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Pléyade (Santiago)

versión impresa ISSN 0718-655Xversión On-line ISSN 0719-3696

Pléyade (Santiago)  no.22 Santiago dic. 2018

http://dx.doi.org/10.4067/S0719-36962018000200021 

Introducción

Feminismos en AméricaLatina

Feminisms in LatinAmerica

Alejandra Castillo* 

*Profesora titular del Departamento de Filosofía, Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación (Santiago, Chile). Correo electrónico: alejandrabcastillov@gmail.com

Introducción

Quizás uno de los modos más habituales de definir el feminismo en América Latina sea como política de mujeres. Y no es extraño que así sea. Es en nombre de las políticas de mujeres como en la primera mitad del siglo XX lograron ser visibles para las democracias latinoamericanas en tanto ciudadanas de derecho propio. Es desde los feminismos de la identidad como se ha logrado introducir lo femenino en la trama jurídica bajo la figura de los derechos humanos de las mujeres, por ejemplo. Y es desde estos feminismos de mujeres con los que con éxito se ha logrado describir la política de la representación parlamentaria en el “dos” que las políticas de la presencia suponen.

¿Por qué, entonces, habría que cuestionar a estos feminismos que se proyectan desde las políticas de mujeres? ¿Acaso no demuestran a cada paso su eficiencia? ¿No han logrado hacer de lo público un lugar que también se dice con nombres de mujer? Es cierto, sin embargo, que hay un desacuerdo entre las mujeres y las políticas de la presencia. De algún modo, las políticas de la acción afirmativa, para poner en práctica su conocida eficiencia, deben presuponer una definición de mujer lo suficientemente transversal y transparente como para ser útil en el juego de la política. No es nuevo indicar que esta definición es la mujer-madre todo cuidado y protección, definición que vuelve transparentes a las mujeres, idénticas a sí mismas, proyectando en el espacio de la política un a priori que las define, una y otra vez, aferradas a un cuerpo reproductivo.

Condición para las políticas de la afirmación de las mujeres que sin embargo oscurece historias, cuerpos, sexualidades, políticas y, por paradójico que sea, también las identidades. Las mujeres son idénticas. Su historia es la de la emancipación de los derechos, cuya genealogía comienza a tramarse desde los primeros embates de Mary Wollstonecraft contra el orden revolucionario masculino con el que se daba inicio a la modernidad política; con las primeras peticiones de las sufragistas inglesas por el derecho a voto; para luego dar cabida a los feminismos de la primera y segunda ola. Las mujeres son idénticas, idéntica es su historia. Sus cuerpos son maternos, blancos. Su identidad se anuda en los derechos y la ciudadanía. Las mujeres son idénticas, y su clase es la clase del privilegio ilustrado. Esa es nuestra historia, y debemos contar con ella. Pero también es urgente empezar a (des)contar de ella, para dar cabida a otras genealogías, cuerpos y políticas del feminismo.

O, tal vez, necesitamos preguntarnos por el tiempo del feminismo: ¿Cuál es ese tiempo? ¿Es sólo uno? ¿Hay más historias en la historia del feminismo? Sin duda las hay. Para empezar, habría que decir que este tiempo de ningún modo es el de las historias nacionales. El tiempo del feminismo rehúye la línea recta. La rectitud de la cronología devora los días y las horas de las vidas de las mujeres. El tiempo del feminismo es otro. Es uno que se enuncia en presente. No es el tiempo del monumento. Es un tiempo cuya insistencia está puesta aquí y ahora, porque es aquí y ahora en que se vive en una vida injusta. Es desde un hoy en el que vemos vulnerados nuestros derechos, en el que no somos parte del orden de lo visible. Entonces es urgente afirmar otro tiempo que, en la insistencia del presente, busca hacer visibles gestos, experiencias, dolores y cuerpos.

La medida de este tiempo feminista no es la progresión de la línea recta sino que la inclinación y la retrospección. Salir de sí -de lo que nos sujeta, de lo que nos hace “idénticas”- para ir tras lo indicios de esas historias y prácticas que han hecho posibles otros cuerpos.

Otras historias, por ejemplo, que no se narran en la “emancipación”. Otras historias que se narran en la genealogía de la liberación y cuyas referencias nos llevan a nombres como los de Sojourner Truth y a su potente pregunta, ¿acaso no soy una mujer? Historias de esclavitud y liberación que darán posibilidad a mediados del siglo XX a los feminismos de Angela Davis y bell hooks. Feminismos de la liberación que volverán explícita la complicación de las mujeres con la política, complicación que no solo se resuelve con la adopción del orden ilustrado en miras de la incorporación y el reconocimiento. Esta complicación de las mujeres y la política -que es también una complicación con los feminismos de la emancipación- pondrá en escena otros cuerpos: mujeres negras, chicanas, latinas.

Otras historias como aquellas que son compiladas en Esta puente mi espalda. Voces de mujeres tercermundistas en Estados Unidos editado por Cherrie Moraga y Ana Castillo en el año 1988. Un libro-monstruo que transita de este lado y del otro de la frontera, entendida ésta ya sea como territorio, sexualidad, escritura y lenguas. Un libro como metonimia del cuerpo; un libro como una puente, una espalda que soporta, que lleva el peso de prácticas y saberes de las mujeres de color. En este punto, es necesario indicar que el colectivo de identificación “mujeres de color” no es una política de identidad que proporcione una vuelta al verdadero ser de las mujeres latinoamericanas. Distinto a aquello, el colectivo de identificación “mujeres de color” da cabida a las prácticas y políticas de mujeres chicanas, asiáticas, afrodescendientes, indígenas y latinas. Mujeres de color, entonces, como un colectivo de (des)identificación que permite pensar las políticas de las mujeres cuestionando el rasgo identitario que les es propio. Quizás al modo que lo insinuaba Gloria Anzaldúa cuando, alejándose del “dos” de lo masculino/femenino se declaraba “una persona queer, soy dos en un único cuerpo, tanto hombre como mujer. Soy la encarnación de los hieros gamos: la unión de contrarios en un mismo ser”1. O tal vez como lo sostenía Chela Sandoval al aventurar metodologías de las oprimidas conceptualmente cercanas a los feminismos cyborg. En este sentido, Sandoval afirma: “Las tecnologías que componen las metodologías de las oprimidas generan formas de agencia y conciencia que pueden crear modos efectivos de resistencia bajo las condiciones culturales de la postmodernidad, y pueden considerarse constituyentes de una “cyborg” de resistencia”2.

Tiempos del feminismo que en la (des)identificación propician otras historias que no hacen sino interrumpir el sentido común compartido. Feminismos que se instauran en tanto zona fronteriza, intermedia, trabajando interpretativamente sobre la pesada herencia y legado del pensamiento occidental y sobre su incesante reelaboración o traducción. Feminismos como el de Nelly Richard, quien complica la vinculación lineal y directa entre mujeres y feminismo. Esta complicación hace que el feminismo de Nelly Richard no deje de advertir sobre el carácter doble de la escritura que por un lado ordena, pero por otro permite su alteración. La letra como dispositivo de poder que “fija” y “norma”, estableciendo los posibles e imposibles de un cuerpo. Es, por tanto, también siempre un dispositivo visual.

¿Qué ocurre si este cuerpo es sexuado? ¿Tiene alguna relevancia preguntarlo? Preguntas sencillas, es cierto, pero de un poder de desestabilización y diseminación insospechados3. En la ligazón entre letra y cuerpo y, por sobre todo, en la sospecha en lo que esa ligación mienta, es donde se comienza a configurar una nueva escena para el feminismo en América Latina a partir de los años ochenta del siglo pasado. Una escena feminista que no solo busca insistir en los mecanismos clásicos para la transformación de los órdenes de opresión y dominio, sino que reconoce el dispositivo de control que la letra y la imagen despliegan.

Hay diversos feminismos, otras historias del feminismo, es cierto. A pesar de las diversas formas que ha ido adoptando el feminismo en América Latina, éstas no dejan de evocar, sin embargo, un malestar con los modos con los que se dice lo humano, el sujeto y sus derechos. Aun hoy, a ya años de la declaración de los derechos del hombre, la igualdad y la libertad, vemos como lo que pretendía ser la promesa con la que iniciaba la política moderna no termina por cumplirse. Es por ello que el feminismo no puede ser otra cosa que una salida de marco. Este desmarque nos hace, inevitablemente, poner en suspenso el relato de lo humano; ¿qué parte nos toca de él? El feminismo es un movimiento, una inclinación. La inclinación feminista es, entonces, una salida de sí, un movimiento de letras, palabras, imágenes, cuerpos que nos sacan del eje vertical de la historia -de su sujeto-, volviendo inestable lo que dábamos por seguro.

Referencias bibliográficas

Anzaldúa, Gloria. “Movimientos de rebeldía y las culturas que traicionan”. En Otras inapropiables: feminismos desde las fronteras, bell hooks et al., 71-80. Madrid: Traficantes de sueños editores, 2004. [ Links ]

Richard, Nelly. “¿Tiene sexo la escritura?”. Masculino/femenino: prácticas de la diferencia y cultura democrática. Santiago de Chile: Francisco Zegers editor, 1993. [ Links ]

Sandoval, Chela. “Nuevas ciencias. Feminismos cyborg y metodología de los oprimidos”. En Otras inapropiables: feminismo desde las fronteras, bell hooks et al., 81-106. Madrid: Traficantes de sueños editores , 2004. [ Links ]

1 Gloria Anzaldúa, “Movimientos de rebeldía y las culturas que traicionan”, en Otras inapropiables: feminismo desde las fronteras, bell hooks et al. (Madrid: Traficantes de sueños editores, 2004), 76.

2Chela Sandoval, “Nuevas ciencias. Feminismos cyborg y metodología de los oprimidos”, en Ibíd., 85.

3Nelly Richard, “¿Tiene sexo la escritura?”, en Masculino/femenino. Prácticas de la diferencia y cultura democrática (Santiago de Chile: Francisco Zegers editor, 1993), 36.

Sobre la autora:

Alejandra Castillo. Profesora titular del departamento de filosofía de la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación (Santiago, Chile). Doctora en Filosofía. Directora de la Revista de Cultura Papel Máquina. Es autora de Disensos Feministas (2016); Imagen, cuerpo (2015); Ars disyecta. Figuras para una corpo-política (2014); El desorden de la democracia. Partidos políticos de mujeres en Chile (2014); Nudos feministas. Política, filosofía, democracia (2011); Democracia, políticas de la presencia y paridad (2011); Julieta Kirkwood. Políticas del nombre propio (2007), La república masculina y la promesa igualitaria (2005). Editora de Martina Barros, Prólogo a la Esclavitud de la Mujer (2009); y coeditora de Arte, archivo y tecnología (2012); Re-escrituras de José Martí (2008) y Nación, Estado y cultura en América Latina (2003). Correo electrónico: alejandrabcastillov@gmail.com

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