SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
 número24Latinoamericanismo de la descomposición: una lectura de su crítica y de su crisisAna Cristina Benavides González índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Revista

Articulo

Indicadores

Links relacionados

  • En proceso de indezaciónCitado por Google
  • No hay articulos similaresSimilares en SciELO
  • En proceso de indezaciónSimilares en Google

Compartir


Pléyade (Santiago)

versión impresa ISSN 0718-655Xversión On-line ISSN 0719-3696

Pléyade (Santiago)  no.24 Santiago dic. 2019

http://dx.doi.org/10.4067/S0719-36962019000200215 

Entrevista

Ana Pizarro: La reina del Amazonas

Ana Pizarro: the Amazon’s Queen

Ana Pizarro* 

José Leandro Urbina** 

*Universidad de Santiagochile

**Escritorchile

Resumen:

Esta es la primera parte de una entrevista que hice a la profesora Ana Pizarro. Está fechada en 15 de octubre de este año. El 17 de octubre, Ana Pizarro partió de vuelta a Brasil, a la Amazonía, el 18 comenzó el estallido social más grande que haya visto Chile en los últimos 30 años. En este tipo de entrevista, en el que presentamos la trayectoria de la persona entrevistada, con la excepción de la pregunta inicial, eliminamos las preguntas del entrevistador para dar más continuidad a lo que se cuenta y dejarle el escenario a quien es el personaje de nuestro interés.

José L. Urbina: Profesora Pizarro, ¿podrías contarnos de donde viene tu relación con la literatura y la cultura latinoamericana y cómo se fue vinculando a la compleja vida social de nuestro continente?

Ana Pizarro: Yo estudie literatura en la Universidad de Concepción, en parte, porque quería entender el mundo. Hice dos carreras al mismo tiempo, pedagogía en español y en francés. Eso me dio una formación más o menos vasta. Luego me fui a Francia con una beca que me dieron para estudiar francés, pero yo ya sabía francés porque había estudiado en colegio francés. Cuando estuve allá me preguntaba qué podía hacer, porque no quería ponerme a estudiar de nuevo el idioma. Fue cuando me di cuenta de que allá los estudiantes del área de literatura hacían doctorados; en ese tiempo nadie tenía doctorados aquí en Chile, ni había programas de magister. Te estoy hablando del año ‘62 o ‘63. Entonces pensé: “voy a hacer un doctorado”, y por qué: “porque a mi papá le va a gustar tener una hija con doctorado hecho en Francia. Doctora en letras de la Universidad de Paris, le va a sonar bien para conversar con sus amigos en el club. Claro, yo pensaba todavía como una niñita de clase media acomodada. Sin embargo, ya hacia el final de la carrera en Concepción comenzó a cambiar un poco mi perspectiva. Estudié con Galo Gómez, que era un profesor de educación, pero que además era dirigente del partido socialista de la región, un tipo muy sensacional. Él me invitó a algunas reuniones con los socialistas y fue el momento en que me empecé a dar cuenta que existían otros mundos.

Cuando llegué a Francia, descubrí que mis estudios de literatura eran muy filológicos. Estoy hablando de principios de los años sesenta, en los que predominaban los enfoques de la filología alemana, entre otros. En Francia me di cuenta que mi percepción de la literatura no me satisfacía, no me ayudaba a entender el mundo como yo lo quería entender. Entonces, cuando comencé mi doctorado trabajando sobre Huidobro, me fui a tomar los cursos del crítico marxista Lucien Goldmann. Ahí empecé a ver lo literario en una perspectiva más amplia, más producto de la sociedad. Además, nos hacía clases su asistente de la época Jacques Leenhart, que después llegó a ser el intelectual que es, y que nos enseñaba cosas preciosas como El alma y las formas, del primer Lukács, la Teoría de la novela, que es otra maravilla. Es así como tú empiezas a adquirir otra perspectiva y a eso súmale que allá conocí a mi primer marido y padre de mis hijos, chileno, que era uno de los del grupo que se había separado del partido socialista y comenzado el MIR con Miguel Enríquez. Ahí comencé a entrar de lleno en la cuestión más política. Mi hermana llegó a París y pasó a buscarla Miguel, con quien se casó en 1968, y ahí empecé a entrar más en la problemática chilena, en lo que estaba sucediendo en Chile.

Estando en Francia, la perspectiva de los imaginarios que uno se iba construyendo, tenía que ver, evidentemente, con todo lo que uno iba viviendo, en todo sentido. En ese contacto, empezó a quedar atrás esa niñita de provincia chilena. Claro, la marca de la pequeña-burguesía nunca me la pude sacar de encima, pero comencé a pensar las cosas de otra manera y cuando volví a Chile, primero a Concepción y después a Temuco, me puse a trabajar políticamente con el mundo mapuche.

Trabajé con un grupo de comunicaciones y fue en ese contacto cuando me maravillé con la oralidad mapuche, esto el año ‘69. En ese momento el MIR estaba organizando con ellos la toma de tierras. Yo iba y me contaban de la toma en su lenguaje: “nosotros, unidamente, como hijos de un solo padre tomamos esas tierras que no daban producción; nosotros, mapuches y huincas pobres que somos, unidamente”. Entonces yo pensaba: “esto es una nueva Araucana”, y me puse a buscar materiales, paralelamente a las cosas que hacía el movimiento político. Empecé a grabar y fui juntando esos materiales como para esa nueva Araucana que yo archivaba bajo el nombre de “estas son nuestras cosas, esta es nuestra conversación”. Los archivos incluían un montón de eventos de la actualidad, de la vida cotidiana y también de la lucha mapuche por la recuperación de tierras.

Todo esto ya me situó en otro espacio. Yo me dije, esta forma de contar es literatura, pero es otra literatura. En ese momento me llegó, no sé por qué, una invitación de Jacques Leenhardt y del grupo de Goldmann, que ya había muerto, para una reunión en París, la primera invitación a un coloquio de mi vida. Hay que considerar que yo venía saliendo de mi doctorado. Una invitación así era completamente inesperada.

Resulta que, me acuerdo de que llegué a esa reunión y era muy extraño, primero, porque no me invitaban con los gastos pagados; yo tuve que pedir dinero prestado a la universidad de Concepción y segundo, en esa época para la universidad misma era raro que invitaran a alguno de sus profesores a un coloquio en París.

Cuando llegué, me fui a la oficina de Leenhardt y le dije yo estoy invitada y dónde es la cosa; y me dice, mira, aquí abajo en la calle, a la vuelta, hay un autobús que nos va a trasladar, porque vamos a un monasterio en las afueras de París. La reunión era en Royaumont que es un monasterio magnífico, precioso. Bajé las escaleras, subí al bus y cuando subí casi me muero de impresión, porque ahí estaba Cortázar, estaba Fernández Retamar, estaba Roberto Schwarz, Rubén Barreiro, Julio Ramón Ribeyro etc. Éramos como veinticinco, pero ahí estaba esa gente que yo sólo había visto en los libros. Y yo pensaba: “qué voy a hacer aquí. Yo vengo con mis mapuche, con mis trabajos sobre los mapuche y sobre esa forma de la oralidad que yo iba a plantear que era literatura”. Pensé: “Aquí me van a mandar quizás a donde”. Pero, por otra parte, la relación que existe entre el mundo y la palabra en la cultura mapuche es muy poética y eso salió cuando me tocó hablar. Al final, después de todos los nervios, hubo un aplauso cerrado, y cuando salí de la sala estaba Cortázar esperándome para preguntarme si podía sentarse al lado mío a la hora de almorzar.

Había varios factores en el interés. Era el año ‘72 y Chile estaba de moda, sin duda, y luego, lo que yo planteaba abría un poco la noción corriente de literatura. Hay sistemas diferenciados, que fue lo que empecé a elaborar después; y estos sistemas diferenciados generan una totalidad que podemos llamar literatura, pues hay que reconocer que, en realidad, hay tipos de literaturas, o culturas que se expresan a través de sujetos diferentes, con públicos diferentes y con estéticas diferentes. Yo siempre postulo que existe un sistema ilustrado, que se visibiliza en los libros que compramos en las librerías, y un sistema popular, que es la literatura que produce una Violeta Parra aquí, la literatura de cordel en Brasil, que equivale a lo que aquí era la lira popular, que es una literatura con otra estética, con otra manera de llegar, usando del diseño, de las ilustraciones, para un público más iletrado, a un público que escucha y que no puede leer, pero puede seguir las ilustraciones; y luego las literaturas indígenas a las que hasta ese entonces nadie les daba bolilla. Ahora tendríamos que añadir un cuarto sistema, el de las culturas mediáticas. Este es otro sistema, con medios de comunicación distintos, con otro público, con otras convenciones y con otra estética.

Creo que en ese momento de reflexión me latinoamericanicé, lo irónico es que lo hice en París. Pero no es raro, Chile siempre ha tenido una mentalidad de isla y allá estuve en contacto con otros latinoamericanos que estaban escribiendo y veían América Latina en su totalidad. Además, eran los años sesenta y había triunfado la revolución cubana y la revolución cubana nos latinoamericanizó a todos, a todos los que pensábamos que había que estar con ese proceso más allá del devenir de todo. Yo creo que la revolución cubana fue una instancia muy importante para la circulación de la cultura y la latinoamericación general. Fue por primera vez que se empezó a invitar a un lugar de América Latina, a la Habana. Antes todos los congresos importantes se hacían afuera, el último había sido en Génova. En la Habana se formó esta especie de espacio público donde la gente podía dialogar, un espacio público latinoamericano e ilustrado que además incorporó al Caribe. Más allá de cualquier discusión ideológica sobre la revolución, Cuba para nosotros fue muy importante. Nos sentimos aportando a la cultura universal. Escuchábamos a los Beatles, pero también a Atahualpa Yupanqui o a Mercedes Sosa y otros. En los años sesenta se produjo una especie de globalización cultural, una ruptura de los nacionalismos y racismos añejos. A nosotros nos cayó con fuerza, desde los años cincuenta, toda la influencia cultural de Estados Unidos, a través de las cadenas de radio y luego la entrada de la televisión, pero al mismo tiempo comenzamos a rechazar este impacto. Yo me acuerdo que cuando estaba en el colegio, corría después de clases a escuchar un programa que era del Instituto Norteamericano que era un programa de música gringa de la época. Eso era lo que nosotros vivíamos, pero de repente hubo un paralé que fue la entrada de la música latinoamericana. Muchos fuimos marcados por los Charchaleros y otros grupos de la época, y no era excluyente escuchar a los Beatles y Sapo cancionero.

Mi primera experiencia, a mi vuelta a Chile y después de Huidobro, al que trabajé un poco en el contexto estructuralista, fue el involucrarme con la cultura mapuche. Mi profesor Goldman era estructuralista genético, yo no conocía a los estructuralistas checos, entonces mi estudio de Huidobro tiene que ver con mi formación filológica y con las nociones de estructura. La cultura mapuche exigía otra mirada. Pero vino el golpe y me volví a Francia.

Allá me dieron un puesto alto en la universidad, porque a partir de la reunión en que presenté mi trabajo sobre los mapuches, y que había sido un año antes, en el ‘72, cuando vino el golpe y el exilio había en Francia mucha gente preocupada por nuestra situación y dispuesta a ayudar. De hecho, Cortázar me tenía un cargo listo para que yo lo tomara, pero era en teatro y yo no tengo idea de teatro. Por otra parte, me ofrecieron un cargo en la vieja Sorbona, junto a René Étiemble, el comparatista. Llegué a un puesto de “maestro de conferencias” que era justo antes de profesor titular. Hay que imaginarse el susto mío, me preguntaba: qué hago aquí, que puedo enseñar yo que no sé nada. Además, llegaba con tres hijos de 5, 3 y 1 años, y ya me había separado. Yo dormía tres horas en la noche o casi no dormía. Llegaba de la universidad corriendo, a las cuatro había que pasar a recogerlos a la escuela, llevarlos a la casa, lavarles la ropa, darles de comer. A las nueve de la noche los tenía acostados y empezaba a estudiar hasta las dos de la mañana preparando mis clases. Eran clases de literatura comparada y yo sentía que no estaba suficientemente preparada. Claro, ahí podía usar literatura latinoamericana y comparar con cualquier otra cosa, pero finalmente esa experiencia me sirvió para empezar a desarrollar ciertas líneas de trabajo sobre cómo se construía la literatura de América Latina.

Superé el sufrimiento porque en ese momento me dieron una beca del CNRC (Centro Nacional de Investigaciones Científicas) por un año y entonces pude trabajar con Jacques Leenhardt. De mis conversaciones con él se me ocurrió preparar un proyecto que mi jefe en la Sorbona, que trabajaba en una asociación internacional de comparatistas, también me había ofrecido que presentara. De ese trabajo de preparación surgió el gran proyecto de América Latina: palabra, literatura y cultura, que empecé como un proyecto de historia literario-cultural y terminó en tres volúmenes publicados originalmente en Brasil.

Estaba loca, pero me decía, si pensábamos que éramos capaces de cambiar el mundo, como no voy a ser capaz de armar un proyecto de literatura. Claro, nunca pensé en la dimensión que iba a tomar. En realidad, yo lo concebí como un proyecto de resistencia, que contradecía en todo a la cultura de la dictadura, porque era afirmar otra forma de pensar y, al mismo tiempo, era oponerse a la historia oficial de nuestra cultura.

Los señores que estaban en la Asociación Internacional de Comparatistas, los que constituían el comité de historia eran los que estaban en las Academias de Ciencias de sus respectivos países y las reuniones eran en la academia de ciencia de Hungría, en la academia de ciencia de Austria, la de Alemania; o sea, era de temer. Antes de entrar a los grandes salones donde se realizaban esas reuniones yo pensaba, todo lo que hemos hecho en Chile está detrás de este proyecto, tengo que poder.

Cuando presenté el proyecto, y hubo modificaciones, me di cuenta de que los miembros del comité no sabían nada, que no tenían idea de cultura latinoamericana ni de literatura. Para empezar, ellos no querían que en el proyecto hubiera lenguas indígenas y al final querían publicar todo en inglés. Entonces fue cuando dije no más, yo publico en español o portugués. Después de eso me vine a hablar con Antonio Cándido, sin conocerlo, pero a través de un contacto que me dio un amigo. En ese tiempo, yo había empezado a leer todo lo relativo a las Ciencias Sociales latinoamericanas porque, para mi proyecto, no bastaban los instrumentos de la filología y el estructuralismo. Además, muchos de los críticos brasileños que fui conociendo trabajaban con Cepal o con Flacso y tenían esa perspectiva. Lo de la autonomía total de la literatura ya no existía.

Otra de las experiencias significativas de los años en Concepción fue haber conocido, a fines de 1962, a un delegado de la revolución argelina invitado por los socialistas. Yo en esa ocasión fui la intérprete de este señor y después que se marchó, seguimos la relación. Comenzamos a escribirnos y él me empezó a mandar libros. Entonces leí a Fanón el año 63 y a otros escritores árabes. Cuando volví a Francia, este amigo, Alí, siempre venía y conversábamos y tenía una mirada mucho más global, no era solo Chile, era América Latina, era África, el despegue del proceso de descolonización y empiezan a salir otras voces. Acabo de leer el libro de Elaine Mokhtefi, una periodista estadounidense que vivió en Argelia desde el 62 al 74, titulado Argelia capital de la revolución y lo llama así porque en realidad en los años posteriores a la independencia estaban todos los grupos de revolucionarios de África, de América Latina y de los Estados Unidos, estaban los Panteras Negras ahí. Ese era un mundo en ebullición, el de los movimientos de liberación nacional y creo que en esa época se ligó en mi todo lo que tenía que ver con mis reflexiones estéticas con el pensamiento social, cultural y tercermundista. Ahí se fue armando mi perspectiva crítica.

París también era un centro donde tú dialogabas con distintos espacios, me tocó el ‘68 además en París. El ‘68 presenté mi trabajo de doctorado. Tenía seis meses de embarazo, así es que después de defender mi tesis me volví a Chile. Llegué a la Universidad de Concepción y les cargó que volviera con un doctorado. Eso que es tan chileno y además siendo mujer, pero bueno, pasé allí todo el periodo de la Unidad Popular, porque nosotros pensábamos que Concepción era el centro de la revolución mundial. Claro, después vino el golpe y salí exiliada a Francia.

Creo que mi posicionamiento intelectual ante la cultura adquirió consistencia durante la producción de América Latina: palabra, literatura y cultura. Pasé quince años llevando adelante ese proyecto. No puedes imaginártelo. Ese fue un proyecto que desarrollamos cuando no había internet; escribíamos a máquina, mandábamos cartas y además de la demora, a veces no te contestaban. La última comunicación que tuvimos con Cándido fue un télex que me mandó. Me los mandaba desde una fundación a la que estaba vinculado.

A esas alturas, yo ya me había dado cuenta de que tenía que incorporar a Brasil. América Latina hispana sola, no se podía. Entonces me fui a hablar con Cándido, lo que era una patudez, pero igual, una sacaba fuerzas de la juventud, del entusiasmo. Llegué donde Cándido y me encuentro con un caballero precioso; me escuchaba porque sabía más o menos de qué se trataba, ya le habían escrito los de la Asociación Internacional de comparatistas contándole de la existencia de este proyecto del que no sabía detalles. Estuvimos hablando cuatro horas. Al principio se resistió mucho argumentando que estaba jubilado y que quería descansar, “pero claro, lo que usted me dice”… Entonces yo le conté todo lo que estaba pasando con la Asociación y que tenía problemas permanentes con esa gente que era la que ponía el timbre de legitimidad, pero que no me servía ni siquiera para obtener financiamiento, como por ejemplo en Canadá y en el mismo Estados Unidos. El problema mayor con la Asociación era de tipo ideológico, porque ellos tenían una mentalidad colonialista total. “La señora tiene problemas políticos, la voy a apoyar”, me decía Cándido y finalmente su apoyo fue fundamental, porque Cándido era un personaje en Brasil y estando él tenía la mitad del problema resuelto: ellos se encargaban de los brasileños y yo de los hispanoamericanos y caribeños. Ahí empezamos el trabajo de quince años y sin un peso. En eso me ayudó mi exmarido favorito que me financiaba para que yo trabajara desde la casa en Ginebra.

En un momento anterior estuve enseñando en Venezuela, y los venezolanos me ayudaron muchísimo, su respaldo al proyecto les daba una presencia en el mundo, porque ellos sentían que no existían culturalmente. Existía el petróleo y gracias al petróleo podían ayudarme. Pero eso también generaba ciertas fricciones en la universidad porque yo era extranjera, y al mismo tiempo existía la generosidad de aceptar que yo los representara. Entonces fui a mil partes con Venezuela y Latinoamérica en mi maleta.

Los problemas no se acababan. A los de la Asociación no les gustaba que la historia no fuera estructuralista y filológica, sino social y cultural; entonces llamé a Jacques Leenhardt que comenzó a acompañarme a las reuniones para ayudarme y apoyarme. Yo era latinoamericana, mujer y joven y ellos un grupo de viejos con mucho más que diferencias ideológicas. Ahora, era distinto que me acompañara un europeo, respetado, del establishment, que ir sola. Entonces me tuvieron que aguantar, pero me tenían agotadísima. Un día le digo a Cándido: “Antonio, mire, yo quiero irme de la Asociación esta porque en realidad lo único que nos trae es problemas, para nosotros no significa nada”. Me preguntó: “Ana, le han dado dinero”. “Cien dólares”. “Ana, nos vamos”, me dijo. Yo pensé: cuando tienen poder son implacables. Por suerte yo tenía un gran apoyo de mi exmarido, que trabajaba en Naciones Unidas y era ducho en relaciones internacionales. Él decía: “los europeos siempre nos van a mirar como colonizados, tú tienes que estar preparada para esto, pero no pienses que estás equivocada, ellos son los equivocados”. Y tenía razón, había que asumirse como una intelectual latinoamericana genuina. Estaba manejando este enorme proyecto con más de cien investigadores, de todas partes, y tuvimos que rechazar a algunos, que terminan odiándote, pero había que asegurar la calidad porque con eso ganábamos. El proyecto se cerró del año ‘92 al ‘93. Cándido y los brasileños me dijeron que ya no podían seguir más, el esfuerzo ha sido demasiado grande y el proyecto era infinito. Cerrémoslo aquí, me pidieron, y digamos que queda abierto a nuevas investigaciones.

Después de cerrado el proyecto, me volví amazónica

La Amazonía no me era ajena. Yo estuve exiliada en Venezuela y en Venezuela el universo amazónico no es una presencia fuerte, pero existe. No desde aquí de Chile, donde muchos se preguntaban qué hace una chilena estudiando el Amazonas. Pero la vivencia venezolana hizo que me acercara a ese mundo y que al mismo tiempo me diera cuenta de la otra América Latina. Yo conocía la América indígena, pero no la afroamericana; y ahí tomé conciencia de todas estas mezclas increíbles. Una noche, medio durmiendo, tuve la sensación de que conocíamos todo menos ese centro de América que es casi la mitad de la América del sur.

No sabemos nada de esto, nada. Entonces, al otro día comencé a buscar y a buscar y presenté un pequeñísimo proyecto a la Universidad de Santiago y me financiaron un año para preparar un proyecto mayor que presente a la Guggenheim y me lo dieron. Con esa beca, en un año había leído bastante, pero lo que me llamó profundamente la atención en esas búsquedas es que tú estás en Sao Paulo y nadie sabe nada de la Amazonía; o sea, los brasileños del sur son ignorantes de ese mundo. No encuentras libros. Ibas a las librerías y te pasaban libros de turismo con fotos bonitas. Tuve que empezar a buscar en la Biblioteca Nacional en Río y finalmente decidí yo ir a la Amazonía.

Arreglé mis cosas y por primera vez me fui con mi hijo, el cineasta, que había estudiado historia, e hicimos un documental que ahora es bastante conocido en Amazonía, que se llama El arenal y acompaña a la edición portuguesa, no a la chilena, de mi libro Amazonía: el río tiene voces. Esa experiencia nos enseñó que la Amazonía es otro mundo, es un mundo donde la gente vive la fantasía permanentemente, en donde existen personajes que son parte de la vida comunitaria como el boto, que entusiasma a las niñas jóvenes y las llama: ¡ven, veeen!, desde el río. Los padres no dejan salir a las niñas para que no se vayan con el boto. Esa es la vida que quisimos mostrar en el documental. También descubres que los habitantes de la Amazonía no son puros indígenas, porque uno piensa que ahí vas a encontrar: selva e indígenas. Los indígenas son tres millones, los amazónidas son veintitrés millones.

Son caboclos, que vienen de mezclas raciales diversas, pero que tienen distintos estilos de vida. Los ribereños, que viven a la orilla de los ríos, porque el Amazonas son cientos de ríos de distintos tamaños: los igarapés, los furos, y que son los que determinan la cultura. Pero las también las interacciones con otras poblaciones han sido históricas.

Hubo un movimiento a principios del siglo XIX que se llamó “la guerra de los cabanos”, una guerra de campesinos contra la elite poderosa del Gran Pará y que tenía un elemento separatista. En esa guerra hubo mucho movimiento de población, debido al exterminio y repoblamiento. Hay sectores de indígenas que todavía no están tocados, grupos que han sido descubiertos recientemente, otros que han perdido identidad y están semioccidentalizados, pero que viven su propio tiempo, su propio desarrollo.

No hay un desarrollo histórico único. Allí conviven dimensiones sociales distintas; por ejemplo, todavía existe la esclavitud y no es menor. La violencia y la muerte son algo cotidiano. El día que llegué a esa zona llegué a Belém do Pará, aunque al principio yo pensaba ir a Manaos, y ahí me dijeron que hablara con una socióloga que se llama Rosa Acevedo. Fue un contacto de maravilla, ella me abrió las puertas del Amazonas. Al día siguiente de conocerla la acompañé a visitar a una gente que vivía en una casi pobre en la selva. Mientras estábamos conversando, apareció un niño llamando a la mamá, mamá y le dice que ha venido Pedro y pregunta si puede quedarse esa noche con ellos. La mujer pregunta qué le pasa y el niño dice que Pedro dijo que lo van a matar. Bueno ya, dice la mujer, después voy a hablar yo con él. Hay que imaginarse como queda uno frente a ese mundo donde un tipo viene a pedir refugio porque lo van a matar y no hay escándalo.

Eso produce que el mundo académico esté más cerca de la cultura regional. Ahora en noviembre había un congreso sobre cultura popular muy interesante. A pesar de Bolsonaro, todavía se destinan recursos, aunque muchos menos, para esas actividades. La política de Lula fue de apertura hacia la educación superior y en el norte se crearon varias universidades nuevas. Con Bolsonaro hay un retroceso muy grande, él no cree en el mundo intelectual; tiene un formato muy de militar y, como la extrema derecha, cree que el pensamiento intelectual es peligroso.

En este contexto, mi percepción actual de la Amazonía es que allí confluyen todos los temas y problemas que hay en el resto de América Latina. La Amazonía es una zona de conflictos. A ti te pintan la región turística, pero no te cuentan la serie enfrentamientos que se dan allí por las represas, por la quema de bosques, por el territorio, por el narco tráfico, con una sangrienta lucha de carteles en la triple frontera y matanzas en las cárceles, todo lo que constituye un nivel de violencia muy superior. Si siempre hubo violencia en la Amazonía, hoy estamos hablando de un salto extraordinario.

Ahora, la cuestión de las tierras bajo Bolsonaro ha adquirido un carácter de enfrentamiento permanente y el agronegocio busca apropiarse de muchas más tierras de manera mucho más violenta. Las amenazas de muerte a los líderes indígenas se han multiplicado. Con los discursos de Bolsonaro y las nuevas autoridades agrícolas, los latifundistas se sienten autorizados a operar sin miedo a las consecuencias. Incluso nombraron un “día del fuego”, y ese día se pusieron a quemar por todas partes, lo que terminó en los grandes incendios de la Amazonía. Habría que añadir el empleo de agrotóxicos al daño a la naturaleza y a los alimentos que consumen las poblaciones. Hasta diciembre más de quinientos nuevos agrotóxicos fueron liberados para su uso, y eso hace que todo sea legal.

Y para que hablar de la minería, que constituye una de las grandes riquezas de la región. Oro, piedras preciosas y los metales industriales, explotados por gente que se dedica a la extracción y que pueden generar violentos conflictos en su lucha por un territorio en el que todos los valores están alterados.

En eso ni la religión ayuda, por el contrario. Es notable la fuerte integración entre protestantismo y capitalismo. Esta se ha constituido como una poderosa empresa que se caracteriza por su estética fea, su autoritarismo nada espiritual, y un afán insaciable de poder y riqueza. La cantidad de iglesias protestantes en el Amazonas es increíble, las distintas denominaciones representadas, han infiltrado la cultura en niveles perniciosos compitiendo abiertamente con el catolicismo tradicional.

Con todos estos actores, el futuro de la región va a depender fuertemente de lo que haga Bolsonaro. Si bien hay mucha gente que lo critica, también hay mucha gente que lo apoya. En la medida en que éste deje a los grandes capitales seguir entrando en la Amazonía con sus propios objetivos económicos, eso se destruye. Llegó el tiempo de los desplazados en medio de una guerra muy difícil, pero la gente se organiza y da sus peleas y ahí hay esperanza.

Recibido: 29 de Marzo de 2019; Aprobado: 28 de Junio de 2019

Sobre los autores Ana Pizarro. Profesora investigadora en literatura cultura de América Latina del Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago (Santiago, Chile). Doctora en Letras por la Universidad de París. Organizó los tres volúmenes de América Latina: palavra, literatura e cultura (Sao Paulo: Memorial de América Latina/UNICAMP, 1993/1995) y coordinó los libros El archipiélago de fronteras externas. Culturas del Caribe hoy (Santiago: Ediciones de la Universidad de Santiago, 2002), Las grietas del proceso civilizatorio. Marta Traba en los sesenta (Santiago: Lom ediciones/Universidad de Santiago, 2002) y Silencio, zumbido, relámpago: la poesía de Gonzalo Rojas (Santiago: Ediciones de la Universidad de Santiago, 2006). Entre sus publicaciones individuales se cuentan De ostras y caníbales (Santiago: Ediciones de la Universidad de Santiago, 1994), que recibiera el Premio Municipal de Literatura de Santiago, categoría Ensayo; El sur y los trópicos. Ensayos de cultura latinoamericana (Alicante: Ediciones de la Universidad de Alicante, 2004); y Gabriela Mistral: El proyecto de Lucila (Santiago: Lom ediciones, 2005). Los resultados del estudio llevado a cabo gracias a la beca John Simon Guggenheim y al financiamiento de FONDECYT-Chile fueron publicados bajo el título Amazonía: el río tiene voces. Imaginario y modernización (Santiago: Fondo de Cultura Económica, 2009), libro por el que recibiera el Premio Honorífico de Ensayo Ezequiel Martínez Estrada de Casa de las Américas, La Habana, 2011. José Leandro Urbina. Escritor y doctor en Literatura por la Catholic Universisty of America, en Washington D.C. Ha sido profesor de literatura en universidades de Canadá, Estados Unidos y Chile. Además, ha trabajado como traductor, guionista y periodista aficionado. Ha publicado los libros de ficción Derrumbe (Santiago: Lom ediciones, 2015); El basurario del Baruni (Santiago: Ediciones La Calabaza del Diablo, 2012) y Las memorias del Baruni (Santiago: Ediciones La Calabaza del Diablo, 2009). Su libro de cuentos Las malas juntas (Santiago: Lom ediciones, 2010), también difundido en España, obtuvo mención honrosa en el concurso de Casa de las Américas en 1975. En 1993 escribe la novela Cobro revertido (Santiago: Editorial Planeta, 1993) por la que gana el premio del Consejo Nacional del Libro y la Lectura; la misma novela fue reeditada por Lom ediciones en 2003. Ha publicado diversos artículos y capítulos de libros sobre literatura latinoamericana. Tradujo al español Ficciones fundacionales: las novelas nacionales de América Latina (Bogotá: Fondo de Cultura Económica, 2004) de Doris Sommer

Creative Commons License Este es un artículo publicado en acceso abierto bajo una licencia Creative Commons