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Pléyade (Santiago)

versión impresa ISSN 0718-655Xversión On-line ISSN 0719-3696

Pléyade (Santiago)  no.23 Santiago jun. 2019

http://dx.doi.org/10.4067/S0719-36962019000100149 

Artículo

“De esas terribles tormentas que se conocen en las haciendas del Perú”. Nacionalismos populares y pactos poscoloniales durante la Guerra del Salitre, 1880-1900

“About those terrible storms that are known in the haciendas of Peru”. Popular Nationalisms and Postcolonial Pacts during the War of the Pacific, 1880-1890

Juan Carlos Garrido* 

* Doctorante del programa de estudios latinoamericanos de la Universidad de Chile (Santiago, Chile). Correo electrónico: carlosgarridogamboa@gmail.com

Resumen:

El siguiente artículo analiza y caracteriza las alianzas y pactos entre las autoridades peruanas y chilenas con los diversos grupos raciales y étnicos que participaron en la Guerra del Salitre. Desde nuestra perspectiva, la guerra creó un espacio de negociaciones y alianzas en donde grupos indígenas, campesinos, chinos y afroperuanos se involucraron en los pactos poscoloniales realizados durante el conflicto. Por lo mismo, proponemos leer estas alianzas y negociaciones como “pactos poscoloniales” para analizar la reconfiguración de las relaciones de poder coloniales entre las autoridades peruanas y chilenas con los grupos subalternos. De esta manera, proponemos nuevas preguntas de investigación relacionados con el estudio de los nacionalismos populares y su impacto en la construcción del Chile y Perú poscoloniales.

Palabras clave: Nacionalismos populares; Subalternidad; Poscolonialidad; Guerra del Salitre

Abstract:

The following article analyzes and describes the alliances and pacts made by Peruvian and Chilean authorities with the different racial and ethnic groups that participated in the War of the Pacific. The perspective adopted herein is that the war created a space for negotiations and alliances in which indigenous groups, campesinos, Chinese and Afro-Peruvians became involved in the postcolonial pacts struck during the conflict. Accordingly, this article seeks to approach these alliances and negotiations as “postcolonial pacts” in order to interrogate the reconfiguration of colonial power relations between subaltern groups and the Peruvian and Chilean authorities. In this sense, the aim is to prompt new research questions related to the study of popular nationalisms and their impact on the construction of postcolonial Chile and Peru.

Keywords: Popular Nationalisms; Subalternity; Postcoloniality; War of the Pacific

Introducción

La Ocupación de Lima por parte del ejército chileno entre 1881 y 1883, marcó uno de los puntos más tensos de la Guerra del Pacífico, recientemente denominada como “Guerra del Salitre”: mientras Chile celebró el triunfo y éxito de su proyecto civilizatorio expansionista, en el Perú, estallaron una serie de revueltas y levantamientos populares, junto con una crisis política y económica que culminó con guerras civiles dentro del territorio. La ausencia de un cuerpo civil organizado y la inestabilidad política y económica de Perú provocó que la entrada del ejército chileno a Lima fuera uno de los acontecimientos más violentos de la guerra, vulnerando las libertades civiles y desafiando la capacidad de gobernar por parte del Estado peruano1. Si bien la entrada del ejército chileno generó diversas batallas en la zona sur del país, la Batalla de Chorrillos y Miraflores -ambas en 1881- fueron los últimos intentos por parte del ejército de Nicolás de Piérola para salvar al país frente al ejército chileno comandado por Manuel Baquedano. Con la derrota peruana, el ejército chileno entró a Lima e inició una serie de persecuciones contra la población peruana, incendios y asesinatos, más la ocupación y usurpación patrimonial, fueron algunos de las prácticas violentas que se realizaron durante el tiempo de la ocupación. Debido al centralismo histórico que existía en Perú, la ocupación de Lima disminuyó gran parte del poder nacional de las elites, por lo que las provincias ofrecieron mayores posibilidades de resistencia y abastecimiento del país2.

El clima de caos en el Perú intensificó la división en la costa y la sierra central. En 1881, Francisco García Calderón fue electo como Presidente Provisorio del Perú durante la ocupación chilena, siendo deportado y secuestrado en septiembre del mismo año por los chilenos tras no aceptar la desmembración territorial solicitada por Chile. Posteriormente, Lizardo Montero asumió la presidencia, estableciendo una sede de gobierno en Cajamarca -ubicado en la sierra norte del Perú- y luego en Arequipa, como parte de su estrategia de fortalecer los lazos con las provincias y con las comunidades costeñas del país. Para Montero, el secuestro de García Calderón sería un suceso “sin precedente en la historia de los pueblos civilizados”, acusando dicha acción como un atentado contra la autonomía del país y hacia el derecho de los ciudadanos peruanos al dejar el país sin gobierno3. En este contexto de crisis, el nuevo presidente peruano fortaleció los lazos con las provincias costeñas, apelando a que dichas ciudades tenían el “patriotismo” y la defensa de la soberanía de la nación, como respuesta a “un mundo civilizado que está pendiente de la actitud que debemos asumir”4. En diciembre de 1881, Montero dirigió un discurso a los cajamarquinos con la finalidad de convencer el apoyo a la causa nacional:

I vosotros, que bastantes pruebas habéis dado de patriotismo, prestando eficaz apoyo al ejército del norte (…) os encontrais por uno de esos designios inescrutables del Eterno, en la jenerosa condicion de dar hospedaje al personal del gobierno supremo de vuestra patria (…) Seguid dando muestra de virtud civica i estimular con este acontecimiento para que lleguéis a la altura de ser modelos de patriotismo5

.

Montero siguió la misma estrategia de generar pactos con aquellas provincias y ciudades históricamente excluidas de la nación para defender el país desde zonas geográficamente complejas y estratégicas. Mientras la situación en Lima era inestable, en la sierra central Piérola, Andrés Cáceres y Miguel Iglesias ya estaban organizando ejércitos de resistencia y focos guerrilleros para la lucha contra Chile, creando asambleas y organizaciones que permitieron la mayor participación de indígenas y campesinos en estos proyectos.

¿De qué manera la Guerra del Salitre significó nuevos espacios de negociación y reformulación del pacto entre elites y los grupos subalternos? ¿Cuáles fueron los proyectos nacionales que emergieron en este contexto y cómo se definieron nuevos discursos de nación y raza? Este artículo analiza la reconfiguración de los pactos poscoloniales entre las autoridades peruanas y chilenas con los grupos indígenas, campesinos, chinos y afroperuanos que se involucraron en el conflicto, al mismo tiempo que caracteriza los efectos discursivos que tuvieron los levantamientos populares en la prensa de ambos países. La Ocupación de Lima entre 1881 a 1884 generó un contexto de crisis en el Perú y la oportunidad para “rematar la obra” desde Chile, forzando a ambos países a crear alianzas para culminar la guerra e iniciar un proceso de reconciliación. Las alianzas y pactos con los grupos subalternos fueron los que permitieron posteriores levantamientos populares contra las elites locales y nacionales peruanas, creando un escenario de guerra civil como principal legado de la Guerra del Salitre. Estos procesos han sido ampliamente estudiados desde la historia política y desde las perspectivas poscoloniales; este artículo pretende retomar algunos de estos debates, pero pensando en las características de los pactos poscoloniales durante y posterior a la guerra: quiénes entran y quienes no, y cómo dicho pacto constituyó espacios de negociación y reformulación de las relaciones de poder coloniales, intentando generar nuevas preguntas respecto al debate historiográfico sobre la Ocupación de Lima y su impacto en la construcción del Chile y Perú poscolonial.

Para efectos de esta investigación, el concepto de “pacto poscolonial” permite describir y caracterizar los procesos de reformulación de las relaciones de poder entre las elites nacionales/locales y grupos subalternos6, las cuales se fueron negociando, configurando y redefiniendo según los proyectos nacionales que emergieron. En América Latina, las relaciones de poder entre elites y grupos indígenas, campesinos y afrodescendientes se establecieron desde el siglo XVI, en donde experimentaron la condición de esclavitud como base de la economía colonial7. Como pacto heredado del colonialismo europeo, se mantuvo tras la incorporación del continente a la orden capitalista mundial, lo que significó que, dentro del contexto republicano, permanecieron distintos mecanismos de exclusión hacia grupos raciales, étnicos y de género, lo que algunos autores denominan como la “colonialidad del poder”, es decir, la continuidad de las jerarquías coloniales dentro de las nuevas relaciones de poder que se constituyen en el siglo xix8. Por lo mismo que, en este contexto, las variables fenotípicas y la apariencia física de los sujetos, formaron parte de lo que se entendió por “raza”, es decir, una categoría que se definió por la apariencia del sujeto (color de piel, tipo de pelo y rasgos faciales) y también por las características culturales (vestimenta y lengua, entre otros elementos), lo que legitimó los mecanismos de control hacia grupos indígenas y afrodescendientes9.

En estos pactos poscoloniales operan categorías modernas que se construyeron en los tiempos coloniales (raza, etnicidad y género), las que permitieron rotular, identificar y excluir a grupos sociales determinados. Esto ocurrió bajo discursos y prácticas imperiales que surgen en América Latina, siendo la razón por la cual los grupos subalternos no experimentan la nación o nacionalismos de la misma forma que las elites dominantes10. Es lo que José Carlos Mariátegui señaló, para el caso peruano, como el “problema del indio” al identificar la existencia de razas superiores versus razas inferiores, como parte de un proyecto de expansión y conquista colonial que se mantuvo durante el proyecto republicano peruano11.

Dicha diferenciación racial, dentro del pacto colonial que se construye desde el siglo XVI, es lo que forma las “alteridades históricas” de grupos sociales que cumplen el rol del “otro” dentro de las sociedades nacionales que subordinan el valor de la diversidad dentro de las naciones12. En dichas alteridades, se regulan las existencias diferenciales para distintos tipos de “otros” que forman parte de los estados nacionales, lo que finalmente limita las “matrices de diversidad” por una identidad nacional homogénea13. En ese sentido, hablamos de “poscolonial” no tanto para hacer referencia a un contexto histórico posterior a los procesos de colonización e independencia, sino que también como una forma de aproximarse a las relaciones coloniales que continúan en los contextos republicanos, y las formas de resistencia que emergen para subvertir dichas jerarquías desde grupos subordinados14.

A pesar de que los grupos raciales y étnicos fueron subordinados dentro de los pactos poscoloniales en el siglo xix, contextos históricos como las independencias, rebeliones y las guerras abrieron espacios para negociaciones y alianzas con las elites locales y nacionales, lo que se tradujo en una mayor participación de los grupos subalternos dentro de los proyectos nacionales. Tal como ocurrió durante y después de la Guerra del Salitre, la creación de asambleas y organizaciones civiles y locales incluyó a comunidades serranas para fortalecer la defensa de la nación peruana contra el ejército chileno. Para Florencia Mallon, estos espacios permitieron construir nuevos tipos de nacionalismos desde grupos indígenas y campesinos, denominados “nacionalismos populares” o “campesinos” como una forma de identificar las expresiones las expresiones nacionalistas que emergen desde grupos indígenas y campesinos para resistir y tensionar con el Estado y los proyectos republicanos, particularmente con las elites nacionales y locales15. Desde nuestra perspectiva, estos nacionalismos populares toman fuerza tras la negociación del pacto poscolonial entre grupos subalternos y elites, redefiniendo la relación colonial existente: de trabajadores y subordinados transitaron a ser defensores de la nación, y por lo tanto defensores de un proyecto nacional en construcción. Esta negociación permitió la participación de indígenas y campesinos en organizaciones locales y asambleas para la defensa del país, generando instancias de movilización y resistencias que expresaban identidades distintivas y autónomas dentro del contexto de la guerra, implicando muchas veces desafiar las estructuras y jerarquías coloniales que permanecieron en lugares como la sierra peruana16.

Indígenas, campesinos y nacionalismos populares en la sierra central peruana

La sierra central peruana se transformó en un lugar estratégico para resistir al avance militar chileno y abastecer el país. Diversos ejércitos se organizaron en la costa y la sierra para participar en la guerra, por lo que las elites locales tuvieron que negociar e incluir a los pueblos indígenas y campesinos en las luchas por la defensa nacional. Si bien estos ejércitos estaban organizados desde antes de la entrada del ejército chileno, lo cierto es que las resistencias populares no sólo funcionaron para detener la ofensiva chilena, sino que también para levantarse y movilizarse contra las elites y terratenientes locales peruanos.

La participación de campesinos e indígenas en el Perú durante la Guerra del Salitre provocó un importante debate historiográfico en la década de los 1970 y 1980 entre Nelson Manrique, Florencia Mallon y Heraclio Bonilla, quienes intentaron explicar los conflictos étnicos y raciales históricos que experimentaba el país desde su independencia y que se intensificaron durante la guerra contra Chile17. Para Bonilla, los levantamientos indígenas contra los terratenientes respondieron a conflictos étnicos y raciales históricos que experimentaba Perú desde su independencia -incluso los tiempos coloniales-, y por lo mismo el autor señala que estos conflictos no fueron guerras nacionales o civiles, sino coyunturas que reflejaron la fragmentación de clase en el país18. Manrique y Mallon debatieron esta idea, señalando que los levantamientos no fueron provocados por las fragmentaciones históricas de clase y raza, sino que fueron movilizaciones que defendieron la causa nacional peruana e, incluso, a sus propios terratenientes. Sin embargo, los problemas entre blancos-terratenientes y comunidades campesinas-indígenas estallaron tras las políticas represivas que aplicaron los terratenientes y las autoridades locales en contra de comunidades serranas movilizadas, con la finalidad de retomar el control social y político de la sierra central durante la posguerra19. El debate protagonizado por Mallon, Manrique y Bonilla demostró no sólo la particularidad del Perú respecto a la guerra, sino que también visibilizó el rol de los grupos subalternos durante el conflicto bélico y, en general, dentro de la formación de la nación peruana20.

Por lo anterior, la relación entre las elites y grupos subalternos fue compleja y paradojal durante el siglo xix peruano: mientras que parte de la elite cuestionó y rechazó la posibilidad de incluir a estos grupos dentro de los proyectos nacionales, otros sectores construyeron alianzas y negociaciones con la finalidad de organizar la resistencia. Estas discusiones se provocaron en países como Perú, en donde desde los tiempos coloniales se incorporó forzosamente a indígenas, chinos y negros en la sociedad colonial trabajando como esclavos21, a diferencia de otros países como Chile o Argentina, en donde históricamente existió una frontera entre pueblos indígenas y el Estado22. La paradoja en el caso peruano se expresa en que, mientras algunos sectores fomentaban la exclusión de grupos raciales y étnicos, otros apelaron a los lazos coloniales para organizar la resistencia nacional. Principalmente en la sierra central, la renegociación del pacto poscolonial se realizó con indígenas y campesinos, quienes participaron tanto en la resistencia armada como en asambleas y organizaciones civiles creadas por los mismos caudillos.

La resistencia en la sierra central se inició con la denominada Campaña de la Breña o Campaña de la Sierra (1881-1884), la cual consistió en el enfrentamiento entre el ejército chileno y la resistencia peruana en la sierra central, esto dentro de la estrategia de usar regiones no ocupadas por el ejército chileno para fortalecer la resistencia nacional tras la caída de Lima. El ejército chileno estuvo liderado por Patricio Lynch, mientras que el peruano estuvo comandado por Andrés Cáceres, un militar y político peruano conocido por su liderazgo en las montoneras y guerrillas de la sierra. Las primeras expediciones chilenas hacia la sierra central fueron comandadas por Ambrosio Letelier, quien desafió diversos obstáculos debido a la complejidad geográfica del territorio, enfrentando a tropas enfermas, ausencia de servicios médicos, falta de alimentación y ropas inadecuadas para el clima. Por lo mismo, las expediciones dirigidas por Lynch fueron con mayor preparación y el objetivo principal de aniquilar a todas las montoneras existentes, sin la posibilidad de tomar rehenes23. La particularidad de las batallas en la sierra central fue la participación de campesinos e indígenas dentro de los grupos armados que organizó Andrés Cáceres, quienes usaban rejones, lanzas y hordas, armas propias y características de sus comunidades, empleando la lucha cuerpo a cuerpo dentro de los focos de resistencia24. Debido al liderazgo de Cáceres en los focos guerrilleros, los soldados chilenos lo apodaron “El brujo de los Andes” debido a su dominio geográfico y capacidad de liderar a grupos indígenas y campesinos, por lo mismo, diversos medios peruanos lo trasformaron en una figura legendaria y heroica tras su perseverancia en la resistencia nacional25.

Para Chile, la alianza entre caudillos y pueblos indígenas en Perú resultaba desconocida, además de que podía obstaculizar el avance del ejército en la sierra. El miedo hacia estos focos guerrilleros incitó que, desde la prensa chilena, se cuestionara la integración de indígenas y campesinos en los ejércitos de resistencia: “no se aviene con el honor del soldado ni con la conciencia patriota”26, señalando que dichas resistencias no formaban parte de una “guerra civilizada” como la que proponía Chile27, ni mucho menos se enmarcaba en el modelo estatal-civilizador que se pretendía instalar en el Perú tras la Ocupación de Lima en 1881.

Con la Campaña de la Sierra, Chile enfrentó los primeros obstáculos en su intento por establecer el control del país: el desconocimiento geográfico y el enfrentamiento con las guerrillas de la sierra central, lo que dificultó el avance del ejército chileno hacia el interior del territorio peruano. Por otro lado, el uso de métodos y herramientas ancestrales desde las comunidades serranas -como las guerrillas- también fue otro aspecto que dificultó la ocupación militar de la sierra, particularmente porque el ejército chileno desconocía tales formas de guerra. Las resistencias serranas fueron efectivas para detener el avance militar chileno, por lo que las elites locales y nacionales refundaron un nuevo discurso patriótico que lograra cohesionar a los distintos grupos étnicos de la zona, a fin de esclarecer que existía un proyecto de nación que incluía a las comunidades de la sierra. Dentro de los combates desarrollados, el Combate de Sierralumi en el distrito de Comas (Huancayo, Perú) fue una de las victorias del ejército de resistencia; según Ambrosio Salazar, quien fuera comandante al mando de las montoneras en Comas:

El completo éxito de este combate generó, por decirlo así, la épica resistencia de la Breña, contra nuestros implacables enemigos; iniciada y sostenida por un pueblo patriota y su joven caudillo. Sin ésta altiva y patriótica actitud, todo habría pasado sin protesta alguna, como en un pueblo envilecido, servilmente conquistado28

.

De esta manera, se celebraba el triunfo de las alianzas entre caudillos y grupos indígenas y campesinos frente al contexto de crisis que generó la guerra en el Perú. La negociación del pacto poscolonial con estos grupos consistió en reconocerlos como verdaderos ciudadanos patriotas capaces de colaborar con la resistencia nacional, esto a modo de mantener los lazos y seguir operando con los ejércitos guerrilleros:

Esta acción militar [refiriéndose al combate de Sierralumi], librada sin más apoyo que el de la providencia y su espléndido resultado, me induce a creer firmemente, que levantará el espíritu patriótico de los demás pueblos de esta comarca, para tomas las armas con el fin de hacerles morder el polvo a los salteadores de América…29

.

Las resistencias significaron la participación de las comunidades serranas en la organización y defensa de la nación, implicando la negociación con las elites locales para alcanzar una mayor inclusión dentro de las provincias. Para los grupos indígenas y campesinos, estas alianzas se transformaron en la oportunidad para negociar con las autoridades y, de esta forma, adquirir ganados y derechos de las tierras trabajadas, por lo que los pactos no se produjeron desde pautas provinciales -como así lo hubieran deseado las autoridades locales-, sino que desde pautas estatales, usando instancias judiciales para establecer los pactos con las elites30. Dichas alianzas lograron redefinir la relación colonial -o poscolonial- entre autoridades y los grupos subalternos, configurando jerarquías de raza y etnicidad al dar mayores espacios de participación a estas comunidades dentro de consejos y asambleas comunales, lo que permitió construir “comunidades de indios” dentro de las regiones31. Ante el contexto de crisis nacional y la necesidad de crear nuevos proyectos de nación que permitiera refundar el país en caso de un eventual fin de la guerra, la negociación se basó en la participación de ambas partes: elites políticas y regionales concedieron mayor inclusión a los grupos subalternos, mientras que estos grupos apoyaron involucrándose directamente en la defensa de la sierra peruana.

En el caso chileno, históricamente existió una relación colonial entre el Estado y los pueblos indígenas tanto en el norte como en el sur: desde la Ocupación de la Araucanía en la década de 1860, la colonización y los posteriores “remates” de territorios indígenas formaron la primera parte del proceso de expansión, con el fin de completar la obra de construcción nacional32. Posteriormente, la anexión de la frontera norte y la incorporación de las comunidades indígenas ubicadas en dicha zona geográfica culminó con la consolidación de la obra territorial chilena. De hecho, el ejército ocupado en la Guerra del Pacífico fue el mismo que, anteriormente, participó en la “Pacificación” de la Araucanía33, compuesto por grupos mestizos, indígenas y de sujetos populares identificados como el “roto chileno”, como parte del cuerpo militar organizado para apoyar la política expansionista34. Consolidada la expansión fronteriza, la refundación de la nación se basó en la creación de una nueva identidad chilena que intentó convencer a la opinión pública respecto al éxito de su proyecto expansionista-civilizador. Lo mismo ocurrió para las nuevas poblaciones que se incluyeron en el territorio nacional: comunidades del norte y sur del país, atravesaron un proceso de “nacionalización” bajo el argumento de que podían ser agentes activos para el desarrollo nacional chileno, formando parte de las nuevas expresiones nacionalistas que surgieron hacia finales del siglo xix35. Al igual que el resto de América Latina, tanto Chile como Perú experimentaron coyunturas de consolidación de los estados poscoloniales a través del establecimiento de pactos y alianzas con pueblos indígenas, lo que implicó la subalternización de estos sujetos que, posteriormente, explican el estallido de los conflictos étnicos en el siglo xx latinoamericano36.

A pesar de la consolidación del proyecto expansionista-civilizador, los intentos por “rematar la obra” en el Perú enfrentaron diversos obstáculos, lo cual generó gran preocupación entre las autoridades chilenas debido al gasto del fondo público para financiar el conflicto37. Por otro lado, la ocupación de Lima generó una forzada reorganización del poder político peruano, descentralizando dicho poder y otorgando mayor autonomía a los núcleos regionales, complicando los intentos de finalizar la guerra de manera temprana debido a la fragmentación nacional existente a esas alturas38. Desde Chile, la participación de indígenas y campesinos en la guerra fue vista como actos bárbaros y obstaculizadores del proceso de “civilización” que se estaba ejecutando en la nación peruana. De hecho, la prensa de ocupación cuestionó constantemente la participación de “indios peruanos” en los ejércitos provinciales39. Como una forma de criminalizar la movilización de estos grupos desde la administración chilena, se acusó a las montoneras de cometer destrozos en los pueblos de la sierra, además de protagonizar escenarios de horror y violencia, culpándolos de extender la guerra y no ceder la paz a su “desgraciada patria”40. Los medios chilenos difundían imaginarios sobre las montoneras peruanas, haciendo énfasis en las “atrocidades cometidas por los montoneros” en el territorio que, supuestamente, Chile quería civilizar41.

Junto a la criminalización de los focos guerrilleros en la sierra central desde autoridades chilenas y peruanas, se sumó el miedo que experimentaron los mismos soldados chilenos hacia los ejércitos indígenas y campesinos. La historiadora Florencia Mallon estudió el caso de Acolla -distrito de la sierra perteneciente al departamento de Junín- y el caso de siete chilenos asesinados, cuyas cabezas fueron exhibidas en la plaza pública con la finalidad de expresar el triunfo de la comunidad frente a la invasión enemiga42. En otros casos, soldados chilenos se rindieron al ver “masas de indios y gente armada que se abalizaba a la muestra del cartel”43, o bien, se fugaban tras ver al gran número de guerrilleros dispuestos a combatir44. Mientras la violencia del ejército chileno en Lima representaba una “guerra civilizada”, la violencia desde los grupos subalternos estaba fuera de las lógicas civilizatorias de la guerra, por lo que la visión chilena identificó dichas guerrillas como sinónimo del desorden, el caos y la anarquía, imagen de un país que no estaba capacitado para controlar a sus propias masas indígena -como sí lo habría hecho Chile con la Ocupación de la Araucanía en 1860-.

Los escenarios de guerras civiles al interior del Perú permitieron que el discurso de la “guerra civilizada” tuviera sentido en Chile. La prensa de ocupación señalaba que la ausencia del ejército chileno significaría la anarquía y barbarie en el país, el fin de la tranquilidad y seguridad que, supuestamente, se producía con la presencia de soldados chilenos45. Se llego al punto de señalar que Perú, bajo el contexto de la ocupación y las resistencias de la sierra, se encontraba en el dilema de elegir entre la anarquía y la civilización:

El infortunado Perú tiene que escojer entre los dos términos de este dilema: la anarquía o la anexion a Chile. La situasion es mui especial. El ejército chileno ocupa a Lima. En estos momentos hai un gobierno provisorio que está en el poder o que posee, por lo menos las oficinas públicas; pero el dictador Piérola le disputa su autoridad, i dos de los jenerales que últimamente combatieron contra los chilenos, levantan en Piura i en Arequipa la bandera del pierolismo. Cada uno de estos jefes, o ambos a un tiempo pueden intentar apoderarse del poder supremo (...) la única esperanza que hai de que el orden se conserve es la presencia de fuerzas entrañas46

El problema que se diagnosticaba en Perú se centraba netamente en la participación de indígenas y campesinos en la defensa de la nación, asociándolo a una demostración de la fragmentación nacional que llevaría al caos y anarquismo. Se cuestionó la estrategia caudillista de Nicolás de Piérola por movilizar comunidades indígenas en Piura y Arequipa, acusándolo de obstaculizar las posibles negociaciones entre ambos países y la entrega de territorios para la nación chilena -la cual se transformó en la principal negociación para finalizar el conflicto. A pesar de esto, dichas alianzas mostraron diversas instancias de pactos entre diversos actores sociales y políticos -elites nacionales y locales, comunidades provinciales, e incluso autoridades eclesiásticas- durante la guerra, demostrando la reformulación de las jerarquías poscoloniales en la nación peruana. Dichas negociaciones tuvieron la finalidad de resistir y defender el país ante el avance del ejército chileno; a cambio, las comunidades provinciales demandarían su mayor participación en asambleas y consejos comunales, derecho a las tierras trabajas y la oportunidad de elegir a sus propios líderes en las jefaturas políticas47.

Sin embargo, las luchas subalternas para una mayor autonomía local desafiaron el control de las oligarquías serranas en dichos territorios, lo que gestó un nuevo conflicto armado al interior del país, paralelo a la Guerra del Pacífico. Las movilizaciones de los ejércitos de Andrés Cáceres y Miguel Iglesias -principales líderes caudillistas de la resistencia serrana-, de luchas focalizadas en defender el territorio nacional culminaron siendo una competencia entre dichos lideres para las próximas elecciones presidenciales de 1883, en donde ambos pretendían conducir el proceso de reconstrucción nacional. El apoyo chileno a Iglesias, y su autoproclamación como Presidente de la República el 23 de octubre de 1883, dieron inicio a la reconstrucción del país y el proceso de diálogo con Chile. En este contexto, el “soportar dignamente la desgracia que para rendir la vida en un rapto de desesperación”48 hacía referencia al sentimiento de nostalgia y derrota que existía en la sociedad peruana.

Tras su fracaso en la carrera presidencial, Andrés Cáceres se dirigió a la sierra y reorganizó un ejército guerrillero para iniciar una nueva guerra civil entre 1884 a 1885, enfrentando al ejército iglesista. Tras la experiencia de la Guerra del Pacífico, la capacidad de organización de indígenas y campesinos permitió que ambos tuvieran a sus propios líderes guerrilleros, dispuestos a enfrentarse con las elites locales tras la ofensiva iniciada por los oligarcas contra los guerrilleros que participaron en la guerra contra Chile49. La capacidad de organización y de consciencia en estos grupos significaron nuevos liderazgos y formas de gobernar dentro de sus propias comunidades. Sin embargo, al mismo tiempo el contexto de movilización popular comenzó a preocupar a las autoridades políticas locales. El caso de Tomás Laimes es el más conocido dentro de la historiografía peruana: guerrillero que participó en las resistencias de la sierra junto a Andrés Cáceres, y que fue ejecutado en 1884 en Huancayo bajo la orden del mismo Cáceres. La razón de su muerte se debió a un enfrentamiento con Cáceres: “Dígale a Cáceres que soy tan general como él, y que, si quiere que vaya a Huancayo, debe tratarme de igual a igual”, subrayando de esta forma su papel de soldado y defensor de la nación50. Cáceres, quien anteriormente integró a estos mismos grupos indígenas en la resistencia nacional, ahora asumía una postura más represiva contra las comunidades de Huancayo, en pleno contexto de la guerra civil contra Iglesias: “[S]ensible es ciertamente la actitud hostil de los indios contra la raza blanca (…) He dictado ya las más eficaces medidas para evitar en lo sucesivo la repetición de hechos tan lamentables i que vienen, por decirlo así, a recargar de sombras el ya bastante siniestro cuadro de nuestras miserias i desastres”51.

En su posición de alcalde provincial, Cáceres pretendió resolver los conflictos raciales y de clase mediante la represión contra guerrilleros subversivos contra las autoridades, retomando las jerarquías existentes previas a la guerra contra Chile. La represión no sólo fue política ya que, en lugares como el mismo Huancayo, celebraciones y festejos de indígenas tras la expulsión del ejército chileno, fueron prohibidas por las municipalidades tras considerarlas retrógradas, ridículas y porque no se relacionaba con una devoción civilizada, siendo casos de represión cultural contra la población52. El pacto poscolonial que se negoció con la Guerra del Salitre, finalmente, generó temor en algunos grupos de la elite peruana, ya que las movilizaciones indígenas y campesinas estaban desestabilizando y desafiando los proyectos republicanos que se pretendía instalar en el Perú53, lo que explica en parte por qué dichos pactos no tuvieron continuidades en el contexto de la posguerra. Esta situación demostró la vulnerabilidad del pacto poscolonial: si bien intentó salvar la crisis peruana, las tensiones históricas entre distintos grupos raciales y de clase culminaron en guerras civiles y enfrentamientos que marcaron la última parte del siglo xix peruano.

Conflictos raciales, elites y pactos en la costa y sur peruanos

Durante la Guerra del Salitre, en la costa peruana se concentró la mayor cantidad de población afroperuana, indígena y china, a diferencia de la sierra central que se caracterizó por su mayoría indígena y mestiza54. Estos diversos grupos se incorporaron dentro de la economía peruana desde el siglo xvi tras la producción de oro y plata, lo que generó una gran demanda de esclavos ya que la población indígena era insuficiente para tales niveles de producción. Esto incorporó a Perú al tráfico de esclavos en el Atlántico, que se desarrolló con mayor fuerza entre 1580 y 1640 tras la unificación de las coronas portuguesa y española55. Lo mismo sucedió posteriormente con el ingreso de la población china en el Perú colonial -conocidos popularmente como “chinos culíes”- para aumentar la mano de obra en el contexto del boom del guano y el crecimiento de la importación y obras de infraestructuras56. Los distintos grupos etnoraciales que se insertaron al mismo contexto laboral compartieron viviendas, lugares de trabajo y la condición de esclavitud, complicando la convivencia entre estos grupos y culminando, en muchos casos, en riñas y enfrentamientos57.

Con la abolición de la esclavitud en 1854, el intento forzado por integrar a la población afrodescendiente a la sociedad peruana consolidó distintos prejuicios racistas y discriminatorios hacia esta población: históricamente, estos grupos se ubicaban en la posición más baja dentro de las jerarquías sociales de la América colonial, existiendo la idea de que, por ser negros, podían ser más explotados en comparación con chicos e indígenas -debido a la asociación entre negritud y capacidad de fuerza-; por lo mismo, los esclavos negros se transformaron en una pieza fundamental en las empresas coloniales58. La Guerra del Salitre intensificó los conflictos raciales, étnicos y de clase en la costa peruana, en donde afroperuanos se levantaron y rebelaron contra la propia población peruana. Algunos ejemplos son las masacres de Cañete y Cerro Azul en 1881 (ambas ubicadas en el departamento de Lima), las cuales reflejaron los intentos por evitar su inserción en la sociedad peruana. Estas masacres se caracterizaron por diversos asesinatos hacia comunidades chinas y blancas por parte de la población afroperuana, asalto de ciudades y la destrucción de poblaciones por medio de incendios59. Dichas reacciones pueden tener distintas lecturas, pero particularmente podemos rescatar los intentos por desafiar y condicionar el sistema de dominación que afectaba a esta población. Si bien estos actos fueron incomprendidos por las autoridades peruanas y chilenas, la conspiración desde los subordinados, de alguna forma, confirma la imagen que los grupos dominantes tenían sobre ellos, pero al mismo tiempo, también fueron actos que posiblemente sirvieron para los intereses de la misma población afrodescendiente60.

El ingreso del ejército chileno al territorio peruano incapacitó a las autoridades para detener dichas revueltas, lo que generó un clima de miedo y caos por parte de las elites peruanas hacia los afroperuanos, categorizando como “escenas de canibalismo” y “desenfreno mongólico o africano” las revueltas en la costa61, lo que hizo surgir una especie de “terror negro” que se difundió en general entre las elites y autoridades, fomentando el miedo y criminalización hacia estos grupos62. Estas mismas revueltas dificultaron al ejército chileno a establecer el control en algunas zonas de Perú, desafiando los objetivos de establecer un orden político y social que se quería instalar en el sur de Lima63. De hecho, en algunos casos, el ejército chileno optó por fusilar a los afroperuanos movilizados como una forma de forzar el orden y control en las localidades tomadas por los soldados64. A diferencia de la sierra central, donde se establecieron alianzas con grupos indígenas y campesinos, el contexto de crisis y violencia en la costa peruana dificultó la negociación de pactos con grupos subalternos, particularmente si pensamos en la población afroperuana. Por el contrario, la represión y criminalización fueron algunas de las medidas tomadas para controlar la situación. Si bien campesinos indígenas y afroperuanos sufrieron los efectos de la pobreza y miseria producto de las estructuras económicas coloniales que continuaron en la era republicana65, la renovación del pacto poscolonial durante la Guerra del Salitre sólo permitió la negociación con grupos indígenas y campesinos, no existiendo las mismas condiciones como para repetir la situación con otros grupos como afroperuanos.

En el contexto de levantamientos y masacres en la costa, la población china fue la principal afectada dentro del clima de violencia: no sólo ataques desde afroperuanos, sino que también desde hacendados y terratenientes. Por ejemplo, en los intentos de escaparse de las haciendas, los chinos eran castigados, torturados y azotados por sus propios dueños; de hecho, una nota de la prensa peruana señalaba “que su cuerpo en nada parecía ya a un cuerpo humano”66, demostrando los niveles de tortura a los que eran sometidos. La entrada del ejército chileno en la capital peruana significó la destrucción de las haciendas -en el intento por destruir las principales fuentes económicas del Perú-, interrumpiendo el trabajo chino de estos lugares. En este nuevo escenario, algunos documentos reflejan que, parte de los trabajadores chinos de estas haciendas asumieron una postura favorable hacia Chile, viendo a dicho ejército como una oportunidad de liberación y de mejorar sus condiciones de vida. En el apartado “Los chinos de Cerro Azul” de la popular obra Adiós al séptimo de línea (1955) también se representa los pactos que existieron entre la población china y el ejército de Lynch, relatando cómo los chinos vieron la interrupción de los soldados chilenos como una liberación de la esclavitud peruana, por lo que tomaron a Lynch como su nuevo líder y a los chilenos como salvadores -según el relato de Jorge Inostroza-67. Una explicación respecto a los pactos de lealtad entre chinos y el ejército de Chile es que los chilenos, dentro de su misión “civilizadora”, reconocieron a los chinos como similares a ellos: guerreros y valientes dispuestos a morir por su nación; por lo mismo, los trabajadores chinos involucrados no vieron dicho pacto como un juramento a Chile, sino que un pacto de lealtad para una lucha contra la esclavitud de las plantaciones peruanas68.

La gran cantidad de chinos que se sumaron al ejército chileno demostró el nivel de descontento y resistencia de esta población con la sociedad peruana. Fueron más de mil chinos “liberados” por los chilenos, cantidad que se transformó en un problema para Lynch tanto en la preocupación de cómo alimentarlos y cuidarlos, además del temor existente a posibles saqueos o levantamientos contra chilenos69. A pesar de esto, las mismas crónicas de soldados chilenos señalaron que los chinos “liberados” fueron usados como “bestias de carga” dentro de las expediciones chilenas70. En estos casos, se demuestra cómo la población china, en su intento por resistir la violencia, los conflictos y el trabajo forzado, permitieron condiciones para negociar con el ejército chileno una posible salida de este escenario. Las nuevas relaciones de poder y alianzas que surgen como efectos de la guerra forman otro aspecto de la renovación de los pactos poscoloniales durante la Guerra del Salitre.

Las comunidades provinciales costeñas peruanas también se involucraron en las negociaciones realizadas durante la guerra, tal como es el caso de Arequipa. Desde 1881, la ciudad fue escenario de diversos conflictos nacionales en que los ejércitos de Nicolás de Piérola y García Calderón se enfrentaron por el dominio de la costa. Tras el arresto de García Calderón por parte del ejército chileno, los arequipeños se rebelaron contra Piérola para jurarle lealtad al gobierno asaltado de García Calderón71. Las mismas cartas escritas por pierolistas relatan de manera sorprendida la reacción del pueblo y el ejército arequipeño, quienes de manera casi unánime desconocieron el gobierno de Piérola: “la anarquía segaría por completo cuantos esfuerzos se hicieses con el fin de poner termino a la guerra con un tratado honroso”72. Caso parecido sucedió en 1881 en donde Miguel Iglesias, quien asumió la presidencia con el apoyo de Chile, inició una serie de negociaciones con las autoridades chilenas y las comunidades provinciales para comenzar el proceso de paz y reconciliación entre ambos países. En el caso de Arequipa, la influencia del presidente peruano permitió detener las resistencias y combates contra el ejército chileno, convenciendo a los arequipeños de que así evitarían arriesgar a la población a la guerra y la destrucción73, negociándose pactos de paz entre autoridades peruanas y chilenas que involucraron a la población arequipeña para detener la ofensiva guerrillera.

La ocupación chilena en Arequipa fue estratégica para obtener el control del sur; sin embargo, el pacto de paz entre Iglesias, Arequipa y el ejército chileno, no evitó que estallaran algunos focos de resistencia contra los soldados chilenos, como los casos de Yaramamba y Quequeña, en donde comunidades se levantaron contra la ocupación y dominación chilena74. Estos hechos preocuparon a las elites políticas y locales peruanas, ya que dichas resistencias hacia el ejército chileno podían obstaculizar y desacelerar los procesos de paz que ellas negociaban con las autoridades chilenas; por lo mismo, Miguel Iglesias recibió dinero y armas chilenas para destruir posibles focos de resistencia con el objetivo de acelerar la pacificación entre Chile y Perú75. En el intento por detener y forzar las negociaciones con Chile, Iglesias tuvo que negociar con los diversos grupos involucrados en la guerra: por un lado, con las autoridades chilenas y, por otro, con las comunidades campesinas e indígenas de la zona, en donde se convocaron asambleas regionales para disponer a la población a los diálogos con la nación chilena76. Al igual que en la sierra central peruana, las diversas negociaciones que se instalaron con grupos indígenas y campesinos culminaron en muchos casos con la represión de estas comunidades, con la finalidad de priorizar las negociaciones con Chile y, al mismo tiempo, para retomar el control del país tras el miedo a posibles nuevos levantamientos en Perú.

Las negociaciones entre Arequipa y Chile generaron divisiones dentro de la sociedad peruana, ya que mientras algunos sectores estaban de acuerdo con acelerar los procesos de paz -particularmente las elites nacionales-, otros asociaron estas alianzas al fracaso del patriotismo, como un ejemplo de la cobardía y la corrupción de un pueblo que dialogó con el ejército invasor. En una de las cartas escritas por un peruano a Nicolás de Piérola se señalaba: “Convencidos los arequipeños de que se preparaba en Chile un cuerpo del ejército para atacar Arequipa, han creído conjurar el peligro achilenándose. Lo ocurrido es efecto de la cobardía, del miedo, del pánico, tanto como de la corrupción moral de ese pueblo”77. Si bien la situación de Arequipa permitió nuevos pactos y la participación de algunas comunidades, también marcó uno de los puntos más sensibles para el Perú: la ausencia de patriotismo y el establecimiento de una paz forzada y delimitada por el Estado chileno. En otras de las cartas dirigidas a Piérola, también se comentó: “La verdad, aunque nos duela, es que ya en el Perú el patriotismo es un mito (…). Desgraciadamente los pueblos son impacientes y arman la agitación. Yo y los que conocemos íntimamente a usted sabemos que en Ayacucho no está entregado al ocio y que si no emprende algo decisivo es por importante, por falta de elementos”78.

Las cartas escritas a Piérola reflejan los desacuerdos y disputa que generó las negociaciones con Chile por parte de Iglesias, además del rol de ciudades como Arequipa al detener sus focos de resistencia. Esta misma situación intensificó las hostilidades entre la costa y sierra peruana, asociando la sierra como un lugar defensivo, patriota y valiente en el Perú, mientras que la costa sería una región sin valores y dispuestos a “chilenizarse”79. El bando pierolista, compuesto por indígenas, campesinos y trabajadores, estaban al tanto de la situación en la sierra central y Arequipa, por lo que la comparación realizada entre Ayacucho y Arequipa buscaba demostrar ejemplificar las diferencias de patriotismo que existían en ambos lugares. Desde los inicios de la guerra que el pierolismo creó instancias y espacios de inclusión con campesinos e indígenas como estrategia para crear focos de resistencia en la sierra peruana; por lo mismo, la situación de Arequipa contrasta con las movilizaciones de la sierra que intentaban instalar un proyecto de nación desde las provincias y núcleos regionales, idealmente liderados por Piérola. De hecho, las negociaciones entre Arequipa y Chile quedaron en la memoria popular peruana como la “leyenda negra”, es decir, como memorias de rendición ante Chile, sin intentos de lucha80.

Los distintos espacios de negociación y pactos poscoloniales durante la Guerra del Salitre demuestran que estos no tuvieron un efecto único a nivel nacional, sino que hubo variables a nivel regional que permite apreciar diferencias según la zona geográfica. Mientras que fue más efectivo en la sierra central con las negociaciones entre campesinos e indígenas, existieron más dificultades en la costa peruana, posiblemente por una mayor diversidad etnoracial, mientras que la sierra es mayormente indígena. En la costa y el sur de Perú existió mayor autonomía política y económica de las comunidades indígenas y campesinas, debido a las tensiones existentes con grupos chinos y afrodescendientes, a diferencia de la sierra central, donde grupos indígenas y campesinos dependían más de los terratenientes y las elites locales, lo que facilitó la creación de pactos entre distintos grupos sociales81. Esto explica por qué las elites arequipeñas estaban más dispuestas a negociar con los altos mandos y el ejército enemigo, implicando incluso la represión de los focos de resistencia de su propia región.

Reflexiones finales

Las relaciones entre las elites, autoridades, ejércitos y grupos subalternos reflejaron la forma en la que la guerra fue también un espacio de negociación y reformulación de pactos poscoloniales, como una forma de resolver el conflicto a partir de la inclusión de distintos grupos etnoraciales. En varios casos, dichas negociaciones fueron una oportunidad para luchar por una mayor autonomía y derecho a las tierras -como fue el caso de las comunidades serranas-, o de negociar libertad y paz en el país -como el caso comunidades chinas y afrodescendientes en Arequipa-. Estas distintas experiencias demostraron que, junto con construir sus propias comunidades nacionales, también intentaron crear acuerdos y negociaciones, tanto con peruanos como con chilenos, con la finalidad de escapar de la miseria poscolonial existente en el Perú. La ocupación militar de Lima forzó a las autoridades chilenas y peruanas a incluir a los grupos subalternos frente a la necesidad de buscar nuevos aliados -ya no sólo bastaba la validación de la opinión pública. Esto implicaba negociar con grupos que, por las caracterizaciones geográficas e históricas del país, coincidieron con ser comunidades vivían bajo la sombra de la pobreza y la esclavitud.

Este artículo ofrece nuevas miradas sobre los nacionalismos populares durante la Guerra del Salitre. Si bien se trata una discusión que se llevó a cabo en la década de los ochenta, particularmente al interior de los estudios poscoloniales y subalternos, en ella quedan aún aristas por explorar, particularmente si pensamos en la posibilidad de una historia transnacional y comparada entre Chile y Perú. El estallido de las hostilidades y conflictos entre los distintos grupos etnoraciales involucrados en la guerra explican también la reformulación de las jerarquías poscoloniales a partir de la Guerra del Salitre, principalmente si pensamos en el rol que tuvieron los nacionalismos populares en la configuración de las relaciones de poder entre grupos subalternos y las elites nacionales y locales. En muchos casos, la agresividad y violencia desde estos nacionalismos fueron incomprendidos por las autoridades chilenas y peruanas, demonizando estas acciones por medio de los discursos oficiales de la época, con la finalidad de resaltar el posible fracaso del proyecto republicano peruano si es que no resolvía dichos conflictos. En el caso chileno, las alianzas entre comunidades serranas y costeñas con los ejércitos locales, eran categorizados como prácticas demagógicas, caudillistas y poco civilizadas, mientras que en Perú, si bien también hubo grupos que cuestionaron dichas alianzas, también hubo líderes que validaron el uso de las relaciones históricas y coloniales con los grupos indígenas-campesinos, los cuales desde la independencia peruana que estaban movilizándose por medio montoneras y guerrillas en distintas zonas geográficas del país82, prácticas que tomaron fuerza durante la guerra con Chile.

A partir de estas líneas de análisis, concluimos que las una perspectiva comparada y transnacional ofrece nuevas reflexiones y redefiniciones para los conceptos de poscolonialidad y nacionalismo, ya que estamos frente a dos perspectivas distintas sobre la Guerra del Salitre: los relatos peruanos versus los relatos chilenos. Particularmente desde la Ocupación de Lima, se trata de un contexto complejo tanto para Chile como Perú, en donde los intentos por finalizar la guerra se transformaron en un objetivo para las elites y autoridades nacionales, mientras que, desde las provincias, las posibilidades de levantar proyectos nacionales alternativos tomaron fuerza tras las resistencias que hubo contra el ejército chileno. Aún queda por trabajar mejor algunos ejes que siguen siendo relevantes para repensar la Guerra del Salitre, por ejemplo, las trayectorias de las comunidades chinas durante y con posterioridad a la guerra, o el rol de las mujeres dentro de los mismos nacionalismos campesinos de la sierra y la costa peruana. La complejidad del periodo del enfrentamiento entre Chile y Perú hace que, para la mirada de la historia, todavía queden muchos nudos por desatar, lo cual sitúa a ambos países en el mismo escenario: la construcción de sus estados nacionales y el rol de los grupos subalternos en ello.

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1Carmen Mc Evoy, “Chile en el Perú: guerra y construcción estatal en Sudamérica, 1881-1884”, Revista de Indias lxvi, no. 236 (2006).

2Margarita Guerra, Ocupación de Lima 1881-1883. Aspectos económicos (Lima: Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 1996), 24.

3El Comercio, “El jefe poder ejecutivo de la república del Perú”, 1 de diciembre de 1881.

4Ibídem.

5Ibídem.

6Con “grupos subalternos” hacemos referencia a grupos que fueron marginados de los proyectos nacionales, ya sea por su raza, clase, etnicidad y/o género, entre otros. Para efectos de este artículo, hacemos referencia específicamente a comunidades indígenas, campesinas, chinas y afrodescendientes, ya que fueron los principales grupos excluidos dentro de los procesos de construcción de estado en Chile y Perú. Respeto a la subalternidad como definición, ver Dipesh Chakrabarty, “Historia de las minorías, pasados subalternos”, en Raúl Rodríguez comp., La (re)vuelta de los estudios subalternos. Una cartografía a (des)tiempo (Antofagasta: Ocho Libros editorial / Universidad Católica del Norte, 2011), 195.

7Se puede revisar los casos de Perú y Brasil, en donde existen diversas investigaciones sobre economía colonial, esclavitud y jerarquías raciales y étnicas durante los tiempos coloniales. Ver Steve Stern, Los pueblos indígenas del Perú y el desafío de la conquista española. Huamanga hasta 1640 (Madrid: Alianza editorial, 1986); también Stuart B. Schwartz, Sugar Plantations in the Formation of Brazilian Society. Bahia, 1550-1835 (Nueva York: Cambridge University Press, 1985).

8Aníbal Quijano, “Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina”, en La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas, Edgardo Lander comp., 122-151 (Buenos Aires: Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales CLACSO, 2000); “Colonialidad del poder y clasificación social”, en El giro decolonial: reflexiones para una diversidad epistémica más allá del capitalismo global, Santiago Castro-Gómez y Ramón Grosfoguel comps., 93-126 (Bogotá: Siglo del Hombre Editores / Universidad Central, Instituto de Estudios Sociales Contemporáneos / Pontificia Universidad Javeriana, Instituto Pensar, 2007).

9Tal como señala Peter Wade, durante el siglo xix y particularmente en el contexto del auge de las ciencias, las identidades raciales (vinculadas con el aspecto físico) y étnicas (vinculadas con aspectos culturales y lingüísticos) no tenían diferencias, por el contrario, ambas formaban parte de la idea de “raza”. Ver Peter Wade, Raza y etnicidad en Latinoamérica (Quito: Ediciones Abya-Yala, 2000), 27.

10Ann L. Stoler, Race and Education of Desire. Foucault’s History of Sexuality and the Colonial Order of Things (Durham: Duke University Press, 1995); Anne McClintock, Imperial Leather. Race, Gender and Sexuality in the Colonial Conquest (Londres: Routledge, 1995).

11José Carlos Mariátegui, Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (Lima: Biblioteca Amauta, 1992), 40.

12Rita Segato, “Identidades políticas/ alteridades históricas: una crítica a las certezas del pluralismo global”, Runa 23, no. 1 (2002): 249.

13Claudia Briones, “Formaciones de alteridad: contextos globales, procesos nacionales y provinciales”, en Cartografías argentinas: políticas indígenas y formaciones provinciales de alteridad, Claudia Briones comp., 11-43 (Buenos Aires: Editorial Antropofagia, 2005), 17.

14María José Vega, Imperios de papel. Introducción a la crítica poscolonial (Barcelona: Editorial Crítica, 2003).

15Florencia Mallon, Campesino y nación: la construcción de México y Perú poscoloniales (Ciudad de México: Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social / El Colegio de San Luis / El Colegio de Michoacán, 2003), especialmente 77-108.

16Para profundizar en el debate sobre nacionalismos campesinos, ver Partha Chatterjee, “Nación y sus campesinos”, en Debates post coloniales: una introducción a los estudios de la subalternidad, Silvia Rivera Cusicanqui y Rossana Barragán comps., 158-172 (Las Paz: Editorial Historias / Ediciones Aruwiyiri / SEPHIS, 1997); Dipesh Chakrabarty, “La historia subalterna como pensamiento político”, en Estudios Postcoloniales. Ensayos fundamentales, Stuart Hall et.al., 145-165 (Madrid: Editorial Traficante de sueños, 2008).

17Este debate, particularmente entre Mallon y Bonilla, se inició en el texto compilatorio de Steve Stern, quien reunió una serie de textos sobre el rol de las resistencias y rebeliones campesinas en los Andes. Ver Steve Stern, “New Approaches to the Study of Peasant Rebellion and Consciousness: Implications of the Andean Experience”, en Resistance, Rebellion and Consciousness in the Andean Peasant World, 18th to 20th Centuries, Steve Stern comp. (Madison, University of Wisconsin Press, 1987), 16.

18Heraclio Bonilla, “The War of the Pacific and the National and Colonial Problem in Peru”, Past & Present 81 (1978): 92-118; “The Indian Peasantry and ‘Peru’ during the War with Chile”, en Stern, Resistance, Rebellion and Consciousness, 213-31.

19Además de Mallon, Campesino y nación, ver también The Defense of Community in Peru’s Central Highlands. Peasant Struggle and Capitalist Transition, 1860-1940 (Princeton: Princeton University Press, 1983). También Nelson Manrique, Yawar mayu. Sociedades terratenientes serranas: 1879-1910 (Lima: Centro de estudios y promoción del desarrollo DESCO, 1988); Campesinado y nación: las guerrillas indígenas en la guerra con Chile (Lima: Centro de Investigación y Capacitación, 1981).

20Ulrich Mucke, “La historiografía sobre el Perú decimonónico: Debates principales y publicaciones recientes”, Reseñas iberoamericanas. Literatura, sociedades, historia 6, no. 3 (1999).

21Stern, Los pueblos indígenas del Perú.

22Pablo Marimán et. al., ¡…Escucha, winka…! Cuatro ensayos de Historia Nacional Mapuche y un epílogo sobre el futuro (Santiago: Lom ediciones, 2006), 219.

23William F. Sater, Andean Tragedy. Fighting the War of the Pacific, 1879-1884 (Lincoln: University of Nebraska Press, 2007), 314-317.

24Jorge Basadre, Historia de la República del Perú. Vol. 9 (Lima, Edición El Comercio, 2014), 210.

25Hugo Pereyra, “Una aproximación política, social y cultural a la figura de Andrés A. Cáceres entre 1882 y 1883”. Tesis para optar al grado académico de magíster en historia. Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, 2014, 58-62.

26Raimundo del R. Valenzuela, La batalla de Huamachuco (Santiago: Imprenta Gutenberg, 1885), 10.

27Respecto a la “guerra civilizada” que se representaba en la prensa chilena, ver Carmen Mc Evoy, Guerreros civilizadores: política, sociedad y cultura en Chile durante la Guerra del Pacífico (Santiago: Ediciones Universidad Diego Portales, 2011).

28Juan P. Salazar, “Memorias sobre la Resistencia de la Breña del Teniente Coronel Ambrosio Salazar y Marquéz”, Huancayo, 1918. Disponible en la Biblioteca Nacional del Perú, Lima.

29Eduardo Mendoza, Historia de la Campaña de la Breña (Lima: Editora Ital Perú, 1983), 258. Las cursivas son mías.

30Nelson Pereyra, “Los campesinos de Ayacucho y la Guerra del Pacífico: reflexiones desde (y sobre) la teoría de los estudios subalternos”, Diálogo Andino 48 (2015): 39.

31Respecto a las “comunidades de indios”, ver Mallon, Campesino y nación, 363.

32José Bengoa, Historia del pueblo mapuche: siglo xix y xx (Santiago: Ediciones Sur, 1987), 262.

33Ibídem.

34Jeffrey L. Klaiber, “Los ‘cholos’ y los ‘rotos’: actitudes raciales durante la Guerra del Pacífico”, Histórica 2, no. 1 (1978): 27-28.

35Tras la derrota de la resistencia mapuche en 1883 y el sometimiento de la Araucanía a las leyes del estado chileno, se intentó difundir sentimientos nacionalistas y patrióticos por medio de la prensa, dando a conocer la situación del conflicto con Perú y Bolivia. A pesar de que el pueblo mapuche fue visto como enemigos de la nación chilena, contrariamente, también fueron vistos como parte y participante de la Guerra del Salitre, por lo que se difundían discursos nacionalistas de la guerra con Perú en la Araucanía. Ver Joanna Crow, “Embattled Identities in Postcolonial Chile. Race, Region, and Nation during the War of the Pacific, 1879-1884”, en Military Struggle and Identity Formation in Latin America. Race, Nation and Community During the Liberal Period, Nicola Foote y René Harder eds. (Gainesville: University Press of Florida, 2010).

36Un interesante análisis comparativo entre Chile, Perú, México y Argentina, se refleja en el análisis de Florencia Mallon, quien analiza el impacto del liberalismo mexicano en los pueblos indígenas y las reacciones que generó desde estos sujetos, las resistencias indígenas que surgen en Perú tras la Guerra del Salitre, además de los procesos de expansión hacia territorios indígenas por parte de Chile y Argentina por medio de la Ocupación de la Araucanía y la Conquista del Desierto, respectivamente, hacia finales del siglo xix. Florencia Mallon, “Indigenous Peoples and Nation-States in Spanish America, 1780-2000”, en The Oxford Handbook of Latin American History, José C. Moya comp. (Nueva York: Oxford University Press, 2011).

37Mc Evoy, Guerreros civilizadores, 345.

38Ibídem.

39La prensa de ocupación consistió en los periódicos editados por chilenos y publicados en Lima, los cuales presentaban la versión chilena sobre los acontecimientos de la guerra. Ver Alberto Varillas, "Diarios, revista(s) y la ocupación de Lima", Revista de la Universidad Católica 6 (1979): 112-115.

40La Situación, “Chile i el Perú”, Lima, 2 de agosto de 1881; “Los leones bravos y los leones domesticados del Perú”, Ibíd.

41El Veintiuno de mayo, “Qué piensa Chile”, Iquique, 15 de febrero de 1881; “Qué piensa el Perú”, Iquique, 10 de febrero de 1881; Diario Oficial, “Atrocidades cometidas por los montoneros”, Lima, 22 de julio de 1882.

42Mallon, Campesino y nación, 385-386.

43Mendoza, Historia de la Campaña de la Breña, 270.

44Ibíd., 284.

45Este mismo discurso civilizatorio se aplicó en el caso de la Ocupación de la Araucanía, como una forma de legitimar la presencia del ejército chileno en los territorios dominados por medio de los diversos imaginarios nacionales, geográficos y raciales. Gabriel Cid, “De la Araucanía a Lima: los usos del concepto ‘civilización’ en la expansión territorial del Estado chileno, 1855-1883”, Estudios Ibero-Americanos 38, no. 2 (2012): 265-283; Consuelo Figueroa, “Trazos e imágenes de la nación chilena. El Norte Grande y la Frontera Sur, 1880- 1930”, en Chile y América Latina. Democracias, ciudadanías y narrativas históricas, Consuelo Figueroa ed. (Santiago: RIL Editores, 2013), 39-76.

46La Situación, “Lo que al Perú se le espera”, Lima, 22 de junio de 1881.

47Mallon, Campesino y nación, 390.

48Basadre, Historia de la República del Perú, 288.

49Tal como señalamos anteriormente, para Florencia Mallon y Nelson Manrique, fueron los terratenientes y las elites criollas quienes iniciaron el conflicto contra grupos indígenas y campesinos que participaron en la Guerra del Pacífico. Dicho conflicto se inició tras acciones violentas y represivas contra estos grupos para reestablecer el control en la zona.

50Mallon, Campesino y nación, 393.

51Hugo Pereyra, “El nacionalismo campesino a fines de la guerra con Chile: una revisión historiográfica de la ejecución del guerrillero Tomás Laymes”, Histórica 18 (2004): 171-172.

52Manrique, Yawar mayu, 46-47.

53Mark Thurner, “‘Republicanos’ and ‘La comunidad de Peruanos’: Unimagined Political Communities in Postcolonial Andean Peru”, Journal of Latin American Studies 27, no. 2 (1995).

54Maribel Arralucea y Jesús Cosamalón, La presencia afrodescendiente en el Perú. Siglos xvi-xix (Lima: Ministerio de Cultura, 2015), 21.

55Herbert S. Klein, El tráfico atlántico de esclavos (Lima: Instituto de Estudios Peruanos, 2010), 50.

56Heraclio Bonilla, Guano y burguesía en el Perú (Lima: Instituto de Estudios Peruanos, 1984), 143.

57Arralucea y Cosamalón, La presencia afrodescendiente en el Perú, 124.

58Schwartz, Sugar Plantations, 3-27.

59Estos episodios están relatados en la prensa de ocupación de Lima, expresando su preocupación por los levantamientos negros en la costa peruana. La Situación, “La ocupación de Cañete”, Lima, 17 de junio de 1881; El Comercio, “Los sucesos de Cerro Azul. Horrorosas escenas de canibalismo”, Callao, 9 de diciembre de 1881.

60Para una reflexión sobre las resistencias desde los grupos dominados, revisar: James C. Scott, Los dominados y el arte de la resistencia. Discursos ocultos (Ciudad de México.: Ediciones Era, 2000), 60.

61El Comercio, “Los sucesos de Cerro Azul”.

62La idea de “terror negro” fue trabajada por la historiadora Ada Ferrer, quien analizó el contexto de miedo y terror que generó la Revolución Haitiana (1791-1804) en las elites cubanas. Ver Ada Ferrer, “Noticias de Haití en Cuba”, Revista de Indias lxiii, no. 229 (2003): 675-694.

63Vincent C. Peloso, “Racial Conflict and Identity Crisis in Wartime Peru: Revisiting the Cañete Massacre of 1881”, en Foote y Harder, Military Struggle and Identity Formation in Latin America.

64El Comercio, Ibíd.

65Nelson Manrique, Colonialismo y pobreza campesina. Caylloma y el Valle de Colca siglos xvi-xx (Lima: Centro de estudios y promoción del desarrollo DESCO, 1985).

66El Comercio, “Los chinos en el Peru”, Callao, 28 de diciembre de 1881.

67Jorge Inostroza, Adiós al séptimo de línea (Santiago: Editorial Zig-Zag, 2011).

68Heidi Tinsman, “Rebel Coolies, Citizen Warriors, and Sworn Brothers: The Chinese Loyalti Oath and Alliance with Chile in the War of the Pacific”, Hispanic American Historical Review 98, no. 3 (2018): 444-447.

69En una carta escrita a un coronel chileno, Lynch dice que “a mi división le sigue una falange de mas de mil chinos, que no puedo dedicarme a cuidar i que son los que podrían saquear a algún lugar a mi pasada”. Boletín de la Guerra del Pacífico: 1879-1881 (Santiago: Editorial Andrés Bello, 1979), 862.

70Justo Abel Rosales, Mi campaña al Perú, 1879-1881 (Concepción: Universidad de Concepción, 1984), 211.

71“Arequipa se revela contra del Presidente Nicolás de Piérola”, 9 de octubre de 1881, manuscrito disponible en la Biblioteca Nacional de Chile; El Comercio, “Los vencedores no reconocen más gobierno que el de ellos mismos”, Lima, 5 de diciembre de 1881.

72“Arequipa se revela contra del Presidente Nicolás de Piérola”

73Carlos María Muñiz, Historia del patriotismo, valor y heroísmo de la nación peruana en la Guerra con Chile. Segunda parte: campaña terrestre (Arequipa: Casa Editora Tipografía Muñiz, 1909), 441-442.

74Eusebio Quiroz, “Un episodio de la resistencia ante la ocupación chilena de Arequipa: los sucesos de Yaramba y Quequeña en noviembre de 1883”, Historia 3 (1988): 151-154.

75En una entrevista realizada al diario estadounidense New York Herald, Patricio Lynch reconoció ayudar económica y armamentísticamente a Miguel Iglesias para reprimir los focos guerrilleros en Arequipa. El New-York ‘Herald’ y la Guerra del Pacífico. Publicaciones hechas en el diario ‘La Nación’ de Guayaquil, años de 1883 y 84 (Guayaquil: Imprenta de La Nación, 1884), 9-10.

76Pascual Ahumada, Guerra del Pacífico: documentos oficiales y demás publicaciones sujetas a la guerra, que ha dado a la luz la prensa de Chile, Perú y Bolivia. Tomo viii (Santiago: Editorial Andrés Bello, 1982), 387.

77Ricardo Palma, Cartas a Piérola: sobre la ocupación chilena de Lima (Lima: Editorial Milla Batres, 1979), 79.

78Ibídem.

79Ibídem.

80La República, “Arequipa y la leyenda ‘negra’ durante la guerra con Chile”, Lima, 26 de enero del 2014.

81Florencia Mallon, “Nationalist and Antistate Coalitions in the War of the Pacific: Junín and Cajamarca, 1879-1902”, en Stern, Resistance, Rebellion and Consciousness, 3-25.

82Cecilia Méndez, The Plebeian Republic: The Huanta Rebellion and the Making of the Peruvian State (Durham: Duke University Press, 2005), 1-29.

Recibido: 19 de Junio de 2018; Aprobado: 27 de Junio de 2018

Sobre el autor

Juan Carlos Garrido. Doctorante del programa de estudios latinoamericanos de la Universidad de Chile (Santiago, Chile). Magíster en historia de América Latina y licenciado en historia por la Universidad Diego Portales, Chile. Becario del programa CONICYT. Sus líneas de investigación se centran en estudios de memoria, teoría queer y construcción de estados nacionales en Chile y Perú. Entre sus publicaciones más recientes se cuentan “Antitrans State Terrorism: Trans and Travesti Women, Human Rights, and Recent History in Chile” (en coautoría con Hillary Hiner y Brigette Walters), TSQ Transgender Studies Quarterly 6, no. 2 (2019), e “Identidades en transición: Prensa, activismo y disidencia sexual en Chile, 1990-2010” (en coautoría con Claudio Barrientos), Psicoperspectivas. Individuo y Sociedad 17, no. 1 (2018). Correo electrónico: carlosgarridogamboa@gmail.com

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