keller, eds., Changing Subjects: The Making of Feminist Literacy Criticism (New York: Routledge, 1993).

56Mary Morrus, ed., Maiden Voyages: Writings of Women Travelers (New York: Vintage Books, 1993), xv- xxii.

57Para discusiones sobre estos asuntos, ver Peggy Golde, ed., Women in the Field: Anthropological Experiences (Berkeley: University of California Press, 1986); Diane Bell, Pat Caplan, y Wazir Jahan Karim, eds., Gendered Fields: Women, Men and Ethnography (New York: Routledge, 1993); Diane Wolf, ed., “Feminist Dilemmas in Fieldwork”, edición especial de Frontiers: A Journal of Women’s Studies 13, n°. 3 (1993): 1-103.

58Susan Sontag, “The Anthropologist as Hero” en su Against Interpretation (New York: Doubleday 1986; orig. 1966), 74.

59Esta visión del “académico nativo” aun no es, desafortunadamente, obsoleta; ver Obbo, “Adventures with Filednotes”. Tambipen ver el ensayo comparativo de Deborah A. Gordon, “The Politics of Ethnographic Authority: Race and Writing in the Ethnography of Margaret Mead and Zora Neale Hurston”, en Modernist Anthropology: From Fieldwork to Text, ed. Marc Manganaro (Princeton, N.J.: Princeton University Press, 1990), 146-162.

60Kirin Narayan, “How Native Is a ‘Native’ Anthropologist?” American Anthropologist 95, n°. 3 (1993): 28-29.

61hooks, Yearning, 143.

62José Limón, “Folklore, Gendered Repression, and Cultural Critique: The Case of Jovita Gonzalez”, Texas Studies in Literature and Language 35, n°. 4 (1993): 453-73.

63Sobre los límites en antropología, ver Rosaldo, Culture and Truth.

64Para una discusión importante de cómo la disconformidad en la antropología con un judaísmo asertivo ha creado una “epistemología del armario Judío”, ver Virginia Dominguez, “Questioning Jews”, American Ethnologist 20, n°. 3 (1993): 618-24.

65Laurent Dubois, “Namings” (ensayo no publicado escrito para un seminario impartido por Ruth Behar. “Ethnography Writing Workshop”, 1994).

66Faye D. Ginsburg, Contested Lives: The Abortion Debate in an American Community (Berkeley: University of California Press, 1989); Anna Lowenhaupt Tsing, “Monster Stories: Woman Charged with Perinatal Endagerment” en Uncertain Terms,282-99; Anne Taylor Fleming, Motherhood Deferred: A Woman’s Journey (New York: G. P. Putnam’s Sons, 1994).

67Aun manteniendo el foco sobre la tradición de la antropología cultural americana, muchas figuras importantes están ausentes, incluyendo a Gladys Reichard, Hortense Powdermaker, Gene Weltfish, Jean Briggs, y Eleanor Leacock. Para llenar vacíos, ver el excelente volumen de Ute Gacs, Aisha Khan, Jerrie McIntyre, y Ruth Weinberg, eds., Women Anthropologists: Selected Biographies (Urbana: University of Illinois Press, 1989).

68Anna Tsing, carta a Ruth Behar, Octubre 13, 1994. Mis más sinceros agradecimientos a Anna por tan claras reflexiones en su carta hacia mí, sobre las cuales he basado mis ideas para este párrafo.

Recibido: 13 de Octubre de 2018; Aprobado: 10 de Abril de 2019

James Clifford y George Marcus, editores, Writing Culture: The Poetics and Politics of Ethnography (Berkeley: University of California Press, 1986). El énfasis está puesto en el hecho que el libro se desarrolló desde un “seminario avanzado” es sorprendente; la palabra “avanzado” aparece tres veces en la primera página del prefacio. Para más antecedentes, ver George E. Marcus y Dick Cushman, “Ethnographies as Texts”, Annual Review of Anthropology II (1982): 25-69

Cherrie Moraga y Gloria Anzaldúa, editoras, This Bridge Called My Back: Writings by Radical Women of Color (New York: Kitchen Table, Women of Color Press, 1983)

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