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Cultura-hombre-sociedad

versión impresa ISSN 0716-1557versión On-line ISSN 0719-2789

Cult.-hombre-soc. vol.29 no.2 Temuco dic. 2019

http://dx.doi.org/10.7770/0719-2789.2019.cuhso.03.a09 

Documentos y Testimonios

Breves memorias de don Aquilino: Testimonio, comentarios y notas de un chileno de la Araucanía en el siglo XX

Brief memories of Don Aquilino: Testimony, comments and notes of a Chilean of the Araucanía of the 20th century

Mathias Órdenes Delgado 1  

1 Universidad Católica de Temuco, Chile. mathias.ordenes@gmail.com.

Más que una introducción, un agradecimiento

La producción científica-literaria sobre la región de la Araucanía comúnmente trata sobre lo mapuche, la propiedad de la tierra, las forestales, los colonos y, en menor medida, sobre la reforma agraria. La entrevista que presentamos en este trabajo se aproxima a un tema distinto, menos abordado: la experiencia subalterna de aquellos chilenos pobres que, oleada tras oleada, llegaron "en masa” a poblar dicha región ya desde antes de la Guerra de Ocupación (1862-1883), la misma que terminaría por anexar el Gullumapu al territorio nacional.

Los chilenos de distintos estratos sociales, sobre todos los menos afortunados, ya a finales del siglo XIX constituían la mayoría de la población en la antigua frontera. Cabe mencionar, que los censos del siglo XIX no fueron suficientemente exhaustivos, de tal forma que nos permitan cuantificar de manera más precisa la población chilena en las provincias de colonización. Junto a la llegada del nuevo siglo tal situación comienza a cambiar, aunque no del todo. El análisis del Censo de 1907, a pesar de sus falencias, pues está afectado por cifras negras y subregistros (Pinto, 2009: 188-190, Pinto, 2010:28), nos entrega un cálculo que no conviene desestimar: en Arauco los chilenos de distintas clases sociales constituían un 92%, en Malleco un 86% y en Cautín un 65%, donde el mismo Censo registró el mayor porcentaje de “araucanos”, con un 33,5%. Los extranjeros, por su parte, en la misma fecha no superaban el 3% (Censo de 1907, 1908: 953, 954, 1061, 1062, 1103, 1104 y 1311-1314).

Uno de estos muchos chilenos fue don Aquilino. Como explicaremos pronto, las circunstancias en que lo conocimos no nos permitieron obtener más información bibliográfica que la que presentaremos. Nació el 9 de marzo de 1931, en Santa Bárbara, Octava Región, en la casa de su abuelo materno. A sus 86 años lo entrevistamos en el pueblito de Radal, comuna de Freire, en la lluviosa noche del 6 de julio del 2017. A los pocos meses cerró sus ojos afligido por un cáncer. Sus hijas, quienes amorosamente lo cuidaron en sus últimos días, mostraron un solícito interés por la entrevista, entendiendo que de esta forma podrían obtener la grabación de su voz y sus recuerdos. Don Aquilino narró sus memorias desde su cama en una hora y once minutos, con envidiable lucidez, un dulce brillo en sus ojos y expresiones frescas, que contrastaban con su cuerpo enjuto, ya sin fuerzas, y con su voz cansada, ronca y áspera. Habló todo y cuanto su energía le permitió, sólo interrumpido en instantes por el ruido de la lluvia y pronto también por el agotamiento que comenzó hacer presa de su cuerpo.

No queda más que agradecer profundamente la oportunidad de haberlo escuchado. Abrió generosamente su corazón, su intimidad a un extraño, a quien además recibió con una sonrisa sincera. Hay deudas que no existe la forma de pagarlas, quizá la publicación de estas líneas, como señaló una de sus hijas, nos permita a los más jóvenes valorar la experiencia y sufrimiento de nuestros hombres y mujeres de trabajo.

Memorias de don Aquilino

A continuación, se presenta la transcripción textual y casi completa de la entrevista, las notas y comentarios fueron incluidos al pie de página a objeto de no interrumpir el precioso relato.

Mathias: ¿Cuándo nació usted?

Aquilino: El 9 de marzo de 1931, en la comuna de Santa Bárbara en la Octava Región.

Mathias: ¿Cómo llegó entonces usted acá a la Araucanía?

Aquilino: A falta de nuestra mamá, a falta de nuestra mamá. Murió mi mamá en el año… a ver… 1941, allá. Entonces a falta de mi mamá. Yo tenía a mis abuelos acá en la comuna Cunco, aquí ya en la región. Y bueno se fue una tía a atenderlos a allá a nosotros, porque nosotros éramos niñitos y después ella no pudo estar allá, así es que tuvimos que abandonar nuestro campo y se perdió fíjese, once hectáreas teníamos de campo. Y mi abuelo tenía un fundo, un fundito chico sí.

Mathias: ¿Una parcela?

Aquilino: No, más que parcela, tenía doscientas hectáreas. Así que dejamos nuestro campo allá y nos venimos a Cunco a falta de mi mamá, nueve hermanos, nueve.

Y la razón porque falleció mi mamá, ella falleció… En aquellos años era tan abandonado todo, todo en lo que usted mirara. Mi madre murió de parto, quedo una guagüita de cuatro días y esa guagüita la crió una tía mía y duró un año y ocho meses y también falleció la guagüita. Así es que nos quedamos nueve no más y de los nueve quedamos dos, dos hermanos, los demás también todos han muerto. Yo hoy en día tengo un hermano en Temuco, el único que me queda, diez años menor que yo. Somos los dos hermanos que quedamos y no hay más, familia (…) se terminó. Por mis hijos claro, hay una inmensa familia larga.

Mathias: ¿Dónde tenían 200 hectáreas?

Aquilino: Allá, en la Octava Región, de mis abuelos.

Mathias: ¿Por qué no quisieron quedarse ahí ustedes?

Aquilino: A no, es que mi tía no se podía quedar allá y nosotros no podíamos quedarnos sin mi tía, teníamos que venirnos para acá.

Llegamos a Cunco, le voy a decir la fecha en que llegamos: llegamos el 25 de junio de 1943. Todos los hermanos a la casa de nuestros abuelos, los papás de mi papá y ahí seguimos viviendo en el campo, perdimos como uno o dos años de estudiar. Bueno igual en aquellos años no había donde estudiar pue… Yo entré después con mis hermanos al colegio, a Cunco, y estuve tres años, terminé sexto año y me retiré en diciembre del año 1946. Me retiré del colegio hace casi setenta años atrás, un buen ratito… Y seguimos trabajando, allá crecí yo, en la comuna de Malipeuco. Allá por último seguí trabajando, fui emprendedor de chico, no me quede nunca así no más. En que no trabajé, trabajé en todos los trabajos, en aquella época el trabajo… el grueso del trabajo era la madera en la comuna de Cunco, claro. Hice madera, compre madera. Y así, de todo... Y mi padre fue comerciante, entonces con esa noción de comercio nací yo y casi toda mi familia ahora.

Mathias: ¿Qué vendía su papa, madera igual?

Aquilino: Vendía madera mi papá, compraba animales, compraba ovejas, tenía una carnicería en Cunco. Él era varero, en aquellos años se llamaba varero. Yo le conversaba, por ejemplo, Cunco en esos años era un pueblo abandonado, un pueblo que no tenía ni servicio de luz eléctrica todavía propia, no tenía radiación tampoco, no tenía agua propia.

En aquellos años cuando yo estuve en el colegio éramos tan pobres los chilenos oiga… Mire yo siempre recuerdo como fuimos los chilenos acá, pero después nos levantamos, pero yo lo que más, lo que más me marcó en mi vida, aquella explotación tan grande del hombre por el hombre, más o menos en el año 30 al 66. Eso era una explotación del hombre por el hombre, los hombres trabajaban… yo también trabajaba en una empresa y fui empleado sí. Trabajamos de sol a sol, no trabajábamos con horarios, salía la luz y nosotros aserrábamos, el palanquero veía la regla y metía la palanca a cortar madera, y los demás tenían que estar ahí para todos los puestos, para diferentes cosas. Entonces así fue, después como le digo yo trabajé en todas las cosas, casi en todo en lo que había, primero en el comercio, después en madera, después en agricultura, después en crianza, casi lo último terminé en crianza.

Mathias: ¿De engorda? ¿Hacían engorda de vacuno para venderlo en la zona central?

Aquilino: No, yo criaba animal nuevo, por ejemplo, el sistema mío era: yo me compraba, por decir, veinte novillos y los criaba yo un año y los vendía y me cobraba. Con esa plata yo, con la inversión que había hecho, al otro año me compraba cuarenta y así seguía para arriba… Sino nosotros… ¿De qué otra manera?... Sin ninguna profesión, ni mi vieja. Ahí está mi señora [indica un cuadro con el retrato de su difunta esposa] ella murió hace un año justito atrás, ella era mi compañera de mi vida, duramos cincuenta y cinco años casados, cincuenta y cinco. Y así nos fuimos, al último ya tuvimos plata para comprarnos una parcela y ahí trabajamos, veintidós años y vendimos ese campo que habíamos comprado y compramos aquí, ya hace nueve años.

Mathias: ¿Usted me dijo que su papá fue varero? ¿Qué es un varero? ¿Qué hace un varero?

Aquilino: Un varero es una persona que se dedica, por ejemplo, en un pueblo saca un permiso en la municipalidad y compra, por decir aquí, treinta ovejas por allá, las mata acá de una vez, las lleva…. En esos años había matadero. En esos años en todos los pueblos chicos había matadero. Entonces me llevaba y vendía. Mataba, por decirlo así, veinte ovejas, treinta ovejas y les distribuía a todas las carnicerías. Eso, muertas las llevaban no más, él no lo trabaja, no lo vendía, él vendía a las redes veinte ovejas pesadas. Y eso ejerció un buen poco.

Y así hemos trabajado tanto en nuestra vida, pero yo lo que más me impresiona todavía como nosotros estábamos allá. Yo viví doce años en el norte [se refiere a Santa Bárbara], estábamos en un colegio fiscal que había ahí. ¡Una injusticia más grande que había oiga con los latifundios! Habían empresarios grandes ahí, estaban los Malburretos [?], estaba Roberto Freire, estaba un tal José Rosario Hermosilla, había una flota de esos, eran hartos oiga, tenían mucho campo. Los Hermosilla tenían cincuenta mil hectáreas, y para esas cincuenta mil hectáreas tenían tres, cuatro aserraderos y para esos tres, cuatro aserraderos, nosotros trabajábamos con uno no más. Y más o menos entre cuarenta, treinta a cinco personas sosteníamos el trabajo, lo echábamos a andar todo eso ahí.

Mathias: ¿Cuántas personas trabajan en un aserradero?

Aquilino: Depende, porque ahora hay aserraderos que ahora trabajan con dos personas.

Mathias: ¿Pero cuando usted era niño?

Aquilino: Más o menos unas veinte personas. En un aserradero, porque en eso entra ahí el que hace los caminos, el que hace las fajas para entrar con los bueyes a entrar los troncos, el que voltea la madera, el que la destroza, el que la madereaba. Después en carretones a la cancha que se llama, al lado de la sierra en el bote y todos los que trabajamos en el banco, unos quince, unos quince en el banco.

Mathias: ¿En los aserraderos pagaban con sueldo a los trabajadores o pagaban con pulperías?

Aquilino: Pagaban en parte con pulpería y en mi empresa mía yo le dije a mi patrón que yo le trabajaría, porque él me busco a mí, pero siempre con una condición, de que no nos faltara la pulpería y que para el año nuevo yo les iba a tener a todos su liquidación y él tenía que limpiar lo que saliera y así lo hizo. Pero aquí antes de eso habían otras empresas, por ejemplo, aquí en Cunco, por nombrar una, Juan Bautista (pero ese es el papá), Iriarte, una empresa Iriarte, ahí le pagaban a la gente con pura mercadería ¡y plata jamás! Y yo los veía trabajar a la gente en aquellos años ¡Cómo se sacrificaba esa gente por la pulpería y plata jamás nunca! Entonces la gente que hacía, había un paisanito instalado, un tal Andrés, que ganaba porque tenía un negocio bien surtido. Entonces como la empresa Iriarte le daba pura pulpería a la gente, trigo, harina, que se yo, esas cosas así y grasa, no en abundancia tampoco, la gente tenía que vender de eso, lo que le entregaron para comer, para poder sustentar otras cositas que se necesitan comprar en una familia. Así es que así lo hacían, les pagaban casi en pura pulpería y casi en todas las empresas en aquellos tiempos. Había varias empresas en Cunco, le voy a nombrar: Iriarte, don Carlos O’Brien, don Ciro O’Brien, don Placido Sepúlveda, don Isidro Larrazábal, don Ernesto Lauri, hartos po oiga.

Mathias: ¿Esos eran empresarios chilenos o venían del extranjero?

Aquilino: Iriarte era alemán, enormemente rico, tenía un fundo que se llamaba El Manzano, pero no lo aprovecho el hombre. No sé si fue para el 60 el terremoto, el terremoto del 60… Tenía estancias en Argentina también. Entonces durante el espacio del terremoto el hombre iba caminando para allá y de repente se juntaron dos cerros y ahí quedo Edmundo Iriarte y nunca lo sacaron, no lo pudieron sacar porque a la altura que quedo abajo. Así oiga, son historias que pasaron, historias vividas. Ahora no… Cunco mi pueblo [ahora] buuu...

Mathias: ¿Y habían empresarios que no tenían fundo, que sólo se dedicaban a eso, a la madera? ¿Maquileros, no?

Aquilino: Sí también maquileros, algunos, los más chiquititos, porque los demás, la demás gente más chica explotaban su madera y como podían la aserraban, pero como unos dos o tres, no más, el resto eran enormemente ricos. Y lo curioso es que ninguno murió rico, eso fue lo curioso, yo después supe como murieron, por ejemplo, los Driere [?]que eran enormemente ricos, en esos años tenían fundo allá en Rio Negro se llamaba, tenían una barraca ¡Que no tenían! En esa barraca por lo menos trabajarían unos ciento veinte hombres y después esos hombres explotaron montañas que eran fiscales, cayeron a la cárcel y se enfermaron. Según me conversó a mí un hijo mismo de un empresario que hoy en día todavía está ahí, trabaja él en la Municipalidad de Cunco, como se dice el que controla los… la gente de afuera por ahí… inspector parece… Y ahí está este caballero, el hijo, y murieron los viejos casi todos. ¡Ha! Había otra también gran empresa ahí, que se movía por ahí en esos rincones, para allá, para acá, para todas partes, era Corach. Sí, esos de repente se perdieron, desaparecieron de repente todos esos empresarios.

En aquellos también, cuando yo le hablo, cuando tenía unos veinte años yo viajé a Argentina, veintidós años. No había ningún medio de transporte de Temuco, no había camiones, no había bus, no había nada, estaba el tren ¿Y sabe cuándo llegó el tren a Cunco usted? En 1924. Y este canal que riega aquí nuestros pastos y sembrados fue inaugurado en el año 1939.

Así es que… por ahí lo que yo sé, lo poco que yo sé, pero por lo que yo doy gracias a Dios es porque estoy esperando la muerte yo no más, yo estoy en esa espera, porque los veredictos clínicos están dados ¡Malos! El que falta es el veredicto divino, de Dios, y no sé hasta dónde llegaré. ¡Ha! pero lo yo quería agregar, de que yo voy a ser uno de tantos, alomejor, ojalá que así fuera, agradecidos de Dios ¡Porque cómo hemos progresado en pocos años!

El año 54 hubo elecciones de Presidente de la República y parlamentarios y el Presidente de la República fue don Eduardo Frei Montalva y con su elección él agarró e hizo lo que tenía que hacer con Chile, hizo la reforma agraria, le repartió a la gente. En mal momento fue, pero la intensión fue muy buena, fue muy buena y hasta nosotros tocamos… no tocamos, sino que yo compré una parcela, sino otro me iba a vender una parcela linda con madera y de todo. Así es que ese hombre fue el que empezó a considerar al ser humano, don Eduardo Freí Montalva. Hizo leyes pal mundo en aquellos años y él, como tenía una inmensa mayoría, tenía el 70% u 80%, era harto, era hacer leyes no más. Por lo menos hizo la ley de las ocho horas, primero. Hasta ahí se explotó al hombre.

Rotosos los pobres hombres, de cincuenta años apenas andaban y yo eso lo veía, explotados desde la amanecida hasta la noche, mal comidos. Le daban la comida en los fundos a los hombres, cincuenta, cien hombres trabajando, arando, que no hacían, otros sembrando y así… Les daban una comida, les cuento lo que les daban: nosotros fuimos una vez a sembrar al fundo de don Roberto Freire, les daba el ricachón ese (nosotros teníamos poco campo), entonces ese ricachón le daba a la gente, vecinos, que fueran a trabajar donde él no podía sembrar, y ahí fuimos nosotros un año con mi papá. Yo tendría unos ocho años [se refiere a cuando aún vivían en Santa Babara], pero me acuerdo bien. Y sabe que ahí, en aquellos años, no se cortaba con maquinaria, no había ni una cosa para cosechar, habían puras máquinas de planta ¿Qué hacia una máquina de planta? Que salían inmovibles y había que llevar todo el trigo de allá, de allá, de allá, puede ser diez kilómetros de lejos y eso lo hacían antes. Y ahí pude lograr de ver la forma que comía la gente (…).

Y así yo vi: pobres mujeres, especialmente mapuches, harta gente trabajando, sus cien personas, unos en una cosa, unos cortando los trigos, otros echando trigo arriba del tarro, otros tirando para allá a la máquina, otros trillando, cosechando allá. Y a las doce mi papá me llevó para… ¡Ha! consiguió que mi papá le fuera a “pellejear”, “pellejear” se llamaba, a cargar carretas con trigo seco. Y yo fui a cuidarle el caballo a mi papá, entonces eran las doce y de repente, de allá parece que la veo, venía una carreta “empalvadora”, ustedes no tienen idea de lo que era una carreta “empalvadora”, esas carretas no tenían nada de fierro, ni el eje, ni el pértigo, ni las clavijas, era pura madera que se le ponía. Antes había maderas especiales, había una madera que se llamaba pilo, era como un fierro de duro, y había otra que se llamaba luma. De repente, como le digo, vi la carreta allá con una yunta de bueyes, traían el almuerzo ahí, arriba de la carreta dos tambores con doscientos litros, y pararon… Con mayordomo era la cosa, no se trabajaba así no más, había un hombre que los vigilaba para que no se pararan ni a fumar. Entonces llegó la carreta con unos laureles. Las señoras, las mamás, sus guagüitas, todas tiradas en la sombra o por ahí. Y ¡ya!, dijo el mayordomo: "¡el almuerzo!" y a almorzar todos, hasta yo comí con ellos ahí, mientras llegaba mi papá. Y ¿saben qué? puros porotos, en dos fundos de doscientos litros, cuatrocientos litros de porotos. Éramos hartos y ahí en la carreta donde venía la comida cargada, ahí esa tenía hartas barandillas en los costaneros (los costaneros eran los de afuera), hartas barandillas y en esas barandillas venían un montón de baldes de cinco litros, entonces la gente llegaba, agarraba un balde y sacaba un balde de porotos y se lo iba a comer ahí, con sus compañeros y ahí... como perros.

Y ahí yo… yo era niñito pero me acuerdo bien de todas esas cosas, no era na un niñito así no más, a lo mejor me parece a mí que fui bastante maduro desde chico. Y así po, pase a comer, me pasaron no una cuchara ¡una concha de pescado, de marisco! Claro esos tienen una cuestión donde se puede comer, pero una es izquierda y la otra es derecha. Así es que ahí me pasaron y estuve comiendo ¡malazo los porotos! Ligerito vino mi papá y me saco de ahí… Nosotros andábamos trayendo rokin, pancito sería, harina tostá, no sé pero algo andábamos trayendo. Eso hacían y atendían a su gente.

Y en la noche estábamos cerca de una bodega que se llamaba Tista, en Santa Bárbara, en la noche el patrón obligaba a los hombres a cargar una carretea de trigo de mil kilos, porque en ese tiempo no habían saco de ochenta kilos, habían sacos de cien kilos. Tenían que cargar su carreta e ir a dejarla a la bodega Tista en la noche, de acuerdo con el patrón, y al otro día igual tenían que trabajar.

¡Cómo se explotó al ser humano, al hombre! Yo eso lo veía, como veía la desnutrición de los niños en el colegio ¡apenas andaban los pobres cabritos! El colegio en que estábamos nosotros se llamaba El Guachi, en la comuna de Santa Bárbara. Uno que más iba hacer, no se podía hacer nada más ¡La desnutrición grande! Y hoy en día estamos al otro lado, estamos así [hace un gesto indicando la gordura del estómago]. Por eso digo yo: ¡bendito sea Dios! Cómo se fue arreglado desde el momento en que salió don Eduardo Frei Montalva. Ya después vinieron etapas difíciles, vinieron la UP, eso tenía que venir porque también había un anarquismo enorme, la gente ya explotó… Y después ya vinieron los militares, porque también tenían que venir…

¿Y cómo estamos hoy? A mí me da alegría fíjese. He salido re poco sí, me fui a Temuco, y por ahí he ido paseando recorriendo. Yo conocía Padre las Casas setenta años atrás. Padre las Casas era un pueblito, rukitas así… Había unos mallines grandes donde fuimos a buscar camarones. Ahora vaya a ver “a don Padre las Casas”, que no tiene, tiene municipalidad, tiene hospital, tiene colegios, que no tiene. A mí me da mucha alegría y dar gracias a Dios por que ha dado, porque la verdad es que da emoción, como hemos progresado.

Y le cuento todavía que en el año 50 tuvimos un generalísimo Ibáñez, que salió de Presidente en el 50. Y nunca he visto yo -bueno igual era chico también. ¡No! yo tenía veinte años-, una pobreza más grande en Chile oiga. No había nada, no había pan, no había harina, no había trigo, no había aceite, no había hierba, ni velas, ni parafina, una pobreza enormemente grande, no había de nada. Entonces qué hicimos, yo jovencito en mi casa, ensillé mi caballito y partí para la Argentina, para allá fui yo, y en la Argentina, así… los hermanos argentinos: ¡mirá los chilenitos como vienen para acá! ¡Eran medio creídos po oiga! Ellos, porque nosotros éramos pobres y éramos harto pobres la verdad, porque yo me acuerdo que cuando yo iba a Temuco, a veces a cambiar plata, en el tren, llegaba a Temuco, un pueblo muerto, en el año 50, 52 por ahí. ¡Oiga que pena que me daba a mí! pero teníamos que seguir viviendo.

Y yo fui jefe de hogar en mi casa a los veintidós años, de dieciséis personas: dos hermanos menores, todas mis demás hermanas si se puede decir, mi abuelita, mi papá, si mi abuelo había muerto, en los años 50, así es que caramba se me puso difícil. Solucionamos el problema y a nosotros nos fue bien ¡punto! Cuento corto, a nosotros nos fue bien siempre, toda la vida gracias a Dios. Tan... tan... no, pero nunca tuvimos escasez, de alguna manera se surtió.

Me acuerdo siempre de una vez, desde Melipeuco, se vino a Las Hortensias en carreta por tierra, a buscar un saco de harina. Ahí había una señora Pérez que tenía un molino grandote y mi papá consiguió un saco de harina. Y de allá vinimos a buscar en carreta, si no había más, no había a quien comprar ninguna cosa. Y ahora… quizás si nos falta la plata un poco, pero ni tanto tampoco ¡comparado con la pobreza que teníamos nosotros en aquellos años! Ahora hay de todo, todo, todo... Bendito sea Dios, cómo hemos progresado. Freire por lo menos.

Se imagina que nosotros viajábamos por allá en los años 70, 80, viajamos a Valdivia, hace mucho tiempo, íbamos a los Laureles ¡Cómo era difícil si quiera para llegar a Valdivia! ¡Cuatro horas por la cuesta de Lastarria arriba! ¡Enormes viajes! Y una vez teníamos una hijita que la habían operado del cerebro, allá había un traumatológico que no existe en ninguna parte de Chile, en Valdivia, bueno también en Santiago donde la operaron. Y así, nosotros hemos pasado por hartos pasajes en nuestra vida, pero estoy contento, feliz, tatita Dios nos dio en abundancia a nosotros, no para ser ricos, pero en abundancia de todo, de todo, de todo... Y así estamos terminando aquí, ella es nuestra hija mayor, tengo nueve hijos, cuatro hombres y cinco mujeres, el mayor tiene cincuenta y cinco años, y ahí para atrás.

Gracias a Dios a nosotros nunca nos fue mal ¡Ha!, le quería agregar yo, lo que ha aumentado la tecnología. Nosotros cuando viajábamos a Valdivia con mi señora a ver mi hija, había que hacer parar ahí los buses esos, si a lo lejos pasaban esos buses Cruz del Sur, y ahí había un amigo que está por ahí y él nos hacía parar un bus a Valdivia. Cuatro horas. Y en una de esas se nos va la honda y no sacamos pasaje para la tarde, llegamos a la tarde de vuelta del hospital. Casi morimos en ese viaje, pero nosotros le dijimos [al chofer] que no tenemos adonde alojar aquí en Valdivia, no tenemos ni un amigo, ni plata, teníamos plata pero había que apelar a algo, entones me dijo [el chofer]:

- Ya suban, pero tienen que irse de pie y en cada control que haya de aquí para allá tienen que agacharse.

Y ahí nos venimos parados ¡cuatro horas de Valdivia a Freire, cuatro horas parados! Por lo menos yo en esos años tenía unos cincuenta años, y me daban ganas de botarme ahí ya, el cuerpo no da para más. Y la Silvia, mi señora igual, nadie dijo yo le voy a pasar siéntese un ratito, nadie tuvo la gentileza de decir descansen un ratito.

Mathias: ¿Usted viajó a Argentina buscando trabajo?

Aquilino: Sí, también.

Mathias: ¿En qué década fue eso?

Aquilino: Del cincuenta al sesenta.

Mathias: ¡Ha! ¿Viajaba y volvía?

Aquilino: Sí, sí, íbamos por un par de meses, trabajamos en la época de la cosecha y volvíamos.

Mathias: ¿En las manzanas, o en los parrones, en la uva?

Aquilino: No, en las uvas no me tocó nunca trabajar a mí, en las manzanas no más. Yo no sabía trabajar en eso, me costó de primera pero vino un argentino, un español, y él me enseñó. El hombre enormemente rico, pero enormemente sencillo, con un chalé más lindo, y él me enseñó a trabajar. Y así… y sincero… Es que a él le pareció…

-¿Usted, me dijo un día, usted es chileno?

- Sí, le dije, yo nací en Chile, soy chileno.

- No, me dijo él, usted es español [por el apellido].

Él era español, así que nos llevamos más re bien con mi patrón. Mi patrón me invitaba a comer al comedor de él, allá comíamos juntos, pero yo dormía en otro lado. Pero aprendí a trabajar allá, pero tenía yo un poquito más de veinte años, veinticuatro años. Es que la necesidad… había que hacer empeño, porque sino... No había alternativas en Chile, ninguna.

Mathias: ¿Eso fue en Neuquén, a Neuquén iba usted?

Aquilino: Más allá iba yo, a una parte que se llamaba… (…), no me acuerdo como se llamaba el pueblo oiga. ¡Gran pueblo en aquellos años oiga! ¡Enormemente ricos los argentinos! Y nosotros, enormemente pobres… Pero después del gobierno de don Eduardo Freí se levantó Chile. Lo único malo que hubo, pero no hubo tiempo para [en] esos tiempos, según yo, soy yo el que juzgo así, por ejemplo ahí, entregaron fundos muy lindos a la gente, a los pobladores, a los que trabajaban ahí con el patrón, pero resulta que nuestros hermanos chilenos no sabían manejarse, porque una empresa hay que saberla manejar para que rinda, sino no, entonces que pasó ahí, volvieron casi la mayoría de los campos a sus antiguos dueños, y el que no le vendió a otro y se quedaron sin parcela igual, pero claro se arregló mucho, muchísimo.

Mathias: Una consulta: ¿Usted conoció, digamos por la década del treinta, esta gente que trabajaba haciendo camino, los carrilanos?

Aquilino: Sí, los carrilanos (…).

Mathias: Ya ok. ¿Y allá cuando llegaban los carrilanos me imagino que en Cunco alojaban?

Aquilino: No, ellos alojaban en los bosques, porque allá tenían más trabajo, en rucos que hacían ellos mismos. Y ahí hacían [los caminos] en esos años ¡Qué maquinarias, ninguna cosa! A pura pala en los caminos y para romper los peñascos tenían un tiro de dinamita. Yo los conocí harto a los carrilanos.

Mathias: Usted no trabajo ahí.

Aquilino: No.

Mathias: ¿Eran todavía más pobre los carrilanos?

Aquilino: Más pobres, mucho más pobres. Yo fui amigo de uno de esos, que según él era un hombre muy malo, pero a mí me contaba sus secretos. Dormíamos juntos en una cocina. Mis padres tenían una condición muy chica de espíritu de trabajo: arrendaban un campo de veinte hectáreas y había otro campo al lado, abierto, veinte más, entonces ocupábamos las cuarenta hectáreas, así que teníamos harto animales nosotros, ovejas, unas cuarenta ovejas, animales unos sesenta, ochenta, hasta cien animales, hasta toros, buenos toros. Entonces tenían un sistema estos viejos: le “miraban el pelo a los animales”, y no querían vender ninguno para no deshacerse de ellos. Y yo les decía, cuando ya yo era hombre: ¿Por qué no vendían y comprábamos un campo? Nunca compraron, nunca compraron, jamás. Entonces para mantener ese piño de animales, eran cuarenta hectáreas que habían no más [arrendadas], en esas cuarenta hectáreas teníamos ochenta, cien animales, más las ovejas, más los chanchos, más los cabros. En el verano arrendábamos veranadas, por allá por los ventisqueros, allá metíamos a los animales y yo los cuidaba en el verano, punteándolos. Miles de hectáreas, y en el invierno (nosotros íbamos al otro lado de Allipen, a ese lado) arrendaban un campo acá que se llamaba Caivico, ciento veinte hectáreas para invernar, ahí bajan todos los animales, y a esos animales yo tenía que venir a verlos a veces, todo el tiempo. Y ahí es donde conocí al hombre, Toro Chico le decían, malo tenía que haber sido el hombre pero conmigo fue bueno oiga, por eso yo siempre digo: que para mí no ha habido persona mala, es cuestión de saber llegar a ellos. Y el hombre decía que dormía en un caminerito, él decía: “no soy caminerito”, “soy caminero”. Y él dormía cerca de mí, yo dormía de montura, yo andaba de acaballo, con buen coraje sí. Yo arriba, dormía bien abrigadito, al lado del fuego, en la casa de un vecino, y ahí me contaba sus barbaridades que él había hecho.

Sí pues, pero conmigo fue bueno el hombre, me salvó de unas buenas, porque una vez nos robaron una yunta de bueyes a nosotros, porque teníamos hartos animales, se los llevaron para Cherchenco los bueyes. Y mi papá llevó carabineros para allá y estos se avisparon y después querían matarnos a nosotros y él nos salvó, el caminero, mi amigo, nos dijo:

-Prepárense, cuidado, que en el de corte Pedreros, de apellido Pedreros, ahí los van a esperar mañana.

Y ahí nos esperaron (…). Mi papá tenía un [revolver] Colt lindo, 38 largo oiga. Así que lo llevaba preparadito.

- ¡Ya, alto! [Dijeron los asaltantes].

- ¡No hay alto! Le dijo mi papá.

Mi papá fue hombre re alentado sí, no le tenía miedo ni al diablo, a nadie. Entonces le dijo:

-¡Porque hay alto! Está todo parejo aquí nomás ¡retírense! Les dijo, y sacó el trabuco

- ¡Retírense, déjenos pasar, porque sino, aquí les va a pasar algo con nosotros!

Y lo dejaron pasar, pero si nosotros no hubiéramos ido preparados hasta nos plantan un balazo y nos matan, no matan nos más… Y nos salvó mi amigo Torres.

Puros camineros, puros hombres, mujeres ninguna casi, muy poco, una que otra en un grupo de veinte camineros. Así pero malo los hombres.

Mathias: Una consulta: ¿Cómo les pagaban a esos?

Aquilino: Esos les pagaban por cubos, los empresarios los dueños de los aserraderos. Claro había una empresa explotando ahí, hacían un camino para allá y entonces lo cubicaban y hacían otro camino para allá y así, igual, la empresa les pagaba por cubo.

Mathias: ¿Pero les pagaban en dinero?

Aquilino: En dinero.

Mathias: ¿Estos no trabajaban para el Estado? ¿Había gente que trabaja para el Estado, que hacían caminos públicos?

Aquilino: no nada, no se hablaba de eso en esos años, no había caminos públicos, porque en ese tiempo, porque yo me acuerdo allá en el lugar de Santa Bárbara no había caminos públicos. Me acuerdo una vez que veníamos de los Ángeles, habíamos ido a cosechar a una viña, y había un camino público que salía de Santa Bárbara para (…) una represa grande que hay por ahí, Alto Bio-Bío, hasta allá había camino público, pero los agregados no eran públicos. El que quería le ponía llave a su puerta y no dejaba pasar a nadie no más, cuando él quisiera, [los caminos eran] privados.

Entonces era un problema difícil para vivir en esos años. Se vivió, etapas que pasaron… etapas malas, muy malas, porque si vivieron las etapas, por ejemplo, del setenta al setenta y tres, después setenta y tres al ochenta y nueve, difíciles de vivir, pero a mí no me tocaron, porque yo siempre fui de una condición: yo nunca bailé ni bailaré al compás que me toquen. A un sólo o par, donde está la justicia y la verdad ahí voy yo. A mí ni me tocaron, no.

Incluso en el tiempo de la UP, me nombraron a mí, no sé quién sería, delegado de tres colegios del sector de las Hortensias, y yo tuve que ir con mis profesores a enfrentar la cosa, a una reunión donde habíamos unas doscientas personas más menos, en la Municipalidad de Cunco, y ahí supe yo, más o menos, cómo era la cosa. Se llamaba Plan de Educación Nacional Unificada. Después pasaron los años… vino la otra vuelta y también ahí fui la última autoridad de mi lugar. Una vez llegó el alcalde allá, cuando ya había terminado lo de la UP, dijo: acá hay un decreto, el Intendente quiere que todas las comunidades tienen que estar organizadas en comités de pequeños agricultores, y para eso ustedes tienen que mandar una terna de diez personas a la gobernación, y la gobernación va a nombrar al jefe. Y me salió a mí la teja en tiempos de Pinocho, así es que me dieron un vehículo, un asistente social y plata cero, no me pagaron ni cinco pesos. Habré estado unos dos años trabajando ahí yo, in un peso, ni uno, ni uno. Pasó, pasó…

Mathias: ¿Le tocó conocer a usted la gente que trabajaba haciendo líneas férreas?

Aquilino: No, no alcance, porque a Cunco, como le digo, el ferrocarril llegó en el año 1924. No alcance, no estaba todavía por esos lados, por ningún lado.

Mathias: ¿Ustedes tuvieron relación, me imagino, con las comunidades mapuches?

Aquilino: Sí.

Mathias: ¿Su papá les arrendaba a comunidades mapuche?

Aquilino: A comunidades mapuche.

Mathias: ¿De esas cuarenta hectáreas, veinte a una y veinte a otra?

Aquilino: Sí, a comunidades mapuche y alternábamos mucho, antes, ahora ya no, aprendí a hablar mapuche casi bien, o sea se podría decir que fui criado entre mapuche.

Mathias: ¿Se entendían unos con otros, o sea, podrían hacer tratos, podían convivir cerca unos con otros?

Aquilino: Sí, sí.

Mathias: ¿Pero mucha distancia también había, muchas desconfianzas de ambos lados?

Aquilino: Sí, de ambos lados, porque nuestros hermanitos… Había también buenas personas, había un tal Carlos Calfín, que todos los compromisos que yo hice, que a mí me tocó hacerlo, los hice de palabra y me cumplió al tiro, pero era casi el único, después los demás… No eran así po, eran más o menos no más. Sembrábamos con ellos, nosotros teníamos harta pega para trabajar en agricultura. Eran buenos sí, lo que no les gustaba era trabajar no más.

El mapuche siempre fue así, quieren que le den, pero no trabajar, ahí está el problema. Ahora mismo, imagínese, aquí hay una colonia por allá como de quince hectáreas, como se llama, CONADI, y yo una vez salí para allá con los chiquillos a los digüeñes, y yo estuve conversando con los comuneros para allá. Entonces le pregunte yo a uno:

- ¿Usted es de aquí?

- Sí, me dijo que vivía ahí al ladito.

- ¿Usted es comunero mapuche?

- Yo soy de CONADI.

- ¿Cuánto campo tienen ustedes le dije yo?

- Quince hectáreas cada uno.

- ¿Cuánto tiempo se las entregaron?

- Cinco años.

- ¿Y todos la están aquí trabajando?

- No estoy yo no más.

- ¿Y sus demás compañeros?

- No sé, no han podido venir, tenían sus campos por allá, así es que no se han podido venir.

Inversión perdida, eso es lo que yo decía. Para tener campo lleno de maleza, murra, unos arrendados y por lo menos ahí sembraban papa, y producían papa, pero la mayor parte de los campos votados. Emprendedores mapuche yo he conocido uno, uno sólo y vive todavía, más o menos de mi edad es el hombre, porque estudiamos juntos, es Cuminao. Se paró del suelo sin que nadie lo ayudara. Eran bien escasos también la gente, todos, pero se paró ese hombre. Todavía, ricachote, está viejito y enfermo como yo. Ya uno está en los puros descuentos.

Mathias: Muchas veces yo he escuchado que a los chilenos pobres les prohibían casarse con mapuches.

Aquilino: No…

Mathias: O sea, a los hijos les decían: no te cases con mapuche. He escuchado que les decían: cada oveja con su pareja, los chilenos se casan con chilenos y los mapuche con mapuche. Tenían ciertos miedo, temores, desconfianzas ¿Era así?

Aquilino: No, que sepa yo no, eso no lo sé yo. Los acompañé a unos matrimonios mapuche, incluso a pagar, fuimos a pagar unas chiquillas una vez ¡Se pagaba, había que pagar y las pagábamos bien pagadas! -hay risas- en plata y en animales.

Mathias: ¿Quién ponía el precio?

Aquilino: Tan ahí no estuve, yo estaba afuera, porque ellos hacen su ceremonia entre ellos, entre los mapuches, el novio, la novia y será… pero yo lo vi eso sí, que le llevábamos un caballo de regalo, que lo comimos también -más risas-, una vaca, loza y hartos regalos más. Como le llaman… choapinos, a la mamá.

Pero de eso yo no lo alcance escuchar, que se hubiera prohibido [casarse con mapuche]. Quizás sí entre ellos, no les habría gustado mucho, parece que no, pero siempre hubo una cierta discriminación contra el mapuche. ¡Y no po, no tenía que ser así! Porque, según yo, el mapuche es igual a mí y a cualquier persona, porque tenemos un sólo padre nosotros que es Dios y ese padre Dios nos hizo a imagen y semejanza a él, por lo tanto, cada persona que respira el aire en esta Tierra, es la imagen de Dios y hay que respetarla, sea quien sea. Bueno eso hago yo como cristiano, como católico, soy católico, eso, respetar a nuestros hermanos, respetarle sus ideas. Yo me llevaba re bien con ellos.

Otra vez también íbamos ahí. Tenía otro amigo, Mauricio Lienlaf se llamaba, era soltero, tenía sus años. Me dijo acompáñame, porque tenía que hablar [con una chiquilla, andaba buscando una novia]. Ahí había una ramada y yo era el cajero. Tenía mi caballo listo ensillado, porque uno era de andar a acaballo, yo fui todo el tiempo de acaballo, me gusta mucho el caballo y tuve hartos caballos propios. Y así me dijo: ¿y vamos a ir o no vamos a ir? No pude acompañarlo, después fue él solo y le fue bien.

Claudita se llamaba la chiquilla, le fue bien… y al otro día yo fui donde mi vecino:

- ¡kiuuu Mauricio! ¿Cómo te fue?

- Bien, dijo.

- Y vamos a celebrar o no.

- Sí.

Tenía oveja, había matado una oveja, tenía vino, pero a la novia no la vi... -risas-. Así yo fui muy unido con ellos, con todos, con quien fuera.

Como yo fui inmigrante en mi vida, de allá de Santa Bárbara a Cunco, de Cunco a Argentina, de Cunco a Las Hortensias, de Las Hortensias a Los Laureles. Ahí tuvimos una parcela, en Los Laureles, después la vendimos, y así… Estuve en hartas partes, yo fui inmigrante, sin ningún miedo a la vida, y mi señora menos, me acompañaba en todo, nunca me dijo mi compañera: chuta oyeee, no, no, no… ella me daba ánimo.

Ella me apoyaba, no le tenía miedo al trabajo, al sufrimiento, a la vida, a nadie, fue una mujer que me acompañó cincuenta y cinco años. Y que ella se dedicó, incluso ella se negó a su vida de ella, ella no salía jamás, muy a lo lejos que la invitaban a un paseo, muy raro, ella se negaba y vivía en su casa trabajando. Se levantaba todos los días de la vida, aunque ustedes no me crean, a las seis de la mañana, todos los días de la vida, sin que hubiera reloj no hubiera, ella estaba lista. Y vamos trabajando, enseñándole a sus hijas, enseñándole a sus hijos a cocinar, porque yo tuve la mala suerte de que a mí me formaron muy machista ¡Mal! A mí no me enseñaron a lavar ni un pañuelo, ni una cosa. Mis hermanas ellas me lavaban, me planchaban en aquellos años. Cuando yo tenía veinticuatro años, veintiséis, se almidonaba la ropa y había una hermana especial que ella se dedicaba a atenderme a mí, en mi vestimenta (…).

Yo fui coordinador de la pastoral rural, en una reunión grande que se hacía desde los católicos, algunos representantes de su Iglesia, y yo era representante de mí Iglesia, Los Laureles, y cuando… yo representaba a mi cura ahí, mi cura estaba viejito y enfermo y el escogió que yo lo representara, entonces así lo hicimos. Y en ese tiempo habían veintinueve iglesias, y no se hoy en día. Veintinueve parroquias (…).

Totalmente desinformadas las personas, les voy a contar la última: antes de que saliera el gobierno de Eduardo Freí Montalva, estaba la Ley de Asignación Familiar, que existía en la Ley no más. (…) porque a mí no me impusieron, siendo yo el que conocía a la empresa, jamás me impusieron cincuenta pesos, no me impusieron… no me cotizaron. Entonces que pasaba: existía la Ley, entonces los patrones al firmar el finiquito, el trabajador todos los años, lo hacían firmar ese papel también de la asignación familiar, pero jamás lo abrieron, eso se lo llevaban ellos, sí pues...

Y lo más triste es que cuando a las personas no les daban plata, no le daban sueldo, solamente pulpería, hacían el balance una vez al año y siempre la gente salía debiendo. Es que no había otra alternativa, no tenían educación. Era pobreza, pobreza, pobreza, pobreza y morir en la pobreza. Así era la cosa.

Entonces como no agradecerle esos cambios a don Eduardo Freí Montalva, ese cambio que produjo en el país, él fue que se preocupó en este país, yo creo que de ahí viene el cambio, no creo que antes. Los hombres trabajaban hasta qué horas de la madrugada y dormían así un tantito y al otro día otra vez trabajar.

Ni veían a sus hijos, no los conocían, porque llegaban tarde a la noche, allá por las ocho, diez de la noche y al otro día, cinco, seis de la mañana, ir pegando para la pega, así era.

Un hombre de cincuenta años ara un viejito. Claro que cosa más impresionante para mí, explotados, el hombre por el hombre. Yo pienso que por eso, por esas cosas tan desmedidas que existieron, bueno todavía existen muchas pero toda la vida va a ser, pero muchas se han remediado en gran parte, por eso es que hay una diferencia como del cielo a la tierra, de los chilenos y chilenas. Hay gente que tiene enormes empresas (...).

No, no habían trueque, ahí estaban las señoras y ahí las que parchaban, yo veía ahí las camisas llenas de parche, los pantalones no se sabían de quien es quien. No había dinero, no había de donde... No tenían dinero, no tenían como comprar hilo, porque hilo no compraban, porque ellos tenían que vender triguito, la harina, la grasa a los comerciantes, para poder comprar algunas cosas, que no llegaban a la quincena.

Ni de supermercados ni hablar. Nooo, en aquellos años, serán unos treinta años de que hay supermercado.

Triste la vida, triste la vida…

Mathias: ¡Muchas gracias!

Entrevistas

Ángela, Isabel y María Luisa, 6 de junio, 2017.

María B., 20 de abril, 2017.

Dagoberto, 30 de abril, 2017.

Eduardo, 5 de mayo, 2017.

Pedro, 23 de mayo, 2017.

Ponce, 13 de marzo, 2019.

Agradecimientos

Agradezco a Nicolás Huentuleo Olivos, por su valiosa colaboración en la transcripción de la entrevista

Referencias

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Sobre el autor

La presente entrevista fue realizada en el marco del Proyecto FONDECYT Postdoctoral 3170158, “Historia social de los campesinos en La Araucanía posbélica (1883-1938). Una aproximación a la experiencia subalterna de los llamados rotos y wingka pobres”. También constituye un aporte a las actividades del Núcleo de Investigación en Estudios Interétnicos e Interculturales (NEII), Facultad de Ciencias Sociales, Universidad Católica de Temuco

1El Censo de 1907, a diferencia de otros censos, no hizo la distinción entre “extranjeros” y “extranjeros naturalizados”, por lo que es probable que la cifra sea un tanto mayor, pero, aun así, seguiría siendo poco considerable en comparación a los chilenos y mapuche.

2Diversas entrevistas nos permiten confirmar que, hasta gran parte del siglo XX, la posesión de tierra no necesariamente significaba riqueza. La escasez de medios para su explotación, como la falta de capital para la inversión, la imposibilidad de contratación de mano de obra, el aislamiento, la mala calidad del suelo y falta de conectividad, hacían muchas veces inviable la acumulación de capital. Muchos chilenos, e incluso inmigrantes europeos, debieron abandonar la tierra o venderla a bajo costo. En tales condiciones, cualquier desventura, ya sean deudas o desgracias familiares, podía significar la rápida pérdida del patrimonio. Tal fue el caso de la familia de nuestro entrevistado. Entrevistas de Mathias Órdenes: a doña María B., 20 de abril, 2017, a don Dagoberto, 30 de abril, 2017, a don Eduardo, 5 de mayo, 2017, a Ponce, 13 de marzo, 2019. Ver también Pinto, 2003: 216-234.

3El Censo de 1907 arrojó una cifra cercana al 70% de analfabetismo en las provincias de colonización, Arauco, Malleco y Cautín. Casi todos ellos chilenos y mapuche.

4En el mundo popular de la Araucanía existieron diversos tipos comercio ambulante. El antiguo “conchavador” o “mercachifle” al concluir la línea de frontera, a fines del siglo XIX, comenzó a ser reemplazado por otros sujetos dedicados a actividades similares. Apareció “el falte” (voz popular que identifica a un vendedor ambulante dedicado a surtir al hogar lo que “falte”, ya sea por medio del trueque o la venta directa. Los faltes recorrían largas distancias internándose en los sectores rurales más apartados, donde llegaban periódicamente, también se ofrecían para hacer reparaciones domésticas), el “varero” (voz popular que identifica al modesto comerciante de ganado. A éstos se les veía por los caminos guiando el ganado con largas varas, que dieron origen al nombre) y los vendedores ambulantes urbanos como los conocemos.

5Probablemente se refería a las emisoras de radio.

6Los empleados, ya sea particulares o públicos, tenían mayores beneficios que los jornaleros o personal “a trato”, en primer lugar, trabajos estables y mejores remuneraciones. Los empleados eran personas de confianza del patrón, en la mayoría de los casos sabían leer o manejar maquinaria.

7Gran parte del ganado que se comercializaba en la Araucanía era ganado “en pie”. Se transportaba en los vagones del tren con rumbo a directo a Santiago, por lo que escasamente se desarrolló una industria asociada a la ganadería. Tema bien tratado en Pinto y Órdenes, 2012: Capítulo III. “La ganadería”. El caso que nos cuenta nuestro entrevistado es distinto, corresponde a la comercialización a baja escala.

8No se pudo obtener la pronunciación ni transcripción correcta del apellido.

9Con “limpiar” indica que en la libreta no debía quedar deuda a favor del patrón, en caso contrario, como ocurría muchas veces, los trabajadores difícilmente podían saldar la mercadería adquirida en la pulpería con su propio trabajo.

10Otras entrevistas, como las ya citadas, nos permiten confirmar que en la mayoría de las faenas madereras y fundos se pagaba con pulpería, ya sea con el uso de libretas de cuentas o fichas intercambiables en la pulpería, de esta forma, es posible sostener que en la región, incluso pasada la primera mitad del siglo XX, se practicaron los mismos abusos que en el norte salitrero.

11Con esta expresión quiso indicar un cambio notablemente positivo en Cunco respecto a su modernización.

12El maquilero cosechaba el trigo o aserraba la madera y, según el trato, se quedaba con una parte de la mercancía como medio de pago. El maquilero era un pequeño o mediano empresario y, en la mayoría de los casos, tenía jornaleros a su cargo. En el caso de la actividad maderera, hubo mayor cantidad de maquileros a comienzos de siglo por la falta de capital y dificultades para explotar el bosque por parte de los pequeños y medianos terratenientes.

13No se pudo obtener la pronunciación ni transcripción correcta del apellido.

14Ya a mediados de la década de 1940 se comienza a notar el fin de un segundo ciclo expansivo que marcó la explotación maderera desde comienzos del siglo XX en la Araucanía. El primer ciclo transcurrió entre 1900 y fines de la década de 1920, mientras que el segundo, se habría iniciado a comienzos de la década 1930 para finalizar en la década de 1950. Hemos tratado ampliamente este tema en Pinto y Órdenes, 2012: Capítulo IV. “La actividad maderera”.

15Si bien la jornada de 48 horas semanales estaba contemplada en el Código del Trabajo, de 1931, el trabajo rural pronto quedó fuera de tales marcos regulatorios y aún de mayores promesas de cambio durante varias décadas. A fines de la década de 1930 los partidos de izquierda negociaron con las organizaciones del empresariado y deciden postergar la reforma agraria y la sindicalización campesina, dejando también a los trabajadores rurales fuera del Código del Trabajo. Pese a que estas reformas estaban contempladas en sus propuestas programáticas iniciales, en 1938 llegaron a un acuerdo con la Sociedad Nacional de Agricultura para así asegurar el apoyo de la gremial al proyecto de industrialización propuesto por el Frente Popular. A cambio de ese apoyo, la izquierda se comprometió a desistir de su programa. Por el solo hecho de su enrome peso numérico, los trabajadores del campo representaban una fuerza susceptible de modificar los equilibrios políticos en el país y podían poner en peligro los supuestos del proyecto industrializador (Áffonso, et al., 1970: 31 y ss; Drake, 1978: 218 y ss; Santana, 2006: 169-187; Gómez Leyton, 2004: 183-200).

16Nuestras entrevistas, en distintas zonas de la región, indican que los mapuche de comunidades trabajaban de temporeros en los fundos, la mayor parte del año lo hacían en sus comunidades. Los chilenos, en cambio, dependían de manera más estrecha de los patrones, ya sea como inquilinos o temporeros. Otra forma de trabajo bastante difundida fue la mediería, también desarrollada por chilenos y mapuche en sus relaciones productivas con, en su mayoría, pequeños y medianos propietarios, ya sean mapuche o colonos chilenos o extranjeros. Entrevistas de Mathias Órdenes: a Pedro, 23 de mayo, 2017, Ángela, Isabel y María Luisa, 6 de junio, 2017. Stuchlik, 1989, Errázuriz, 2014: 219.

17Actividad de importante esfuerzo físico por la que se paga “un pellejo”, lo que quiere decir, muy poco.

18. Se cuenta que los porotos eran el alimento preferido de los jornaleros a la hora del plato fuerte. Esto, no por su sabor o mejor preparación, que en realidad dejaba bastante que desear, sino porque consideraban que la legumbre les otorgaba mayor energía que cualquier otro producto, incluso la carne. El resto del día solían consumir sencillamente agua mezclada (“enturbiada”) con un poco de harina tostada, el ulpo. Gustave Verniory, el ingeniero belga que viajó a Chile a fines del siglo XIX para construir la línea troncal de la vía férrea en la Araucanía, nos cuenta: “He visto casos en que los porotos llegaron a faltar, y se alimentó a los peones con carne; al cabo de algunos días pretendían no tener fuerzas para trabajar” (2001: 231).

19Rokin o rokiñ: voz mapuche utilizada para nombrar la comida que se lleva al trabajo o viaje.

20Nuestras entrevistas nos indican que existía una marcada atomización social entre los distintos sectores populares, a pesar que todos compartían grados similares de precariedad y exclusión social. La experiencia que nos cuenta don Aquilino permite ilustrar aquello. La comida que llevaba su padre no era mejor que los porotos de la peonada, ni tampoco su familia se encontraba en condiciones económicas suficientemente superiores (por esa razón su padre debía “pellejear” para el sustento de su familia), pero por el hecho de ser un comerciante, aunque modesto, entendía que él y su hijo no eran dignos de comer con los peones.

21En 1939 el gobierno de Pedro Aguirre Cerda crea el Ministerio de Salubridad, a cargo de Salvador Allende, más tarde, en 1952, se crea el Servicio Nacional de Salud (actual MINSAL), antes de esa última fecha la salud pública era un problema a cargo de la propia población, a través de las Sociedades de Socorro Mutuo. Las cifras de desnutrición y mortalidad infantil eran alarmantes. En 1912, cerca de 40 mil menores de un año fallecían a causa de la desnutrición y enfermedades infectocontagiosas. La precariedad económica impedía a los más desamparados asistir a la escuela, debiendo trabajar a temprana edad. Un texto bien conocido sobre el tema es el de María Angélica Illanes (1991), “Ausente, Señorita”. El niño chileno. La escuela para pobres y el auxilio 1890-1990.

22Don Carlos Ibáñez del Campo ocupó la presidencia de la República en dos períodos: 1927-1931 y 1952-1958.

23Comúnmente se culpa a los modestos agricultores de la venta de las tierras obtenidas en la reforma agraria, pero sin considerar la situación estructural. La inflación afectó duramente al agro a partir de 1973, luego vino la crisis de 1982, que presionó a muchos pequeños y medianos terratenientes a vender sus tierras, afectados por las deudas con INDAP. Cualquier infortunio, una sequía, una mala cosecha o las heladas fuera de temporada, podían significar la ruina cuando no se contaba con suficiente capital.

24Término empleado para identificar a los obreros ferroviarios desempeñados en la extensión de las vías. En ocasiones, también se utilizaba para quienes se dedicaban a la construcción de caminos, los “camineros”.

25“Rucos”, probablemente una deformación de la palabra ruka: vivienda mapuche. Los rucos eran construcciones extremadamente precarias, con piso de tierra, compuestas de unas cuantas tablas “cantoneras” y planchas de fonola o zinc. Se podían trasladar con facilidad o dejarlas al abandono sin sufrir mayor pérdida.

26“Mirar el pelo”: expresión utilizada para indicar que se observa la calidad de un objeto o condiciones de un animal, también para indicar la capacidad monetaria de un individuo.

27“Punteándolos”: pegándoles con la punta de una vara o palo.

28En los juzgados civiles y en la Intendencia de Cautín (ambos en el Archivo Regional de La Araucanía), existen bastantes denuncias por cierres arbitrarios de los caminos vecinales de acceso al camino principal.

29Por su sigla ENU, del gobierno de Salvador Allende.

30En otras entrevistas, como las ya citadas, también nos cuentan de estas tenciones entre mapuche y chilenos pobres.

31Otras entrevistas, como las ya citadas, indican que chilenos y mapuche ponían obstáculos y aconsejaban a sus hijos no contraer matrimonio con gente que no fuera de “su raza”, de “su clase”, a pesar de encontrarse unos y otros en similares condiciones de precariedad.

Recibido: 08 de Abril de 2019; Aprobado: 28 de Mayo de 2019

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MATHIAS ÓRDENES DELGADO es historiador, Profesor de Estado en Historia, Geografía y Educación Cívica, Máster en Ciencias Sociales, ambos por la Universidad de La Frontera, y Doctor en Procesos Sociales y Políticos en América Latina, por la Universidad ARCIS. Ha realizado un conjunto de investigaciones y publicado una serie de trabajos sobre la Araucanía. Correo Electrónico: mathias.ordenes@gmail.com

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