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Acta bioethica

versão On-line ISSN 1726-569X

Acta bioeth. vol.23 no.2 Santiago jul. 2017

http://dx.doi.org/10.4067/S1726-569X2017000200363 

Recensiones

Reseña

Fernando Lolas Stepke

DELGADO, A.. Technoscience and citizenship: Ethics and governance in the digital society, ., International Library of Ethics, Law and Technology, 17, Springer International Publishing, Switzerland, 2016. ISBN: 978-3-319-32412-8. 189 pages,

No cabe dudar sobre la importancia de los temas tratados en este libro. Si la destrucción nuclear fue la principal amenaza que el progreso tecnocientífico impuso a las generaciones pasadas, hoy los avances de la era digital y sus potenciales aplicaciones a todo ámbito humano están entre lo más temido por personas e instituciones.

En la selección de los tópicos se ha procedido a incluir aquellos de más directo impacto social; el mejoramiento del ser humano, la información biométrica y los estudios ambientales son tratados por diversos expertos.

La idea de “gobernanza”, según se aclara en un capítulo introductorio, va más allá de la noción de gobierno. Si ésta se asocia con instancias de poder y con la regulación política de la vida (lo que incluye la posibilidad de la sanción y uso de la fuerza), aquella incorpora de modo importante lo dialógico, la conversación con los ciudadanos. Es una forma de asegurar una mayor legitimidad a las decisiones que emanan de la autoridad en tiempos de decadencia general de los liderazgos meramente políticos. Tampoco sirvió en el pasado la “tecnificación” del quehacer gubernamental, pues muchas medidas adoptadas por la autoridad, aunque avaladas por pruebas científicas, pueden no encontrar eco ni respeto en las masas, las ilustradas y las ignaras. Lo que la gobernanza y sus tonalidades dialógicas persiguen es aumentar la “accountability” (responsabilidad en tanto capacidad de “responder a” y “responsabilidad ante”), la transparencia y la inclusión. Cualidades que pretenden resolver el serio problema de la “representatividad no representativa” que malogra las democracias. Como en el caso de los comités de bioética, el problema suele eliminarse conformando un “público”, designando supuestos individuos “representativos de” colectivos y no simplemente “representantes de”. Ello no impide la aparición espontánea de movimientos sociales que quieren tener participación en las decisiones. Y quizá aquí se encuentre uno de los primeros desafíos de la era digital, porque ella implica redes sociales de fácil acceso, transmisibilidad inmediata de informaciones e ingreso a fuentes de datos por cualquier persona en cualquier lugar. Espontáneas manifestaciones contra la energía nuclear o los organismos genéticamente modificados pueden por supuesto ser implementadas con fines por entero ajenos a su contenido científico. A menudo, como el público se percata de que las consecuencias de la innovación tecnocientífica no pueden anticiparse con todo detalle, surgen fantasías y narrativas míticas sobre sus beneficios y daños. Por otra parte, a todo efecto saludable acompañará regularmente alguno menos positivo, consecuencias indeseadas y hasta “daños colaterales”, directos e indirectos, inmediatos o mediatos.

La presencia de lo técnico en lo natural es tan sutil y tan generalizada que ya no cabe hablar de sistemas sociales sino de sistemas sociotécnicos. Separar lo estrictamente científico de lo que imponen las economías impulsadas por la innovación y sus inextricables vinculaciones con el mercado es superfluo en las sociedades alfabetizadas del mundo moderno. Quizá las antiguas instituciones (los gobiernos entre ellas) sigan existiendo para las generaciones que aún confían en los poderes establecidos. Hoy los ciudadanos tienen “su” medicina y “su” forma de acción que las tecnologías posibilitan sin la mediación de “expertos”. Puede verse en ello el colapso de las distinciones tradicionales entre científicos y profanos, entre profesionales y público. De paso cabe advertir que las formas clásicas de asegurar competencia (como los títulos y grados universitarios) también se ven sobrepasadas, lo que inquieta a las instituciones académicas tradicionales, convencidas de ser únicos receptáculos del saber y del conocimiento. Lejos de ser esto una “democratización” del conocimiento, anticipa la aparición de un populacho insaciable, cuya “ciudadanía tecnocrática” le permite desafiar las autoridades convencionales. La “calle” como voz aparentemente hegemónica se hace omnipresente. Al viejo adagio “vox populis, vox Dei” se le matiza ahora de muchas formas y las elites tradicionales se desconciertan. Cabría decir “vox Twitter (o Facebook), vox auctoritas”.

Pero no es solamente en el ámbito de las comunicaciones en donde se pueden plantear los problemas que supone la gobernanza. Las narrativas de la innovación estallan en innumerables utopías que plantean decisivos problemas éticos. En este libro se dedica espacio a discutir las potencialidades de mejoría que algunas técnicas prometen y que las tecnologías (en tanto técnicas razonadas, con “logos”) fundamentan. La “medicina del deseo” se instaló hace tiempo. La gente no solamente desea ser curada o sanada. Quiere ser más bella, más longeva, más inteligente. Estimulada por el ideario de la competitividad, esta esperanza hace concebir desde falsas esperanzas hasta delirios fantásticos. No debe extrañar que se dedique un capítulo a elaborar los caprichosos ensayos de ficción científica (“science fiction”) que prometen mejores cuerpos y mentes más capaces.

No es éste el lugar para analizar en detalle qué es exactamente una “tecnología emergente”. Personalmente, creo que se trata de innovaciones moralmente ambiguas, para las cuales no existen respuestas preprogramadas ni instituciones capaces de anticipar sus futuros usos. El dilema de Colingridge, mencionado en el texto, alude a lo impredecible de las consecuencias, que se traduce en ambigüedad de resultados y efectos. Toda la sociedad parece orientarse al futuro y el pasado se contrae al papel de una mera anticipación más o menos útil según el contexto. Esto es dilemático y paradójico, porque la predicción, que es parte del trabajo científico, se torna profecía. Y lo que parecía posible se convierte en necesario. Tal es en esencia el núcleo de la idea de innovación: un invento que logra aceptación social y pasa de ser “arte-facto” a “facto”, hecho consumado de la vida corriente. Hoy nadie imagina cómo sería vivir sin teléfonos inteligentes, manejo de las cuentas bancarias en Internet o disposición inmediata de fármacos adecuados a cada función corporal.

Este útil volumen se estructura en diversas partes. La primera se refiere a la gobernanza de las tecnologías emergentes. La segunda, a las modificaciones técnomórficas del cuerpo y la mente. La tercera a los movimientos de las personas y la cuarta a las manipulaciones (y “gobierno”) del espacio.

Se puede comprobar que los temas abarcan desde la economía del cuerpo y la evolución sociotécnica hasta el manejo de los espacios y la geoingeniería. En estos tiempos de amenazas globales (reales, presentidas o inventadas), no es trivial preocuparse de las soluciones que los expertos proponen, por ejemplo, para el “cambio climático”, entelequia de peligrosa fisonomía que algunos políticos desaprensivos dan por ficción. Tampoco es menor la posibilidad, siempre esperada, de manipular conciencias y funciones fisiológicas con fines totalitarios, o la de convertir vastas zonas del planeta y los espacios privados en accesibles al escrutinio satelital o el espionaje. La gobernanza no solamente implicará cambios institucionales y personales. Supondrá nuevas formas de regulación e impensadas teorizaciones morales.

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