SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
vol.48 número184Problemáticas de autodeterminación en Timor Oriental y Sahara Occidental: Los contextos que propiciaron la intervención internacionalChile frente a la hegemonía justicialista: La misión Conrado Ríos Gallardo en la Argentina de Perón (1953-1955) índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Revista

Articulo

Indicadores

Links relacionados

  • En proceso de indezaciónCitado por Google
  • No hay articulos similaresSimilares en SciELO
  • En proceso de indezaciónSimilares en Google

Compartir


Estudios internacionales (Santiago)

versión On-line ISSN 0719-3769

Estud. int. (Santiago, en línea) vol.48 no.184 Santiago ago. 2016

http://dx.doi.org/10.5354/0719-3769.2016.42570 

ARTICULOS

 

La visión panhispanista de Javier Fernández Pesquero sobre las relaciones hispano-chilenas de principios del siglo XX

 

The panhispanista vision of Javier Fernández Pesquero on the hispanic-chilean relations of beginning of the 20th century

 

Juan Luis Carrellán Ruiz

Académico de la Universidad de La Frontera, Chile. Correo: juan.carrellan@ufrontera.cl.


Resumen

El periodista español Javier Fernández Pesquero residió en Chile entre 1903 y 1947. Durante este tiempo trabajó en diversos periódicos, siendo director de algunos de ellos. Conservador y nacionalista, su pensamiento se enmarca dentro del panhispanismo, corriente del hispanoamericanismo que se fijaba como objetivo que España «reconquistara» espiritualmente a sus antiguas colonias mediante un liderazgo moral.

Fernández Pesquero siguió la dinámica de las relaciones entre España y Chile, dejando sus reflexiones en sus trabajos periodísticos. Para esta investigación hemos seleccionado los artículos publicados en la revista andaluza La Rábida durante los años de la Primera Guerra Mundial, en los que resalta los problemas que observa y aporta sus propuestas para mejorar las relaciones bilaterales.

Palabras clave: relaciones - Chile - España - panhispanismo - siglo XX.


Abstract

The Spanish journalist Javier Fernández Pesquero resided in Chile between 1903 and 1947. During this time he worked at various newspapers as director of some of them. Conservative and nationalist, his thinking is part of panhispanismo, current hispanoamericanismo, which had set an objective that Spain «reconquer» spiritually to its former colonies through moral leadership.

Fernández Pesquero followed the dynamics of relations between Spain and Chile leaving their reflections in their reporting. We selected for this research published in the Andalusian magazine La Rábida during the years of World War I in the highlights the problems observed and provides proposals to improve bilateral relations.

Keywords: Relationships - Chile - Spain - panhispanismo - 20th Century.


 

1. Introducción

Los trabajos sobre las relaciones bilaterales se centran, en su mayoría, en los contactos oficiales entre los Estados implicados, dejando en un segundo plano las diferentes visiones que sobre ellas tienen determinados actores sociales de diversas tendencias ideológicas. Para el caso que nos ocupa, pretendemos presentar y reflexionar sobre la noción más conservadora de la derecha española de principios del siglo XX, acerca de las relaciones que España tendría que tener con las repúblicas iberoamericanas. Estamos hablando del panhispanismo, enmarcado dentro del hispanoamericanismo, que tendrá también su vertiente progresista.

Esta corriente progresista propugnaba un acercamiento con América, que sirviera de regeneración de España mediante un programa que defendía una mancomunidad con las repúblicas americanas. En ese proyecto se dejaban de lado los elementos que desde Iberoamérica tenían más rechazo, como la historia. Por el contrario, se ponía énfasis en los vínculos lingüísticos, jurídicos y filosóficos. En este sentido, se quería profundizar en la dimensión cultural y científica a través de políticas estatales y privadas, que pusieran a España como país avanzado a la altura de las potencias europeas y, por tanto, posicionarse como puente entre Europa y América. En el ámbito político, se deseaba que España avanzara en el desarrollo del liberalismo político y económico, y se abandonara el tradicional conservadurismo que tan mala imagen tenía en América. Uno de los principales referentes fue Giner de los Ríos (Sepúlveda, 2005: 126-127).

Además de resaltar la visión panhispanista, queremos contrastar el enfoque oficial de las relaciones entre España y América con las opiniones del periodista español residente en Chile, Javier Fernández Pesquero, vertidas en la revista española La Rábida. Según Merle, cada vez más el individuo es un referente importante cuando cumple una función internacional y no es meramente un turista de paso. A diferencia de la actualidad, el rol de un individuo internacional solo podía ejercer como un actor no estatal cuando su pensamiento tenía resonancia en la opinión pública, creando precisamente opinión (Merle, 1974, 346-354). Estamos así aplicando el concepto de Merle en el ámbito iberoamericano, con la figura del publicista que aparece en el siglo XIX y la primera mitad del XX.

Como hipótesis de partida, pensamos que desde las últimas décadas del siglo XIX, diferentes sectores de las sociedades española y chilena deseaban avanzar en el objetivo de unas relaciones bilaterales más estrechas y fluidas. Creemos que esta aspiración sería más intensa en España, que celebrará por primera vez el IV centenario de la llegada de Cristóbal Colón al Caribe y donde la pérdida de los últimos territorios en las Antillas y el Pacífico, en 1898, provocará en los años posteriores una toma de conciencia respecto de la importancia que América había tenido en la historia española y en la configuración de la España del momento.

En el caso de Chile, la celebración del primer aniversario de su independencia provocará una reflexión sobre su identidad y el legado hispánico, que también se venía dando desde la última década del siglo anterior, a través de un grupo de intelectuales de clara orientación nacionalista. En este movimiento encontramos a Nicolás Palacios Navarro, Tancredo Pinochet, Alejandro Venegas y Francisco A. Encina (Godoy, 1976: 289-292).

Sin duda, el pensamiento conservador europeo influyó fuertemente a este grupo de autores. En los casos de Palacios y Encina, explican esta crisis nacional que, sobre todo, se percibía en las clases altas de la sociedad, mediante ideas conservadoras y racistas, siendo optimistas en lo que llamaban «raza chilena», equiparándola a la germánica y haciendo una conexión entre los conquistadores castellanos y los godos. Por tanto, los habitantes de Chile estarían al mismo nivel de las «razas» superiores. En este movimiento podemos incluir a Alberto Cabero, quien puso en cuestión el nexo nórdico de los chilenos, pero destaca sus virtudes a través de elementos culturales o sociológicos como el clima, la geografía o la alimentación, entre otros (Gazmuri, 1981: 245-247). Con todo lo anterior, España entró en el debate del ser nacional chileno y de su crisis de identidad. Bien para vincularla con elementos raciales, bien para explicar su evolución histórica y cultural o su presente.

 

2. El panhispanismo

El panhispanismo surgió en el último tercio del siglo XIX en España, al mismo tiempo que se hablaba de pangermanismo y panlatinismo en otros territorios de Europa. Pero a diferencia de estos, el proyecto panhispanista no contenía propuestas expansionistas, sino que planteaba la necesidad de crear una asociación supranacional ante la amenaza de la política expansiva de los Estados Unidos. Se proponía una alianza de los pueblos de cultura y tradiciones hispánicas, que sirviera de protección frente al peligro anglosajón del norte, en un contexto donde se valoraba muy positivamente las unificaciones alemanas e italianas. La idea era agruparse para no ser absorbido.

Isidoro Sepúlveda define el panhispanismo en base a tres elementos claves, que son: su fuerte contenido nacionalista, que reivindica el pasado colonial español; la defensa y exaltación de la religión católica, y la promoción de un orden social jerárquico de esquema burgués. El objetivo esencial de su programa era que España «reconquistara» emocionalmente América, mediante la proyección de una hegemonía moral sobre el conjunto de las repúblicas americanas (Sepúlveda, 2005, p. 102).

Esta corriente fue una de las manifestaciones del nacionalismo español, sobre todo de la derecha dinástica y la tradicionalista, y orientaba sus actividades hacia los propios españoles, considerando el continente americano como un espejo en el que se reflejaba la propia identidad española a través del recuerdo de la grandeza de la patria en tiempos pasados. América se veía como una prolongación de España, como un todo en el que no importaban sus diferencias nacionales, sino solo como una proyección identitaria. El momento álgido de este movimiento se dio entre la conmemoración del IV centenario de la llegada de Colón al Caribe y la Primera Guerra Mundial.

En este sentido, distintos sectores sociales comenzaron a exigir a sus políticos más y mejores nexos con América y estos, poco a poco, fueron dándose cuenta de la importancia que el continente tenía por su historia común y su proyección de futuro. En 1875 se había iniciado un nuevo período político en el que se restauró la monarquía y la dinastía borbónica en la persona de Alfonso XII, después de seis años de inestabilidad política con los frustrados intentos de instaurar una monarquía democrática y la primera República.

El protagonista de este nuevo régimen político fue Antonio Cánovas del Castillo, conservador y nacionalista, quien diseñó un sistema de turno pacífico de partidos, al estilo británico, que se alternaban en el poder a través de elecciones fraudulentas y controladas por el Ministerio de la Gobernación, a través de las redes clientelares. Las bases que sustentaban al nuevo orden estuvieron formadas por la nobleza, los grandes terratenientes peninsulares, la burguesía industrial emergente, los hacendados cubanos y los peninsulares con intereses comerciales en el Caribe. También el ejército y el clero sostuvieron a la nueva monarquía.

Los gobiernos de la Restauración desarrollaron una importante labor de acercamiento con las repúblicas iberoamericanas, logrando la firma de varios tratados bilaterales, como los de Perú (1879), Paraguay (1880), Colombia (1881), Chile (1883) y Honduras (1894). Y en este contexto, a partir de 1880 se facilitó la entrada a los iberoamericanos en las academias militares y universidades españolas (Malamud, 1998: 397-398). También España se ofreció para mediar en los litigios fronterizos entre los países americanos. En esos años, Colombia pidió el arbitraje del gobierno español en dos ocasiones. La primera, en 1882, para que mediara en cuestiones fronterizas con Venezuela y, posteriormente, en 1886, a raíz de un incidente con Italia (Rama, 1982: 180-191). Nuevamente, Alfonso XII hizo de árbitro en 1887 para resolver los conflictos fronterizos que enfrentaban a Ecuador y Perú.

De este modo, creemos que la España de la Restauración tuvo simpatías en ciertos sectores de la intelectualidad y la alta sociedad chilena de principios del siglo XX, por su estabilidad y su sistema político liberal conservador. Una muestra de esto la encontramos en los hermanos Luis y Augusto Orrego Luco. El primero conoció de primera mano el régimen promovido por Cánovas, dado que fue secretario de la legación chilena en Madrid, entre 1891 y 1892, conociendo al estadista español y viviendo los festejos del IV centenario del descubrimiento del continente americano. Los elogios al político malagueño se pueden encontrar en su obra (Martínez, 2002: 21). El segundo, publicará un libro donde Antonio Cánovas tiene un protagonismo primordial (Orrego, 1917).

En este contexto, el panhispanismo destacó, según Sepúlveda, la relevancia de dos elementos esenciales: la raza y la lengua, como medios para cimentar la existencia de una comunidad hispanoamericana y, al mismo tiempo, un instrumento para ignorar las peculiaridades nacionales dentro de la sociedad española, que se estaban desarrollando en determinadas regiones, como en Cataluña y el país Vasco. Hay que matizar que el concepto de raza no tiene connotaciones étnicas. Muy por el contrario, hacía mención a la idea de civilización, de cultura hispánica.

Junto a estos fundamentos, la importancia del componente religioso en la conformación del panhispanismo fue fundamental. La trascendencia de la religión era debido a dos razones: la histórica y la social. Sobre la concepción histórica, se pensaba que España había sido un instrumento divino para la ampliación del ámbito territorial y humano de la fe católica. De esta forma, el principal aporte de este país a la historia de la humanidad había sido la catolización de América, argumento que se llevó al extremo de afirmarse que con ello se le había dado el alma. Se hacía, por tanto, una transposición directa entre las consecuencias del pasado y su propuesta de futuro. En este sentido, este acercamiento entre España y América debía cimentarse a través de «la unidad de espíritu», mediante una doble dirección fraternal: hermanos de sangre y, sobre todo, por la participación en una única fe religiosa (Sepúlveda, 2005, pp. 103-104).

Por consiguiente, el nexo católico era la principal plataforma de unión entre ambas entidades y sobre su base se debía edificar la comunidad hispana, en la que tendrían un papel determinante los católicos y el clero. Además, en América la Iglesia estaba llevando a cabo una recuperación del prestigio y de la influencia en los asuntos sociales, en un contexto de preocupación por la agitación social. De esta manera, el resurgimiento del catolicismo en el continente americano supuso la incorporación de los principios cristianos a las normas generales de la convivencia política y social. Así, la catolización de la política fue concebida como un aporte importante de la defensa del orden social imperante tanto en España como en las repúblicas americanas (Sepúlveda, 2005: 105-107).

En este ambiente se crearon en España varias asociaciones de carácter americanista, siendo la más importante, por su proyección internacional, la Unión IberoAmericana, fundada en Madrid en 1885. La sociedad fue apadrinada por el ministro de Estado, Segismundo Moret, y contó con ayudas públicas y privadas, consolidándose como la gran institución oficial de referencia para la alta sociedad, por lo menos hasta 1936. En 1890 fue declarada por el Estado como «fomento y utilidad pública», recibiendo una subvención anual del gobierno que pasó de 5.000 pesetas, en 1895, a 30.000, en 1921 (Vélez, 2007: 122). En su trayectoria desempeñó acciones articuladas en las directrices oficiales y entre ellas coordinó las actividades de la conmemoración del IV Centenario del primer viaje de Colón.

Esta entidad tuvo una actuación decisiva en la divulgación del hispanoamericanismo, entendido como el movimiento que tenía el objetivo de crear una comunidad transnacional, sostenida en la identidad cultural basada en el idioma, la religión, la historia y las costumbres. Dentro de este movimiento tenemos dos corrientes, siendo el panhispanismo la más conservadora y donde situamos ideológicamente a Javier Fernández Pesquero, delegado de la Unión Ibero-Americana en Chile (Pazos, 2006: 42). Precisamente había dos obras de Fernández Pesquero como referentes para esta corriente ideológica: España ante el concepto americano (1922) y Los graves problemas de América: o lo que la cobardía calla en América (1931) (Sepúlveda, 2005: 102-103 y 121).

Uno de los elementos claves para los partidarios del panhispanismo era la unión de las colonias españolas en los distintos países iberoamericanos. En el caso de Chile, los españoles representaban la primera colectividad extranjera, ascendiendo aproximadamente a 26.000 personas, según el censo de 1920. Durante estos primeros años del siglo XX aparecieron diversas asociaciones de carácter regional y nacionalista, las cuales tensaron el ideal españolista que había sido el más significativo hasta entonces. Entre los críticos más combativos hacia los nacionalistas periféricos en los medios de comunicación hallamos a Javier Fernández (Moreno, 2010: 597).

 

3. Revista La Rábida

Como ya hemos mencionado, en España hubo un especial interés por América desde el último tercio del siglo XIX. En este contexto, se creó una gran variedad de asociaciones en distintos puntos de la geografía española, con esta clara vocación de favorecer los vínculos con el continente americano. Quizás las entidades más conocidas fueron la Unión Ibero-Americana, de Madrid, y la Casa de América, de Barcelona, pero existieron muchas otras en distintos lugares, como fue el caso de la Sociedad Colombina Onubense en Huelva, orgullosa por haber sido la provincia en la que se gestó el primer viaje de Colón. Y precisamente en el seno de esta sociedad nació la revista La Rábida: Revista Colombina Iberoamericana, que se publicó entre 1911 y 1933.

La Sociedad Colombina Onubense se fundó en 1880, en los salones de la Diputación de Huelva, y tuvo como finalidad la conmemoración anual del descubrimiento de América y trabajar por estrechar los lazos entre España y el Nuevo Mundo. La institución tuvo una primera época dorada en los años noventa, coincidiendo con los actos de 1892, y, más tarde, una segunda a raíz de la entrada como presidente de José Marchena Colombo, en 1910. A partir de ese momento, pasan por los Lugares Colombinos (Palos, La Rábida, Moguer) las figuras más destacadas del hispanoamericanismo de aquellos años.

En este escenario, la asociación fundó, en julio de 1911, la publicación que llevaría el nombre de La Rábida: Revista Colombina Iberoamericana, haciendo alusión al monasterio ubicado en Palos y al cual llegó Colón en 1492. Una revista mensual que tuvo 22 años de vigencia y alcanzó a tener gran relevancia en el movimiento hispanoamericanista español del primer tercio del siglo XX. Entre sus corresponsales extranjeros contó con personalidades de mucho prestigio, como el mexicano José de Vasconcelos y el argentino Manuel Baldomero Ugarte (Márquez, 2014: 50-55).

Como corresponsal en Chile, la revista pronto tuvo la pluma del español Javier Fernández Pesquero. Este periodista, residente en la República de Chile, escribió regularmente durante 19 años, convirtiéndose en uno de los activos más importantes de la publicación onubense.

 

4. El pensamiento de Fernández Pesquero en La Rábida

Javier Fernández Pesquero nació en el Madrid de 1873 (Unamuno, 1996: 253) y desde muy joven trabajó como periodista, primero en España y luego en Manila, Montevideo y Buenos Aires, para continuar con la profesión en Chile, llegando a ser director de diversos medios. Fue miembro del Círculo de Prensa Nacional y falleció en Santiago de Chile en 1947 (Sapag, 1996: 292).

Fiel a sus ideas conservadoras, durante la Guerra Civil española defendió, desde la prensa, al bando dirigido por el general Francisco Franco. De este modo, Fernández Pesquero se destacó como uno de los más importantes publicitas del proyecto franquista, incluso también tras terminar la guerra (Sapag, 1996: 289-291, 295).

En relación a la revista La Rábida, este periodista expresó en sus páginas los problemas y sus posibles soluciones a la luz de sus convicciones en lo que afectaba a las relaciones entre España e Iberoamérica.

En otra ocasión hemos publicado un estudio general sobre la visión de las relaciones hispano-chilenas de Fernández Pesquero en la misma revista, comparando sus reflexiones en la década de 1910 con las de 1920 (Carrellán, 2015). Para este trabajo hemos acotado temporalmente su pensamiento a los años de la Primera Guerra Mundial, por cuanto creemos que fue una época clave en la evolución del nacionalismo chileno. Primero, por las implicaciones internas que comentamos al principio de este texto y, segundo, por las externas producidas, en gran parte, por la guerra desatada en Europa en 1914, con ese ambiente de «crisis de la civilización occidental».

En este aspecto, hemos ampliado, actualizado y analizado con más detenimiento las consideraciones de este líder de opinión del panhispanismo, sobre las relaciones de sus dos países de referencia: España, su nación natal, y Chile, su lugar de residencia. Esta maduración de sus inquietudes la podemos resumir en tres conceptos que explicarían, según su visión, el estado de las relaciones bilaterales en aquella época: la falta de conocimiento mutuo, de afecto y de acercamiento. Fernández Pesquero entendía al hispanismo y al americanismo como el amor a la civilización o cultura hispánica (Fernández Pesquero, 1914a, pp. 10-12). A partir de estas ideas, pasamos a estudiar cada una de las facetas de las relaciones entre los dos países en diferentes epígrafes.

4.1 Las causas de las malas relaciones bilaterales

Hemos señalado las tres causas por las que Javier Fernández pensaba que las relaciones entre los dos países no eran fluidas. En relación a la primera, la falta de conocimiento entre las dos sociedades apuntaba a la prensa como uno de los responsables. De este modo, acusaba a los diarios americanos de proyectar una imagen negativa de España, mostrando un país anárquico en el que predominaban los motines y las huelgas. En cambio, percibía que las noticias que llegaban de Alemania, Francia, Gran Bretaña e Italia, mostraban la idea de progreso y de cultura avanzada (Fernández Pesquero, 1914a, pp. 10-12).

En nuestro caso, hemos realizado una mirada a la prensa chilena de la época y observamos destacados espacios a la actualidad política e intelectual de España. Por ejemplo, en 1914, El Mercurio de Santiago publicó un amplio artículo con motivo del cumpleaños de Alfonso XIII; meses después apareció una entrevista con el rey; presentó otra entrevista al escultor español afincado en Chile, Antonio Coll y Pi, y dio cuenta de la visita a Chile de profesores como Vicente Gay y Salvador Castelló, por citar solo algunos casos (El Mercurio, 1914). Por tanto, no solo catástrofes y calamidades aparecían en la prensa chilena haciendo referencia a España.

Siguiendo la lógica del desconocimiento mutuo, el periodista incluía a los historiadores iberoamericanos como otro de los factores que contribuían, puesto que en su mayoría enseñaban a rechazar el pasado español. Javier Fernández insistía que estos resaltaban los hechos negativos de aquel período y no se valoraban los aportes de la cultura hispana a las sociedades americanas. De esta manera, se presentaba a España como un país fuera de la civilización europea occidental (Fernández Pesquero, 1914a, pp. 10-12).

Nuestro protagonista denominaba a estos historiadores «fanáticos y biliosos», porque extendían las cualidades adversas de los colonizadores a la totalidad de los españoles y a sus gobiernos. De todas formas, reconocía que había algunos autores que estaban en una línea distinta, apreciando la presencia española, como el padre Crescente Errázuriz y Toribio Medina. Pero esta era una labor que muy difícilmente podría revertir la opinión de la obra de España en América.

Unido a esto, Javier Fernández estaba convencido de que el recuerdo del bombardeo del puerto de Valparaíso, en 1866, por parte de la flota española comandada por Méndez Núñez, ayudaba a incentivar la imagen negativa de España (Fernández Pesquero, 1915: 1-2). La guerra entre los dos países, además de la destrucción de dicho puerto, tuvo un costo para el Estado chileno valorado en 32 millones de pesos de la época y un gran perjuicio para la marina nacional, con 27 barcos hundidos o capturados (Barros, 1970: 230). Por su parte, el gobierno chileno ordenó la deportación de todos los españoles que no quisieran nacionalizarse chilenos (Presa, 1972: 86).

En este contexto, a principios del siglo XX la historiografía existente en Iberoamérica sobre la independencia continuaba repitiendo el mismo discurso nacionalista creado un siglo atrás, en base a un relato simple, directo y emotivo, que intentaba aglutinar a una sociedad muy heterogénea étnica, regional y socioeconómicamente en torno a una nación que les hiciera parecer iguales por medio de una identidad nacional. Esta narración se hacía en base a buenos y malos, chilenos y españoles, y en la que los buenos eran los próceres que fundaron la nación a través de sus victorias en el campo de batalla (Chust, 2012: 18).

Esta mala imagen de España ha seguido pesando mucho a lo largo del siglo XX en amplias capas de la sociedad chilena, porque creemos que se ha continuado, en parte, con la transmisión de la historia tradicional que antes mencionábamos. La nueva historiografía, a partir de la segunda mitad del siglo, ha puesto sobre el tapete nuevos conceptos y explicaciones que se alejan del discurso nacionalista, como la idea de «guerra civil»; el cuestio-namiento de la inevitabilidad de la independencia; el surgimiento de una tercera vía autonomista entre los americanos que participaron en las Cortes de Cádiz y la posterior redacción de la Constitución de 1812, y los aportes de la historia regional y social, por citar algunas.

Sin embargo, en los años coetáneos a Fernández Pesquero , seguían existiendo rencores y pasiones nacionalistas que no permitían despojarse del todo de un cierto odio irracional hacia España. Este fervor nacional que vanagloriaba la gesta emancipadora, impedía comparar y valorar, por ejemplo, el mestizaje producido en América con las prácticas seguidas por las potencias anglosajonas o las propias repúblicas iberoamericanas, en sus políticas de expansión territorial hacia los territorios habitados por las poblaciones indígenas (Fernández Pesquero, 1914a: 10-12).

Precisamente, el periodista no comprendió esa animadversión hacia España, por cuanto la independencia se había forjado hacía un siglo más o menos. Mencionaba como ejemplos a Cuba y Filipinas, donde la administración española había terminado hacía 16 años y no existía ese resentimiento (Fernández Pesquero, 1915: 2).

Como hemos visto, además de los historiadores, Javier Fernández culpaba a la mayoría de los intelectuales americanos de difundir esta percepción adversa hacia España. Dentro de esta facción, señalaba a los argentinos Leopoldo Lugones y José Ingenieros; al peruano Santos Chocano y al diplomático chileno Jorge Hunneus Gana. Este último decía -según había transcrito el periodista- que «España no trabaja, ni tiene industrias y ni sabrá aprovecharse de esta guerra para levantarse. España es un país muerto» Sin embargo, Hunneus admitía que España sí estaba a la vanguardia en materias como literatura y pintura (Fernández Pesquero, 1916: 4-5).

Del mismo modo, nuestro corresponsal en la revista andaluza indicaba que ese rechazo a España se trasladaba también al turismo, por cuanto no había ningún interés por visitarla (Fernández Pesquero, 1914a: 10-12). Por el contrario, las clases altas iberoamericanas soñaban con conocer París, Londres, Berlín y Roma, y poder presumir de haberlas visitado (Fernández Pesquero, 1916: 4-5).

Sin embargo, a pesar de todo lo expuesto, para el periodista el mayor grado de responsabilidad en la inexistencia de comunicaciones fluidas entre las dos partes, la tenían los propios españoles. La sociedad española no se había preocupado de retomar los contactos con los habitantes de los países iberoamericanos y la relación que habían tenido estos, desde la Independencia, se había canalizado a través de los emigrantes españoles que llegaban a su territorio, que en su mayoría tenían una escasa formación cultural (Fernández Pesquero, 1914b: 1-2), por lo que redundaba en esa mala impresión sobre España.

Respecto de los americanistas españoles, Javier Fernández opinaba que sabían poco de la realidad de América y no tenían resonancia en los países de la región. Afirmaba que en sus viajes al continente se encontraban con celebraciones y comidas y no con la vida cotidiana de la sociedad americana. Tampoco tenían contacto con los españoles asentados en esta parte del mundo, por lo que desconocían sus verdaderos problemas. Por todo ello, proponía que los americanistas deberían analizar el comercio, las relaciones exteriores, los intelectuales de los diferentes países iberoamericanos, así como los obstáculos de las comunicaciones con España, si querían conocer de verdad la realidad americana y ser útiles en mejorar los contactos entre los dos pueblos (Fernández Pesquero, 1914b: 1-2).

Por lo que hemos observado en la prensa, los intelectuales españoles que visitaban Chile eran agasajados con fiestas y banquetes. Es verdad que solo se relacionaban con un sector de los españoles y de la sociedad chilena. Como consecuencia, lo que percibían solía tender a un ambiente positivo y no habrían tenido oportunidad de analizar los detalles de los problemas de los españoles en general. Sin embargo, pensamos que siempre tendrían una visión más cercana a la realidad de los emigrantes y del continente, visitando los países iberoamericanos.

Javier Fernández también cargó contra la actitud de los periódicos españoles, por no contar con corresponsalías en las naciones americanas y no interesarse por los progresos de los países del continente en sus páginas. Por tanto, proponía resolver pronto esta falta de información y comunicación, al mismo tiempo que realizar un estudio serio de las relaciones materiales que dieran unas pautas claras para recuperar el lapso perdido (Fernández Pesquero, 1914b: 1-2).

Por otro lado, en las páginas de la revista andaluza, el periodista indicaba que en España se desconocía el papel de los españoles que salieron de su país buscando un futuro mejor en América y que pocas veces se hacía en realidad. Destacaba que la figura del indiano había desaparecido y que las dificultades para los emigrantes eran numerosas.

En las primeras décadas del siglo XX, los españoles en Chile se convirtieron en los extranjeros más numerosos. Si bien, en un primer momento, no fueron muy codiciados, la escasez de mano de obra y el descenso de los inmigrantes procedentes del norte y centro de Europa permitieron que este contingente entrara fácilmente. En 1882, los primeros colonos hispanos llegaron, con ayuda estatal, a La Araucanía. Con el tiempo, los españoles se encontraban en toda la geografía chilena, principalmente en las más importantes ciudades: Santiago, Valparaíso, Antofagasta, Concepción y Punta Arenas (Norambuena, 1999: 194-195).

También se podría añadir que, desde finales del siglo anterior, el determinismo y las ideas racistas preferían a los europeos del norte, por considerarlos mejores en el trabajo y para el progreso de las industrias, con buenos hábitos y costumbres. En definitiva, las autoridades chilenas se preocuparon por atraer a colonos del ámbito germano para poblar y civilizar al país y a sus habitantes autóctonos. Frente a este pensamiento, los pueblos del Mediterráneo no fueron bien vistos por considerarlos poco activos para el trabajo y con costumbres perniciosas (Norambuena, 1995: 80). Es por lo que a principios del siglo XX todavía hay una mirada negativa hacia los españoles que se mezcla con las nociones nacionalistas del pasado.

4.2 El problema de las legaciones

Hemos visto cómo nuestro periodista destacaba la importancia de los emigrantes españoles como un elemento de comunicación y de unión con las sociedades iberoamericanas y, por ello, es por lo que demandaba de las autoridades españolas más atención hacia este colectivo. Entre otras cosas, Javier Fernández argumentaba que los intereses peninsulares en Chile eran significativos. Para demostrar esta realidad, se dispuso a crear un censo de los españoles residentes en el país, siguiendo unos empadronamientos enviados por la Unión Ibero-Americana de Madrid. Al final, la iniciativa concluyó con los datos de unos 600 formularios que visualizaban a algo más de 1.000 personas.

Este esfuerzo no cayó en saco roto y este material llegó a concretarse en una publicación suya, editada en 1909, que llevaba por título Monografía estadística de la colonia española en Chile. Este trabajo fue pionero en América y puso de relieve una información valiosa de carácter comercial, dividida en provincias y departamentos de Chile. El autor abogaba para que se continuara el ejemplo en otras repúblicas americanas y así los gobiernos españoles tuvieran conciencia de la importancia de sus colonias en estos países (Fernández Pesquero, 1914c: 5-7).

El principal problema que nuestro corresponsal tuvo fue que menos del 10% de los peninsulares estaba inscrito en los registros de la Legación y de los consulados de España en Chile. Justificaba esta situación por la escasa disposición de estos organismos por los ciudadanos que representaban. Señalaba que los diplomáticos españoles solo se acercaban a determinados sectores de la colectividad y marginaban a la mayoría de la colonia. Pero este desinterés venía, en parte, motivado por la mala administración de los gobiernos españoles de sus representaciones diplomáticas y de su personal adscrito. Los diplomáticos estaban mal pagados y sin ninguna motivación por el destino. Este descuido por los funcionarios hizo posible que estuvieran al frente de la Legación dos ministros que no hablaban bien el castellano, creando recelo y desconcierto entre los compatriotas. También que hubiera cónsules que no tuvieron la nacionalidad española (Fernández Pesquero, 1914c: 5-7).

Pensamos que, al menos, uno de los ministros que menciona Fernández Pesquero fue Juan du Bosc Jackson, quien nació en Edimburgo en 1854 y estudió en la Universidad de Cambridge. En 1879 entró al servicio exterior español y antes de llegar a Chile, en 1905, se desempeñó como ministro en las legaciones de Londres, Washington, Berlín y San Petersburgo (Archivo Ministerio Asuntos Exteriores, Personal, Sig p38, Exp. 1469).

El periodista advertía que los representantes españoles en Santiago habían sido diplomáticos de «poca capacidad, talento y discreción». Ahora bien, reconocía que siempre hubo un ministro de tercera categoría al frente de la Legación, en contraposición de la administración chilena que enviaba a Madrid a personal de escaso rango, como secretarios o cónsules generales, o atendía las cuestiones españolas desde otras legaciones radicadas en Europa (Fernández Pesquero, 1914b: 1-2).

Podemos corroborar las palabras de Javier Fernández por cuanto España, desde el Tratado de Paz y Amistad de 1883, siempre tuvo un ministro al frente de la representación diplomática hasta la Primera Guerra Mundial, mientras Chile -desde finales del siglo XIX- llevó los asuntos españoles desde otra capital europea. En 1908, por fin se fijó la residencia permanente de un secretario encargado de negocios, quien dos años después ascendió a ministro residente. Entre 1911 y 1913, la situación cambia cuando, junto al ministro, la dotación de personal se aumenta a un oficial de secretaría, un secretario, un agregado militar y otro civil (Carrellán, 2011a: pp, 26-30).

Volviendo al análisis del periodista, este denunciaba la poca estabilidad de los funcionarios a la cabeza de la legación española, lo cual no permitía una clara y definida política en el trabajo de la misma. En concreto, entre 1910 y 1914 hubo cuatro ministros y dos encargados de negocios en ese organismo (Fernández Pesquero, 1914c: 5-7).

Entre los miembros de la representación diplomática encontramos a quienes protagonizaron controversias. Por ejemplo, en noviembre de 1910 aparecieron unas declaraciones del hermano del nuevo secretario de la legación española, afirmando que su allegado había sido destinado a Chile como castigo por haber opinado sobre el ministro de Estado español, Villa Urrutia (Carrellán, 2011a: 30).

En 1918 destaca una nueva polémica con el mismo implicado, Fernando Antón de Olmet, marqués de Dos Fuentes, quien hizo unas declaraciones a un diario español -las cuales fueron reproducidas en El Mercurio de Santiago-, en las que señalaba que la sociedad chilena tenía una mejor formación y nivel cultural que la española, donde la mayoría de su población era analfabeta. Los representantes de las asociaciones españolas en Chile protestaron y solicitaron al gobierno de su país el relevo de dicho funcionario. En este sentido, Javier Fernández recordaba en la revista lo poco discretos y acertados que eran los diplomáticos españoles al pasar de decir que «no querían ir a un país de indios», al conocer su nuevo destino, a manifestar que la población chilena era más instruida que la española (Fernández Pesquero, 1918a: 1012).

Pero lo peor estaba por venir y no desde el lado español. El estallido de la Primera Guerra Mundial alteró la entrada de fondos en la Hacienda chilena y desde el Ejecutivo de ese país se adoptó una serie de medidas encaminadas a paliar esta situación. De este modo, en diciembre de 1914 se dispuso no destinar más recursos a la legación chilena en Madrid. Hubo que esperar hasta noviembre de 1916 para que el Estado chileno volviera a restituir el presupuesto para la representación diplomática, aunque la llegada de un ministro no se produjera hasta dos años después (Carrellán, 2010a: 166).

Ese ministro plenipotenciario fue Joaquín Fernández Blanco, destacado miembro del Partido Conservador, quien había sido ministro de Industria y Obras Públicas durante el gobierno de Federico Errázuriz. La consideración de Javier Fernández hacia este nombramiento fue de agrado y estaba a la altura del puesto (Fernández Pesquero, 1918a: 10-12).

Como bien señala Sepúlveda, a pesar de la retórica en el uso de América en las declaraciones institucionales, la acción exterior española hacia el continente se centró en iniciativas privadas y no encontraron eco en las políticas oficiales del Estado. Hubo que esperar hasta la dictadura de Primo de Rivera para que la acción estatal tomara cuerpo. En cuanto a las relaciones diplomáticas, habría que apuntar varios elementos que nos parecen importantes. Primero, que los diplomáticos españoles deseaban los destinos de la Europa Occidental y rechazaban los del continente americano, considerándolos como un castigo. Y segundo, que los intercambios comerciales y financieros entre España y América eran más escasos que los establecidos con el resto de los países europeos (Sepúlveda, 2005: 275-276).

En este escenario, como venimos observando, América tenía una doble importancia vista desde España. Por un lado, por ser el destino de una emigración española en masa desde finales del siglo XIX. Por otro, por el deseo de la formación de esta comunidad cultural que reclamaba el hispanoamericanismo. En ambas situaciones, necesitaba una cobertura diplomática en cada uno de los países iberoamericanos que, en la mayoría de los casos, no estaba a la altura de las circunstancias.

En líneas generales, las relaciones bilaterales brillaron por su ausencia desde la ruptura colonial, a principios del siglo XIX. Se tardó hasta 1844 para que España reconociera a la República de Chile. Después en la década de 1860 se rompieron las relaciones, como consecuencia de la guerra que ambos países sostuvieron, y no se firmó el Tratado de Paz hasta 1883, siendo los emigrantes españoles los principales artífices de los contactos entre los dos países, como bien señalaba Fernández Pesquero.

4.3 Las relaciones militares

Javier Fernández Pesquero también daba cuenta de las relaciones hispano-chilenas en el ámbito militar. Precisamente, la guerra de 1914 había cortado los tradicionales lazos entre el Ejército chileno y el alemán. La imposibilidad de que los oficiales chilenos se pudieran instruir en las academias militares germanas favoreció ese trasvase hacia las escuelas españolas, convirtiéndose también España en uno de los proveedores de componentes militares.

A este respecto, en 1918 el periodista informaba sobre la próxima salida a España de una misión militar chilena formada por cinco oficiales, comandada por el general Luis Felipe Brieva (Fernández Pesquero, 1918a: 10-12). Esta delegación militar fue, hasta ese momento, la más importante en número enviada al exterior. Su destino original era Alemania, pero las complicaciones para llegar por tierra a este país hizo que el gobierno chileno autorizase a estos militares que realizasen su formación en la estructura del Ejército español (Carrellán, 2011b: 6).

Nuestro corresponsal pedía al Ejecutivo español que fuera generoso con la misión militar chilena, porque en sectores de la sociedad chilena estaba percibiendo signos de simpatías hacia España, como era el caso de los militares. Ponía como ejemplo los discursos pronunciados por los dirigentes del Ejército chileno en los actos del centenario de la Batalla de Maipú (1818), en los que elogiaban el valor y coraje de las fuerzas realistas. También destacaba el gesto de las autoridades chilenas que habían trasladado los restos del general español Rafael Maroto, jefe del ejército realista, que descansaban en el cementerio de Valparaíso, al panteón de los héroes nacionales en Santiago, junto a los próceres de la independencia (Fernández Pesquero, 1918b: 5-6). Por consiguiente, la Primera Guerra Mundial provocó que los contactos entre los ejércitos chileno y español se hicieran más usuales, intensificándose durante el gobierno de Primo de Rivera, como hemos tenido la oportunidad de estudiar (Carrellán, 2011b).

4.4 La importancia del 12 de octubre

La necesidad de revalorizar la fecha del 12 de octubre fue tratada por nuestro corresponsal en la revista onubense. Así, Fernández Pesquero calificaba esta efeméride como la más memorable de todas, por cuanto significaba el hallazgo de medio planeta que hasta la fecha era desconocido y la llegada de la civilización a un continente que vivía en medio de la ignorancia. Para él, la hazaña del descubrimiento no tenía nada que ver con los hechos de la conquista. En el primer caso, encarnaba todo lo bueno por todo lo expuesto anteriormente y por tratarse de un viaje lleno de dificultades y haber tenido éxito. Por el contrario, la conquista representaba el aspecto más negativo de aquella época, por imponerse a la fuerza y por el consiguiente sufrimiento de los pueblos americanos.

Además del conocimiento de esta parte tan importante del planeta, esa fecha suponía la prolongación y regeneración del prestigio hispano. El periodista añadía que ese día es patrimonio de todo un continente, de una cultura, que nació en Europa y se extendió por más de una veintena de naciones que se incorporaron, de esta forma, a la civilización. Según su ideología, Javier Fernández pensaba que esta fecha era un elemento de unidad de la comunidad hispana de ambos hemisferios y proponía la denominación de «fiesta de la raza» a la efeméride más destacada de la humanidad (Fernández Pesquero, 1918c: 9-10).

Precisamente, en 1918, el gobierno español estableció ese día como festivo en su calendario. Una medida que en el caso de Chile ocurrió en 1921 y que desde 1892 ya habían tomado distintos países como Colombia, Nicaragua y Brasil, en el marco de la celebración del IV centenario del descubrimiento de América. Con posterioridad, la mayoría de naciones iberoamericanas lo fueron instaurando (Presa, 1972: 230-231).

En el caso de Chile, el corresponsal se hizo eco de la iniciativa del diputado Alfredo Riesco, quien en 1915 presentó un proyecto de ley para la declaración del 12 de octubre como «feriado» (Presa, 1972: 230-231). Se tuvo que aguardar hasta 1919 para que el Ejecutivo dispusiese esa fecha como no lectiva en los colegios públicos. Por fin, las cámaras legislativas la declararon feriado oficial en 1921, gracias al proyecto presentado por el diputado Tito V. Lisoni. No obstante, desde 1892 y con un activo programa de actos, la colonia española conmemoraba la efeméride, en la cual participaban las principales autoridades chilenas (Presa, 1978: 262 y 270).

En este aspecto había unanimidad y aproximación a ambos lados del Atlántico. Tanto en España como en las repúblicas iberoamericanas, adoptaron la celebración de este día como importante en su calendario y, por tanto, se incorporó como una de las señas de identidad de una comunidad común. Era un paso para el hispanoamericanismo, pero aún faltaba mucho para lograr el sueño de «una unidad de espíritu» de nuestro protagonista.

4.5 Las relaciones económicas

Otro de los aspectos por los cuales Javier Fernández pensaba que había que hacer hincapié, eran las relaciones económicas entre los dos países, aprovechando la coyuntura de la guerra, lo que hacía difícil la competencia de otras potencias europeas. En este sentido, aplaudió la iniciativa de la compañía española Trasatlántica, que en 1918 envió a Chile uno de sus barcos -el Isla de Panay- para probar la rentabilidad de esta línea comercial. La nave traía aceites, productos químicos, papel y tejidos españoles, y esperaba llevar salitre a la península. El periodista explicaba que hasta 1901 esta empresa realizaba el trayecto entre Chile y España, pero dejó de hacerlo tras un acuerdo con la Pacific Steam Navigation Company, adquiriendo esta la hegemonía de la navegación comercial en aguas chilenas.

Nuestro corresponsal dio cuenta de los detalles del barco y del buen recibimiento que tuvo por parte de las autoridades en los diferentes puertos chilenos en los que arribó. Manifestaba que este viaje se estuvo preparando entre la compañía y los representantes diplomáticos chilenos desde antes de iniciarse la guerra en Europa, con el compromiso por parte del gobierno chileno de conceder una subvención a la línea, pero los problemas generados por la contienda hicieron postergar, hasta ese momento, el envío de la embarcación (Fernández Pesquero, 1918d: 4-6).

No obstante, el viaje no fue atractivo para la naviera y decidió no volver a realizarlo. De este modo, este ejemplo nos sirve para presentar otro de los inconvenientes que tuvieron las relaciones bilaterales en las primeras décadas del siglo XX, entre los que destaca la falta de una conexión directa regular por mar a través de alguna compañía. De manera que los intercambios comerciales entre los dos países se tuvieron que hacer por medio de terceros.

A grandes rasgos, hasta la Primera Guerra Mundial los importes de las transacciones comerciales fueron escasos y la balanza era a favor de España. Ninguno de los dos ejecutivos se preocupó por mejorar los contactos económicos. En los dos casos ponían sus esfuerzos en reforzar sus lazos con los países más industrializados. Todo cambia como consecuencia de la guerra de 1914-1918, cuando las exportaciones de salitre a España crecieron de manera sustancial en los años veinte y treinta, y la balanza comercial pasó a ser positiva para Chile. Por su parte, España también incrementó su volumen de exportaciones hacia Chile mediante una variedad de productos como manufacturas textiles, conservas, aceite de oliva y papel de fumar. De todos modos, las empresas exportadoras españolas no supieron o no intentaron aprovechar el vacío creado por las potencias europeas en el mercado chileno durante los años de la conflagración (Carrellán, 2011a: 174-175).

4.6 Percepción de un tiempo nuevo y propuestas

A pesar de los avatares que hemos ido describiendo, el corresponsal de la revista La Rábida pensaba que desde hacía unos cinco años, desde 1910 aproximadamente, se percibían mejores relaciones bilaterales. Notaba que se hablaba de España en muchas ciudades americanas gracias al gran número de inmigrantes españoles, y se percibía la presencia de chilenos en España, cuando antes era una rareza encontrar alguno. El cambio también lo advertía el periodista en la prensa española e iberoamericana, quien había comenzado a informar de los militares, médicos, profesores, artistas y acaudalados que viajaban a España para estudiar o hacer turismo.

En este nuevo contexto, Fernández Pesquero vio como una muestra de esta percepción, la iniciativa de una comisión de senadores chilenos, quienes presentaron para su aprobación en la Cámara Alta, la adopción de la ortografía de la Real Academia Española de la Lengua, sustituyendo así la regulación de Andrés Bello. La propuesta no prosperó hasta que en 1927, por resolución del Presidente Carlos Ibáñez del Campo, Chile se adhirió al primer modelo ortográfico.

El periodista estaba convencido que con empeño y mesura, España podría llegar a tener otra imagen entre los chilenos, pero el problema venía, en su opinión, en la desidia de los propios españoles por los temas americanos. Sobre la influencia que estaba ejerciendo Estados Unidos en el continente, razonaba que dañaba más al resto de potencias europeas que a España, dado el contexto de guerra en las que se encontraban.

Javier Fernández proponía que España se vinculara al «concepto de Europa», una marca que daba prestigio y seguridad en Chile, que seguía con atención todo lo que acontecía en las naciones europeas del norte y en EE.UU. Asimismo, esperaba que la visita de los intelectuales españoles Vicente Gay, Menéndez Pidal y Altamira, contribuyera a mejorar la imagen y la simpatía hacia España (Fernández Pesquero, 1914b: 1-2).

Nuestro corresponsal estimulaba a los gobiernos españoles a renovar sus relaciones con Iberoamérica, aprovechando el nuevo revisionismo sobre el aporte de España a la cultura americana, la cual estaba mostrando más simpatías que antaño. Estaba convencido que, tras la guerra, la pérdida de los vínculos con el resto de Europa estaba haciendo que los americanos se fijasen más en España (Fernández Pesquero, 1918b: 5-6).

 

5. Conclusiones

En este trabajo hemos tratado de presentar el pensamiento del panhispanismo a través de las reflexiones que Javier Fernández Pesquero plasmó en la revista onubense La Rábida. En concreto, se analizó la visión de las relaciones entre España e Iberoamérica, centrándonos en la realidad de los contactos con Chile.

El problema de investigación se ha resuelto porque el periodista cumplía una función internacional. Lo novedoso es su noción conservadora, la cual coincide con los valores del sistema instaurado en España en 1875. Esta similitud no impide que nuestro protagonista tuviera una mirada crítica respecto de cómo se estaban desarrollando las relaciones bilaterales. Partía de la premisa de que no había relaciones de hecho, aunque sí formalmente. Las autoridades españolas y chilenas estaban más interesadas por reforzar sus vínculos con la Europa industrializada que en mejorar sus contactos oficiales. Javier Fernández percibía que una de las causas de este distanciamiento venía del desconocimiento mutuo de ambas sociedades, en que el único nexo de unión eran los emigrantes españoles residentes en el territorio chileno.

En los textos que el periodista envió a la revista La Rábida, observamos una cierta evolución en sus opiniones, aunque predominaba el pesimismo y la resignación en su deseo por lograr el reconocimiento del legado español en América y mejorar la percepción de España en ese momento. A pesar de esta situación, esta visión negativa no le desalentó en seguir insistiendo en dar a conocer la realidad americana en las páginas de la publicación mensual andaluza. La esperanza en la «reconciliación» de los dos mundos hispánicos siempre estuvo presente en sus escritos y para alcanzar este objetivo no escondió sus recetas para conseguirlo.

Por esta razón, Fernández Pesquero proponía que los periódicos de los dos países informaran, en mayor grado, de las realidades de cada nación; que los americanistas españoles al visitar América no se limitaran a visitar círculos cerrados de españoles; que se dotara a las legaciones diplomáticas de más recursos y, al frente, que estuvieran funcionarios bien formados, y que se planificaran iniciativas que facilitaran las relaciones comerciales, como subvencionar líneas de navegación entre los dos países. Los intercambios comerciales eran clave para cimentar nexos más intensos por parte de esta corriente nacionalista conservadora.

A nuestro parecer, si bien las relaciones tuvieron un cambio sustancial durante la Primera Guerra Mundial, sobre todo en el ámbito económico, con el incremento de las exportaciones de salitre a España, pensamos que el verdadero relanzamiento de los contactos bilaterales, a nivel político, se materializó durante la coincidencia de los gobiernos de Miguel Primo de Rivera y Carlos Ibáñez del Campo, en la década de 1920.

En el caso concreto que nos ocupa, queremos corroborar nuestra hipótesis de partida, por cuanto desde 1910, año de la celebración del centenario de la Independencia, en adelante, grupos de las sociedades chilena y española estaban interesados en profundizar las relaciones en todos los ámbitos. Y como justificación a esta afirmación, tenemos los elementos que hemos ido enumerando a lo largo del texto. Por ejemplo, mejor cobertura diplomática por parte chilena desde 1910, con la designación de un ministro para la legación en Madrid, cargo inexistente desde el siglo XIX, a pesar del paréntesis que supuso 1914-1916, debido al duro golpe que sufrieron las arcas estatales.

Tenemos, también, la decisión de festejar el 12 de octubre en los dos países; el hecho de dar mayor dignidad a los restos de Maroto; el envío de un barco comercial que probara la rentabilidad de una línea regular, o la fundación misma de la revista La Rábida, en 1911, que canalizara ese interés por América en España. Todo ello bajo la revalorización del mercado español por parte chilena para su salitre, que había sufrido la pérdida de sus destinos tradicionales en el norte de Europa.

 

Bibliografía

Fuentes:

Archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores (Madrid), AMAE. Personal, Signatura p. 38, Expediente 1469.

Biblioteca del Congreso Nacional de Chile: Censo de la República de Chile de 1920. Santiago, Sociedad Impresora y Litográfica Universo, 1925.         [ Links ]

El Mercurio de Santiago: 17 de mayo, 2 de agosto y 10 de agosto de 1914. Repositorio Abierto de la Universidad Internacional de Andalucía [dspace.unia.es]

La Rábida: Revista Colombina Iberoamericana (Huelva).

• N° 33, 31 de marzo de 1914. Fernández Pesquero, Javier: «Notas Chilenas (diversas informaciones y fotografías de las actividades de españoles en ese país)», pp. 4-6; «El Hispanismo en América y el Americanismo en España (apuntes de un libro en preparación)», pp. 10-12.

• N° 39, 30 de septiembre de 1914. Fernández Pesquero, Javier: «Chile glorifica a España», pp. 1-2; Desde Chile, pp. 4-7.

• N° 41, 30 de noviembre de 1914. Fernández Pesquero, Javier: «Chile glorifica a España», pp. 5-7.

• N° 42, 31 de diciembre de 1914. Fernández Pesquero, Javier: «Comercio, Navegación y Diplomacia española en Chile», pp. 2-3.

• N° 44, 28 de febrero de 1915. Fernández Pesquero, Javier: «Chile y España», pp. 1-2.

• N° 56, 29 de febrero de 1916. Fernández Pesquero, Javier: «España según los americanos», pp. 3-5.

• N° 79, 31 de enero de 1918. Fernández Pesquero, Javier: «Museo Americano», pp. 10-12.

• N° 83, 31 de mayo de 1918. Fernández Pesquero, Javier: «El concepto de España en Chile», pp. 5-6.

• N° 87, 30 de septiembre de 1918. Fernández Pesquero, Javier: «La fecha más gloriosa del Mundo», pp. 9-10.

• N° 89, 30 de noviembre de 1918. Fernández Pesquero, Javier: «Chile invita a España. Recepción de los marinos de la Isla de Panay. Brillante éxito de un viaje comercial», pp. 4-6.

Textos:

Barros, M. (1970). Historia diplomática de Chile 1541-1938. Barcelona: Ariel.         [ Links ]

Carrellán Ruiz, J. L. (2010a). «Los representantes de la diplomacia española en la República de Chile (1914- 1929)», Rábida, 28: Diputación de Huelva, pp. 159-177.         [ Links ]

Carrellán Ruiz, J. L. (2010b). «Las relaciones de dos regímenes autoritarios: España y Chile durante los gobiernos de Primo de Rivera e Ibáñez del Campo». en Revista de Historia Social y de las Mentalidades, vol. 14, N° 1: Universidad de Santiago de Chile, pp. 41-65.         [ Links ]

Carrellán Ruiz, J. L. (2011a). Salitre y militares: las relaciones entre España y Chile (1900-1931). Huelva: Universidad de Huelva.         [ Links ]

Carrellán Ruiz, J. L. (2011b). «Las relaciones entre España y Chile (19021931): los contactos militares», en Barrio Alonso, A. (coord.), Nuevos horizontes del pasado: culturas políticas, identidades y formas de representación. Santander: Universidad de Cantabria.         [ Links ]

Carrellán Ruiz, J. L. (2015). «Las relaciones hispano-chilenas vistas por el periodista español Javier Fernández Pesquero (1913-1932)», en Folguera, P., Pereira, J. C. y otros (ed.), Pensar en la Historia desde el siglo XXI. Actas del XII del Congreso de la Asociación Historia Contemporánea. Madrid, Universidad Autónoma de Madrid.         [ Links ]

Chust, M. y Frasquet, I. (2012). La patria no se hizo sola: las revoluciones de independencias iberoamericanas. Madrid: Silex.         [ Links ]

De la Presa, R. (1972). Los primeros noventa años del Círculo Español. Santiago: Fantasía.         [ Links ]

De la Presa, R. (1978). Venida y aporte de los españoles a Chile independiente. Santiago: Lautaro.         [ Links ]

De Unamuno, M. (1996), Epistolario americano (1890-1936). Salamanca: Universidad de Salamanca.         [ Links ]

Gazmuri, C. (1981). «Notas sobre la influencia del racismo en la obra de Nicolás Palacios, Francisco A. Encina y Alberto Cabero», en Historia, N° 16, pp. 225-247.         [ Links ]

Godoy, H. (1976). El carácter chileno. Santiago: Ed. Universitaria.         [ Links ]

Malamud, C. (1998). «América, Cánovas y la pérdida de las últimas colonias», en Tusell, J. y Portero, F. (eds), Antonio Cánovas: y el Sistema de la Restauración. Madrid: Biblioteca Nueva.         [ Links ]

Márquez Macías, R. (2014). «Huelva y América. Cien años de Americanismo. Revista 'La Rábida' (1911-1933)», en Márquez Macías, R. (ed.), Huelva y América. Cien años de Americanismo. Revista «La Rábida» (1911-1933). Sevilla: Universidad Internacional de Andalucía. pp. 21-58.         [ Links ]

Martínez, J. (2002). «Chilenos en Madrid. Siglo XIX», en Anales de Literatura Chilena, año 3, diciembre, N° 3, pp. 13-27.         [ Links ]

Merle, M. (1974). Sociologie des Relations Internacionales, Toulouse, Dalloz.         [ Links ]

Moreno Luzón, J. (2010) «Reconquistar América para regenerar España. Nacionalismo español y centenario de las independencias en 1910-1911», Historia Mexicana, vol. LX n° 1: El Colegio de México, pp. 561-640.         [ Links ]

Norambuena, C. «La inmigración en el pensamiento de la intelectualidad chilena 1810-1910», en Contribuciones Científicas y Tecnológicas, n° 109, pp. 73-83.         [ Links ]

Norambuena, C. (1999). «Inmigración e integración. Españoles en Chile. 1880-1930», en La inmigración española en Chile, Brasil y Argentina. México, D. F.: Instituto Panamericano de Geografía e Historia.         [ Links ]

Orrego Luco, A. (1917). Retratos: Amunátegui, Gambetta, Cánovas del Castillo, J. M. Charcot, D. Victorino Lastarria, D. Simón Rodríguez. Santiago: Ed. de la Revista Chilena.         [ Links ]

Pazos Pazos, M. L. (2006). «El centenario de la independencia en las revistas de las principales instituciones hispanoamericanistas españolas», en Dalla Corte-Caballero, G. et al. (coords.), De las independencias al Bicentenario, trabajos presentados al Segundo Congreso Internacional de Instituciones Americanistas, dedicado a los fondos documentales desde las independencias al bicentenario. Barcelona: Casa América Catalunya, pp. 35-46.         [ Links ]

Unión Ibero-Americana (1910). España en Chile: homenaje de la Unión Iberoamericana a Chile en el primer centenario de emancipación política, Santiago.         [ Links ]

Sapag Muñoz de la Peña, P. (1996). Propaganda Republicana y Franquista en Chile durante la Guerra Civil Española. Madrid: Universidad Complutense.         [ Links ]

Sepúlveda Muñoz, I. (2005). El sueño de la madre patria: hispanoamericanismo y nacionalismo. Madrid: Marcial Pons.         [ Links ]

Vélez Jiménez, Ma. P. (2007). La historiografía americanista en España 1755-1936. Madrid: Iberoamericana.         [ Links ]


Este artículo es una actualización de parte del trabajo presentado en el XII Congreso de la Asociación de Historia Contemporánea, celebrado en Madrid en septiembre de 2014.

Recibido el 25 de septiembre de 2015; Aceptado el 18 de diciembre de 2015.

Creative Commons License Todo el contenido de esta revista, excepto dónde está identificado, está bajo una Licencia Creative Commons