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Estudios internacionales (Santiago)

versión On-line ISSN 0719-3769

Estud. int. (Santiago, en línea) vol.51 no.194 Santiago dic. 2019

http://dx.doi.org/10.5354/0719-3769.2019.55738 

Documentos

la lucha por la hegemonía mundial (Estados Unidos, China y Argentina)

Felipe A.M. de la Balze1 

1Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas. Argentina

Introducción

La rivalidad entre los Estados Unidos y China es el tema central del escenario internacional.

La Argentina del siglo XXI será exitosa si es capaz de introducir las reformas internas necesarias para progresar. Un desarrollo balanceado, inversión productiva, moneda sana, equilibrio fiscal, mejoras en el sistema educativo y la construcción de un aparato estatal eficaz son los principales desafíos.

También debe definir con lucidez el posicionamiento internacional del país para facilitar la ejecución de las reformas internas y recuperar el respeto internacional. Una potencia media, como la Argentina, solo puede desarrollar su economía y fortalecer su poder y prestigio si adapta con pragmatismo su política exterior a las condiciones imperantes en el escenario internacional.

Los períodos como el actual, donde ocurren grandes mutaciones en el orden mundial, representan a la vez un peligro y una oportunidad. Hay que saber elegir el camino.

Un Mundo en Transición

Ingresamos en un orden mundial diferente a la “Guerra Fría”, que vivimos después de la Segunda Guerra Mundial, y al “Momento Unipolar” de preeminencia norteamericana, que conocimos luego del derrumbe del imperio soviético.

Durante la Guerra Fría (1945–1991), el sistema mundial fue bipolar y los imperios soviético y norteamericano se enfrentaron en lo ideológico, lo político y lo militar.

La capacidad de destrucción nuclear mutua limitó el conflicto militar directo entre los dos contendientes. La rivalidad se desarrolló en la periferia (Afganistán, Angola, Centroamérica, Checoslovaquia, Vietnam, etc.) en el contexto de guerras de liberación, levantamientos populares y operaciones de propaganda y de espionaje.

La relación económica entre los imperios en pugna fue escasa. El proceso de globalización económico que tomó vuelo en las décadas de 1960, 1970 y 1980 ocurrió dentro del bloque occidental, a través de la liberalización comercial impulsada en el marco del GATT y de la mano de las inversiones de las empresas multinacionales.

La eclosión del imperio soviético (1989–1991) abrió la puerta a un período de predominancia norteamericano (el “Momento Unipolar”). Los eventos más salientes fueron la aceleración del proceso de globalización económico y cultural a través del “Consenso de Washington”, la creación de la Organización Mundial de Comercio (1994) y la difusión del internet.

En el campo militar se pueden mencionar: las guerras del Golfo y de los Balcanes, la invasión norteamericana a Afganistán e Irak, y la guerra contra el terrorismo islámico en respuesta al ataque a las Torres Gemelas.

La hegemonía norteamericana no se afianzó. La crisis financiera global de 2008–2009, cuyo epicentro fue los Estados Unidos, y el fracasado proyecto de democratizar el Medio Oriente, puso en tela de juicio la capacidad norteamericana para alcanzar sus objetivos.

El debate interno en EE.UU. sobre la estrategia a seguir se intensificó a partir del año 2010. Finalmente, la victoria de Donald Trump, a fines del 2016, impulsó un perfil revisionista y nacionalista a la política exterior norteamericana.

El primer objetivo de la administración Trump fue renegociar los acuerdos comerciales y militares con sus socios tradicionales. Renegoció el Nafta con Canadá y México, así como los entendimientos comerciales vigentes con Japón, Corea del Sur, la Unión Europea y otros países aliados.

En lo comercial, se propuso retirar “concesiones asimétricas” otorgadas en el contexto de la Guerra Fría y reequilibrar el campo de juego en beneficio de sus productores. Algunas negociaciones ya se completaron (el Nafta y Japón) y otras están avanzando lentamente en la dirección apuntada por Washington.

En lo militar, la diplomacia estadounidense presionó a sus aliados tradicionales (los miembros de la OTAN, Japón y Corea del Sur) a contribuir más a la defensa común, incrementando sus gastos militares a un nivel mínimo del 2% del PIB. A pesar de las resistencias, el proceso está en marcha. Alemania, que gastaba aproximadamente 1.3 % de su PIB, se comprometió, en el marco de la OTAN, a alcanzar el nivel del 2 % para el año 2023.

La administración Trump concentró sus esfuerzos en modificar la relación comercial, tecnológica y geopolítica con China, considerada de ahora en más como un “rival estratégico” (ver Estrategia Nacional de Seguridad, Casa Blanca, 2017).

Simultáneamente, en Europa el proyecto de orientación federal liderado por Alemania y Francia durante las últimas tres décadas, mostró signos de debilitamiento. La idea de recuperar soberanía priorizando acuerdos intergubernamentales gana espacio en la política europea. La vieja idea de Charles de Gaulle de una “Europa de naciones” volvió a surgir con fuerza.

La decisión británica de salirse de la Unión Europea (el Brexit), la oposición italiana en temas de inmigración, las demandas por mayor autonomía de varios países de Europa del Este (Austria, Hungría, Polonia y Rumania) y el fortalecimiento de partidos políticos críticos a la centralización administrativa de Bruselas, contribuyen a un difuso malestar.

Por su parte, el agresivo comportamiento de Rusia respecto de Ucrania y la anexión forzada de Crimea en 2014, así como la participación militar rusa en el guerra civil en Siria para sostener al presidente Bashar al Assad, han vuelto a poner a Moscú en el tapete de la geopolítica mundial. Las sanciones financieras impuestas por los Estados Unidos y sus aliados agravaron las tensiones sin ser suficientes para modificar el comportamiento de Moscú.

Las tensiones y disputas entre China con otros estados ribereños en los mares del Este y del Sur de China (Brunei, Filipinas, Japón, Indonesia, Malasia, Taiwán y Vietnam) se agravaron en los últimos tiempos.

La estrecha relación de los Estados Unidos con Taiwán y el control naval que ejerce su Séptima Flota sobre el tráfico marítimo regional —en particular el estrecho de Malaca— por donde transita diariamente más del 20 % del petróleo mundial, son un irritante para China.

El gigante asiático ha incrementado su capacidad naval en la región e intenta extender sus derechos soberanos a través de la construcción de instalaciones militares en islotes, un mayor control del espacio aéreo y una agresiva proyección de sus intereses comerciales (gas, petróleo y pesca).

Por varias décadas, EE.UU. facilitó el surgimiento económico de China, mientras que esta última aceptaba tácitamente el dominio militar de los Estados Unidos en la región del Asia-Pacífico. Ese período concluyó, y hoy las ambiciones geopolíticas chinas y el revisionismo nacionalista norteamericano se enfrentan.

Los mares del este y sur de China y las regiones aledañas serán el locus privilegiado de las disputas geopolíticas y militares durante las primeras décadas del siglo XXI, como lo fue Europa durante buena parte del siglo XX.

Se ha iniciado una Nueva Era durante la cual el veloz surgimiento de China y la “declinación relativa” de EE.UU. son los hechos determinantes del nuevo escenario.

El Surgimiento de China

China se incorporó plenamente al sistema capitalista mundial en el corto lapso de una generación. Su estrategia internacional fue de bajo perfil, concentró sus esfuerzos en abrir mercados, atraer inversiones extranjeras y asegurarse la transferencia de tecnologías para modernizar su economía.

El gran tamaño del mercado chino y su enorme población sentaron las bases de su progreso. La apertura económica, la voluntad de trabajo y el dinamismo empresarial fueron los detonantes. Una severa disciplina social impuesta por el Partido Comunista proveyó la estabilidad necesaria para facilitar una altísima tasa de ahorro e inversión durante más de treinta años (45 % del PBI en promedio) y generó un alto y sostenido crecimiento económico.

El modelo de “capitalismo de Estado” puesto en práctica se caracteriza por una fuerte dósis de dirigismo estatal en la selección de las inversiones, incluyendo planes quinquenales, direccionamiento estatal del crédito, transferencias compulsivas de tecnología y la creación —a través de fusiones y restructuraciones— de grandes empresas nacionales (los “campeones nacionales”).

En el terreno internacional se practicó una ambiciosa estrategia mercantilista. China protegió selectivamente al mercado doméstico de la competencia extranjera y promovió a sus grandes empresas en la conquista de mercados externos.

Irónicamente nada de lo sucedido hubiera ocurrido si EE.UU. no hubiese modificado su política hacia China durante la década de 1970. El descongelamiento político que ocurrió después de la visita del Presidente Nixon a Beijing en 1973 y la decisión posterior de numerosas empresas norteamericanas de invertir en China, fueron los disparadores del proceso de transformación.

Estados Unidos también facilitó la incorporación de China a las instituciones económicas claves que ellos habían patrocinado después de la Segunda Guerra Mundial. En particular al FMI, el Banco Mundial y el Banco Asiático de Desarrollo durante la década de 1980 y a la Organización Mundial del Comercio en 2001.

La estrategia norteamericana se basó en intereses materiales y en expectativas políticas. Por un lado, el interés económico de las grandes multinacionales en acceder al mercado doméstico chino y también aprovechar los bajos costos laborales para construir plantas industriales orientadas a la exportación.

Por otro lado, se esperaba que el crecimiento de nuevas clases medias y sectores empresariales en China generaran demandas por mayor libertad y facilitaran el surgimiento de un “estado de derecho”.

Francis Fukuyma y Thomas Friedman fueron quizás los exponentes más conspicuos de estos argumentos, incorporados a los discursos públicos y privados de los principales líderes occidentales por más de veinte años.

La historia política de Occidente y la consolidación de democracias liberales después de la Segunda Guerra Mundial en países tan diversos como Alemania, Japón, Taiwán y Corea del Sur, confirmaban la fuerza aparentemente arrolladora del desarrollo económico sobre la evolución del sistema político.

La evolución política china desmintió tajantemente las ilusiones creadas. El sistema político es autoritario y neo-totalitario. El partido es leninista en su práctica política y privilegia el “centralismo democrático” en su gestión del Estado y la sociedad (la autoridad se ejerce de arriba hacia abajo).

Desde la asunción del presidente Xi Jinping, en 2012, el rol del partido en el sistema de gobernanza no ha dejado de afianzarse. Sin libertad de prensa, la información transmitida por internet es censurada y los disidentes políticos o de minorías étnicas (tibetanos, uigures y otros) son perseguidos o enviados a realizar trabajos forzados en centros de “rehabilitación”.

La fuente de legitimidad del régimen es el progreso económico y un intenso nacionalismo promovido desde el Estado y asentado en el recuerdo de las privaciones y humillaciones que Japón y las potencias occidentales le impusieron a China en el pasado.

El partido dirige los destinos del país, impone disciplina a los opositores y resuelve, a través de la cooptación y/o de la represión, las tensiones que genera el crecimiento (los conflictos lborales, la expropiación de tierras, la polución y la competencia entre regiones y empresas).

El régimen cooptó al sector empresario en sus rangos. Los empresarios representan aproximadamente el 10 % de la membresía del partido (89 millones de afiliados en total). Para progresar en el mundo de los negocios es conveniente estar asociado al partido. Muchos empresarios importantes participan del Congreso partidario que se reúne para elegir a las máximas autoridades del país y refrendar las decisiones del Comité Central y del Politburó.

El partido comunista bucea sus orígenes aparentes en Marx, Engels y Lenin, quienes le dieron un barniz occidental y revolucionario a viejas tradiciones burocráticas imperiales muy arraigadas en la cultura china. China jamás conoció un período democrático. El absolutismo del Estado y el control burocrático sobre la sociedad y los individuos, tiene una larga historia.

Los promotores actuales del “rejuvenecimiento chino” que proponen una China unificada, próspera, y controlada por un partido único, que la proteja de las peligrosas influencias del mundo externo, son fieles continuadores de aquella tradición política.

La “Declinación Relativa” de EE.UU.

Los Estados Unidos seguirán siendo, por bastante tiempo, la primera potencia en el escenario mundial, pero China le muerde los talones y las diferencias entre ambas se achican en casi todos los escenarios.

Los Estados Unidos son hoy la potencia militar dominante por su capacidad de proyectar poder globalmente; la cantidad y modernidad de su armamento; su probada experiencia en combate, y la densidad de sus acuerdos regionales de defensa.

En lo financiero mantiene una posición preeminente. El dólar es de lejos la principal moneda de “uso” y de “reserva” internacional. El mercado de bonos norteamericano es el más grande del mundo y sirve de referencia para el resto de las finanzas mundiales.

El stock de inversiones extranjeras directas norteamericanas en el mundo es muy superior al chino y de acuerdo al ranking de Forbes, 559 de las 2000 compañías multinacionales más grandes son norteamericanas, mientras que 291 son chinas.

EE.UU. es también el mayor receptor de inversiones directas del mundo y su dinamismo tecnológico en informática, biotecnología y otras tecnologías de punta es formidable.

Es la potencia con más influencia cultural, atrayendo estudiantes de todo el mundo y ejerciendo un enorme ascendiente a través de sus compañías de internet, sus programas de televisión, sus agencias de noticias y la amplia presencia de sus “marcas” en el consumo global.

Cuenta, además, con una posición geográfica privilegiada (una cuasi isla de escala continental con acceso a dos océanos). Tal vez por lo mismo es un imán para la inmigración calificada y su población crece a una tasa razonable del 0.7 % anual.

A pesar de estas fortalezas, Estados Unidos sufre una “declinación relativa” respecto de China. En el ámbito nacional ha invertido poco en infraestructura y sufren un evidente atraso en materia de aeropuertos, ferrocarriles y caminos.

El sistema institucional —admirado en el mundo entero durante décadas— se ha vuelto menos funcional y el espacio de la política resulta excesivamente conflictivo durante los últimos años, afectando negativamente la toma de decisiones.

Por su parte, China crece más rápido y su economía —si no ocurren sorpresas— será en el 2030 entre un 50 % y un 60 % más grande que la estadounidense. China es la primera nación comerciante del mundo y el socio comercial privilegiado de más de 40 países. Su rol como prestamista e inversor internacional crece con rapidez, particularmente en el universo de los países emergentes.

El mercado interno chino es inmenso y su economía en el futuro se volverá menos dependiente de los mercados internacionales para sostener su desarrollo. Su creciente clase media facilita la introducción en gran escala de las nuevas tecnologías de la información (entre otras el 5G, el “big data” y “la inteligencia artificial”), lo que le permite competir, cabeza a cabeza, con EE.UU. en la difusión de dichas tecnologías en el mundo.

En el campo de las capacidades militares, China ocupa el segundo lugar después de Estados Unidos. Pekín ha concentrado sus recursos navales y misilísticos en Asia, lo que contrasta con la postura militar norteamericana que es global.

En la región, el presupuesto de defensa chino es un 56 % superior al de Japón, la India y los diez Estados miembros de la Asociación de Países del Sudeste Asiático (ASEAN) juntos. Pero su poder militar está condicionado por las dificultades que encuentra para establecer alianzas militares duraderas con naciones vecinas, con las cuales mantiene desconfianzas de origen histórico.

En términos de poder blando, tanto el proyecto de la “Ruta de la Seda” como los préstamos otorgados para financiar exportaciones y/o la ejecución de obras públicas por parte de contratistas chinos han sido instrumentos privilegiados para abrir mercados, acceder a recursos naturales y conquistar lealtades políticas en el mundo de los países emergentes.

Pero también ha provocado reacciones adversas, crisis de deuda, cancelación de proyectos y situaciones incómodas, como ocurrió en Malasia, Myanmar, Sri Lanka y actualmente en Venezuela (donde China es el principal acreedor de un país quebrado y sin destino previsible).

Su sistema de gobierno autoritario y represivo genera suspicacias y dudas en muchos países respecto de su estabilidad en el largo plazo. Sus perspectivas demográficas no son óptimas porque su población está estancada y envejeciendo, y se estima que su fuerza laboral se reducirá en más de 100 millones de personas durante los próximos 25 años. Cuadro 1

tab1 Cuadro I: Los datos presentados abajo ilustran, en términos comparativos, la situación actual 

The Economist, Pocket World Figures, London, 2019 y Lowy Institute, Asia Power Index, Sydney, 2019.

La Transición hacia un Mundo Bipolar

El surgimiento de China y la “declinación relativa” de los Estados Unidos están generando una transformación profunda en el sistema político mundial. El mundo unipolar liderado por EE.UU. está gradualmente dejando el paso a un escenario bipolar.

Dicha transición está ocurriendo simultáneamente con un desplazamiento del centro económico del mundo hacia Asia. Es ahí donde la competencia entre ambas potencias será particularmente intensa en el futuro.

Durante la transición (que durará menos de 10 años) la inestabilidad política y económica internacional aumentará, por la disposición de los norteamericanos de defender sus intereses y privilegios amenazados por las ambiciones y apetencias de una China emergente.

EE.UU. ya modificó su visión sobre China. La competencia y la rivalidad reemplazaron la antigua cooperación. Los Estados Unidos están alarmados con las iniciativas militares chinas en los mares del sudeste asiático y perciben como una amenaza a sus intereses el avance tecnológico chino (el “Proyecto China 2025”) y la proyección de sus ambiciones geoeconómicas a través de la “Ruta de la Seda”.

La dirigencia china teme el cerco naval de los Estados Unidos y sospecha que los norteamericanos desean constreñir su progreso económico y tecnológico para postergar su surgimiento. Desconfían que EE.UU. intenten promover movimientos independentistas en Hong Kong, Tíbet, Taiwán o Xinjiang, y recelan que la promoción de la democracia y los derechos humanos pueda en el futuro impulsar una liberalización política que podría desestabilizar al régimen.

En la actualidad, la competencia entre China y Estados Unidos ocurre en dos planos diferentes. Por un lado, una competencia bilateral por el desarrollo del poder industrial, militar, informático y el control de las nuevas tecnologías.

El “Proyecto China 2025”, que asigna cuantiosas ayudas gubernamentales al desarrollo en diez sectores tecnológicos de punta (telecomunicaciones, informática, inteligencia artificial, robótica, energías renovables, etc.), es el mascarón de proa de la estrategia china para disputar el liderazgo tecnológico mundial.

La discusión sobre la adopción de “estándares de uso” de las nuevas tecnologías, las reservas de mercado para las tecnologías propias, las restricciones a la exportación de ciertos productos, los conflictos en materia de seguridad cibernética y espionaje, son las principales arenas donde negocian y se enfrentan chinos y norteamericanos.

Por otro lado, una rivalidad geopolítica para conquistar lealtades y obtener influencia en terceros países. Se trata de obtener apoyos militares y diplomáticos y acceder a negocios. Esta competición ocurre, a su vez, en tres dimensiones: la marítima por el predominio comercial y militar en los mares del Pacífico occidental, el sur de china y el océano Indico; la financiera, por la ejecución de grandes obras de energía e infraestructura, y finalmente la económica, por el acceso a mercados, la atracción de nuevas inversiones y el control de las redes digitales.

Tanto Estados Unidos como China privilegian las iniciativas bilaterales para alcanzar sus objetivos comerciales y financieros, en detrimento de mecanismos multilaterales ya establecidos. Las instituciones multilaterales creadas por norteamérica durante la segunda parte del siglo XX (FMI, Banco Mundial, OMC, etc.) seguirán funcionando pero su efectividad dependerá cada vez más de los intereses puntuales de las dos grandes potencias.

EE.UU. intentarán, con la colaboración de Japón y de los países europeos, reformar el funcionamiento de la OMC para poner un coto a los excesos mercantilistas de la política comercial china (propiedad intelectual, subsidios, rol de las empresas estatales, etc.). China, por su parte, tratará de postergar las reformas y mantener el statu quo del que tanto se benefició durante los últimos veinte años.

Asimismo, pretenderá modificar a su favor los mecanismos decisorios de las instituciones multilaterales y regionales existentes. Si no lo consigue, estará tentada a utilizar otras vías y/o crear instituciones alternativas donde pueda ejercer su influencia con mayor discrecionalidad. El recientemente creado Banco Asiático de Infraestructura o el uso de la CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños) para soslayar la OEA, son ejemplos recientes.

Terminada la transición, el escenario mundial será “bipolar” y no “multipolar”, porque las brechas de poder entre los EE.UU. y China, respectivamente, y las demás grandes potencias (Alemania, India, Japón y Rusia) se agrandan con el pasar del tiempo. Las fortalezas económicas y militares de las potencias regionales mencionadas son de partida muy inferiores a la de los Estados Unidos y China. Ni Alemania ni Japón cuentan con los atributos demográficos, económicos y militares para poder competir globalmente.

Rusia cuenta con un territorio inmenso, abundantes recursos naturales y capacidades militares fortalecidas durante los últimos años. Quizás Moscú intente mantener un balance entre los dos bloques en pugna, construyendo su propia esfera de influencia en su vecindario. Pero sus pretensiones están acotadas porque su población está estancada, su economía es poco dinámica y sus capacidades tecnológicas están limitadas a la industria del armamento, lo nuclear y el sector de hidrocarburos.

La India está creciendo velozmente en términos económicos y demográficos, pero sus divisiones internas étnicas, religiosas y lingüísticas son profundas y limitan, por ahora, sus posibilidades para organizarse y convertirse en una gran potencia capaz de competir cabeza a cabeza con China o los Estados Unidos.

La idea de una estrecha simbiosis (un condominio) entre los intereses de las dos grandes potencias, el llamado G2, es ilusoria. Por supuesto habrá períodos de acomodamiento y tregua, así como espacios de cooperación entre los dos grandes contendientes en áreas tan disímiles como el calentamiento global, el terrorismo, los esfuerzos para limitar la proliferación de armas nucleares y los intereses económicos compartidos (en particular la estabilidad financiera internacional).

Pero los sistemas de gobernanza política (democracia vs. partido único) y los modelos de gestión económica (capitalismo de mercado vs. capitalismo de Estado), son antagónicos. Ambas potencias se consideran con un destino histórico excepcional y sus dirigencias ambicionan reconocimiento y primacía para su país.

Lenta, pero inexorablemente, la rivalidad económica, política y militar se va a intensificar durante la próxima década y la bipolaridad se va a consolidar.

Conclusiones para Argentina

En el campo militar y político la característica dominante del sistema político internacional en las próximas décadas será la competencia entre Estados Unidos y China. La intensa rivalidad llevará, con el tiempo, a la creación de dos grandes alianzas militares: una liderada por EE.UU. y la otra por China, en consonancia con lo ocurrido entre los EE.UU. y la Unión Soviética durante la última Guerra Fría.

La nueva bipolaridad arrastrará al resto de los países a tomar posiciones. En un mundo bipolar los márgenes de libertad de acción en los temas militares serán acotados (se estará con uno o con el otro).

Probablemente la coalición militar norteamericana replicará en grandes líneas la conformación de la “alianza occidental” de la última Guerra Fría, incluyendo los países de la OTAN, Japón, Canadá, Australia y algunos países asiáticos.

Mientras que la coalición china incluirá a Camboya, Corea del Norte, Laos, quizás Pakistán e Irán y países asiáticos o emergentes fuertemente dependientes de la economía y el financiamiento chino. El caso de Rusia merece un comentario aparte. Hoy está alineada con China, pero eso podría cambiar, pues China es una amenaza más cercana y concreta a sus intereses asiáticos.

El riesgo de una guerra generalizada entre China y Estados Unidos, por ahora, es bajo. La disuasión nuclear reciproca es efectiva porque ambas potencias cuentan con la capacidad militar para destruir a la otra en el caso de una guerra total.

Un conflicto militar a través de terceras partes parece poco probable. China emplea su creciente poder económico como instrumento privilegiado de su accionar internacional y prefiere extender su influencia geopolítica a través de préstamos, inversiones y acuerdos comerciales.

Pero en el futuro no puede descartarse confrontaciones por partes interpuestas (guerras civiles, golpes de Estado y conflictos entre terceros países) cuando, en regiones periféricas, se comprometan intereses vitales de alguna de las grandes potencias, como ya ocurrió durante la última Guerra Fría.

En un horizonte más largo, un conflicto militar convencional en el estrecho de Taiwán o en los mares del sur y este de China, no es descartable. El gigante asiático no puede concretar sus ambiciones globales sin transformarse en la principal potencia asiática y los norteamerivanos no podrán mantener su status de gran potencia global si son desplazados de Asia, la región del mundo más poblada y que más crece.

En el campo económico, el proceso de globalización económico en marcha no se detendrá, porque tanto los USA como China están profundamente integradas a la economía mundial. La difusa e intensa integración de los flujos de producción y comercio a través de las empresas multinacionales crea una red de intereses compartidos que le provee sustento y dinamismo al proceso de globalización.

Mientras no haya guerra, una estrategia de contención económica como la que puso en práctica EE.UU. respecto de la Unión Soviética durante la Guerra Fría, parece poco probable.

El proceso de integración económica mundial probablemente perderá velocidad y la globalización futura será más desordenada. El conflicto impactará la localización de ciertos flujos de inversión extranjera directa, como ya está ocurriendo en el sudeste asiático principalmente en Taiwán y Vietnam.

Las negociaciones bilaterales se volverán moneda corriente entre los estados. Se crearán esferas de influencia superpuestas pero se mantendrán numerosos entrecruzamientos de intereses en los temas comerciales y económicos.

La excepción será los temas digitales y de telecomunicaciones, donde quizás ocurran fracturas importantes en la economía mundial causadas por la preferencia china por controlar políticamente el acceso a la información y por los temores norteamericanos respecto del impacto militar del espionaje cibernético.

Numerosos países se alinearán en lo militar con alguno de los contendientes, sin dejar de participar activamente en la economía global y relacionarse estrechamente con el otro.

Una mayoría de europeos y americanos (en particular Brasil, Chile y México) optarán por estrategias de “doble vía” manteniendo una amplia cooperación con China en materia de comercio e inversiones y simultáneamente asociándose, con diferentes grados de compromiso, a la coalición militar de Estados Unidos y sus aliados occidentales.

Esta estrategia también será atractiva para los países asiáticos que mantienen relaciones económicas intensas con China y simultáneamente, por razones de proximidad geográfica, temen su expansionismo. Un caso paradigmático es el de Australia, cuyo principal cliente comercial e inversor directo es China, pero mantiene una alianza muy amplia con Estados Unidos en materia de defensa e inteligencia.

Respecto de las políticas de “no alineamiento”, estas son efectivas en escenarios multipolares, especialmente cuando el país que las adopta no está directamente involucrado en los temas conflictivos entre las grandes potencias. Fue la política externa inteligente y eficaz que, entre 1870 y 1939, siguió Argentina para promover sus intereses económicos: “ser amiga de todos y aliada de ninguno”

El “no alineamiento” será capitalizado por algunos países asiáticos, ubicados en las fronteras calientes del conflicto y temeroso de verse involucrados directamente en un enfrentamiento bélico (como sucedió con Austria, Finlandia y otros países durante la última Guerra Fría).

Pero, en general, en un escenario bipolar los beneficios del “no alineamiento” no compensan los riesgos tomados. En particular cuando la nación que lo práctica es estratégicamente poco relevante y no puede utilizar el juego pendular para extraer grandes beneficios de los contendientes.

Para una potencia mediana, beneficiarse de la competencia entre las dos grandes potencias sin transformarse en víctima, no es fácil como ilustra, entre muchos otros casos, Argentina durante la Segunda Guerra Mundial.

Para Argentina, una potencia media alejada del centro del conflicto y estratégicamente poco relevante para los intereses vitales de los dos contendientes, las reglas óptimas de posicionamiento me parecen claras.

Primero: en materia de seguridad y defensa es necesario reconocer la hegemonía norteamericana en el hemisferio occidental

Los Estados Unidos tienen la capacidad de proyectar su poder militar en el hemisferio y en nuestra subregión, capacidad que los chinos no tendrán por muchos años. Si no elegimos bien nuestro posicionamiento, estaremos expuestos a hacerlo bajo presión y en la peor de las circunstancias.

La cooperación militar con los Estados Unidos y sus aliados occidentales, debe estar limitada a temas defensivos y regionales, y ser instrumentada en estrecha cooperación con nuestros vecinos, en particular Brasil y Chile.

Segundo: practicar un amplio pragmatismo económico y comercial global en todo lo que beneficie el desarrollo económico nacional

Los límites son aquellas iniciativas que involucren tecnologías “de uso dual” (militar y civil) que amenacen los intereses militares de alguno de los dos grandes rivales. El caso de la estación china de seguimiento satelital instalada en Neuquén debiera servirnos como llamado de atención.

Tercero: priorizar y profundizar la integración con nuestros vecinos en particular Brasil y Chile en todos los campos, inclusive el militar

No debemos politizar, por razones de política interna o de preferencias ideológicas, las relaciones con los vecinos o la región. Los únicos criterios sostenibles son la defensa de los regímenes democráticos y el respeto por los derechos humanos.

Cuarto: no practicar una política internacional “principista”

La Argentina actual no tiene los atributos de poder para gravitar en el diseño de las reglas y las instituciones que conforman el sistema político y económico mundial. La política exterior Argentina del siglo XX, que promovía activamente principios globales, no será efectiva para promover el interés nacional y generará problemas y fricciones que dificultarán el accionar nacional en los temas prioritarios de desarrollo económico.

Quinto: es conveniente reducir gradualmente la dependencia financiera argentina de ambas potencias en pugna

La competencia bipolar incrementará el perfil intervencionista de las dos grandes potencias en los asuntos internos de las potencias medias, como Argentina. Nuestro endeudamiento externo es excesivo, nos vuelve dependientes y nos expone a presiones que pueden involucrarnos en situaciones engorrosas para nuestros intereses.

El desenlace final de la lucha por la hegemonía mundial es imprevisible e indescifrable. Lo probable es que en el largo plazo no se imponga la nación más poderosa, sino la que haya sabido crear la coalición más amplia y sólida en términos económicos y militares, y que además ofrezca un modelo de organización política y social más atractivo.

Francia y Gran Bretaña se enfrentaron a mediados del siglo XVIII para establecer una primacía en Europa y en América del Norte. Francia era mucho más poderosa en términos de población y potencial militar.

Durante una primera etapa, Francia apoyó la independencia de los Estados Unidos y contribuyó al desmembramiento del imperio británico en América del Norte. A posteriori, el ambicioso intento napoleónico de imponer una hegemonía francesa en Europa continental (1793–1815) se malogró frente a la amplia coalición de países que organizó Gran Bretaña. Waterloo y el Congreso de Viena abrieron el camino para la consolidación de Gran Bretaña como “primus interpares” del concierto europeo durante casi un siglo.

El conflicto posterior entre Gran Bretaña y Alemania (1890–1945) duro cincuenta y cinco años y ocurrió en el marco de una creciente globalización comercial, económica y cultural. El conflicto se resolvió en beneficio de la que pudo organizar la coalición más amplia. Ocurrió después de dos devastadoras guerras mundiales con la perdida de preeminencia de ambos actores en la escena mundial, en beneficio de EE.UU. y la Unión Soviética. La Guerra Fría posterior duro 46 años (1945–1991). Se resolvió nuevamente en beneficio de la coalición más poderosa y que ofrecía un modelo de organización económico y político más atractivo. El derrumbe del imperio soviético inauguró el corto período de primacía global unipolar de los Estados Unidos, que ahora está concluyendo.

El ascenso de China en el escenario mundial va a ocurrir indefectiblemente. China es demasiado grande y fuerte para que su emergencia sea boicoteada. Los deseos del pueblo chino de participar en la prosperidad global y de ser reconocidos como una gran nación son legítimos.

Pero el surgimiento de China y la “declinación relativa” de los Estados Unidos y de Occidente suscitan tensiones y rivalidades, cuyas consecuencias son imprevisibles. Hay que saber elegir el camino.

Debemos preguntarnos si el modelo autoritario chino de modernización tendrá éxito en el largo plazo. La Edad Moderna se construyó sobre la libertad y el pluralismo. Los acontecimientos recientes en Hong Kong y la democracia de Taiwán nos recuerdan la inmensa relevancia del tema.

La historia no se repite, pero los acontecimientos riman y echan luz sobre lo que nos depara el destino.

Recibido: 01 de Septiembre de 2019; Aprobado: 30 de Enero de 2019

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