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Pléyade (Santiago)

versión impresa ISSN 0718-655Xversión On-line ISSN 0719-3696

Pléyade (Santiago)  no.23 Santiago jun. 2019

http://dx.doi.org/10.4067/S0719-36962019000100213 

Reseña

José Pantoja Reyes. La colonización del pasado. El imaginario occidental en las crónicas de Alvarado Tezozómoc.

Alejandro Viveros Espinosa* 

*universidad de chilechile

José Pantoja Reyes. La colonización del pasado. El imaginario occidental en las crónicas de Alvarado Tezozómoc. Ciudad de México: Editorial Colofón, 2018. 315 pp, ISBN: 9786078563098.

Esta investigación busca posicionar una perspectiva crítica que problematiza la construcción del imaginario occidental presente en las crónicas de Hernando (o Fernando) Alvarado Tezozómoc, a saber, la Crónica Mexicana (1598) y la Crónica Mexicáyotl (1608). Brevemente, Alvarado Tezozómoc fue un cronista indígena, perteneciente a la élite mexica postconquista. Ambas obras, una escrita en castellano y otra en náhuatl, son parte de una extendida discusión académica desde la cual José Pantoja examina el sentido y las motivaciones de su proyecto histórico-literario.El cuerpo del libro consta de un prólogo y cuatro capítulos que abordan temáticas concatenadas. El prólogo escrito por Guy Rozat y titulado “Verdad histórica y verdades morales” expone sus reflexiones sobre las crónicas de la conquista, indígenas y europeas. Las propuestas de Rozat funcionan como la plataforma teórica e historiográfica desde la cual Pantoja articula sus propias ideas. El autor asume esto abierta y reiteradamente.

El primer capítulo aborda asuntos teóricos. Esto conduce a una revisión bibliográfica en la cual resuenan autores tales como Benjamin, Bloch, Baudrillard, Hartog, Barthes, entre otros. La crítica se articula, siguiendo los parámetros establecidos por Rozat, sobre la construcción nacional mexicana y su interpretación del pasado prehispánico como “fuente” de su identidad cultural. Aquí el proyecto de Miguel León Portilla canalizado en la “visión de los vencidos”, esto es, en una lectura laudatoria de lo indígena como origen prístino, y de Alfredo López Austin y su noción de “núcleo duro”, es decir, la atribución de un carácter arcaico y permanente a algunos elementos culturales, son expuestos como ejemplos de un ejercicio ideológico y en ningún caso como productos de una investigación histórica. Pantoja sostiene grosso modo que la necesidad de “llenar los vacíos” producto de las “inconsistencias y contrasentidos”, conduce, en ambos casos, a reutilizar la figura del indio como parte de un relato histórico adaptado y tergiversado, funcional más a un “indio imaginario” que a un “indio real”, donde la alteridad del indio se diluye en la invención “esencialista” que se ha hecho del mismo. El autor busca “el develamiento del mecanismo a través del cual la mirada del conquistador fue convertida en la ‘visión de los vencidos’” (p. 53). Esto implica asumir que “las crónicas indias de la segunda mitad del siglo xvi y principios del xvii fueron creadas en función del proyecto colonial del América y fueron un medio discursivo (por lo tanto legal, político y social) a través del cual los cronistas participaron activamente en la construcción de instituciones, en la creación de un nuevo tejido social que respondiera a las necesidades de los colonizadores y en la formulación de una nueva politicidad que tuviera como centro el vasallaje en torno a la Corona” (p. 53).

El segundo capítulo refiere a la obra de Tezozómoc. Este apartado contiene una descripción del proceso de construcción de sus dos Crónicas. En este sentido, se deconstruye las versiones existentes de ambos relatos, desplegando un gesto genealógico que permite distinguir cómo han sido ordenadas y reordenadas conforme a criterios e intereses disímiles, con intervenciones directas y manipulaciones varias. En su análisis el autor distingue el proceso de escritura de las crónicas y, principalmente, sus “fuentes”, entre las cuales destaca la tradición y la memoria oral, los modelos cristianos y los códices geneaológicos. El objetivo es posicionar a las crónicas como un recurso retórico y jurídico construido por las élites indígenas y anclado en una verdad teológica. Indica Pantoja: “Las crónicas Mexicáyotl y Mexicana, por tanto, no sólo nos muestran el lugar dominante de la cosmovisión cristiana entre los nuevos ‘letrados y principales indios’ sino que permiten ver el lugar que deseaban ocupar en el mundo cristiano” (p. 124). E insiste en que “los testimonios jurídicos son también argumentos teológicos en el ámbito de una validación discursiva que tiene que seguir una epistemología cristiana que relaciona la fe y la verdad” (p. 125). El objetivo de este capítulo es, entonces, asumir la intencionalidad de las crónicas indígenas y, a la vez, sugerir la necesidad de reinterpretar las crónicas novohispanas a través de una “labor hermenéutico-exegética que nos permita encontrar las conexiones profundas entre los textos y el contexto cultural en el que se producen” y como una: “labor fenomenológica que pueda dar cuenta del significado de figuras, símbolos, palabras” (p. 140) que rompa con la “visión del vencido” y con el “núcleo duro”, y que logre abrir nuevas perspectivas de investigación.

El tercer capítulo analiza la Crónica Mexicáyotl (siguiendo exclusivamente la traducción de Adrián León) y su relación con el imaginario cristiano, focalizado en el relato histórico-genealógico como basamento para la construcción identitaria del propio Tezozómoc y su linaje. En este capítulo se aplican los criterios que fueron establecidos anteriormente; comprender e interpretar las crónicas como un dispositivo discursivo que puede adecuar y manipular diferentes géneros histórico-literarios en la justificación de un proyecto teológico-político. En consecuencia, las genealogías y su relación con el imaginario cristiano medieval son un punto central puesto que, dice Pantoja, “la genealogía en la crónica no fue puesta sólo para reivindicar la continuidad de sangre sino para señalar que en esa continuidad se asegurara el plan divino de los mexicas y con ello se lograra la sacralización del linaje monárquico mexica” (p. 173).

Esto conduce un reposicionamiento de la noción de imperio desde el modelo carolingio como fundamento que entabla una conexión entre lo germánico y lo indígena. El autor sugiere que “la representación de los mexicas ha tomado como modelo la imagen de la gentilidad germana elaborada por la medievalidad cristiana (…) Es decir, que al hacer su relación histórico-genelógica de los mexicas ha volteado hacia Europa y ha tomado prestada la imagen especular construida para hablar de unos ‘indios europeos’ cuando fueron cristianizados” (p. 176). Esto es argumentado describiendo la imbricación entre la crónica medieval y la saga nórdica. Asunto complicado que se resuelve a través de ejemplos y analogías que explicitan los traspasos de estilos y contenidos en cuanto que procesos ya acontecidos en la evangelización del norte de Europa. Destaca el autor: “el modelo medieval de los ‘nuevos pueblos gentiles’ pertenece al siglo viii, en el contexto de la fundación del Sacro Imperio y la dinastía carolingia” (p. 184). En este sentido, se releva el lugar de las lenguas vernáculas, precisamente porque remiten al proceso de creación y sustitución de la tradición oral por la escritura alfabética. Sostiene que habría una similitud en la adaptación y creación lingüística hecha por figuras como Andrés de Olmos con el náhuatl y el obispo Wulfila con el bávaro. Bajo este contexto, el autor propone rastrear cómo aquellas tradiciones escriturales medievales estuvieron en conocimiento de Tezozómoc, identificando cómo se constituye el traspaso de conocimiento desde la tradición medieval cristiana hacia la Crónica Mexicáyotl. Para ello recurre al linaje, los matrimonios y la herencia como los “puentes materiales” que permiten afirmar la relación entre “prácticas de traducción lingüística y los imaginarios cristianos sobre el pasado gentil germánico y las relaciones histórico-genealógicas de los ‘gentiles mexicas’” (p. 190). Pantoja establece dos “fuentes” que explican esta vinculación: la Relación de la Genealogía y Linaje de los Señores que han Señoreado Esta Tierra de Nueva España (1532) y la Crónica Mexicáyotl.

Por una parte, la Relación, encargada a los franciscanos por Juan Cano, esposo de Isabel Moctezuma, hija del tristemente célebre huey tlatoani Moctezuma Xocoyotzin, busca “probar la nobleza ‘gentil’ o ancestral de su esposa” (p. 191). La Relacíón, siendo la primera producción histórico-genealógica, propone y define temas y conceptos, ulteriormente, constituye la obra modelo de las “crónicas” que vendrán en adelante. El autor sostiene que el pasado prehispánico representado en la Relación es “una imagen cristiana de su propio pasado; es decir, no un pasado histórico sino uno escatológico. Es en ese sentido que pueden reunirse caracteres gentiles de distintos ‘pueblos’ y de distintos espacios y tiempos; lo importante no es la reconstrucción histórica sino la definición ontológica de estos gentiles” (p. 196). Desde una comprensión escatológica los indios o “naturales” son inocentes, destinados a recibir la verdad revelada, pero que han sido engañados por el demonio. Su historia es la de un proto-cristianismo indiano. En consecuencia, esta relación histórico-genealógica, que es creación de los franciscanos, otorga validez a los orígenes y la organización política indígena conforme a patrones cristiano-medievales.

Por otra parte, la Crónica Mexicáyotl pone en práctica la versión indígena de esta creación franciscana. Como cristiano el horizonte político-cultural de Tezozómoc es el relato de su pueblo, de los orígenes, y del mandato divino, que viene desde Aztlán junto con el engaño de Huitzilopochtli, que pasa por la fundación de México-Tenochtitlan y que se consuma con la Conquista y la llegada del cristianismo. Señala Pantoja al respecto: “Los ecos de la crónica evangelizadora suenan fuerte aquí; al transformar el pasado indígena en pasado gentil precristiano, toda la labor evangelizadora se justifica” (p. 211). Un elemento central en esta construcción es el carácter profético del discurso en Tezozómoc. El autor aclara que “con la introducción del tema del pueblo elegido se fortaleció el argumento del precristianismo y se les otrogó a los indígenas un papel importante en la historia cristiana (en la historia de la salvación). Los cronistas indios aprovecharon bien este argumento y lo incorporaron en su reconstrucción del pasado gentil indio” (p. 221). Adoptando el modelo bíblico, la Crónica Mexicáyotl define a los mexicas como el “pueblo elegido” principalmente a través de su “llegada al Valle de México, sus linajes y su carácter civilizado” (p. 223). Destacamos este último elemento que se caracteriza por la migración y la transformación de los mexicas de bárbaros a civilizados, siguiendo la continuidad en el paso de un pueblo nómade a uno sedentario. En este punto se citan diferentes parágrafos de la Crónica Mexicáyotl (que no son analizados en lengua náhuatl) en los cuales es posible reconocer los elementos salvíficos y proféticos de su narración junto con el lugar ambiguo de Huitzilopochtli, quien “les enseña nuevos aspectos de la vida civilizada; construye presas, les permite sembrar, recoger los frutos del agua” (pp. 267-68). Entonces, lo civilizatorio se entrelaza con lo profético. El sentido de la narración de Tezozómoc justifica la evangelización como un proceso civilizatorio inexorable que construye o inventa, bajo un relato “imaginado”, occidentalizado, la historicidad de los mexicas como “pueblo elegido”.

El cuarto capítulo es un “epílogo” donde el autor cierra sus propuestas reforzando su hipótesis: “la presentación o edición moderna de las crónicas del siglo xvi conocidas comúnmente como ‘indias’ es resultado de una larga historia de intervenciones (más allá de que la crónica pudo haber sido escrita por varios cronistas de la misma época): las crónicas fueron ‘intervenidas’ o ‘tratadas’ por religiosos, coleccionistas e ‘historiadores’ hasta el siglo xviii. Este proceso de construcción social y cultural no representa en sí mismo una violación’ a la originalidad o autenticidad de la obra; por el contrario, le es consustancial a las obras de esta naturaleza” (p. 271). No obstante, las “operaciones de edición” ya en los siglos xix y xx significaron el traslado de su campo semántico, alterando el sentido de estas obras, convirtiéndolas en la “historia del pasado indígena prehispánico” o en las “fuentes para la historia prehispánica” (p. 271). Este es el principal aporte de esta investigación en el complejo escenario intelectual que se configura en oposición a la interpretación de las crónicas indígenas desde las corrientes historiográficas esencialistas y las lecturas subalternistas y decoloniales. El objetivo del libro no evoca otro interés más que “repensar la Conquista” como un problema contemporáneo a fin de refutar el argumento nacionalista de la construcción historiográfica mexicana.

Finalmente, es menester remarcar que el ejercicio de repensar la Conquista es per se útil y valioso, puesto que es expandible y porque tensiona elementos teórico-metodológicos que son canónicos para los estudios mesoamericanos y la historiografía indígena mexicana. Por ello, es necesario reconocer que el desafío para afianzar y consolidar esta aproximación crítica frente a la historiografía esencialista estriba en profundizar en la labor “hermenéutico-exegética” y “fenomenológica” a través de un acercamiento comparativo a los procesos acontecidos en otras latitudes latinoamericanas, esto es, en las crónicas indígenas de otras áreas de Mesoamérica, de Centroamérica, del área andina y amazónica, o bien de zonas intermedias y fronterizas.

Financiamiento

Resultado del proyecto CONICYT-FONDECYT de Iniciación Nº 11160012, “Convivencia interétnica y traducción cultural. Aproximaciones al contenido filosófico político de las crónicas de indios en el mundo cultural novohispano (1576-1650)”.

Alejandro Viveros Espinosa. Doctor en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Chile (Santiago, Chile). Correo electrónico: aviveros@u.uchile.cl.

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