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Estudios internacionales (Santiago)

versión On-line ISSN 0719-3769

Estud. int. (Santiago, en línea) vol.51 no.193 Santiago ago. 2019

http://dx.doi.org/10.5354/0719-3769.2019.54278 

Artículos

La Ucrania post-soviética a la luz de la geopolítica crítica

Post-Soviet Ukraine in the light of critical geopolitics

Juan David Otálora Sechague1 

1Universidad del Rosario. Colombia

Resumen:

Los acontecimientos políticos ocurridos en Ucrania que desataron una guerra civil en el oriente del país y que trajeron como una de las consecuencias más visibles la separación de la península de Crimea y su posterior anexión a la Federación Rusa, puede analizarse desde la división interna de la élite y la población ucraniana durante la post Guerra Fría. Este hecho se explica, desde la geopolítica crítica, por la interpretación divergente del espacio que suscitó una doble fragmentación: territorial (oriente/occidente) y de bloques (élite política/ciudadanía), que ha imposibilitado el surgimiento de una organización sólida e independiente. El resultado de esta doble tensión es la eclosión de lo que se denominará un “Estado bipolar”, que es justamente la característica esencial de Ucrania en la era post-soviética.

Palabras clave: Ucrania; geopolítica; post Guerra Fría; Estado bipolar; identidad nacional

Abstract:

The political events in Ukraine that sparked a civil war in the east of the country and brought as one of the most visible consequences of the separation of the Crimea and its subsequent annexation to the Russian Federation, can be analyzed from the internal division of the elite and the Ukrainian population during the Cold War. This fact explains, from the critical geopolitics, by the divergent interpretation of space that aroused a double fragmentation: territorial (east/west) and blocks (political elite/citizenship), which has prevented the emergence of a strong and independent organization. The result of this double tension is the emergence of what is called a “bipolar state”, which is precisely the essential characteristic of Ukraine in the post-Soviet era.

Keywords: Ukraine; geopolitics; Cold War; bipolar state; national identity

Ucrania como fenómeno geopolítico

Las protestas iniciadas en Ucrania en noviembre de 2013, conocidas como Euromaidán, impulsaron —tras varios meses de presión— la renuncia del Presidente pro ruso Viktor Yanukovich. Las concentraciones se iniciaron luego de la negativa de Kiev de firmar un acuerdo comercial con la Unión Europea, lo que alejaba a Ucrania de formar parte constitutiva de esta organización internacional. Al inicio, las manifestaciones que lograron deponer al primer mandatario, se observaron como una victoria contundente de cierta parte de la población ucraniana.

No obstante, los intereses de los diversos actores involucrados produjeron un escalamiento tanto discursivo como militar que desencadenó una guerra civil en el oriente del país y llevó a la autoproclamación de las repúblicas populares de Donetsk y Lugansk, así como a la declaración de independencia de la República Autónoma de Crimea, el 11 de marzo de 2014, y su posterior anexión a la Federación Rusa. A pesar de los intentos del Consejo de Seguridad de la ONU por evitar la secesión de Crimea (que contó con 13 votos a favor y la abstención de China), el poder de veto ruso logró archivar la resolución ( El Mundo, 2014 ) y permitió celebrar el referéndum de anexión que contó con más del 96 % de aprobación.

La crisis actual tiene, desde luego, su raíz en la desintegración de la Unión Soviética (1991). El surgimiento de quince nuevos estados produjo un cambio significativo en el escenario global, no solo por el vacío ideológico que sugirió la disolución del gran proyecto comunista, sino además por los dilemas identitarios que algunos estados han tenido durante la post Guerra Fría. El caso de Ucrania es probablemente uno de los más representativos debido, por una parte, a su naturaleza política, próxima a la tradición e influencia rusa y, por otra, a la tensión generada al interior del país donde la fragmentación histórica entre oriente y occidente ha traído un sinnúmero de consecuencias de orden territorial, étnico, cultural, geopolítico y en la configuración de la identidad nacional, repercusiones que se han ido hilvanando en el período poscomunista.

Esta compleja circunstancia lleva a considerar a Ucrania un territorio de vital importancia para los análisis geopolíticos, no solo por su posición estratégica al borde de dos mundos, sino que además por su delicada situación política frente al bloque occidental y las directrices de Moscú. En esta línea, el presente artículo busca contribuir al análisis y comprensión de los escenarios que han caracterizado la historia de Ucrania luego de la implosión del modelo soviético.

El primer acápite se concentra en el estudio de la nación eslava a la luz de consideraciones geopolíticas (particularmente desde la perspectiva crítica). A continuación se presenta un diagnóstico del liderazgo del país desde su independencia en 1991, evidenciando cambios sustanciales en la manera en que se orienta su acción doméstica e internacional. Finalmente, el tercer apartado busca dar cuenta del distanciamiento entre los habitantes del este y oeste de Ucrania, prestando importancia a la identidad nacional como un factor problemático en la construcción de una ‘nueva’ nación.

Esta conjugación de elementos que, entre otras cosas, deja entrever una naturaleza disímil en la interpretación geopolítica, configura la hipótesis del artículo que se centra en caracterizar a Ucrania en el período post-soviético como un Estado bipolar, esto es, una organización sociopolítica que posee una fragmentación interna debido a la tensión entre la élite (en términos amplios, es decir, política, económica y militar) que ha basado su postura en la importancia estratégica del espacio o, en una palabra, ha dispuesto de la geografía de los estados mayores, y la población que influenciada por una serie de factores de orden político se ha apropiado del discurso “enmascarador” de la geografía de los profesores, perdiendo así la verdadera utilidad del espacio (Lacoste, 1977). En consecuencia, este desfase propio de las representaciones territoriales ha ocasionado una fragmentación evidente, llevando a Ucrania a un conflicto permanente entre la población y sus élites.

La interpretación de Ucrania en la posguerra fría se realizará a partir del análisis geopolítico entendido como el estudio de las “rivalidades de poder sobre los territorios y sobre los hombres que allí se encuentran” (Lacoste, 1995, citado por Cohen, 2003:11). La particularidad de esta metodología está en el hecho de establecer una relación entre las perspectivas espaciales (que son, ante todo, escenarios de pugna constante) y la producción de contenidos políticos que generan imaginarios sobre cómo los actores entienden el territorio. Concretamente, se utilizará la perspectiva crítica que es un enfoque que “reconoce un binomio inextricable entre conocimiento y poder, que permite descifrar cómo un conjunto particular de prácticas que ha llegado a ser dominante, excluye paralelamente a otro conjunto de prácticas” ( Preciado y Uc ,2010 : 70). Esta noción se relaciona con el concepto gramsciano de hegemonía (en el que se combinan la coerción y el consenso), que busca la producción de un orden político y cultural específico en detrimento de un grupo considerado como subalterno.

Justamente esta naturaleza subordinada constituye un elemento esencial en los estudios críticos, pues si bien se aceptan los intereses clásicos del Estado (soberanía y poder), se reconoce, a su vez, la comprensión desde múltiples escenarios de producción: altos (como una política de seguridad nacional) o bajos (la portada de un periódico o un semanario); visuales (como la producción de contenidos en televisión) y discursivos (justificaciones del accionar de los actores en la esfera pública); tradicionales (la influencia de la religión en el ámbito sociopolítico) y contemporáneos (como el flujo de la información y la influencia de las redes sociales) (Ó Tuathail y Dalby, 1998). De ahí que la reproducción de ciertas prácticas esté relacionada con la manera en cómo los actores se entienden en el espacio, qué factores de poder utilizan para la transmisión de sus valores y qué clase de repercusiones se obtiene a partir de su accionar individual o colectivo.

Siguiendo al profesor Yves Lacoste, el análisis geopolítico está compuesto de múltiples etapas, a saber: a) la identificación de actores; b) el estudio de las rivalidades entre ellos; c) la definición de las representaciones geopolíticas que tienen sobre sí mismos y sus rivales (que en el caso ucraniano, es problemático de establecer, pues como se verá más adelante, la definición del “otro” ha constituido una problemática permanente), y d) los escenarios en los que se desarrolla la rivalidad geopolítica (Lacoste 2006, citado por Avioutskii, 2008 : 69). Este marco general sirve como referencia para estudiar las distintas dinámicas conflictivas que se han venido desarrollando en Ucrania luego de la caída de la Unión Soviética. La importancia de la territorialidad y el uso de sus representaciones, configuran un escenario para la comprensión de los fenómenos acaecidos.

Dicho todo esto, la naturaleza de Ucrania, cuya raíz etimológica (Okraína) significa margen o borde (Pelypenko, 1969: 46), ha estado históricamente condicionada por los intereses tanto de Rusia como de las potencias occidentales, dada su posición geoestratégica que la convierte en un auténtico “Estado bisagra”, por el que no solo transitan importantes recursos como el gas y el petróleo, sino en el que se desarrollan cruentos conflictos por la estabilidad regional. La nación eslava tiene, además, una importante costa en el Mar Negro, por lo que se ha convertido en uno de los referentes de Europa del este y uno de los países con mayor potencial económico de la zona.

Por otra parte, dentro del territorio ucraniano existe una agricultura diversificada, siendo uno de los países con mayor producción de cereales, remolacha, zanahoria, tomate y frutas. De hecho, en el pasado Ucrania fue conocida como “el granero de la Unión Soviética” ( López-Medel, 2008 : 254), situación que persiste en las actuales dinámicas, pues este país es uno de los territorios más fértiles de Eurasia. Igualmente, en la región de Donetsk se da un desarrollo notable de recursos minerales, particularmente el carbón, que “fue la base para el desarrollo de una importante industria pesada donde el sector militar parece preponderante” ( Urjewicz, 1995 : 1546) 1 y en el que, dicho sea de paso, tienen una amplia participación poderosos grupos económicos como el dirigido por el multimillonario Rinat Ajmétov, representante del clan de Donetsk.

A pesar de que Ucrania puede asegurar su soberanía alimentaria, existe una rivalidad en términos geopolíticos que se deriva de dos circunstancias particulares relacionadas con Rusia. En primera medida, la dependencia energética (fundamentalmente de gas y petróleo) ha ocasionado una falta de autonomía en diversos ámbitos de la política ucraniana. En efecto, a finales de 2005 comenzó un enfrentamiento entre Kiev y Moscú, que tuvo como consecuencia el corte del suministro de gas ruso durante el invierno, dejando a Ucrania sin el recurso estratégico por más de 5 días ( López-Medel, 2008 : 270) 2 . Cabe recordar que “el 80% de gas ruso con destino a Europa occidental transita por Ucrania” ( Lacoste, 2009 : 167), lo que ha generado la agudización del conflicto.

En segunda instancia, la situación acaecida en la península de Crimea (cedida por el gobierno de Nikita Krushov a Ucrania en 1954 y constituida como República Autónoma desde 1992), evidencia una tensión geopolítica, fundamentada por la presencia de la flota rusa del Mar Negro en la ciudad de Sebastopol, que cuenta con cuatro bases navales (al menos con treinta buques y dos submarinos) y dos radares antimisiles ( Gloaguen, 2005 :127). La presencia militar rusa que siempre constituyó una amenaza para Ucrania, se exacerbó luego de la dimisión del Presidente Yanukovich e impulsó a los habitantes de Crimea (en su gran mayoría rusoparlantes) a apoyar la anexión de la península a la Federación Rusa.

El resultado avasallador de la consulta (96,77% a favor de la adhesión) fue, sin embargo, desconocido por la Asamblea General de Naciones Unidos con 100 votos a favor, 11 en contra y 58 abstenciones ( El Mundo, 2014 ). A pesar de la férrea oposición de Estados Unidos, la Unión Europea y Ucrania, los intereses rusos primaron, obteniendo para sí un punto geoestratégico sin parangón en el Mar Negro. Empero, al margen de la discusión sobre la legalidad o no del referendo, lo cierto es que el conflicto en Ucrania ha evidenciado la fragmentación entre los habitantes del oriente y occidente que no se reconocen como parte de una misma nación.

Ahora bien, luego del análisis de las condiciones e importancia geopolítica de Ucrania, es fundamental estudiar los factores que explican la evidente divergencia que se presenta dentro del país, lo que en el fondo propone efectuar una reflexión en torno al Estado como organización política. Es por ello que la idea de las “dos Ucranias” se fundamenta en una dramática polarización a lo largo del eje este-oeste.

Después de 1991, las regiones occidentales se apartaron de la periferia del imperio soviético en la base principal del movimiento democrático nacional y dentro de la puerta de entrada a Europa. Al mismo tiempo, el este de Ucrania —que se formó como un núcleo industrial de la URSS y contribuyó esencialmente al potencial intelectual y administrativo del sistema soviético—, con una población mayoritariamente de habla rusa, fue marginado en el nuevo mapa simbólico de Ucrania ( Zhurzhenko, 2002 : 2) 3 .

La particularidad que presenta Ucrania está en el hecho de ser una organización dividida que se aleja de las concepciones clásicas de Estado como, por ejemplo, la descrita por Max Weber, quien lo entiende como “la comunidad humana que en el ámbito de determinado territorio (aquí el “territorio” es el elem ento diferencial) requiere exitosamente como propio el monopolio de la violencia física legítima” (Weber, 1987: 9). Esta y otras definiciones otorgan una sensación de unidad y homogeneidad en el ejercicio de la autoridad de las instituciones que, sin embargo, no se evidencia en Ucrania durante la era post comunista.

Esta ausencia de unidad y limitación ha ocasionado la eclosión de lo que se denominará un “Estado bipolar”, entendido como una estructura política que se debate al interior mismo de la organización, caracterizada por mantener una fragmentación prolongada (que obedece a diversos factores, por ejemplo, étnicos o culturales) y con un programa político difuso que tiende a transformarse en el tiempo. De acuerdo con esto, el caso de Ucrania representa una situación de bipolaridad pues, de un lado, las élites actúan de acuerdo a la conveniencia política pero, en contraste, la población (particularmente la del oriente del país) posee una visión distinta o en términos de la geopolítica crítica, tiene una representación espacial diferente.

El concepto de bipolaridad (antes conocido como reacción maniaco-depresiva) será tomado de la sicología y se entenderá como “un trastorno del estado de ánimo, que se caracteriza por un curso cíclico episódico de largo plazo, con fluctuaciones anímicas extremas que generan un daño significativo en el funcionamiento social, interpersonal y laboral de quien lo padece” (Reiser y Thompson, 2006:1) 4 . Los síntomas de esta enfermedad según Emil Kraepelin (siquiatra especialista) son, entre otros: percepción de estímulos externos afectados; conciencia ligeramente enturbiada (ideas vagas y difusas) sumadas a problemas de orientación; pérdida del control sobre los recuerdos; alteraciones sensoriales y confusión ideofugal, es decir, menoscabo progresivo de la coherencia del pensamiento (Kraepelin, 2013: 5-14). Estos síntomas que se configuran, desde luego, como una metáfora para interpretar la situación del Estado ucraniano, tienen una correspondencia en el ámbito político que serán abordados en las próximas secciones.

Las raíces de la bipolaridad

La naturaleza política de Ucrania en la post Guerra Fría es tan solo la consecuencia de una serie de procesos históricos que evidencian la fragmentación del Estado, tanto en las esferas de la administración, como en la relación entre las instituciones y la población. Dicho de otro modo, la realidad actual de la nación europea es el corolario de una circunstancia político-social que inició en la Edad Media. En efecto:

El origen de Ucrania se remonta a la época medieval, concretamente al siglo IX en el Estado de Kiev o Rus de Kiev. Siglos después (en el XIV) perteneció a Polonia, frente a la cual los cosacos de la zona oriental propiciaron un acuerdo con el Zar ruso, integrándose la mayor parte de su territorio en este Imperio en 1654. Otra parte menor del territorio fue adquirido en el siglo XVIII por otro imperio, el Austro-Húngaro. Sería en el siglo XIX cuando empiecen a notarse con nitidez la expresión de sentimientos nacionalistas frente a la Rusia zarista ( López-Medel, 2008 : 253).

La división interna de Ucrania es el producto de un proceso transformativo en el que pueden fijarse al menos tres coyunturas específicas. Primero, las referencias eslavas comunes compartidas con Rusia, que iniciaron en el proto-Estado del Rus de Kiev (862–1349). Segundo, la fragmentación entre la civilización occidental y ortodoxa, como resultado de la influencia de los diversos imperios. Por último, el efímero desarrollo del nacionalismo ucraniano durante el siglo XIX y su posterior anexión al proyecto bolchevique, que en 1922 se transformó en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

En este escenario, es evidente que la historia ucraniana ha sido un complejo entramado de hechos que la han convertido en una tradicional área limítrofe entre los dos mundos. El origen del Estado, que se configuró en un período común con Rusia (imperio moscovita) tuvo, además, la influencia de Polonia (Reich Pospolita), lo que “llevó a que en la segunda mitad del siglo XVIII Ucrania se dividiera por el río Dniéper entre territorios del margen derecho y territorios de la margen izquierdo” (Andrujovich, 2006:77).

Por tal motivo, desde el surgimiento mismo de la organización política, Ucrania ha tenido una división radical como consecuencia de la influencia de los diversos imperios (tanto de oriente como de occidente).

Así las cosas, es imposible analizar la cuestión del Estado ucraniano sin observar atentamente la presencia de los gobiernos extranjeros (particularmente la influencia rusa) en la configuración de su historia. En efecto, como lo asegura Cucó (1999 : 264) “la división del territorio en dos entidades políticas, como el imperio zarista y el austriaco, marcaron con fuerza singular la evolución histórica disímil de Ucrania occidental y de Ucrania oriental”, de ahí que la bipolaridad, tal y como ha sido planteada, tenga un claro origen histórico relacionado con la presencia de varias potencias sobre el territorio ucraniano.

Esta fragmentación no solo puede observarse en términos territoriales, sino además en función del idioma que constituye un problema mayor, pues “en el este siempre se ha hablado casi exclusivamente en ucraniano, mientras en el oeste coexisten en proporción diversa tres lenguas: el ucraniano y el surzhyk 5 en los núcleos rurales, y el ruso y el surzhyk en las ciudades” (Andrujovich, 2006: 86). Sumado a esto, debe considerarse la utilización hegemónica del ruso en algunas zonas del sur del país, particularmente en la península de Crimea.

Por otra parte, el papel de la Unión Soviética fue determinante en el proceso de “asimilación” y eliminación del nacionalismo ucraniano a través de diversos métodos que se consolidaron con el liderazgo de Iósif Stalin. Así pues, entre 1932 y 1933, Ucrania experimentó una hambruna radical (conocida con el término Holodomor), en la que se estima murieron entre tres y siete millones de campesinos ucranianos ( López-Medel, 2008 : 254). Este acontecimiento marcó en buena medida el distanciamiento de la región occidental frente a las políticas de los gobernantes soviéticos y acentuó significativamente la división que, durante la post Guerra Fría, se hace más que evidente.

Esta influencia permanente de Rusia ha llevado a la creación de representaciones geopolíticas disímiles, pues la orientación territorial de los ciudadanos ucranianos depende en buena medida de la zona geográfica en la que se ubican. Por este motivo, la historia de Ucrania es en sí misma compleja, ambigua, ambivalente y utilizada para justificar representaciones geopolíticas contradictorias: ¿dónde se encuentran, en efecto, los orígenes del Estado ucraniano? ¿En el Rus de Kiev, donde Ucrania sería el heredero, como lo afirman los historiadores ucranianos? ¿En el gran ducado de Galicia donde estuvieron refugiadas las élites, de Kiev tras las invasiones mongolas del siglo trece? ( Urjewicz, 1995 : 1547) 6 .

Es claro que Ucrania, en el período posterior a la Guerra Fría, es el resultado de la influencia de diversas cuestiones sociopolíticas que han configurado su posición en la actualidad. La división entre las poblaciones del oriente y occidente, obedece a una raíz histórica que siempre ha puesto en disputa a las grandes potencias que rodean esta zona de frontera. La reunión de dos cosmovisiones en un mismo territorio, ha traído problemas como el que hoy se presenta. En efecto, las regiones del oriente que son rusófilas siempre han entrado en tensión con los habitantes del occidente que se reconocen más cercanos a Europa y sus costumbres, generando la ausencia de cohesión en torno a un proyecto común de nación.

Ucrania en la era post-soviética

Lo descrito con anterioridad sugiere una división aguda en dos dimensiones. Por una parte, una “fragmentación de bloques”, esto significa que la élite política actúa de manera distinta a como lo hace la población (teniendo consideraciones geopolíticas diferentes y, en algunos casos, contrarias) y una “fragmentación de regiones” que busca dar cuenta de la división oriente/occidente que, como se observó con anterioridad, posee antecedentes de orden histórico. En consecuencia, el resultado de esta doble tensión es el surgimiento de un “Estado bipolar”, que constituye la característica esencial de la nación eslava en el período post comunista.

De acuerdo con Yves Lacoste, “el saber es una forma de poder, y todo lo referente al análisis espacial debe ser considerado peligroso, pues la geografía sirve fundamentalmente para hacer la guerra” (Lacoste, 1977: 116). Según lo anterior, el acceso a la geografía “real” constituye un elemento crucial para el surgimiento de una interpretación geopolítica divergente al interior mismo de una organización política, cuyo efecto inmediato es la aparición de dos formas de interpretar el espacio: la geografía de los estados mayores (instrumento de poder estratégico) y la geografía de los profesores, o escolar y universitaria (discurso ideológico y “enmascarador”).

La función de la interpretación espacial es fundamental para que se genere una representación distinta del territorio y exista una utilidad estratégica del mismo. De hecho, “la minoría en el poder, muy consciente de su importancia [la del espacio], es la única que lo utiliza en función de sus intereses, y ese monopolio del saber es tanto más eficaz en la medida en que la mayoría no presta la menor atención a una disciplina que considera totalmente «inútil»” (Lacoste, 1977: 17). En otras palabras, las élites políticas, militares y económicas, conscientes de la utilidad del espacio, poseen un interés particular en aras de controlar a los hombres y disponer de los recursos en determinado territorio. En tanto que la población, subordinada por los ‘saberes populares’, tiene una interpretación específica —en todo caso dominada por los estados mayores— del territorio que habitan.

De esta manera, “la riqueza de la geografía nacional”, el estudio de los principales accidentes geográficos y las actividades económicas desarrolladas en determinadas regiones, solo constituye una función ideológica con el objetivo de encubrir la verdadera utilidad del territorio, esto es, la disposición de una serie de recursos estratégicos para preservar el Estado o para hacer la guerra. Así, los estados mayores tienen a su servicio el poder real del espacio, mientras que los profesores reproducen un conjunto de conocimientos sistemáticamente elaborados, que buscan ocultar la función estratégica de la geografía y que son, en última instancia, transmitidos a los ciudadanos a través de las expresiones de la cultura popular, como revistas, periódicos, películas, caricaturas y otras referencias aparecidas en los medios de comunicación de masas ( Dodds, 2001 :471). Estos elementos configuran los imaginarios geopolíticos que la población reproduce, contribuyendo a la formación de una identidad particular estrechamente relacionada con el espacio.

Esta teoría encaja en lo fundamental con la idea del “Estado bipolar”, en la medida en que una interpretación fragmentada de la realidad geográfica de la nación genera formas diferentes de entender el espacio y lo que este representa para cada uno de los actores. En relación con el caso de estudio, luego de la caída de la Unión Soviética han existido cinco liderazgos en Ucrania —que serán analizados en la próxima sección—, a saber: Leonid Kravchuk (1991–1994), heredero de la nomenklatura soviética, pero presentado como un líder nacionalista; Leonid Kuchma (1994–2005), considerado presidente pro ruso; Viktor Yuschenko (2005–2010), líder de la revolución naranja y de corte pro occidental; Viktor Yanukovich (2010-2014), muy próximo a las políticas del Kremlin y, finalmente, Petro Poroshenko, actual líder de la nación, quien es considerado un mandatario pragmático, cercano a las directrices de la Unión Europea.

Esta cambiante realidad política evidencia la tensión que se genera entre la población y las élites, circunstancia que está relacionada con la interpretación geopolítica contraria. Por ello, “la escisión este-oeste quedó de manifiesto de forma evidente en las elecciones presidenciales de 1994. El Presidente en funciones, Leonid Kravchuk […] venció en las trece provincias de la Ucrania occidental, con mayorías que llegaban hasta el 90 %” ( Huntington, 1997 : 197–198), situación totalmente opuesta de lo que sucedió, por ejemplo, en las elecciones de 2004, en las que el candidato pro ruso Viktor Yanukovich obtuvo porcentajes por encima del 93% en las regiones del este y sur del país ( López-Medel, 2008 : 268).

La Ucrania post-soviética se caracteriza por tener una política ambivalente que se observa en las constantes rotaciones de los liderazgos y la influencia definitiva de los clanes económicos. Por esa razón, “parece que la política exterior esquizofrénica adoptada por los presidentes apuesta a un juego de equilibrio entre los estadounidenses y los rusos” ( Pétric, 2008 : 17). Por tanto, la tensión generada entre oriente y occidente es un tema que toca a cualquier líder de la nación, hecho que se manifiesta en un constante juego de poderes, presiones y manipulaciones, por lo que la aplicación de un modelo decididamente “independiente” es casi imposible.

La guerra civil desatada en el oriente del país fue la muestra de la radicalización de la bipolaridad, pues los sectores de Crimea, Donetsk y Luhansk no se sentían identificados con los cambios anunciados por la nueva administración. De la misma forma, los habitantes del occidente que provocaron la salida del Presidente Yanukovich, manifestaron su inconformismo frente a la decisión de alejarse de la Unión Europea. Por tanto, la historia de Ucrania luego de la Guerra Fría es una política de delicado equilibrio entre el espacio euroatlántico y la permanencia junto a Rusia ( Gloaguen, 2005 : 114). Los vientos secesionistas en el oriente del país son la muestra de la doble fragmentación interna que vive Ucrania luego de la caída de la Unión Soviética, que trajo consecuencias visibles al albergar, en un mismo territorio, una población con proyectos de nación totalmente opuestos.

De acuerdo a los síntomas de la bipolaridad enunciados con antelación, se puede afirmar que, realizando un paralelo en términos y circunstancias políticas, Ucrania presenta los estímulos externos afectados en la medida que la influencia histórica de los diferentes imperios y potencias ha sido determinante en su comportamiento cultural y político. No solo la fragmentación oriente/occidente ha jugado un rol constitutivo en la problemática identidad nacional ucraniana, sino además la hegemonía de los diferentes actores permanece hasta hoy, y se hace latente con la pugna entre el bloque occidental y Rusia, cada uno de los cuales posee un interés particular sobre Kiev. De igual forma, la conciencia enturbiada y los problemas de orientación —otro de los síntomas de la bipolaridad— se manifiesta en los constantes cambios y resistencias que el Estado ucraniano ha tenido que sortear a lo largo de su historia.

Las élites ucranianas

En la presente sección se profundizará en la “fragmentación de bloques”, es decir, en la división entre la élite y la población, que se configura como uno de los problemas políticos fundamentales en la era post comunista. Así pues, el análisis se centrará, por una parte, en la comprensión del sistema político ucraniano (y sus respectivas transformaciones a lo largo de los más de 20 años de post Guerra Fría) y, por otra, en el estudio de los principales líderes políticos que han influido de manera determinante en la construcción de la identidad nacional, todo ello encaminado a la problemática geopolítica que se deriva y a las implicaciones sobre el espacio y las relaciones de poder.

Para comenzar, resulta determinante realizar un abordaje teórico de la élite, pues esto permitirá clarificar con mayor precisión la circunstancia política de la Ucrania post-soviética. En este escenario, Gaetano Mosca definió a la élite como un “grupo minoritario que desempeña —ante la masa de los gobernados— todas las funciones políticas, monopoliza el poder y disfruta de las ventajas que a él van unidas […] al tiempo que dirige el timón del Estado” (Mosca, 2002:107). Desde esta perspectiva, un grupo reducido de ciudadanos ostenta el poder e influye, con sus disposiciones, a un grupo de individuos, razón por la cual, la élite —o “clase política”, en términos de Mosca— está emparentada con la noción de Lacoste de los estados mayores, en la medida que es un pequeño grupo que, reconociendo las ventajas estratégicas del espacio, dirige y controla a una amplia masa de sujetos 7 .

El proceso de consolidación de una “nueva” élite, después de la escisión de la Unión Soviética, fue lenta y paulatina. De acuerdo con Vydrin y Tabachnyk (1995), la formación de la nueva élite de Ucrania se llevó a cabo en cuatro etapas: 1990-1991: existencia de una élite formal producto de la nomenklatura y el aparato de Estado soviético; 1992: el surgimiento de una pre-élite a la cabeza de antiguos y nuevos políticos que buscaban abrirse espacio luego de la independencia; 1993–1994: emerge una ‘élite corporativa’ con aquellos políticos que cumplieron el papel de ‘guías’ y, finalmente, después de 1994 surge una nueva élite que se consolidará en acontecimientos posteriores como la Revolución Naranja (Vydrin y Tabachnyk, 1995, citados por Kuzio, 1998: 23).

En relación con lo anterior, la consolidación de esa nueva clase política resultó problemática, por lo que podría hablarse del surgimiento de una “élite bipolar”, ya que no existió un único núcleo que ejerciera las labores de la administración, sino que, por el contrario, emergieron “grupos atomizados” que de acuerdo a su orientación política (pro-rusa o pro-occidental) buscaron hacerse con el poder, sin desconocer, claro está, la notable influencia ejercida por los herederos del modelo soviético.

El 24 de agosto de 1991, la Rada Suprema de Ucrania (máximo órgano legislativo) declaró la independencia frente a la Unión Soviética, hecho que fue confirmado en las urnas el 1 de diciembre del mismo año. A partir de entonces, el sistema político ucraniano ha estado dispuesto en forma de una república semipresidencial, contando con la figura del Presidente y Primer Ministro, un Parlamento bicameral de 300 miembros (antes 450) y un órgano de justicia a la cabeza de la Corte Suprema, como lo enuncia la Constitución promulgada el 28 de junio de 1996 (Capítulo VIII, art. 125).

El primer mandatario de la nación independiente fue Leonid Kravchuk, quien se presentó como un líder nacionalista, hecho que le sirvió para obtener votaciones significativas en el occidente del país. Empero, “en Ucrania, donde el 40 % de la población era rusoparlante, el nacionalismo inevitablemente debía ser moderado e inclusivo, por lo que el Presidente promovió políticas centristas que jugaron un rol importante en la moderación de los programas” (Kuzio, 1998: 30) 8 y que lo impulsaron como la élite emergente en la nueva Ucrania. Además, la elección de Kravchuk estuvo acompañada de “una intensa actividad legislativa, encaminada fundamentalmente a subrayar la autonomía económica ucraniana respecto de la Unión Soviética, a iniciar el proceso de desestatalización de la economía y a establecer las bases de una economía de mercado” ( Cucó, 1999 : 294), hechos que significaron un cambio notable frente al modelo anterior, pero que —no obstante— fueron insuficientes para profundizar su relación político-económica con Europa occidental.

Después de todo, queda claro que “existió un consenso entre los comunistas y nacionalistas demócratas en torno al surgimiento de un espíritu y una conciencia nacional” (Kuzio, 1998: 32), que se reflejaron con el establecimiento de los símbolos ucranianos (la bandera y el escudo). Posteriormente, “en julio de 1994 se produjo un relevo importante en la jefatura del Estado, pues el hasta entonces Presidente Kravchuk, perdió en segunda vuelta las elecciones ante Leonid Kuchma, quien obtuvo el 52% de los votos contra el 45 % del mandatario saliente” ( López-Medel, 2008 : 256). La particularidad de esta elección fue la fragmentación entre Ucrania oriental (que apoyó la tendencia pro-rusa de Kuchma) y Ucrania occidental (que se convirtió en un notable bastión de Kravchuk y su programa nacionalista moderado), como puede constatarse en el Anexo 1. Esta tendencia seguiría marcando la pauta en las próximas elecciones (tanto parlamentarias como presidenciales), en donde cada vez más se hizo presente la división oriente/occidente.

El gobierno de Kuchma se caracterizó por la ampliación del sistema de partidos políticos (que se erigieron, desde ese momento, como los portavoces de los intereses de las oligarquías económicas), la liberalización de la economía (siempre influenciada por Rusia) y la promulgación de la Constitución de Ucrania en 1996. Este y otros logros, sumado al apoyo casi hegemónico recibido en la región oriental del país, le otorgaron a Kuchma la reelección en la contienda de 1999, donde venció con un porcentaje de 57,7 % contra 38,7 %, a su contendor Petro Symonenko (International Foundation for Electoral Systems [IFES], 2014). Sin embargo, en su segundo período, Leonid Kuchma “fue acusado del secuestro y posterior asesinato del periodista Georgiy Gongadze, además de un escándalo relacionado con venta de armas a Irán” ( Avioutskii, 2008 , pág. 71).

El desfase propio de “la fragmentación de bloques” se manifiesta en el hecho de que mientras las élites políticas, económicas y militares conciben el territorio a la luz del denominado “interés nacional”, que implica la concentración de los saberes estratégicos para la preservación del Estado, la población —en su mayoría aislada de estos procesos— comprende la territorialidad basándose en criterios culturales, tradicionales o identitarios. De ahí que Mosca tenga razón al argumentar que en las democracias no es la población quien elige a sus gobernantes, sino que son las élites quienes se hacen elegir por los ciudadanos.

Siguiendo este razonamiento, es imperativo afirmar que “el aislamiento de las masas, los antagonismos entre culturas, creencias y educación de las diversas clases sociales, pueden producir que se forme en el seno de la masa otra clase dirigente, a menudo antagónica, de la que tiene el poder” (Mosca, 2002). Así las cosas, es probable que dentro de la sociedad emerja un grupo de ciudadanos que interprete la realidad política de forma distinta y que represente un desafío para la vieja élite, como sucedió en Ucrania con Viktor Yuschenko.

La figura de Yuschenko representó una circulación de élites dentro del sistema político ucraniano impulsado a través de la Revolución Naranja. Este proceso tuvo lugar entre noviembre y diciembre de 2004 y consistió en una serie de movilizaciones populares en contra de un presunto fraude electoral que favorecía a Yanukovich (líder apoyado por Kuchma y respaldado por Rusia) en detrimento de Yuschenko y su bloque pro-occidental. De tal manera que “el resultado oficial tan igualado permitió visualizar un país roto, en el cual cada bloque había sido absolutamente hegemónico donde ganaba” ( López-Medel, 2008 :263), situación que comprueba la fragmentación de bloques y de regiones.

De acuerdo con datos del International Foundation for Electoral Systems, en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de 2004 existió un empate técnico entre Yuschenko (41, 96 %) y Yanukovich (41,37 %), lo que obligó a una segunda vuelta programada para el 21 de noviembre de ese año. Los resultados le otorgaron la victoria a Yanukovich por un estrecho margen (inferior al 2 %), lo que desató cruentas protestas en el occidente de Ucrania, donde se acusaba al gobierno de Kuchma de corrupción y fraude.

En términos geopolíticos, es claro que una victoria del bloque occidental traía importantes ventajas para Estados Unidos y Europa, por lo que la financiación de las ONG y demás organismos que participaron y apoyaron las revueltas resultó definitivo ( Wilson, 2006 :27). Asimismo, el grupo juvenil PORA (“este es el momento”) recibió ayuda económica de la fundación Open Society del inversionista George Soros, lo que demostró el interés de Washington por terminar con la era Kuchma ( Avioutskii, 2008 : 70).

Posterior a la presión internacional y a la difícil situación interna, el Parlamento, en un hecho simbólico, decidió declarar inválidos los resultados, hecho que fue confirmado el 4 de diciembre por la Corte Suprema (Zon, 2005: 391). Dadas estas circunstancias, la segunda vuelta se repitió el 26 de diciembre con la participación de observadores internacionales, a pesar de la postura “contrarrevolucionaria” de Moscú, que alegaba “intervencionismo” de parte de las grandes potencias occidentales ( Pastukhov, 2011 : 74). Así, por un reducido margen de 54 % contra 46 %, Viktor Yuschenko se hizo con el poder, sin negar la reñida lucha electoral que, una vez más, demostró la naturaleza de un país fragmentado (Ver Anexo 2).

A pesar de la victoria de Yuschenko y el bloque pro-occidental, el saliente Presidente Kuchma tramitó una reforma constitucional que sugería un cambio de un sistema presidencial hacia otro en el que el Parlamento tendría más protagonismo y participación ( López-Medel, 2008 : 266). Este cambio significó que, en medio de una de las crisis del petróleo con Rusia, el partido de las regiones tuviera una importante votación que llevó a Viktor Yanukovich, acusado de fraude y otrora acérrimo contendor de la Revolución Naranja, a ocupar el cargo de primer ministro en 2006, circunstancia que evidenció la situación de bipolaridad que experimenta el Estado ucraniano en el período post-soviético, manifestada en la figura de una tensión constante entre la élite y la población, pero además entre la clase política misma gracias a su carácter rotativo.

Por este motivo, “algunos investigadores ucranianos consideran que el término “revolución” no coincide con los acontecimientos de 2004, pues el objetivo principal de la oposición se redujo a la conquista del poder y no a un deseo de transformar el sistema” (Maciévskyj, 2005, citado por Avioutskii, 2008 : 92). De manera que, inmerso en la lógica del régimen político, el gobierno de Yuschenko no produjo cambios estructurales, pues no se obtuvo el ingreso a la Unión Europea que era una de sus grandes banderas.

Por si esto fuera poco, las elecciones de 2010 manifestaron con mayor precisión el fenómeno de bipolaridad ucraniano. El candidato heredero de la vieja élite soviética, Viktor Yanukovich, fue investido como Presidente al vencer a la candidata pro-occidental Yulia Timochenko ( Kuzio, 2013 ) quien, dicho sea de paso, fue encarcelada durante el gobierno de Yanukovich, acusada de corrupción. El mapa electoral de esta elección muestra la misma tendencia histórica desde 1991: los votos del candidato pro-ruso se concentran en el oriente del país, en tanto que los candidatos pro-occidentales son votados en el centro y oeste de la nación (Ver Anexo 3).

El tercer síntoma de la bipolaridad (enunciado en el apartado anterior) es la pérdida sobre los recuerdos. En este sentido, ¿no es acaso el candidato acusado de fraude electoral en 2004, elegido Presidente 6 años más tarde? Esta circunstancia confirma, una vez más, la naturaleza bipolar de Ucrania en el período post-soviético y evidencia una clara contradicción en la dimensión geopolítica, ya que de acuerdo al liderazgo de turno se genera una representación particular del espacio. Sin embargo, lejos de concebirse como un solo bloque, el Estado ucraniano alberga las dos posturas encontradas. En otras palabras, la cobertura mediática de la Revolución Naranja fue tal, que se creó la ilusión del surgimiento de una “nueva élite” que combatiría a las viejas estructuras, desconociendo el enorme poder electoral que tienen los líderes pro-rusos en el oriente del país.

Así pues, el hecho de que Ucrania no tenga control sobre sus recuerdos lo convierte en un Estado con un trastorno político de tendencia ambivalente. La influencia determinante de Rusia ha ocasionado que se desaten profundos problemas sociales, como el iniciado en noviembre de 2013 a causa del rechazo de Yanukovich de ingresar a la Unión Europea, escenario que produjo una fragmentación definitiva entre el liderazgo de la élite y la población. Este acontecimiento ha provocado que se desmantele la poca unidad de las regiones de Ucrania luego de su independencia. En efecto, el separatismo de las autoproclamadas Repúblicas Populares (no obstante la oposición del gobierno central de Kiev), es la evidencia de la fragmentación entre la población y sus gobernantes.

Las élites económicas y su influencia en el Estado

Merece una mención especial y aparte, el papel que tienen las élites económicas en la nación eslava. No en vano el actual Presidente, Petro Poroshenko (magnate de la azúcar), es uno de los representantes de estos clanes económicos que al inicio de su carrera política respaldó al Presidente Kuchma, para luego cambiar su orientación y apoyar el proyecto de la Revolución Naranja ( Gloaguen, 2005 :124). Es claro que tras la caída de la Unión Soviética, la naciente oligarquía económica influyó sobre la construcción del nuevo Estado y la formación de importantes negocios que no recibieron aparente control por parte del gobierno.

“Así, varios clanes oligárquicos ucranianos llegaron a ser dominantes en la joven nación. Medvedchuk, que se convirtió en el jefe del Gabinete en diciembre de 2002, representaba al clan de Kiev, que controlaba las empresas de energía y madereras regionales e invirtió en los medios de difusión. El clan de Dniepropetrovsk, que invirtió en la industria de tuberías de energía [gas y petróleo], incluido Viktor Pinchuk, yerno del ex Presidente Kuchma. Un poderoso grupo de la región oriental de minería de carbón de Donetsk, incluido el barón de la metalurgia Rinat Ajmétov, el segundo hombre más rico del mundo post comunista, con un patrimonio neto de $3,5 mil millones” (Karatnycky 2005: 16) 9 .

Estos tres clanes económicos han resultado decisivos para el apoyo de las candidaturas presidenciales. De hecho, cada grupo de interés tuvo (y tiene) influencia en el Parlamento. El clan de Kiev dirigía el Partido Socialdemócrata de Ucrania, los oligarcas de Donetsk crearon el Partido de las Regiones, que llevó a la presidencia a Viktor Yanukovich, y el grupo de Dniepropetrovsk apoyó al Partido Laborista. Sin embargo, la influencia no se detuvo allí, pues los grupos económicos son dueños o controlan sus propios medios de comunicación, locales y nacionales (Karatnucky, 2005: 17; Gloaguen, 2005 : 124). Esta situación deja entrever la importancia geopolítica que tiene para el gobierno de Kiev mantener su integridad territorial, pues más allá de la violación de la soberanía y el respeto por las fronteras, en el oriente del país se ubican dos grandes clanes económicos que, eventualmente, llevarían su dinero y desarrollo industrial a la Federación Rusa, generando una importante crisis económica en Ucrania.

Queda confirmada, entonces, la relación estrecha entre los grupos económicos y los líderes políticos en la era post comunista, que se ha caracterizado por ser un auténtico escenario de luchas por el poder. Un ejemplo de lo anterior fue la detención y posterior encarcelamiento de la ex líder de la Revolución Naranja, Yulia Timochenko (conocida como la Princesa del Gas y representante del clan de Kiev), acusada por abuso de poder y malversación de fondos por el gobierno del entonces Presidente Viktor Yanukovich. La defensa de Timochenko argumentó que la detención obedeció a un juicio político en contra de los sectores de oposición al gobierno.

En todo caso, la situación de Ucrania en la post Guerra Fría comporta al menos tres dimensiones. En primera medida, una configuración problemática de la “nueva” élite política luego de la influencia de la vieja nomenklatura soviética, lo que ha ocasionado el surgimiento de un liderazgo cambiante que, a pesar de las mutuas acusaciones de corrupción, se mantiene en el poder, lo que evidencia además una situación clara de bipolaridad, pues la población se encuentra fragmentada desde sus cimientos. Además, si los ciudadanos del oriente no se sienten representados con los líderes occidentales, es probable que la tendencia secesionista continúe a pesar de la oposición de Kiev.

En segunda instancia, las élites comprenden el espacio de una forma distinta a como lo hace la población, pues la disposición de los recursos estratégicos como el gas, petróleo y carbón resultan definitivos para la solvencia del Estado ( Lacoste, 2009 :167). Por esta razón, la decisión de no entrar a la Unión Europea comprueba la circunstancia bipolar del Estado ucraniano, ya que mientras un porcentaje considerable de la población lo respalda (42%), la clase gobernante lo rechaza; o bien, mientras el gobierno de turno lo apoya, una parte considerable de la población se resiste, haciendo notable la “fragmentación de bloques” que presenta la Ucrania post-soviética.

Finalmente, el control ejercido por las élites económicas resulta definitivo para la comprensión tanto de los resultados electorales como de la aplicación de las políticas y programas de gobierno. Desde la caída de la Unión Soviética, el papel de las oligarquías ha resultado determinante para la formación del Estado, con lo cual el liderazgo político tiene que estar, ineludiblemente, alineado con los intereses de los clanes económicos. El problema agudo que se mencionó es que una parte determinante de estos grupos se ubica en el oriente del país, por lo que un cambio en las fronteras o una eventual anexión a Rusia, puede significar una redistribución del poder económico en Ucrania.

La problemática identidad ucraniana

La “fragmentación de regiones” es el segundo factor de la división multinivel propuesta al inicio del trabajo. Esta escisión entre oriente y occidente muestra una clara tensión entre dos regiones disímiles que se han construido históricamente de forma independiente, situación que ha significado un claro obstáculo para la consolidación de un proyecto nacional único. Por tal motivo, “Ucrania tiene que lidiar seriamente con conjuntos bifurcados de creencias y afiliaciones políticas en su interior” ( Proedrou, 2010 : 453). De la misma manera, la división de las ‘dos Ucranias’ se ha manifestado a partir de una determinada visión de la historia, en las encuestas de opinión y los resultados electorales, así como en los constructos teóricos, los estereotipos culturales y los prejuicios ideológicos ( Zhurzhenko, 2002 : 1).

La división de la población es pues una evidencia de la bipolaridad que experimenta el Estado ucraniano en la post Guerra Fría, ya que se presenta una alternancia entre períodos de manía o euforia, por ejemplo, con la idea de ingresar a la Unión Europea (que no es, sin embargo, respaldada por toda la población), y episodios de depresión en la figura de las constantes protestas registradas en múltiples partes del país, lo que evidencia un claro panorama de división interna en la organización política. Igualmente, el tratamiento de la minoría rusa se configura como un problema capital, pues para los nacionalistas del centro y occidente del país, “el idioma ruso se convirtió en un sinónimo de la orientación pro-comunista y la nostalgia soviética, de ideas peligrosas como el paneslavismo y la reunificación con Rusia” ( Zhurzhenko, 2002 : 3) 10 . Pero, por otro lado, están los ucranianos del este, que ven a los rusos como hermanos, como personas con parentesco e historia común ( Proedrou, 2010 : 452) 11 .

En efecto, la situación es mucho más compleja de lo que parece, pues en el fragor de 2004 (año de la Revolución Naranja), se realizó un sondeo que sostuvo que el 46 % de los ucranianos tenía una “buena” opinión de Rusia, 37 % “muy buena” y solamente un 12 % “negativa” ( Gloaguen, 2005 :108). Esto evidencia una vez más que el pasado común con Rusia es un factor que influye en la población y que una separación total de Moscú es complicada.

No obstante lo anterior, existen elementos culturales que generan distanciamiento, por ejemplo, la religión. En la actualidad, la Iglesia Ortodoxa se encuentra dividida entre un 50,4 % de la población que sigue al patriarcado de Kiev (a raíz de la independencia del país) y un 26,1 % que obedece los preceptos del patriarcado de Moscú. Asimismo, debe tomarse en consideración el 8% de la población que profesa la religión católica oriental (o uniata) (CIA, 2013) y que, dicho sea de paso, constituye un elemento identitario fundamental de la región occidental del país, ya que esta iglesia reconoce la autoridad del Papa de Roma, algo que es rechazado por la doctrina ortodoxa.

Aún en la post Guerra Fría, las rivalidades confesionales persisten como quedó demostrado en la Revolución Naranja (2004). En estos acontecimientos, “la iglesia Ortodoxa Ucraniana del Patriarcado de Moscú apoyó al candidato pro-ruso Viktor Yanukovich, mientras que la Iglesia Ortodoxa del Patriarcado de Kiev y la iglesia greco-católica se pusieron de parte de Yuschenko” ( Avioutskii, 2008 : 73) 12 , demostrando con ello que la religión sigue cumpliendo un papel preponderante en la vida política de la nación ucraniana.

Por otra parte, para que una identidad nacional pueda emerger es necesario construir o bien una idea propia de lo que se es en el espacio (‘nosotros’), o lo que representan las demás entidades y lo que, por ende, no se es (‘ellos’ o los ‘otros’). En tal sentido, de acuerdo con Kuzio (2001 : 348), el ‘Otro’ puede ser definido a partir de factores ideológicos, étnicos o territoriales (o una combinación de todos). Durante la Guerra Fría era clara esta diferenciación —a causa de la díada capitalismo /comunismo— pero con la independencia del Estado ucraniano se ha demostrado que la nación es una idea aún en construcción. De hecho, la definición del ‘Otro’ es un elemento que ha agudizado, durante la era post comunista, la “fragmentación de regiones”, en la medida que no existe un consenso en torno a qué o quién es el “Otro”.

A esta circunstancia se suma el hecho de que las diferentes corrientes ideológicas abordan la identidad nacional de una forma totalmente distinta. En efecto, “los sectores de centro y centro-derecha están tratando de crear una nueva identidad nacional fuera de Eurasia. La izquierda, por su parte, observa a Europa como el ‘otro’ y a Rusia como el Estado sucesor de la Unión Soviética” ( Kuzio, 2001 : 343), 13 por lo que la definición de la identidad ucraniana en la era post-soviética ha resultado problemática y ha dependido, en buena medida, de la influencia de las élites que, como se ha observado, son ambivalentes y de naturaleza rotativa. Asimismo, los resultados electorales han mostrado una tendencia constante: los partidos nacionalistas son votados en el occidente de la nación, mientras que las colectividades de izquierda son apoyadas en el oriente.

El dilema de la identidad nacional y la configuración del ‘Otro’ (que puede ser Europa occidental o Rusia, según quien lo afirme) han generado posiciones en torno al mantenimiento de la integridad territorial ucraniana. Así pues, según los análisis de los sovietólogos norteamericanos, “al desmembramiento de la Unión Soviética le seguirá la secesión de Ucrania, y su territorio oriental —el más extenso— se convertirá en satélite de Rusia, o incluso será anexionado a esta […]” (Andrujovich, 2006:73). Estas predicciones realizadas en la década del ‘90, obtienen actualmente una confirmación con la anexión de la península de Crimea y las independencias de facto de los óblast de oriente, hecho que ha marcado con singularidad la condición bipolar de Ucrania.

De hecho, la actual crisis ya había manifestado su gravedad durante los acontecimientos de 2004, cuando tras la derrota del bloque pro-ruso, el candidato Viktor Yanukovich incitó a la secesión de los estados orientales de Ucrania, “particularmente se temió la fragmentación total del país en dos mitades muy diferentes y los llamamientos producidos en esos días en orden a impulsar en determinadas provincias pro-rusas del sudoeste su autonomía […]” (López- Medel, 2008: 264). Finalmente, años más tarde, las condiciones se dieron para que los movimientos separatistas tuvieran un cause definitivo, generando la actual circunstancia de tensión que se vive en Europa del este.

Esta falta de consenso y el estallido del conflicto han llevado a confirmar la condición bipolar de Ucrania en la era post-soviética. El cuarto síntoma enunciado fue el menoscabo progresivo de la coherencia del pensamiento, situación que se refleja claramente en la división regional entre oriente y occidente, ya que no es posible encontrar la aprobación de una medida del gobierno sin que ello levante resquemores en al menos una parte de la población. Así, una propuesta adoptada por una administración es reemplazada por la llegada de otra, con lo que se genera una falta de constancia en los programas políticos. De esta forma, la “fragmentación de regiones” se manifiesta en la figura de una problemática identidad nacional que no ha encontrado su espacio y representación, en buena medida por la ausencia de consenso en torno a la definición del ‘Otro’.

Conclusiones

El espacio ex soviético se ha erigido como un auténtico laboratorio en términos geopolíticos. De hecho, la proliferación de estados ( Boniface, 1999 :32) ha jugado un rol importante en la construcción de nuevas identidades, así como en la reconfiguración de las relaciones de poder. A lo largo del artículo se buscó establecer una relación directa entre variables como la élite y la población ucraniana. Se partió del supuesto que la nación eslava experimenta una fragmentación definitiva en su interior y que esta circunstancia la ha llevado a convertirse en un “Estado bipolar”, cuyas manifestaciones han ocasionado la fragmentación territorial y la crisis separatista que hoy se vive.

La naturaleza ambivalente de Ucrania en el período post-soviético es quizás su característica definitoria. De esta manera, su condición de zona limítrofe (margen, borde, frontera) ha sido determinante para comprender su posición en el mundo: un Estado que se debate entre dos cosmovisiones (oriente y occidente) y, al tiempo, un punto estratégico de vital importancia para las grandes potencias. El intento de articular las características de la bipolaridad descritas por Emil Kraepelin (2013) respecto de los estímulos externos afectados; conciencia enturbiada y problemas de orientación; pérdida sobre los recuerdos y menoscabo progresivo de la coherencia del pensamiento, fueron correspondidas a la actual situación del Estado ucraniano dado su desarrollo histórico complejo.

El objetivo del trabajo fue otorgar bases teóricas que sustenten el hecho de que Ucrania se encuentre dividida en la post Guerra Fría. En tal sentido, la geopolítica crítica permitió articular una dable explicación relacionada con el surgimiento de dos tipos diferenciados de representaciones geopolíticas: por un lado la concepción de los estados mayores (geografía de las élites políticas, económicas y militares) y por otro, la visión de la población mediada por la geografía de los profesores. De esa forma, la fragmentación de Ucrania luego de la caída de la Unión Soviética puede ser comprendida a luz de interpretaciones disímiles del espacio, lo que lleva al surgimiento de la “fragmentación de bloques” (élite vs población) y la “fragmentación de regiones” (oriente vs occidente), que constituye la primera conclusión extraída de las reflexiones.

En segunda instancia, cabe observar que la división interna de Ucrania obedece a una consecuencia de orden histórico que se inició con el proto-Estado del Rus de Kiev, que no solo se convirtió en el antecesor de la organización política, sino además —y esto es lo más importante— emparentó definitivamente a Rusia y Ucrania, implicaciones que pueden observarse hasta hoy. En otros términos, la actual naturaleza del sistema político ucraniano es el resultado de un entramado histórico que ha contado con factores ideológicos como el papel cumplido por las iglesias en la consolidación del Estado, y el rol de las escuelas y universidades en la influencia sobre el imaginario geopolítico de la población, tarea complementada por los medios de comunicación.

En tercera medida, la élite ucraniana ha simbolizado la tensión que se vive en el país. Luego del desmantelamiento de la Unión Soviética, los viejos herederos de la nomenklatura se apropiaron de los aparatos del Estado naciente, pero fueron reemplazados progresivamente por una “nueva élite”. Sin embargo, la notable influencia de los grupos económicos no ha permitido que Ucrania tenga una postura unificada tanto en la política interna como exterior. Así, el carácter rotativo e inconstante de los liderazgos ha ocasionado que se genere una visión de país que se transforma con cada administración y que se evidencia en los resultados electorales siempre fragmentados. Resultados que pueden cambiar paulatinamente si los gobiernos locales del oriente deciden no participar en próximas elecciones.

En definitiva, la escisión del Estado ucraniano durante la post Guerra Fría puede ser entendida a partir de elementos de la geopolítica crítica, como la influencia de los aparatos del Estado sobre las representaciones de la población. No obstante, es necesario que estos factores sean complementados mediante variables como la identidad nacional y la cultura, que han jugado un papel definitivo en la construcción de una ‘nueva’ nación. En efecto, la falta de consenso en torno a quién es el ‘Otro’ ha generado una problemática aguda, teniendo repercusiones significativas en el plano geopolítico, en la medida que este distanciamiento ha llevado a plantearse la idea de secesión como una posible salida a la crisis de las ‘dos Ucranias’. Estos intentos de independencia han desatado una cruenta guerra civil que ha constatado, una vez más, la importancia que tiene Ucrania para el equilibrio no solo de la región, sino del mundo entero.

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Zhurzhenko, T.(2002). "The Myth of Two Ukraines". Eurozone. , 1-8. Recuperado de http://www.eurozine.com/pdf/2002-09-17-zhurzhenko-en.pdfLinks ]

1Traducción libre del autor.

2Como sostiene López-Medel (2008, págs. 270–271), la guerra energética consistió en el aumento desmedido del precio del gas. Así, Gazprom, el monopolio del gas ruso, pasaba a pedir 230 dólares por cada mil metros cúbicos de gas cuando antes cobraba solo 50 dólares. Esta medida, sin lugar a dudas, tuvo la forma de presión política al gobierno pro-occidental de Viktor Yuschenko, quien fue acusado por la Rada ucraniana de negociar acuerdos poco ventajosos para la nación.

3Traducción libre del autor.

4De esta forma, en el trastorno bipolar se producen alteraciones entre períodos de depresión y de manía. Este síntoma describe metafóricamente el comportamiento del Estado ucraniano en el período posterior a la Guerra Fría, pues se encuentra dividido en medio de dos mundos: el modelo económico de occidente y las tradiciones comunes con Rusia.

5El surzhyk podría definirse como una combinación entre la lengua rusa y ucraniana, como resultado de la influencia de la Unión Soviética y la “rusificación” de Kiev. Esta forma dialéctica es vista como una consecuencia de la dominación cultural soviética, por lo que los nacionalistas ucranianos se han esforzado en ‘limpiar’ la lengua de estas formas mixtas (Bernsand, 2001, pág. 38).

6Traducción libre del autor.

7Es pertinente mencionar que a lo largo del presente artículo se entenderá a la “élite” en términos amplios, es decir, más allá de su acepción política, ya que en el caso ucraniano las oligarquías económicas juegan un papel determinante en la construcción del ideario nacional. No debe perderse de vista que “el conocimiento del espacio está al servicio del Aparato de Estado, desde los ejércitos a los grandes aparatos capitalistas” (Lacoste, 1977:11).

8Traducción libre del autor.

9Traducción libre del autor.

10Traducción libre del autor.

11Traducción libre del autor.

12Traducción libre del autor.

13Traducción libre del autor.

Anexos

Anexo 1 Mapa electoral de Ucrania elecciones presidenciales 1994 (segunda vuelta)

Anexo 2 Mapa electoral de Ucrania, elecciones presidenciales 2004 (segunda vuelta)

Anexo 3 Mapa electoral de Ucrania, elecciones presidenciales 2010 (segunda vuelta)

Fuente: Vasylchenko Serhij (2008). Ukraine presidential Election 1994, Electoral Geography 2.0. Recuperado el 30 de marzo de 2016 de http://www.electoralgeography.com/new/en/countries/u/ukraine/ukraine-presidential-election-1994.html".

Anexo 1 Anexo 1. Mapa electoral de Ucrania elecciones presidenciales 1994 (segunda vuelta) 

Fuente: Vasylchenko, Serhij (2008). Ukraine presidential Election 2004, Electoral Geography 2.0. Recuperado el 30 de marzo de 2016 de http://www.electoralgeography.com/new/en/countries/u/ukraine/ukraine-presidential-election-2004.html".

Anexo 2 Anexo 2. Mapa electoral de Ucrania, elecciones presidenciales 2004 (segunda vuelta) 

Fuente: Vasylchenko, Serhij (2010). Ukraine presidential Election 2010, Electoral Geography 2.0. Recuperado el 30 de marzo de 2016 de http://www.electoralgeography.com/new/en/countries/u/ukraine/ukraine-presidential-election-2010.html".

Anexo 3 Anexo 3. Mapa electoral de Ucrania, elecciones presidenciales 2010 (segunda vuelta) 

Recibido: 01 de Junio de 2016; Aprobado: 15 de Enero de 2019

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