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Pléyade (Santiago)

versión impresa ISSN 0718-655Xversión On-line ISSN 0719-3696

Pléyade (Santiago)  no.23 Santiago jun. 2019

http://dx.doi.org/10.4067/S0719-36962019000100059 

Artículo

Borges, Davi Arrigucci Jr. y yo: “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)”

Borges, Davi Arrigucci Jr. and Me: “A Biography of Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)”

Grínor Rojo* 

* Profesor titular de literatura y estudios culturales latinoamericanos de la Universidad de Chile (Santiago, Chile). Correo electrónico: grinorrojo@hotmail.es

Resumen:

En diálogo con un artículo de Davi Arrigucci Jr., de 1985, este trabajo vuelve a leer “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)”, de Borges, desde el punto de vista de la pregunta por la identidad. Observamos que el caso de Tadeo Isidoro es uno de “colonialismo interno”, según la definición de Pablo González Casanova, y concluimos que el de Tadeo Isidoro es un intento de escapar a esa condición. Como en otros de los cuentos de Borges, ese intento fracasa. Por detrás de la figura de Tadeo Isidoro, percibimos así la de un narrador melancólico pero escéptico, que no es un colonizador ni un colonizado sino un “colonial”, como lo fue también una de las grandes admiraciones de Borges: Domingo Faustino Sarmiento.

Palabras clave: Colonizador; Colonizado; Colonial; Davi Arrigucci Jr.; Jorge Luis Borges

Abstract:

In dialogue with a 1985 article by Davi Arrigucci Jr., this piece constitutes a re-reading of Borges’s “A Biography of Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874),” from the perspective of the question of identity. Starting with the observation that Tadeo Isidoro is a case of internal colonialism, as per the definition of Pablo González Casanova, the conclusion drawn from the situation of Isidoro is that it amounts to an attempt to escape such a condition. As in other short stories by Borges’s, this attempt fails. Behind the figure of Tadeo Isidoro, it becomes apparent that there is a melancholic but skeptical narrator -one who is neither the colonizer nor the colonized but rather "colonial", much like Domingo Faustino Sarmiento, whom Borges greatly admired.

Keywords: Colonizer; Colonized; Colonial; Davi Arrigucci Jr.; Jorge Luis Borges

Con un ensayo famoso, de 1963, el historiador mexicano Pablo González Casanova introdujo el término “colonialismo interno”1. Un par de años más tarde, su compatriota Rodolfo Stavenhagen lo reempleó y lo amplió en sus Siete tesis equivocadas sobre América Latina2. Básicamente, si nosotros prescindimos de algunos matices diferenciales, los que pudieran tener importancia en otro contexto pero no la tienen en el nuestro, se trata de un término mediante el cual estos dos estudiosos designan el fenómeno de reproducción al interior de las naciones colonizadas o imperializadas de las relaciones de dominación, opresión y explotación que existen entre las metrópolis y sus periferias. Relaciones políticas y económicas, pero también raciales, sociales y culturales at large. En un trabajo posterior, de 2006, González Casanova resumió su planteamiento de la siguiente manera:

El colonialismo interno corresponde a una estructura de relaciones sociales de dominio y explotación entre grupos culturales heterogéneos, distintos. Si alguna diferencia específica tiene respecto de otras relaciones de dominio y explotación (ciudad-campo, clases sociales) es la heterogeneidad cultural que históricamente produce la conquista de unos pueblos por otros, y que permite hablar no sólo de diferencias culturales (que existen entre la población urbana y rural y en las clases sociales) sino de diferencias de civilización. La estructura colonial se parece a las relaciones de dominio y explotación típicas de la estructura urbano-rural de la sociedad tradicional y de los países subdesarrollados, en tanto que una población integrada por distintas clases (la urbana o la colonialista) domina y explota a una población integrada también por distintas clases (la rural o colonizada); se parece también porque las características culturales de la ciudad y el campo contrastan en forma aguda; se distingue porque la heterogeneidad cultural es históricamente otra, producto del encuentro de dos razas o culturas, o civilizaciones, cuyas génesis y evolución ocurrieron hasta un cierto momento -la conquista o la “concesión”-, sin contacto entre sí, y se juntaron por la violencia y la explotación, dando lugar a discriminaciones raciales y culturales que acentúan el carácter adscriptivo de los grupos de la sociedad colonial: los conquistadores y los conquistados

3.

El binarismo que preocupa a González Casanova y a Stavenhagen incide, como vemos, en la posición dislocada de un sujeto al que otros con más poder han sacado de su lugar de origen y puesto en uno distinto que no es ni llegará a ser nunca el suyo. Reproduce esta operación internamente la conducta del colonizador para con el nativo, misma que con tanta agudeza y también tanta furia describieron Césaire, Fanon y Memmi en los años cincuenta del siglo pasado. Una configuración que nos sale al paso por todas partes en la literatura de Jorge Luis Borges, aunque siempre tensionada por una emoción ambivalente. Cuentos como “El asesino desinteresado Bill Harrigan”, “Tema del traidor y del héroe”, “El fin”, “El Sur”, “Historia del guerrero y la cautiva”, “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)”, “La otra muerte”, “El cautivo”, “El etnógrafo” e “Historia de Rosendo Juárez” son sólo algunos de los que la muestran en actividad. Por detrás de estas reapariciones, percibimos, por supuesto, otro binarismo, el sarmientino, ese que Borges, si hemos de creerle a Beatriz Sarlo (¿y por qué no?) está tratando de desconstruir y olvidándose con ello de la desconstrucción que el propio don Domingo Faustino había hecho avant la lettre y que la literatura de su émulo reproduce: bárbaros que se pasan al campo del civilizado y civilizados que cruzan hacia el campo del bárbaro (Dahlman en “El Sur” o, por partida doble y contrapuesta, el “guerrero lombardo” Droctulf y “la india rubia” en “Historia del guerrero y la cautiva”, etc.).

Pues bien, como yo no quiero que mi propio argumento se desdibuje entre un fárrago de comprobaciones tediosas, me concentraré en lo que sigue nada más que en uno de esos relatos, en “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)”. El crítico brasileño Davi Arrigucci Jr. reflexionó acerca de este cuento con lucidez en 1985 y es con él con quien a mí me gustaría entablar ahora un diálogo fraterno.

Afirma Arrigucci que en la “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)” “el momento crucial de la trama es el momento en que se revela (el momento en que al gaucho Cruz se le revela, habría que precisar) la “identidad”. A lo que añade: “el cuento se desarrolla en la búsqueda de un rostro (en la búsqueda de una respuesta para la cuestión de la identidad)”4. Conforme, pero yo me pregunto de inmediato: si en efecto lo que hay en la “biografía” de Tadeo Isidoro Cruz es la búsqueda de una identidad, ¿quién es el que busca y la identidad de quién? Porque no es verosímil que el rústico Tadeo Isidoro se movilice programáticamente en pos de semejante entelequia, ya que sabe respecto de sí mismo harto menos de lo que haría falta para ello. Recuérdese que, en la escena final del cuento de Borges, Cruz no es el sujeto sino el objeto de una revelación, de un descubrimiento, de una anagnórisis, de una auténtica epifanía identitaria, y que eso es algo que a él le acontece de súbito, sin buscarlo, aun cuando también existan en el despliegue de su historia, aquí y allá, pistas que lo anticipan.

Pistas son esas que le advierten no a él sino a nosotros, a los lectores del cuento, que ese es un acontecimiento que al protagonista puede sobrevenirle en cualquier esquina de su trayectoria existencial, si tenemos en cuenta la distancia que media entre sus actuaciones conscientes y una carga subconsciente, que también lo presiona y en relación con la cual tales actuaciones se revelan contradictorias. Por eso, me parece oportuna una segunda observación de Arrigucci, que despersonaliza y generaliza a esta que acabo de citar, de acuerdo con la cual a la narración de la “biografía…” de Tadeo nosotros debemos entenderla como “el desdoblamiento de una pregunta que se encamina a una respuesta reveladora”5, lo que en su opinión estaría articulando un modelo de lectura del cuento al modo de un movimiento doble de develación de un enigma, el de la identidad, y en que el fin infunde sentido al desarrollo en la misma medida en que el desarrollo conduce (“encamina”) al lector hacia el fin. Por cierto, el consabido coqueteo de Borges con las astucias de los relatos policiales pudiera andar por ahí.

No obstante, lo que el título del cuento nos ha prometido es una “biografía”, es decir que nos ha prometido un tipo de discurso que se ocupa, según la económica definición de la RAE, de la “historia de la vida de una persona”6. En el cuento de Borges, esa historia de vida no es otra que la del sargento Cruz, el compañero de Martín Fierro, a quien el poema de José Hernández introduce en los cantos finales de la primera parte, cuando comanda a la “polecia” en una emboscada para aprehender a Fierro. El sargento Cruz cambia en esa circunstancia de bando, poniéndose del lado del perseguido:

¡Cruz no consiente

que se cometa delito

de matar ansi un valiente!7

No son pocos los comentaristas del cuento de Borges que han querido identificar a “su” Cruz con “su” Fierro, apoyándose en coincidencias biográficas numerosas que, si bien es cierto que el poema las autoriza, el cuento las engrandece. Un par de versos del poema, en los que Fierro es el que habla y para los que utiliza un refrán popular, suelen aducirse como prueba, y Borges no los desperdicia:

Ya veo que somos los dos

astillas de un mesmo palo8

Es una fusión refraneada y por lo tanto ostentosamente acriollada, pero cuya preexistencia en la historia de la literatura mundial es el motivo del doble, como se sabe de rancia prosapia y una de las máximas obsesiones de Borges (Stevenson es su “precursor velado”, denuncia un libro de Daniel Balderston). De importancia asimismo me parece la estrategia inter y transtextual, que es legible en la noticia que nos da el narrador cuando nos advierte que la anécdota en que él basó su relato la sacó de un “libro insigne”, el que “es capaz de inagotables repeticiones, versiones y perversiones”9. Volveré sobre ello.

La biografía prometida resulta no ser tal, desde luego, ya que, como el narrador advierte, “De los días y noches que la componen, sólo me interesa una noche; del resto no referiré sino lo indispensable para que esa noche se entienda”10. Pocos datos, aunque todos ellos “indispensables” y no tanto para poner así a nuestra disposición un millar de particularidades, que es lo que al fin de cuentas caracteriza genéricamente al discurso biográfico, como para entregarnos su esencia. Abierta o soslayadamente, lo que Borges nos quiere dar (contar) no es entonces la vida de Cruz sino el esquema que explica y universaliza esa vida ¿Y por qué? Porque con la epifanía de Cruz, que es similar a las de otros de sus personajes (y no sólo a las de otros de los personajes de Borges. Piénsese en el Wali Dad de “On the City Wall”, el cuento de Rudyard Kipling, uno de sus autores favoritos), él está reescribiendo un tópico que en su obra es una permanencia: el del sujeto-tipo que sobrevive, a sabiendas o no, en un “umbral” identitario y que, llegado el momento, intenta abandonarlo con resultados funestos.

En el caso de la “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz…”, este es un sujeto que ha sido víctima de un proceso de colonización interna y que, como dirían González Casanova y Stavenhagen, está siendo por eso lo que sus compatriotas-colonizadores internos lo obligan a ser, pero poseído siempre por una insatisfacción que lo insta a desprenderse del antifaz que le han calzado y a recuperar una identidad que él siente que lo podría satisfacer. Protagoniza para eso una maniobra de escape cuya consumación deviene finalmente infructuosa. El epígrafe del cuento, extraído de W. B. Yeats, confirma el empleo del tópico tanto como su nobleza tradicional: “I am looking for the face I had / Before the world was made”.

Tadeo Isidoro Cruz vivió, nos cuenta el narrador, en una pradera de “barbarie monótona”11. Por eso, al contrario del bárbaro Droctulf, que aspiraba a convertirse en ciudadano de la civitas romana, Tadeo Isidoro, que en 1849 tiene la oportunidad de entrar en la ciudad, desiste de hacerlo y permanece en las afueras, “en el vecindario de los corrales …, durmiendo en la tierra, mateando, levantándose al alba y recogiéndose a la oración”. Concluye el narrador: “Comprendió (más allá de las palabras y aun del entendimiento) que nada tenía que ver con él la ciudad”12. Pero he aquí que esa barbarie suya se verá interrumpida e intervenida por la ciudad (o por los representantes de la ciudad), cuando, habiéndose echado encima una muerte y después de una pelea cuchillo en mano, lo atrapa la policía y el ejército lo convierte en “soldado raso”. Para decirlo con el verbo que emplea González Casanova: a Tadeo, que había sido hasta entonces un hombre libre en una tierra libre (había sido el gaucho quintaesencial en una pampa que es también la quinta esencia de la libertad), le cambian su forma de existencia no bien el ejército argentino lo “asimila” al proceso constructor de la nación oligárquica y cuyo modelo (al que se le tuerce la nariz, por supuesto) es el proceso constructor de la nación burguesa metropolitana. Nada asombrosamente, eso lo hará cómplice en la lucha contra los otros idénticos a la tierra: los indios.

Emparejado y padre, hacia fines de la década del sesenta Tadeo “debió de considerarse feliz, aunque profundamente no lo era”13, nos sigue contando su “biógrafo” apócrifo. Es esa inquietud subterránea la que desemboca en la anagnórisis epifánica del 12 de julio de 1870. Anagnórisis epifánica, puesto que, según nos asegura Borges, “cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento, el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”14. Nada que no haya escrito en otros sitios, por supuesto. Por ejemplo, recordando la noche delirante que está en las páginas finales de “El congreso”. El caso es que el 12 de julio de 1870, la partida, que el sargento Cruz comanda, se enfrenta con el prófugo Martín Fierro. Éste se defiende, malhiere y mata a varios de sus perseguidores. Y es entonces cuando Tadeo,

mientras combatía en la oscuridad (mientras su cuerpo combatía en la oscuridad), empezó a comprender. Comprendió que un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el que lleva adentro. Comprendió que las jinetas y el uniforme ya lo estorbaban. Comprendió su íntimo destino de lobo, no de perro gregario; comprendió que el otro era él. Amanecía en la desaforada llanura; Cruz arrojó por tierra el quepís, gritó que no iba a consentir el delito de que se matara a un valiente y se puso a pelear contra los soldados, junto al desertor Martín Fierro

15.

Arrigucci nos llama la atención sobre el último miembro de la anáfora que encabeza el verbo “comprendió” en este denouement del relato: “comprendió que el otro era él”. Culmina con ese último “comprender” el despliegue del motivo del doble, del que yo hablé hace un rato, el que se venía insinuando a todo lo largo de la narración, desde las “astillas del mesmo palo” a la atribución a la biografía de Cruz de datos que pertenecen a la biografía de Fierro. Pero Arrigucci va más lejos, y a partir de esa frase que identifica a Cruz con Fierro postula la simultánea identificación de ambos con una herencia ancestral. Cruz y Fierro son uno y ese uno es el gaucho universal (supongamos que tal cosa existe). Dejando de lado la coloración mítica, que innecesariamente intenta darle el estudioso brasileño a su universalización de esta recurrencia borgeana del motivo, lo cierto es que eso que él propone nos abre una puerta no hacia el significado metafísico del relato sino hacia su significado histórico y social y que a mi parecer es sólo parcialmente el que este crítico escoge.

Influido Borges una vez más por las artimañas del género policíaco, la clave del equívoco, como tantas veces en su literatura, está en una pista “conjetural”. Me refiero a la declaración enigmática sobre la que yo anuncié arriba que iba a volver, aquella con que el narrador de “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz” revela que el referente intertextual de su cuento es un “libro insigne” pero sin decir cuál es. Añade a eso que la transtextualización que él ha hecho del mismo supone un tejido de “repeticiones, versiones y perversiones”, y sugiere una conexión con la Biblia.

Probable lector él también de relatos policiales, Davi Arrigucci desprecia con olímpica razón esa sugerencia distractiva, conjeturando que la alusión es más bien a Martín Fierro. Yo creo en cambio que la alusión no es ni a la Biblia ni a Martín Fierro sino al Facundo, un libro que Arrigucci menciona, pero sin concederle un peso análogo al que él le otorga al poema de Hernández. Por lo pronto, observo que Borges, quien pensaba que lo que Facundo les ofrece a los argentinos es una disyuntiva “aplicable al entero proceso de nuestra historia” y que si sus compatriotas hubiesen canonizado ese libro, “otra sería nuestra historia y mejor”16, con toda seguridad no hubiese dicho lo mismo refiriéndose a Martín Fierro, un libro que a él le gustaba, es cierto, pero como a un adolescente puede gustarle una “novela” (de hecho, es fama que doña Leonor Acevedo le prohibía leerlo), y al que le negó el carácter de epopeya nacional que le endilgaron Lugones y Rojas:

este convencimiento central: la índole novelística del Martín Fierro, hasta en los pormenores. Novela, novela de organización instintiva o premeditada, es el Martín Fierro: única definición que puede transmitir puntualmente la clase de placer que nos da (…) se me recordará que las epopeyas antiguas representan una preforma de la novela. De acuerdo, pero asimilar el libro de Hernández a esa categoría primitiva es agotarse inútilmente en un juego de fingir coincidencias

17.

Creer pues que el “libro insigne” que está por detrás de la “biografía” de Cruz es Martín Fierro resulta discutible. Una cosa es que Martín Fierro provea la anécdota y otra es el sentido que Borges le ha dado a esa anécdota. Concluye Arrigucci:

El juego irónico que combina en una misma figura las caras opuestas del traidor y del héroe, relativizándolas, encuentra un respaldo concreto en la situación histórica del gaucho, tal como se representa en el Martín Fierro, según una de sus versiones, que Borges también recupera con agudeza. La visión del fondo histórico, reconstruido a través de los detalles del ambiente a los que se alude sutilmente en el cuento, permite entender al personaje y su ambivalencia en el marco contradictorio que lo determina. Fama e infamia son dos caras de la misma moneda (y del mismo ser) acuñada entre contradicciones históricas impostergables, que hacen del gaucho un juego de oposiciones: Isidoro Cruz, lo mismo que Martín Fierro, “a veces combatió por su provincia natal, a veces en contra”

18.

Si nosotros aceptamos esta explicación o, mejor dicho, si aceptamos la conclusión de Arrigucci según la cual Tadeo Isidoro Cruz y Martín Fierro, las “astillas del mesmo palo”, son un mismo hombre y que ese hombre es nada menos que el universal de “El gaucho” pero partido en dos y cuya barbarie Borges estaría justificando e inclusive reivindicando por cualesquiera sean las razones, yo creo que habremos dado un paso adelante, de indudable importancia, pero sin llegar aún a la meta. Porque no puede negarse que la situación colonizada de la estirpe gaucha se explica recurriendo a la histórica lucha rioplatense entre el campo rústico y la ciudad avasalladora, así como a los periódicos estallidos de violencia que dicho conflicto provoca, pero esa es, todavía, una verdad a mitad de camino.

Postulo aquí, por lo tanto, que en la “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz…” la figura borgeana del gaucho se enriquece (no sé si se completa) cuando nosotros invertimos el orden de los referentes intertextuales que Arrigucci detecta y menciona con tersa precisión, y decidimos que el primario no es el federal Martín Fierro y que tampoco es el Facundo liberal, el que pregona el demagógico título de aquel libro “insigne”, sino el que proviene de las vacilaciones y las ambigüedades que se alojan en la conciencia del autor de Facundo, en la conciencia del sanjuanino Domingo Faustino Sarmiento. Me refiero a la resistencia en (o desde) el interior de Facundo a la interpretación que su autor nos está ofreciendo de la Argentina (y, por extensión, diría yo, de América Latina) como un espacio en disputa entre la civilización y la barbarie.

Hoy todos los de mi oficio estamos contestes en que no hay lectura menos productiva de Facundo que la que se toma en serio y absolutiza la oposición binaria del título, esa sí de cepa liberal y proclamada demagógicamente. O la civilización, urbana, blanca y europeizante, o la barbarie, rural, no blanca y autóctona. Poner las cosas en tales términos no sólo nos mete en un callejón sin salida, sino que condena al discurso crítico a una aridez monocromática, y así es como lo han entendido la mayoría de los estudiosos actuales de Sarmiento. El fin de la biografía de Facundo Quiroga, en la segunda parte de ese volumen y la galería admirativa de gauchos que ocupa el segundo capítulo de la primera, nos suministran las pruebas que necesitamos respecto de la “desconstrucción” a que Sarmiento somete la fórmula maniquea al mismo tiempo que nos la está proponiendo. Y eso para no apelar aquí a la lluvia de otros detalles que a todo lo largo de su libro también la torpedean. A pesar suyo, el propio Borges avala la sospecha de que esto es así al afirmar, en el “Prólogo” citado, que para los escritores de la talla de Sarmiento “lo de menos son los propósitos”19.

La pulsión que contradice la dicotomía se halla inscrita en el mismo Sarmiento, por consiguiente, en un Domingo Faustino que no es un colonizador sin titubeos respecto de la opción que su ideología ciudadana y europeizante favorece, sino un colonial. La ambivalencia hecha nostalgia de la tierra, presunción admirativa de las habilidades campesinas, e incluso intuición certera del valor de “lo otro”, no lo abandona, porque es una huella que se encuentra escrita a fuego en su lomo americano, y eso hace que ideológicamente abogue por uno de los dos lados de la oposición, pero sin renunciar al opuesto, nada de lo cual es esperable en un colonizador bona fide. Más bien busca Sarmiento salvar lo que le parece salvable ahí, ad portas de un desarrollo histórico por detrás del cual él presume que está la “ley del progreso necesario” y contra el que, por lo mismo, a su conciencia ilustrada le parece vano luchar. El futuro es de la ciudad burguesa y contra eso no hay nada que hacer, es lo que le sopla al Sarmiento sanjuanino el Sarmiento liberal. Facundo Quiroga, el feroz “Tigre de las Pampas”, se metamorfosea en el trascurso de su biografía en un vecino de Buenos Aires y en los versos del “gaucho cantor” se encuentran para Sarmiento los gérmenes de una posible “literatura nacional” (además de los elogios de que por sus destrezas respectivas son merecedores los otros miembros de su galería). En su Muerte y resurrección de Facundo, un libro de 1968, el joven Noé Jitrik siguió la pista de las volteretas de Facundo:

En la medida en que secunda los planes ilustrados, racionales, Facundo es dibujado con trazos casi simpáticos, con efusiva normalidad, pero apenas se opone a tales planes o les da un sentido nuevo, reaparece el primer Facundo, el irracional y seguro salvaje que maculará todos los principios y sacudirá todos los sistemas

20.

Esto quiere decir que Sarmiento ha hecho entrar a su Facundo Quiroga en la ciudad, pero sin haber estado convencido él mismo de que con eso quedaba resuelta la querella, aliviándolo por ello sólo tácticamente y jamás por completo de la carga primigenia internalizada en su alma. Ha tenido que hacer con Facundo lo que no pudo hacer con Rosas, que estaba en la ciudad pero era un enemigo en la ciudad, y no sólo eso, ya que, como Borges anota con sorna, Rosas “no era exactamente un caudillo, no había manejado nunca una lanza y ofrecía el notorio inconveniente de no haber muerto”21.

Pero tampoco creía Sarmiento que era posible civilizar al indio: educarlo, convertirlo en un recurso humano productivo, en condiciones de contribuir al proyecto nacional ya en marcha. Al indio él no podía llevarlo a la ciudad de la misma manera en que sí podía llevar al gaucho, porque, a diferencia del gaucho y para decirlo nerudiana y heideggerianamente, el indio no era un ser del “mundo” humano, modificable por ende, sino de la “tierra” inmodificable, y como se sabe las consecuencias fueron el descarte y el exterminio; al gaucho mestizo, de raza, de cultura o de lo que fuere, sí era posible llevarlo a la ciudad y para ello la educación era el gran instrumento (tampoco faltan entre los gauchos de Borges aquellos que son descendientes degenerados de europeos y de redención problemática, como los “Nilsen” o “Nelson” de “La intrusa” o los “Gutres” [Guthrie] de “El Evangelio según Marcos”).

El plan, entonces: deshacerse de los indios y educar a los gauchos mestizos para que estos asumieran un papel en la construcción de la nación oligárquica, desgajándolos de su identidad bárbara, injertándoles una identidad nacional nueva y diseñándoles una conducta ciudadana que sin embargo no asumirán nunca íntegramente, que estará expuesta siempre a las explosiones transgresoras. Explosiones infructuosas, sin embargo, en las que las ansias de reencuentro fracasarán una y otra vez. Facundo muere asesinado en Barranca Yaco, cuando a lo peor harto de su vida burguesa abandona la pasividad de Buenos Aires, mientras que Tadeo Isidoro Cruz, reintegrado ya en la civilización, termina siendo la víctima de una más que vulgar “viruela negra”22.

Esta es pues la búsqueda identitaria que nos comunica el cuento “Biografía de “Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)”, la que Davi Arrigucci descubre. Martín y Tadeo Isidoro son ambos hombres de un mismo linaje y eso explica que la biografía del segundo no sea en realidad una biografía sino el esquema de una biografía. Son Fierro y Cruz unos habitantes de la pampa (no indios, ya que, como se ha visto, los indios son, en el contexto del “mundo” humano, irredimibles), enganchados por el ejército después de alguna tropelía, desertores y reenganchados y anulados por lo menos parcialmente en aras de una construcción nacional en la que ellos, tal como ellos son, carecen de un lugar pero donde algunas de sus habilidades acaso pudieran sobrevivir pero siempre que se las haya pasado por el cedazo de la cultura oligárquica.

Martín Fierro, peón de estancia en la segunda parte del poema de Hernández, don Segundo Sombra, el viejo gaucho que entrena en las faenas del campo a su joven amo, este que ha devenido o devendrá estanciero en la novela de Güiraldes, y Tadeo Isidoro Cruz en este cuento de Borges son variantes particulares de un patrón biográfico común. Me refiero al patrón biográfico de unos individuos que o bien se sostienen en un estado ambivalente, el del sujeto colonial, habiendo sido capturados por el poder y obligados a servirlo, pero soñando con lo que perdieron y que les gustaría pero no pueden recobrar, o bien se rebelan y abandonan esa posición, pero exponiéndose con ello o a la derrota (si es que no a una mitologización gaseosa, como ocurre con don Segundo Sombra, el que a medida que se aleja de la estancia de su “ahijado” se va “reduciendo como si lo cortaran de abajo”23) o bien, tercera opción y pudiera ser que la peor de todas, devienen en víctimas de la intrascendencia denigrante de una muerte en la cama: la del gaucho Tadeo Isidoro y su mediocrísima viruela (un fin de “biografía” que yo debo advertir que Borges no le copió a José Hernández24).

Referencias Bibliográficas

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Borges, Jorge Luis, Obras completas, Tomos I y IV. Buenos Aires: Emecé editores, 2007. [ Links ]

González Casanova, Pablo. “Sociedad plural, colonialismo interno y desarrollo”. América Latina 3 (1963): 15-32. [ Links ]

_______. “El colonialismo interno: una redefinición”. En La teoría marxista hoy: problemas y perspectivas, editado por Atilio Borón, Javier Amadeo y Sabrina González, 439-435 Buenos Aires: Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales CLACSO, 2006. [ Links ]

Güiraldes, Ricardo. Don Segundo Sombra. Buenos Aires: Editorial Losada, 1962. [ Links ]

Hernández, José. El gaucho Martín Fierro. Edición facsimilar, Buenos Aires: Editorial Centurión, 1962. [ Links ]

Jitrik, Noé. Muerte y resurrección de Facundo. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina , 1968. [ Links ]

Real Academia Española, Diccionario de la lengua española, 21ª ed., Tomo I. Madrid: Editorial Espasa Calpe, 1992. [ Links ]

Stavenhagen, Rodofo. “Siete tesis equivocadas sobreAmérica Latina”. En Sociología y subdesarrollo, 15-84. Ciudad de México: Editorial Nuestro Tiempo, 1981. [ Links ]

1 Pablo González Casanova, “Sociedad plural, colonialismo interno y desarrollo”, América Latina 3 (1963): 15-32.

2Rodolfo Stavenhagen. “Siete tesis equivocadas sobre América Latina”. Publicado primeramente en el periódico El Día, el 25 y el 26 de junio de 1965. Incluido luego en Sociología y subdesarrollo (Ciudad de México: Editorial Nuestro Tiempo, 1972).

3Pablo González Casanova. “El colonialismo interno: una redefinición” en La teoría marxista hoy: problemas y perspectivas, eds. Atilio Borón, Javier Amadeo y Sabrina González (Buenos Aires: Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales CLACSO, 2006), 435-39. El subrayado es suyo.

4Davi Arrigucci Jr. “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz…”, en La literatura en Brasil e Hispanoamérica (Ciudad de México: Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México, 2009), 194.

5Ibíd., 193

6Real Academia Española, Diccionario de la lengua española, 21ª ed., Tomo I (Madrid: Editorial Espasa Calpe, 1992), 293.

7José Hernández, El gaucho Martín Fierro (Buenos Aires: Imprenta de la Pampa, 1872), 47. Edición facsimilar (Buenos Aires: Ediciones Centurión, 1962).

8Ibíd., 61

9Jorge Luis Borges, “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)”, Obras completas (Buenos Aires: Emecé editores, 2007), 673.

10Ibídem.

11Ibídem.

12Ibíd., 674.

13Ibídem.

14Ibíd., 674-675. El subrayado es de Borges.

15Ibíd., 675-676.

16Jorge Luis Borges, “Prólogo” a Domingo Faustino Sarmiento. Facundo (Buenos Aires: Editorial El Ateneo, 1974). Reproducido en “Prólogos, con un prólogo de prólogos”, Obras completas, IV (Buenos Aires: Emecé editores, 2007), 154.

17Jorge Luis Borges. “La poesía gauchesca” en Discusión. Obras completas I, 229-230.

18Arrigucci, “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”, 207.

19Borges, “Prólogo” a Facundo, 152.

20Noé Jitrik. Muerte y resurrección de Facundo. (Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1968), 59.

21Borges, “Prólogo” a Facundo, 151-152.

22Borges, “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”, 673.

23Ricardo Güiraldes, Don Segundo Sombra (Buenos Aires: Editorial Losada, 1962), 184.

24Nada es casual en Borges. Tocayo del gaucho Tadeo Isidoro, el abuelo materno del escritor, a quien el nieto recuerda en su poema “Isidoro Acevedo”, no sólo se le parce en el nombre. Después de haber tenido una actuación secundaria en la lucha contra Rosas, don Isidoro regresó a Buenos Aires, donde se ganó la vida como “comisario de frutos del país en el mercado antiguo del Once”, y murió en su cama, viejo ya y soñando que (según Borges se lo imagina) comandaba una “visionaria patriada que necesitaba su fe”. “Isidoro Acevedo” en Cuaderno San Martín. Obras completas, I, 95-96.

Recibido: 19 de Junio de 2018; Aprobado: 27 de Junio de 2018

Sobre el autor

Grínor Rojo. Profesor titular de literatura y estudios culturales latinoamericanos de la Universidad de Chile (Santiago, Chile). Doctor en filosofía por la Universidad de Iowa, Iowa City, Estados Unidos. Algunas de sus publicaciones más destacadas son los dos volúmenes de Clásicos latinoamericanos. Para una relectura del canon, siglos xix y xx (Santiago: Lom ediciones, 2011) y los dos volúmenes de Las novelas de la dictadura y la posdictadura chilena (Santiago: Lom ediciones, 2016). Actualmente es editor general junto con Carol Arcos de la primera Historia crítica de la literatura chilena en cinco volúmenes. Sus trabajos han ganado diversos reconocimientos como el Premio del Ateneo de Santiago (1997), el Premio de Ensayo Ezequiel Martínez Estrada de la Casa de Las Américas (2009), el Premio del Consejo Nacional del Libro y la Lectura de Chile (2009), y el Premio Altazor a las Letras Nacionales en la categoría ensayo (2012). Correo electrónico: grinorrojo@hotmail.es.

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