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Pléyade (Santiago)

versión impresa ISSN 0718-655Xversión On-line ISSN 0719-3696

Pléyade (Santiago)  no.23 Santiago jun. 2019

http://dx.doi.org/10.4067/S0719-36962019000100125 

Artículo

Salvajes caníbales en el paraíso. Representaciones iniciales sobre la conquista del Río de la Plata

Wild cannibals in paradise. Initial representations about the conquest of the Río de la Plata

Carlos Rossi Elgue* 

* Licenciado y profesor en letras por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (Buenos Aires, Argentina). Correo electrónico: carossielgue@yahoo.com.

Resumen:

En este artículo se analiza el discurso fundacional sobre la región del Río de la Plata, a comienzos del siglo XVI, a partir la articulación de dos ejes interrelacionados: la construcción del “otro” como caníbal y la percepción del espacio como un paraíso terrenal. Se indagan documentos relacionados con las expediciones de Juan Díaz de Solís (1516) y Sebastián Gaboto (1526-1529), principalmente la Carta (1528) de Luis Ramírez. El objetivo es observar el modo en que representaciones previas sobre la alteridad, provenientes de relatos clásicos, tanto medievales como bíblicos, influyeron sobre la construcción-invención de la región y sus habitantes. Descripciones de seres maravillosos, tesoros y espacios edénicos, que conformaban la herencia cultural del viajero y conquistador a finales de la Edad Media, como los que se contienen en El libro de las maravillas de Juan de Mandevilla o los textos sobre América de Cristóbal Colón y Américo Vespucio, servirán de base para describir al “otro” indígena y el paisaje rioplatense.

Palabras clave: Río de la Plata; Caníbal; Paraíso terrenal

Abstract:

This article analyses the foundational discourse of the Río de la Plata region, at the beginning of the sixteenth century, via the formation of two interrelated focal points: the construction of the other as a cannibal and the perception of space as an earthly paradise. The article examines documents related to the expeditions of Juan Díaz de Solís (1516) and Sebastián Gaboto (1526-1528), and, especially, the Carta (1528) by Luis Ramírez. The objective is to observe the way in which previous representations of alterity -in classical, medieval and biblical narratives-influenced the construction-invention of the region and its inhabitants. Descriptions of extraordinary beings, treasures and Edenic spaces, which shaped the cultural baggage of the traveler and conqueror at the end of the Middle Ages -such as those contained in The Book of Marvels by John Mandeville, and texts on America by Christopher Columbus and Amerigo Vespucci- serve as the basis from which the indigenous “other” and the landscape of Río de la Plata are described.

Keywords: Río de la Plata; Cannibal; Earthly paradise

Introducción

El 16 de febrero de 1516, Juan Díaz de Solís alcanzó la desembocadura del Río de la Plata y decidió descender a tierra con algunos de sus hombres para reconocer la costa. Pero, al llegar a la orilla, habrían sido asesinados y devorados por indios antropófagos. Quienes no habían bajado de los barcos y observaron la escena, resolvieron dar por terminada la expedición y volver a España. De los exploradores que habían desembarcado con Solís, solamente se salvó el grumete Francisco del Puerto, quien quedaría cautivo de los indios y, diez años más tarde, sería encontrado por la armada de Sebastián Gaboto.

En este artículo se indagarán textos que refieren a las expediciones de Solís y Gaboto, focalizando en la carta que Luis Ramírez escribe a su padre en 1528, en relación con algunos documentos del Archivo de Indias que se encuentran en la Colección de copias de documentos del Archivo General de Indias1. Otros textos, como los de Antonio Pigafetta, Pedro Mártir de Anglería, Américo Vespucio, Cristóbal Colón y Alonso de Santa Cruz, permitirán reconstruir el universo de sentido en el que esos documentos se producían y en el cual interactuaban. A partir de este corpus es posible observar que la dramática escena de canibalismo que puso final a la expedición de Solís se transformó en el eje narrativo inaugural a partir del cual emergió un imaginario sobre la todavía imprecisa provincia del Río de la Plata. Se analizará la conformación de un discurso sobre la región, a comienzos del siglo xvi, considerando la articulación de dos ejes interrelacionados: la construcción del “otro” como salvaje caníbal y la percepción del espacio en cuestión como un paraíso terrenal2. Esta forma particular de representar lo ignoto provocará el surgimiento de tópicos asociados a los esquemas culturales de los viajeros, como la búsqueda de tesoros y la existencia del Jardín del Edén3.

En principio, conceptualizar la región del Río de la Plata a partir de las ideas de paraíso y canibalismo implica un problema epistemológico en el que entran en tensión la representación y la materialidad. Estudios sobre la literatura colonial rioplatense, como los de Loreley El Jaber4, Gustavo Verdesio5 y Kim Beauchesne6, dan cuenta de una escisión entre las fantasías del conquistador que cristalizaron a comienzos del siglo xvi y los resultados de las expediciones, a partir de las cuales se impuso, habida cuenta de la escasez de riquezas y los padecimientos soportados, el discurso del fracaso como rasgo distintivo7. Además, ponen en evidencia la tensión intrínseca a una producción textual en la que interactuaban de manera conflictiva dos o más sistemas socioculturales -interacción a la que Antonio Cornejo Polar alude como “heterogeneidad”8-, y permiten contrastar esos discursos del pasado con las evidencias materiales del presente. En este sentido, es necesario aclarar que quienes escribieron sobre el espacio desconocido y describieron por primera vez a los aborígenes fueron españoles y que, por lo tanto, caracterizaron y juzgaron lo que vieron y experimentaron desde los límites de su propia mirada, occidental y cristiana. Las maravillas que proyectaron sobre la geografía imaginaria se superpusieron e impusieron sobre el espacio real; en términos de Loreley El Jaber, “si bien el espacio existe como realidad material, esa materialidad se halla atravesada por una multiplicidad de planos, los cuales son atravesados a su vez por procesos sociales, culturales y políticos”9.

En este artículo interesa profundizar en el modo en que la perspectiva de los primeros viajeros y conquistadores al Río de la Plata moldeó representaciones asociadas a su horizonte de posibilidades, que resultaron funcionales para la realización de expediciones posteriores: la quimera del oro y la búsqueda de lugares paradisíacos se mantendría como impulso principal en las empresas de Pedro de Mendoza y, luego, desde Asunción, en las entradas hacia el norte realizadas por Álvar Núñez Cabeza de Vaca y Domingo de Irala, al menos hasta mediados del siglo xvi.

Para abordar el corpus propuesto se consideran los aportes de la crítica literaria en interacción con los estudios culturales de otras disciplinas como la historia y la antropología. La razón por la que se adopta esta perspectiva responde a la naturaleza misma del objeto de estudio: se trata de escritos producidos en un contexto y en una situación comunicativa particular, que han servido, a lo largo de los años, tanto para reconstruir los datos historiográficos sobre el pasado, como para dar cuenta del surgimiento de mitos fundacionales. Resultan fundamentales, por lo tanto, los trabajos de Roger Chartier10, Jacques Le Goff11 y Michel De Certeau12, centrados en analizar y reflexionar acerca del lenguaje y los modos de representar el pasado, en diálogo con aquellos que indagan representaciones que se desprenden de la situación colonial, como los de Edmundo O´Gorman13, Stephen Greenblatt14, Eduardo Subirats, Walter Mignolo15 y Antonio Cornejo Polar.

En el período de descubrimiento de la región rioplatense se pusieron en funcionamiento mecanismos de configuración-invención discursiva que atravesaban el modo de percibir de los conquistadores ya en los primeros textos sobre América. El concepto de “invención”, que en 1958 introdujo O’Gorman para discutir la idea de “descubrimiento” de América ‒en su clásico La invención de América‒ permite comprender que el Nuevo Mundo fue representado dentro de los parámetros que admitía la propia cultura. El autor señala, al analizar el relato inaugural de Cristóbal Colón, que lo que se entiende por descubrimiento de América no fue tal, ya que Colón no creía encontrarse en tierras nunca vistas, sino en Cipango (Japón). Por lo tanto, concluye, “ni las cosas, ni los sucesos son algo en sí mismos, sino que su ser depende del sentido que se les conceda dentro del marco de referencia de la imagen que se tenga de la realidad de ese momento”16.

Desde la historia cultural, Chartier formula que “comprender las significaciones atribuidas a un texto o un conjunto de textos impone identificar los principios de organización, de clasificación, de verificación y valoración que gobiernan su producción, así como descubrir las estructuras de los objetos escritos (o de las técnicas orales que aseguran su transmisión)”17. Las conceptualizaciones de Chartier permiten comprender la idea de “invención” de O’Gorman como una operación discursiva: el lenguaje no puede ser considerado como la expresión transparente de una realidad exterior o de un sentido dado previamente ya que “la significación se construye y la ‘realidad’ es producida”18. Esta idea de construcción discursiva de la realidad debe ser valorada en el contexto particular en el que las representaciones creadas adquieren significación. En este sentido, resulta necesario advertir que las versiones sobre el canibalismo que minaron la producción discursiva sobre el Río de la Plata conjugaban ilusiones y miedos que provenían de la cultura occidental con prácticas rituales de los indígenas que poblaban la región19.

En la península ibérica, a comienzos del siglo xvi, las primeras ideas sobre el Río de la Plata se encontraban atravesadas por diversas fuentes: por un lado, las fantasías medievales y las tradiciones cristiana y clásica sobre el paraíso terrenal y la Edad de Oro; por otro, los testimonios de los primeros viajeros a América, como Colón o Vespucio; por último, un repertorio amplio de enemigos a partir del cual clasificar la alteridad, producto de las luchas por el avance territorial en la historia de Occidente: seres maravillosos -entre otros, gigantes, amazonas o cinocéfalos- moros, negros y salvajes.

En este contexto, Greenblatt sostiene que la cultura europea del siglo xvi

se caracterizaba por una enorme confianza en su propia importancia, por una organización política basada en prácticas de mando y sumisión, por una disposición al uso coercitivo de la violencia tanto con los extraños como con sus compatriotas, y por una ideología religiosa basada en la representación infinitamente multiplicada de un dios del amor torturado y asesinado” 20.

Confianza en la superioridad, violencia y legitimación religiosa conformaron los cimientos de la fuerza colonial que, sumados a una tecnología del poder basada en la escritura y las armas, se impuso sobre el continente americano. De este modo, se consolidó un lugar de dominio y un locus enuntiationis a partir del cual se sujetó y subjetivó al “otro”. La situación colonial entrañó, en términos de Walter Mignolo, “la idea de Europa como el lugar del sí mismo y las colonias como el lugar del otro21; el sí mismo implicó la configuración de un hombre europeo, movido por el afán de riquezas y por la fe cristiana -lo que se remontaba históricamente a los comienzos de la Reconquista, sus héroes y sus mitos- en el que se enlazaban con diferentes matices, según los casos, los ideales de la caballería y el humanismo renacentista22.

Ese lugar de enunciación se impuso en el discurso inicial sobre el Río de la Plata, desde los primeros documentos hasta el momento en que se produjo el regreso definitivo de Sebastián Gaboto a España, en 1530, cuando según el historiador Enrique de Gandía se cerró el período de “descubrimiento” de la región, dando inicio al de colonización23.

El paraíso terrenal

Las exploraciones al Río de la Plata comenzaron en el marco de las disputas que se zanjaban de manera secreta y clandestina en torno a la región, por la demarcación de límites entre las coronas de Castilla y Portugal, a fines del siglo xv. Y de éstas surgieron referencias vagas como las de los portugueses Nuño Manuel, Cristóbal de Haro y Juan de Lisboa, en 1514, quienes confundieron el río con un canal o estrecho en comunicación con el Mar del Sur24. El hallazgo del paso interoceánico, que resultó de la expedición iniciada por Fernando de Magallanes y finalizada por Juan Sebastián Elcano, entre 1519 y 1522, modificó la percepción del espacio terrestre y marítimo ya que condujo a una nueva conciencia de la circunferencia del globo y las posibilidades de conexión que ofrecían las rutas marítimas. Hasta ese momento, poco era lo que se sabía sobre los mares y la tierra hacia el Atlántico sur, pero, indudablemente los relatos sobre expediciones más allá del límite de Brasil, aún con sus indeterminaciones, habían abierto la imaginación y convocado a la aventura.25

A pesar de la imprecisión en la información que circulaba en España es probable que, antes de arribar al Río de la Plata, Solís poseyera datos que le permitieran formarse alguna idea de la región aún sin haberla visto, principalmente por su cercanía con Brasil ‒descubierto oficialmente por Pedro Álvares Cabral en 150026‒. A medida que los horizontes de lo desconocido retrocedían y el mundo se volvía un espacio con límites y extensiones precisables, los saberes de la cultura occidental proporcionaban el contenido para definir lo diferente. En palabras de Serge Gruzinski, la movilización ibérica en escala planetaria “proyecta los imaginarios de los contemporáneos hacia horizontes que durante mucho tiempo se consideraron inaccesibles”27.

Sobre el paraíso terrenal, es preciso aclarar que para los hombres del siglo xvi era un lugar que podía hallarse en la tierra, más exactamente, en algún lugar del extremo oriental de Asia. El lugar podía ser descubierto, pero estaría aislado y su acceso no sería fácil. Sobre la aceptación de su existencia a finales de la Edad Media, algunos textos resultan significativos ya que influirían en la perspectiva de los viajeros: los Viajes de Marco Polo, el relato de viaje de Juan de Mandevilla al Levante, India y China; el Imago Mundi del cardenal Pierre d’ Ailly; el diario del tercer viaje de Cristóbal Colón a América, cuando en 1498, en el golfo de Paria y el delta del Orinoco, creyó estar en las extremidades de Asia, “a inmediaciones del paraíso terrenal”28; y la “Carta de 1502” de Américo Vespucio, en la que, tal como señala Antonello Gerbi, pudo haber influido la idea de paraíso de Dante29.

Agrega Sergio Buarque de Holanda que estas ideas sobre el paraíso interactuaban con convenciones eruditas forjadas o desarrolladas por historiadores, teólogos, geógrafos y cartógrafos, principalmente durante la Edad Media30. Los denominados mapas T-O, que concebían el mundo dividido en tres partes -Asia, África y Europa-, por ejemplo, eran representaciones simbólicas mediadas por la perspectiva cristiana en las que el paraíso se ubicaba en el extremo oriental de Asia, a la manera de los reproducidos en las Etimologías de San Isidoro de Sevilla31. Mapas y relatos fortalecían la idea de que existía en la tierra un lugar de buena venturanza al que podía accederse después de superar los obstáculos y peligros que lo protegían. Los testimonios de quienes habían regresado de América, como Colón, Vespucio o Pigafetta, escritos por ellos mismos o por cronistas como Pedro Mártir de Anglería, serían centrales para generar fantasías sobre cada una de las nuevas regiones de Latinoamérica que se fueran descubriendo.

Los caníbales

Los peligros a superar en el Río de la Plata, que obstaculizaban el acceso a supuestas zonas de riquezas y paraísos, estaban representados por la naturaleza hostil y los indios caníbales. En lo que respecta al modo de subjetivar al indígena en las primeras descripciones europeas resulta evidente la negación de una identidad que lo identifique como sujeto. Gustavo Verdesio, señala al respecto que los aborígenes “representados como pueblos primitivos y salvajes, sin territorio ni cultura, se convirtieron en pueblos sin historia”32. Esta idea resulta central para comprender la lógica discursiva por medio de la cual, progresivamente, se consolidó una representación del “otro” como un todo homogéneo: “indio” y, específicamente, “caníbal”33.

Ahora bien, ¿cómo se visibiliza esta construcción de la alteridad en los primeros documentos sobre el Río de la Plata? Para ilustrar esta representación, baste con recordar un episodio vivido por los hombres de la armada de Sebastián Gaboto, cuando la percepción del “otro” se equipara con la del “caníbal”.

A comienzos de abril de 1526, la flota de Gaboto partió de San Lúcar de Barrameda con el fin de realizar una expedición al Maluco, Tarsis, Ofir, el Catayo Oriental y Cipango. Sin embargo, seducido por las noticias sobre los tesoros que se encontraban en la región rioplatense, Gaboto abandonó los objetivos expresos en la capitulación, se dirigió hacia el Río de la Plata y remontó el río Paraná, donde fundó el fuerte Sancti Spíritus. El relato sobre la expedición de Gaboto y el tiempo en el que se sostuvo el fuerte puede reconstruirse, principalmente, a partir de documentos que en su mayoría se producen con motivo de los pleitos y acusaciones levantadas contra el propio capitán, realizadas por miembros de la armada, como los de Francisco de Rojas y Juan de Villalobos, o parientes de hombres fallecidos, como Isabel de Rodas, mujer de Miguel de Rodas. Estos textos, pocas veces analizados por la crítica especializada, recrean la trama de tensiones entre los hombres de la expedición y, además, resultan fundamentales para comprender las representaciones inaugurales sobre la región.

El cambio de rumbo que decidió Gaboto suscitó la conformación de bandos irreconciliables, uno leal a él y otro alineado con la disposición legal. Acompañado principalmente por Miguel Rifos, Gaboto orientó sus esfuerzos a conquistar los espacios fabulosos que le habían referido: la Sierra del Plata y el Imperio de Rey Blanco. Otros capitanes, como Gregorio Caro y Francisco de Rojas, pensaban que debían cumplir con lo pautado en la capitulación. A pesar de las resistencias, Gaboto logró convencer a los indecisos prometiendo un futuro reparto del botín y comenzó por deshacerse de quienes obstaculizaban sus planes: buscó testigos y levantó un proceso en contra de Rojas, acusándolo de querer sublevar la nave que comandaba34. En el Puerto de los Patos, antes de seguir hacia el Río de la Plata, Gaboto abandonó a Rojas en la costa, junto a otros dos capitanes, Martín Méndez y Miguel de Rodas. Juan de Villalobos, integrante de la armada que inició en España un proceso en contra de Gaboto, recuerda que los tres capitanes fueron abandonados en una isla poblada por “indios que comian carne humana para que los comiessen”35. Esta cita del documento de Villalobos resulta significativa para comprender cómo se percibía el territorio y los peligros que debían enfrentarse antes de alcanzar el ansiado botín: el riesgo a ser devorado se transformaba en el mayor de los temores ya que, para los hombres abandonados en aquellas costas, quedar expuestos a los indígenas equivalía a la muerte.

La percepción de Villalobos, sin dudas, ilustra las expectativas de quienes viajaban, en las que se acumulaban las versiones de quienes ya habían viajado hacia la región y relatos de tradición occidental. Las representaciones sobre indios caníbales no fueron excluyentes del Río de la Plata sino que, como explica Carlos Jáuregui, tenían antecedentes que se relacionaban a prácticas sociales, discursivas, legales y bélicas de explotación colonial:

Aunque la palabra caníbal misma es una deformación de un vocablo indígena usado por primera vez en una lengua europea a raíz del Descubrimiento, en su significación colonial concurren el archivo clásico sobre la otredad, la teratología medieval, compendios y catálogos de saber del Renacimiento, historias populares sobre brujas y judíos, relatos de viajeros y los miedos y ansiedades culturales de la Edad Media tardía 36.

Jáuregui recuerda el momento fundante en el que Cristóbal Colón crea el neologismo, “caribes” que derivaría en “caníbales”, y alude al archivo cultural que serviría de antecedente para elaborar el “tropo caníbal”. Al respecto, resulta de gran importancia el Libro de las maravillas del mundo de Juan de Mandevilla, ya que difunde imágenes de las maravillas de Oriente que circulan en Europa principalmente a fines del siglo XV y comienzos del XVI, producto de la multiplicidad de copias manuscritas y tempranas traducciones que se realizan del original37. Tal como señala Greenblatt, “estas maravillas habían sido una de las principales marcas de alteridad, y por tanto funcionaban no sólo como una fuente de fascinación, sino también de acreditación”38. Es decir, en ese momento el texto fue reconocido como una autoridad que proporcionaba un relato de viaje y un bestiario, útiles para confrontar lo nuevo, para ratificarlo o rectificarlo39.

Lo maravilloso, la mirabilia, explica Jacques Le Goff, refería para el hombre de la Edad Media a un mundo imaginario organizado a partir de una serie de imágenes y de “metáforas visuales”40, una herencia cultural que de alguna manera se imponía a quien miraba. Entre los seres monstruosos que poblaban la fantasía occidental sobre Oriente resalta la descripción de los cinocéfalos, hombres con cabeza de perro, de quienes Mandevilla comenta: “si toman algun ombre en la batalla ellos se lo comen, y en esto parecen bien canes”41. En el Río de la Plata, la caracterización del “otro” asumirá rasgos de estas imágenes de Mandavilla que resultarán funcionales para señalar la distancia entre los hombres pertenecientes a la cultura occidental y los “otros”. La identificación europea del indígena como un salvaje caníbal, que en un primer momento se asocia al temor a morir, funcionará, posteriormente, como justificación para el uso de la violencia colonial.

Los salvajes caníbales

Dado que el Diario de a bordo de la expedición de Solís permanece perdido, poco se sabe con certeza sobre la travesía, y solo puede ser referida a partir de algunos testimonios fragmentarios e incompletos42 .Versiones de primera o segunda mano servirían a cronistas contemporáneos a Solís como Pedro Mártir de Anglería (1459-1526), Bartolomé de Las Casas (c.1484-1566), Gonzalo Fernández de Oviedo (1478-1557), Francisco López de Gómara (1511-c.1564) y, más adelante, Antonio de Herrera (1549-1626), para construir su relato y completar sus detalles. Por ejemplo, Pedro Mártir de Anglería narra el destino fatal de la expedición, cuando Solís “se encontró con los malvados y antropófagos caribes”, a partir de lo que, según señala, le contaron por cartas:

Estos, cual astutas zorras, parecía que les hacían señas de paz, pero en su interior se lisonjeaban de un buen convite; y cuando vieron de lejos a los huéspedes, comenzaron a relamerse cual rufianes. Desembarcó el desdichado Solís con tantos compañeros cuantos cabían en el bote de la nave mayor. Saltó entonces de su emboscada gran multitud de indígenas, y a palos les mataron a todos a la vista de sus compañeros; y apoderándose del bote, en un momento le hicieron pedazos: no escapó ninguno. Una vez muertos y cortados en trozos, en la misma playa, viendo sus compañeros el horrendo espectáculo desde el mar, los aderezaron para el festín 43.

Anglería refiere el trágico suceso enfatizando la animalidad y la astucia de los indios antropófagos. No consigna que haya algún sobreviviente ya que escribió su crónica poco tiempo después de los hechos, antes de que Francisco del Puerto fuera encontrado por la expedición de Gaboto en 1526, año en el que Anglería murió.

Antonio Pigafetta, integrante de la empresa que descubrió el ansiado paso interoceánico, también relató los sucesos protagonizados por Solís en el Río de la Plata. La travesía alrededor del mundo comandada por Magallanes no se internó en el río, sino que siguió su rumbo hacia el sur. Pero, al pasar por la desembocadura del Plata, Pigafetta describió:

Continuando después nuestro camino, llegamos hasta el grado 34, más un tercio del polo Antártico, encontrando allá, junto a un río de agua dulce, a unos hombres que se llaman ‘caníbales’ y comen carne humana […] Todos pensábamos que se pasaba desde allí al mar del Sur, que no lo es del todo (aunque lo pareciera, por no haberse descubierto más en esa dirección). En definitiva, no es aquel un cabo, sino el desemboque de un río que tiene de boca 17 leguas. Río, junto al que, en anterior ocasión, y por fiar demasiado, un capitán español, por nombre Iohan de Solís, fue devorado por los caníbales, junto con sesenta hombres 44.

Varias cuestiones de interés se ponen de manifiesto en la cita de Pigafetta: corrige la confusión que pocos años antes equiparaba el río con el paso hacia el mar del Sur -lo que sería rectificado en esa expedición, cuando se descubra el estrecho-; informa que Solís y sus hombres -todos, en este caso- fueron comidos por los indios, utilizando el término inventado por Colón para referir a la práctica antropofágica, que en Anglería se identifica con los “caribes” y aquí con los “caníbales”. En su visión de los indígenas resonaban descripciones anteriores como la de Colón, en la que a su vez, como señala David Abulafia, se incorporaba la pababra canis, “perro”, que remitía a los seres antropófagos referidos por Mandevilla45.

Pocos años después, Luis Ramírez, integrante de la tripulación de Gaboto, en su Carta de 1528, también recurre, al observar al “otro” indígena, al imaginario occidental en el que las maravillas narradas en los relatos medievales o grecolatinos se mezclaban con las primeras impresiones de los conquistadores en América. Su horizonte de expectativas admitía, por ejemplo, la existencia de “hombres con pies de avestruz”, capaces de correr a velocidades inimaginables46. Agustín Zapata Gollán señala que los indígenas descriptos por Ramírez estaban relacionados con el libro de Cayo Julio Solino, De las cosas maravillosas de este mundo, en el que aparecen hombres con los pies al revés y otros que corren con tal velocidad que son capaces de perseguir a las fieras47. A este antecedente se agrega el de Mandevilla, quien comenta haber visto “gentes que tienen los pies al reues de nosotros, y son grandes corredores y andan siempre entre las bestias salvajes”48.

En la carta de Ramírez, la presencia de seres cuya descripción “parece de fábula” se alterna con la de indígenas cuya caracterización asume los rasgos ya estereotipados por la cronística de la época: “La gente de esta tierra es muy buena de muy buenos gestos, así los hombres como las mujeres. Son todos de mediana estatura, muy bien proporcionados de color de canarios, algo más oscuros, de todos, ellos y ellas, se derraen de los pelos del cuerpo todo, salvo los cabellos, que dicen que los que tal no hacen son bestias salvajes; ellos son muy ligeros y muy buenos nadadores”49.

En principio, la descripción retoma la imagen de los indígenas desnudos, de hermosos cuerpos, a los que Colón refiere el 12 de octubre de 1492 en su Diario50, y, además, remite a los hombres veloces del Medioevo. Pero, el dato que llama la atención es que Ramírez advierte que ellos se quitan el vello del cuerpo para no parecer bestias salvajes. Es decir, el escritor supone que el indígena posee una idea de lo “salvaje” cercana a la occidental. Con esta observación Ramírez traslada el imaginario europeo sobre el salvaje natural al cuerpo lampiño que se presenta ante su mirada. Esta visión se conecta a perspectivas semejantes que resuenan en su discurso, como la descripción de Pigafetta, quien, en el mismo sentido que Ramírez, señala que los naturales se “afeitan”51.

Esta correspondencia entre los discursos de Pigafetta y Ramírez permite constatar que la representación del “otro” en la región rioplatense incorporaba características del salvaje natural de la Edad Media. En este procedimiento epistemológico se pone de manifiesto la necesidad del viajero europeo de aplicar categorías conocidas sobre el cuerpo del “otro”, señalar la diferencia que permitiera identificarlo y diferenciarlo. Para John Elliott la falta de vello significaba una dificultad para identificar al “otro” como salvaje52; en los textos analizados, ante la ausencia de marcas evidentes de la alteridad, los autores deben buscar una explicación: que los indígenas se quitan el vello.

Roger Bartra, quien ha estudiado con minuciosidad el mito del salvaje desde sus orígenes, expone que, durante el siglo xvi, los conquistadores llegaron a América acompañados por representaciones del salvaje que habían sido moldeadas antes de la expansión colonial53. La fisonomía del salvaje medieval era definidamente humana, con características semejantes a las de la población europea, pero su rasgo distintivo era que tanto hombres como mujeres ostentaban su cuerpo profusamente velludo, como un oso o un lobo54. Por lo general tenían una fuerza extrema, por lo que era creíble que arrancaran un árbol de raíz o llevaran pesados garrotes. Su condición rústica hacía que representaran el desorden en general: la falta de control y gobierno se volvía el reverso del ideal de orden al que aspiraba el caballero. La apariencia física, en los textos analizados implica valores culturales sobre lo salvaje, desde la perspectiva occidental, por lo que constantemente deben reponerse las imágenes del vestido o el desnudo, el cuerpo lampiño o profusamente peludo.

Tomando como punto de partida la diferenciación de estos rasgos del salvaje, es posible profundizar en la descripción que Ramírez desarrolla sobre los indígenas:

cuando van a la guerra toman alguno de sus contrarios, tráenlo por esclavo y átanlo muy bien y engórdanlo y danle una hija suya para que se sirva y aproveche de ella, y de que está muy gordo y se les antoja que está muy bueno para comer, llaman sus parientes y amigos, aunque esten la tierra adentro. Empluman al dicho esclavo muy bien de muchos colores de plumas de papagayos y tráenlo con sus cuerdas atado en medio de la plaza, y en todo aquel día y noche no hacen sino bailar y cantar, ansi hombres como mujeres, con muchas danzas que ellos usan. Y después de esto hecho levántase y le dice la causa por qué le quiere matar, diciendo que también sus parientes hicieron otro tanto a los suyos, y álzase otro por detrás con una maza que tienen ellos de madera muy aguda y dánle en la cabeza hasta que lo matan. Y en matándole le hacen piezas e se lo comen 55.

La mirada de Ramírez se detiene en los detalles sobre las prácticas que incluyen el cautiverio y el canibalismo, fundiendo en su representación la figura del temido salvaje natural del Medioevo. De esta manera, la imagen del caníbal se incorpora a los relatos sobre la conquista del hemisferio sur, tanto en Brasil como en el Río de la Plata. Anglería también reconocía la existencia en América de pueblos que frecuentemente atacaban y que se caracterizaban por ser caníbales: “A los niños que cogen, los castran como nosotros a los pollos o cerdillos que queremos criar más gordos y tiernos para comerlos; cuando se han hecho grandes y gordos, se los comen”56.

Se puede observar que en la cita de Anglería resuenan las narraciones de Ramírez y Pigafetta al remitir a la secuencia cautiverio-engorde-antropofagia. Por consiguiente, la escena de canibalismo que origina el relato del descubrimiento del Río de la Plata, cuando los indios comieron a Solís y sus hombres, más allá de su veracidad histórica, se conecta con una red discursiva que define simbólicamente al hemisferio sur. Esta característica será central en textos que se publicarán posteriormente, como Comentarios (1555) de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, Viajes y cautiverio entre los caníbales (1557) de Hans Staden y Derrotero y viaje a España y las Indias (1567) de Ulrico Schmidl. También aparecerá en los mapas de la época, en los que se incluirán escenas ilustradas que identificaban a cada región del mundo, asociadas a las costumbres de sus habitantes. El modo de identificar las regiones del mundo se basaba en el trazo de “figuras narrativas”57, dibujos que permitían, en este caso, realzar los rasgos más característicos, como el canibalismo, los papagayos o el palo Brasil. En el detalle del mapa de Diogo Homem (Ver Imagen 1) puede observarse que, usualmente, las representaciones de los territorios que hoy corresponden a Argentina, Uruguay, Paraguay y Brasil en ese momento se concebían a partir de un mismo marco de sentido: el río entrando hacia el noroeste, los indios flecheros, las escenas de canibalismo y los papagayos que remitían al imaginario sobre el paraíso terrenal. Tal como señala Chicangana-Bayona, los artistas que confeccionaron las primeras imágenes sobre América se inspiraron en su propio cotidiano: “[A] partir del contacto con los pueblos amerindios, esos esquemas preconcebidos son proyectados, adaptados y repetidos. Quien analiza las imágenes de los caníbales del Nuevo Mundo no se puede olvidar de que estas obras encuentran sus raíces y componentes al interior de la propia cultura europea”.58

Detalle del mapa Quarta Orbis Pars, Mundus Novus, Diogo Homem, 155859

Salvajes caníbales en el paraíso

La descripción original del paraíso terrenal se encuentra en el Antiguo Testamento: se ubicaba hacia Oriente, y se lo describía como un jardín fértil y abundante en el que se conseguían alimentos sin necesidad de trabajar y donde podían hallarse riquezas materiales, oro y piedras preciosas.60 Sin dudas, para los hombres que viajaban hacia América la esperanza de encontrar el paraíso rápidamente se conjugó con la posibilidad de hallar grandes tesoros, dado que ambas ideas se encontraban superpuestas.

En 1497, cuando realizó su tercer viaje a América, Cristóbal Colón creyó reconocer uno de los cuatro ríos principales del Jardín del Edén, donde se ubicaba el paraíso terrenal. Supuso haber alcanzado el extremo oriental de Asia; sin embargo, se encontraba ante el caudaloso Orinoco. Pocos años después, Américo Vespucio, en su carta de 1502, consignó que al arribar a las costas occidentales del “Océano” encontró un Nuevo Mundo, que también remitía a la geografía edénica:

Esta tierra es muy amena y llena de infinidad de árboles verdes, y muy grandes, y nunca pierden la hoja, y todos tienen olor suavísimo y aromático, y producen muchísimas frutas, […] alguna vez me maravillaban tanto el suave olor de las hierbas, y de las flores, y del sabor de esas frutas, y raíces, que entre mi pensaba, estar cerca del Paraíso terrenal 61.

Se observa que en el discurso de Vespucio, a diferencia del de Colón, la identificación del territorio con el paraíso no invalidaba la certeza de estar en un Nuevo Mundo, distinto al orbe conocido. El convencimiento de Vespucio se fortalecía, además, con sus observaciones sobre los animales desconocidos que allí encontraba, sobre todo los pájaros, y más precisamente los papagayos, que se volverían un ícono constante en las representaciones americanas asociadas al paraíso62.

Durante el Renacimiento, junto a la idea del paraíso terrenal y con el interés creciente de los humanistas por la antigüedad grecorromana, se reactivó el mito de la Edad de Oro: la primera de las cuatro edades de la humanidad, durante la cual hombres y mujeres vivían en un estado de bienestar tal que no trabajaban y disfrutaban del ocio, en paz y alegría. Se encontraban en una eterna y abundante primavera, libre de la autoridad de los hombres y sin leyes, según las descripciones de Hesíodo, en Los trabajos y los días y Ovidio en las Metamorfosis63. Pedro Mártir de Anglería recuperó esta idea en las Décadas del Nuevo Mundo -De orbe novo decades-, que escribió entre 1494 y 1525 y, con esa perspectiva, narró los sucesos acontecidos en América desde el primer viaje de Colón y describió las características del territorio y sus habitantes: “viviendo en la edad de oro, desnudos, sin pesos ni medidas, sin el mortífero dinero, sin leyes, sin jueces calumniosos, sin libros, contentándose con la naturaleza, viven sin solicitud ninguna acerca del porvenir”64.

Ahora bien, frente a estas ideas sobre el paraíso terrenal y la presencia del “buen salvaje” viviendo en estado de pureza y armonía se opone la imagen del salvaje caníbal que se construye en las representaciones analizadas anteriormente. Al respecto, Carlos Jáuregui sostiene que

el problema de la imaginación de un Edén era, por supuesto, cómo justificar la perturbación europea de ese estado de inocencia. El caníbal jugó un importante papel en la conformación de la Razón imperial moderna al justificar la entrada europea a la escena edénica: el europeo llegará, no a perturbar el paraíso sino a proteger a las víctimas inocentes de sacrificios sangrientos y festines caníbales” 65.

Este argumento permite visibilizar la lógica que, desde la perspectiva del conquistador, legitimaba la conquista.

En el Río de la Plata, esta justificación entronca, siguiendo los argumentos desarrollados en este artículo, con una dimensión asociada a la percepción particular del territorio y el “otro”: los indios caníbales significaban una dificultad que debía ser superada para avanzar tierra adentro, donde se encontrarían tesoros y tierras paradisíacas. Es decir, se producía una articulación en tensión entre el deseo -el paraíso terrenal, la Edad de Oro- y el obstáculo -los indios caníbales-, lo que había que alcanzar y lo que había que someter o destruir.

Entre 1526 y 1529, a medida que las expediciones de Gaboto avanzaban y exploraban hacia el norte por el Paraná, el clima se volvía cada vez más cálido y la naturaleza se presentaba abundante y excesiva, lo que remitía rápidamente al imaginario edénico. Los territorios que evocaban ese jardín en eterna primavera, al igual que los grandes tesoros de metal precioso, se intuían en espacios ubicados en el interior del continente, por lo general rodeados de peligros que lo volvían inaccesible. Riquezas materiales y jardines abundantes emergían en el discurso como posibilidad, por ejemplo cuando Ramírez describe una isla paradisíaca: “En esta isla había muchas palmas; en este puerto nos traían los indios infinito bastimento, así de faisanes, de gallinas, pavas, patos, perdices, venados, dantas, que de esto todo y de otras muchas maneras de caza había en abundancia, y mucha miel, y otras cosas de mantenimientos”66.

Ramírez agrega que el cautivo rescatado por Gaboto, Francisco de Puerto, habría señalado el lugar por donde podía emprenderse el camino hacia la deseada Sierra del Plata, donde encontrarían abundante oro, en la confluencia entre el Carcarañá y el Paraná67. En ese lugar estratégico, Gaboto fundó el fuerte Sancti Spíritu, el 9 de junio de 1527. Todo allí indicaba, según los testimonios, que era la tierra más fértil del mundo, donde se gozaba de bienestar general, lo que anticipaba la cercanía de un fabuloso imperio a conquistar. Se fortalecía discursivamente la leyenda sobre los tesoros asociados a convenciones icónicas del paraíso, que orientaban las esperanzas hacia las inmediaciones del rio Paraná. La descripción de una naturaleza que proveía lo necesario para la vida, sin esfuerzo -evocando la Edad de Oro y, también, la primavera eterna del paraíso terrenal- ponía en evidencia, a nivel discursivo, la ilusión que sostenía el anhelo.

Consideraciones finales

Como se desprende del análisis desarrollado en este artículo, en la Carta de Luis Ramírez es posible identificar el entrecruzamiento de dos discursos complementarios: aquel que reproducía la percepción del espacio a partir de una matriz edénica, condensando las ilusiones de los conquistadores sobre el paraíso terrenal, y aquel que ponía de manifiesto los temores y padecimientos soportados a causa de los indios caníbales y de una naturaleza que, lejos de propiciar riquezas y abundancia, entregaba obstáculos, hambre y pérdidas68. Este segundo tipo de discurso puede describirse a partir de la categoría “escritura de la decepción” propuesta por Loreley El Jaber para analizar las primeras crónicas sobre la región. La investigadora caracteriza un tipo de escritura que “dice la negatividad sin omisiones ni enmascaramientos, dice lo que falta en esa tierra, lo que no se encuentra, profiere el hambre, la sed, la equivocación reiterada de los recorridos, la ausencia de metales, de riquezas, de maravillas: dice el desaliento”69. La “escritura de la decepción”, que se volverá una constante en las crónicas iniciales sobre el Río de la Plata, emergía en la carta de Ramírez con la misma fuerza que su contraparte, la escritura que proyectaba hacia el futuro el hallazgo de lugares fabulosos y riquezas inagotables. Esa doble modulación que se fusionaba en el discurso se correspondía con un modo de percibir la realidad en la que intersectaban imaginarios medievales, clásicos y bíblicos con la experiencia concreta.

En los primeros años de expansión, el avance territorial hacia el norte, navegando la cuenca del Plata, iría modificando la conciencia sobre el espacio y sus longitudes, así como los saberes sobre los indígenas y las condiciones naturales. La necesidad de conocer y delimitar los contornos de la región determinó que Carlos V confiara en quienes habían viajado y conocían la región la elaboración de mapas y rutas náuticas. Como resultado de esta solicitud, hacia 1540, Alonso de Santa Cruz, en su rol de cosmógrafo y cartógrafo, emprendió la realización del Islario general de todas las islas de mundo y en 1544 Gaboto presentó su “Mapamundi”. En su descripción de la región, Santa Cruz da cuenta de la abundancia que visibiliza la matriz edénica: “[A]y muchas palmas grandes y pequeñas; muchos papagayos que van de pasada; pescase alrededor dellas muchos y diversos pescados y los mejores que hay en el mundo que creo yo provenir de la bondad del agua que es aventajada a todas las que yo he visto […] es este rio uno de los mayores y mejores del mundo”70.

La magnificencia del río, que está acompañada por la representación del mapa que realiza sobre él y sus islas, remite a la construcción del espacio en el que los hombres viven de la naturaleza proveedora y evoca el paraíso terrenal en la línea inaugurada por Vespucio, al incluir los papagayos en ese paisaje. Santa Cruz, que había formado parte de la armada de Gaboto, recuerda haber navegado hacia el norte, donde el clima se volvía templado y la naturaleza se ofrecía más abundante que en la zona fría, pero dice no haber llegado al origen y nacimiento del río. Esta idea del paisaje rioplatense como locus amoenus, que aparecía en la isla de Luis Ramírez, y en la descripción de Santa Cruz se reprodujo también en la leyenda del “Mapamundi” de Gaboto: “[E]s río de infinitísimo pescado y el mejor que hay en el mundo”71.

Para terminar, en este artículo pudo observarse el modo en que se construyeron las primeras representaciones sobre la región rioplatense a partir de los antecedentes que conformaban el archivo cultural de viajeros medievales, sobre todo el Libro de las maravillas de Mandevilla y los relatos de Colón, Vespucio y Pigafetta. Seres maravillosos como los cinocéfalos y salvajes naturales sirvieron como matriz identitaria para construir la imagen del caníbal en la que interactuaban las prácticas concretas de los indígenas de la región. La representación del cuerpo del “otro”, pretendidamente velluda, ponía en evidencia la necesidad del sí mismo de diferenciarse y reafirmar su propia identidad creando una imagen antagónica y reconocible.

La construcción del “otro” como peligro repercutía en la organización del avance territorial: la búsqueda de tesoros y paraísos tierra adentro se emprendía, como en las novelas de caballería medievales, a partir de los obstáculos a superar. La percepción del “otro” como caníbal, contracara de la identidad europea, pudo funcionar para sujetar, subjetivar y planificar futuras entradas hacia el norte. Hasta ese momento, la ilusión de encontrar tierras templadas como el paraíso terrenal, riquezas y espacios fabulosos sostendría la voluntad de continuar explorando y avanzando más allá, a pesar de los padecimientos.

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1 La compilación, también llamada “Colección Gaspar García Viñas” reúne unos 6000 documentos fechados entre 1492 y 1639, que se encuentran actualmente en la Sala del Tesoro de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno en Buenos Aires. A continuación, se hará referencia a la colección con la sigla CGGV, y se indicará el tomo (t.), número de documento (Doc.) y página (p.).

2Es necesario aclarar que por trabajar con las representaciones de la región que se construyen desde la perspectiva del conquistador no se contempla la historia prehispánica. En general, el discurso producido durante la conquista española tendió a considerar el territorio descubierto como una tabula rasa, un “continente vacío”. En palabras de Eduardo Subirats, esto “significaba comprender programadamente al Nuevo Mundo como continente vacío de historia, de comunidades reales y de vida.” Eduardo Subirats. El continente vacío (Ciudad de México: Siglo Veintiuno editores, 1994), 30.

3El antropólogo Clifford Geertz define los esquemas culturales como “sistemas de significación históricamente creados en virtud de los cuales formamos, ordenamos, sustentamos y dirigimos nuestras vidas”. Clifford Geertz, La interpretación de las culturas (Barcelona: Editorial Gedisa, 2003), 57.

4Loreley El Jaber, Un país malsano. La conquista del espacio en las crónicas del Río de la Plata (siglos xvi y xvii). (Buenos Aires: Beatriz Viterbo editora, 2011)

5Gustavo Verdesio, “Hacia la descolonización de la mirada geográfica: las prácticas territoriales indígenas en la ‘prehistoria’ de la ribera norte del Río de la Plata”, Revista Iberoamericana lxv, no. 186 (1999); Forgotten Conquests. Rereading New World History from the Margins. (Filadelfia: Temple University Press, 2001).

6Kim Beauchesne, Visión periférica. Marginalidad y colonialidad en las crónicas de América latina (siglos xvi-xvii y xx-xxi) (Madrid y Francfort: Iberoamericana / Vervuert, 2013).

7Se considera, al respecto, la tesis ya clásica de Beatriz Pastor, quien diferencia un discurso heroico mistificador -que privilegia la hazaña y la valentía-, y un discurso del fracaso en el que la figura del conquistador se construye a partir del valor del infortunio y el mérito del sufrimiento. Beatriz. Pastor, El segundo descubrimiento. La conquista de América narrada por sus coetáneos (1492-1589) (Barcelona: Editorial Edhasa. 2008) 220.

8Antonio Cornejo Polar, Escribir en el aire. Ensayo sobre la heterogeneidad socio-cultural en las literaturas andinas (Lima: Editorial Horizonte, 1994), 16.

9Loreley, El Jaber, Un país malsano, 19.

10Roger Chartier, El mundo como representación. Historia cultural: entre práctica y representación (Barcelona: Editorial Gedisa, 2005).

11Jacques Le Goff, Lo maravilloso y lo cotidiano en el occidente medieval (Barcelona: Editorial Gedisa, 2008).

12Michel De Certeau, Relatos de espacio. La invención de lo cotidiano (Ciudad de México: Editorial Iberoamericana, 1996).

13Edmundo O’ Gorman, La invención de América (Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica, 2006).

14Stephen Greenblatt, Maravillosas posesiones. El asombro ante el Nuevo Mundo. (Barcelona: Editorial Marbot, 2008).

15Walter Mignolo, “Sobre alfabetización, territorialidad y colonización. La movilidad del sí mismo y del otro”, Filología xxiv, nos. 1-2 (1989).

16Edmundo O’ Gorman, La invención de América, 57.

17Roger Chartier. El Mundo como Representación. Historia Cultural: entre práctica y representación. (Editorial Gedisa: Barcelona, 2005), IV.

18Ibíd. IV.

19Según se desprende de los escritos del siglo XVI, a ambas márgenes del Río de la Plata vivían querandíes y charrúas, mientras que en el curso inferior del Uruguay e islas del Paraná inferior y medio vivían grupos ribereños que genéricamente se denominan chaná-timbú. Hacia el norte, diferentes grupos de guaraníes ocupaban la amplia zona que conforman los actuales territorios de Paraguay, noreste de Argentina y sur de Brasil. La antropofagia habría sido una práctica ritual común en la región, si se tienen en cuenta los testimonios documentados en este período y algunos hallazgos, como el descubrimiento de Jorge Rodríguez en el basural de una aldea guaraní del río Uruguay, donde se encontraron huesos humanos fracturados, mezclados con otros restos de alimentación. Mariano Bonomo, Historia prehispánica de Entre Ríos (Buenos Aires: Fundación de Historia Natural Félix de Azara, 2012), 67.

20Greenblatt, Maravillosas posesiones, 33.

21Mignolo, “Sobre alfabetización, territorialidad y colonización”, 219-220.

22Subirats, El continente vacío, 61.

23Enrique De Gandía, “Descubrimiento del Río de la Plata, del Paraguay y del estrecho de Magallanes”, en Historia de la Nación Argentina (desde los orígenes hasta la organización definitiva en 1862), R. Levene ed. (Buenos Aires: Ediciones El Ateneo, 1961), 397.

24Ibíd., 397.

25El relato de Américo Vespucio sobre la navegación hacia el sur de Brasil, en su “Carta de 1502”, condujo al historiador Roberto Levillier a sostener la hipótesis de que él fue el primero en explorar el estuario del Río de la Plata, ver y bautizar el Cerro de Montevideo, y costear la Patagonia hasta las inmediaciones de las Islas Malvinas. Ver Roberto Levillier, Vespucio, Américo. El Nuevo Mundo. Cartas relativas a sus viajes y descubrimientos (Buenos Aires: Editorial Nova, 1951), 13.

26La región rioplatense abarcaba zonas de los actuales Argentina, Uruguay, Brasil y Paraguay, y los ríos que se irían reconociendo en las sucesivas entradas hacia el norte: Paraná, Uruguay, Carcarañá, Bermejo y Paraguay. Sin embargo, la primera asociación del río es con Brasil, ya que se lo considera una continuidad y, en general, se lo incorpora a la representación de su territorio. Esto puede observarse, por ejemplo, en los mapas de las Capitanías Hereditarias, atribuido a Luis Teixeira, de 1574, o el de Brasil de Guillaume Le Testu, de 1555. Ver Julio Bandeira, Canibais no paraíso: a Franc᷂a Antártica e o imaginário europeu quinhentista (Río de Janeiro: Mar de Idéias, 2006)

27Serge Gruzinski, Las cuatro partes del mundo. Historia de una mundialización (Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica, 2010), 52.

28Jean Delumeu, En busca del paraíso (Bogotá: Fondo de Cultura Económica / Luna Libros, 2014), 24.

29Antonello Gerbi, La naturaleza de las Indias Nuevas: De Cristóbal Colón a Gonzalo Fernández de Oviedo (Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica, 1975), 54.

30Sergio Buarque de Holanda, Visión del Paraíso. Motivos edénicos en el descubrimiento y colonización del Brasil (Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1987).

31Según Olaya Sanfuentes, “los denominados mapas T-O derivaban de fuentes romanas y sintetizaban el pensamiento antiguo en lo que a la representación geográfica se refiere (…) Adaptados a la tradición judeo-cristiana, los mapas T-O estaban orientados hacia oriente, región de magna importancia por ser sede de Jerusalén”. En Olaya Sanfuentes, Develando el nuevo mundo. Imágenes de un proceso (Santiago: Ediciones Universidad Católica, 2009), 43.

32Gustavo Verdesio, “Hacia la descolonización de la mirada geográfica”, 60.

33Para profundizar en el análisis de las operaciones discursivas mediante las cuales se crea una representación totalizadora u homogeneizadora de la identidad del “otro” en una situación colonial, ver Cornejo Polar, Escribir en el aire; Aníbal Quijano, “Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina”, en La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas, Edgardo Lander ed. (Buenos Aires: Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales CLACSO), 2011.

34La armada compuesta por 210 hombres se repartía en tres barcos -“Santa María de la Concepción” a cargo de Gaboto, “Santa María de Espinar” al mando de Gregorio Caro; la “Trinidad”, comandada por Francisco Rojas- y una carabela cuyo nombre se desconoce.

35CGGV, T. 16, Doc. 663, p. 2.

36Carlos Jáuregui, Canibalia. Canibalismo, calibanismo, antropofagia cultural y consumo en América Latina (Madrid: Ediciones Iberoamericana, 2008), 25.

37María M. Rodríguez Temperley, “Introducción”, en Libro de las maravillas del mundo y del Viaje de la Tierra Sancta de Jerusalem, Juan de Mandevilla (Buenos Aires: Editorial INCIPIT-SECRIT, 2011), xx.

38Greenblatt, Maravillosas posesiones, 74.

39Durante varios siglos, Juan de Mandevilla fue considerado en toda Europa como uno de los grandes viajeros de la historia y testigo de las costumbres de los pueblos extranjeros que vivían más allá de Tierra Santa. Sin embargo, con el tiempo se demostró que sus historias habían sido en gran parte fabulaciones o plagios, e incluso se puso en duda su propia existencia, argumentando que habría sido la creación de un artista literario. Greenblatt, Maravillosas posesiones, 80-81.

40Jacques Le Goff, Lo maravilloso y lo cotidiano en el occidente medieval, 11.

41Mandevilla, Libro de las maravillas del mundo, 172.

42En un documento titulado “Breves noticias acerca de la muerte de Juan Díaz de Solís y de los oficiales Francisco de Marquina y D. Pedro de Alarcón y otras seis personas al desembarcar en el llamado río Dulce, junto a la isla de Martín García, que está en los 32°”, sin que sea el asunto principal se consigna que los nueve hombres fueron asesinados por los indios. CGGV, T. 4, Doc. 269, p. 37.

43Pedro Mártir de Anglería, Décadas del Nuevo Mundo (Buenos Aires: Editorial Bajel, 1944), 292-293.

44Antonio Pigafetta, Primer viaje alrededor del Mundo (Madrid: Ediciones Dastin, 2003), 58.

45David Abulafia, El descubrimiento de la humanidad. Encuentros atlánticos en la era de Colón (Barcelona: Editorial Crítica, 2009), 49.

46Luis Ramírez, “Carta de Luis Ramírez, a su padre desde el Brasil (1528): Orígenes de lo ‘real maravilloso’ en el Cono Sur”. Textos de la revista Lemir (2007): 50. Consultado en marzo de 2019, disponible en http://parnaseo.uv.es/Lemir/Textos/Ramirez.pdf.

47Agustín Zapata Gollán, Fundación de ciudades en tierra de leyendas (Buenos Aires: Academia Nacional de Bellas Artes, s.f.), 3-4.

48Mandevilla, Libro de las maravillas del mundo, 178.

49Ramírez, Carta, 44.

50En el clásico pasaje, en el que relata el “descubrimiento de América” se describe a los indígenas: “Ellos andan todos desnudos como su madre los parió, y también las mugeres, aunque no vide más de una farto moc᷂a, y todos los que yo ví eran todos manc᷂ebos, que ninguno vide de edad de más de xxx años, muy bien hechos, de muy fermosos cuerpos y muy buenas caras, los cabellos gruessos cuasi como sedas de cola de cavallos e cortos”. Cristóbal Colón, Textos y documentos completos. Relaciones de viaje, cartas y memoriales (Madrid: Editorial Alianza, 1982), 30.

51Pigafetta, Primer viaje alrededor del Mundo, 56.

52John Elliot, El Viejo Mundo y el Nuevo (1492-1650) (Madrid: Editorial Alianza, 1972), 38.

53Roger Bartra, El mito del salvaje (Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica, 2011), 15.

54Ibíd., 95.

55Ramírez, Carta, 23.

56Anglería, Décadas, 7.

57Michel de Certeau alude a las “figuras narrativas” como dibujos que indicaban operaciones de navegación, guerra, construcción, políticas o comerciales que caracterizaban a cada región. De Certeau, Relatos de espacio, 133.

58Chicangana-Bayona, Yobenj Aucardo, “Imágenes europeas tempranas sobre el Nuevo Mundo”. En Actas de las viii Jornadas Internacionales de Arte, Historia y Cultura Colonial: ‘Medievalidad y Renacimiento en la América colonial’ (2014): 34-35.

59Julio Bandeira, Canibais no paraíso, 34.

60Delumeau, En busca del paraíso, 19.

61Américo Vespucio, El Nuevo Mundo. Cartas relativas a sus viajes y descubrimientos (Buenos Aires: Editorial Nova, 1951) 144-147.

62Una de las obras más representativas es el grabado que realizó Alberto Durero en 1504, en correspondencia con la descripción de Vespucio, en el aparecía un papagayo en el mundo paradisíaco de Adán y Eva.

63Jáuregui, Canibalia, 47.

64Anglería, Décadas, 21.

65Carlos Jáuregui, Canibalia, 26.

66Ramírez, Carta, 48.

67Ibíd., 49.

68En un artículo anterior analizo, a partir de la “Carta” de Luis Ramírez, la experiencia del temor provocado por los elementos de la naturaleza, la tormenta y la noche, en el discurso fundacional del Río de la Plata. Ver Carlos Rossi Elgue, “Navegando en la oscuridad. El miedo en el discurso inicial sobre el Río de la Plata”, Hipogrifo. Revista de literatura y cultura del Siglo de Oro 6, no. 2 (2018).

69Loreley El Jaber, Un país malsano, 21.

70Alonso de Santa Cruz, Islario general de todas las Islas del mundo (Madrid: Publicaciones de la Real Sociedad Geográfica, 1918), 550.

71Sebastián Gaboto, “Mapamundi”, en El veneciano Sebastián Caboto, al servicio de España, José Toribio Medina (Santiago: Imprenta y Encuadernación Universitaria, 1908), 555.

Recibido: 19 de Junio de 2018; Aprobado: 27 de Junio de 2018

Sobre el autor

Carlos Rossi Elgue. Licenciado y profesor en letras por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (Buenos Aires, Argentina). Jefe de Trabajos Prácticos en la Cátedra de Literatura Latinoamericana I-B en la Universidad de Buenos Aires. Sus publicaciones más recientes incluyen: “Navegando en la oscuridad. El miedo en el discurso inicial sobre el Río de la Plata”, Hipogrifo. Revista de literatura y cultura del Siglo de Oro 6, no. 2 (2018), y “Lucía Miranda, mito de la cautiva blanca en el Río de la Plata, desde el siglo xvi hasta el siglo xx”, Mitologías Hoy. Revista de Pensamiento, Crítica y Estudios Literarios Latinoamericanos 16 (2017). En 2014 obtuvo la beca “José Miguel Torre Revello”, otorgada por la Biblioteca Nacional Mariano Moreno de Buenos Aires para realizar parte de su investigación doctoral sobre textos iniciales del descubrimiento y conquista del Río de la Plata. Correo electrónico: carossielgue@yahoo.com.

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