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Acta bioethica

versión On-line ISSN 1726-569X

Acta bioeth. vol.25 no.2 Santiago dic. 2019

http://dx.doi.org/10.4067/S1726-569X2019000200285 

Reseñas de Libros

MUZUR, A., RINCIC, I. Van Rensselaer Potter and his place in the history of bioethics

Fernando Lolas Stepke1 

1Centro Interdisciplinario de Estudios en Bioética, Universidad de Chile, Chile

Muzor, A.; Rincic, I.. 2019. Van Rensselaer Potter and his place in the history of bioethics. Zürich: LIT Verlag, 122p.

Para quienes venimos escuchando la monótona repetición de lugares comunes por parte de algunos iluminados de la bioética latinoamericana, constituye este libro una novedosa y refrescante apertura a informaciones y perspectivas. Los autores realizan un trabajo de investigación sobre la vida y los trabajos de Potter, examinan sus contradicciones y los antagonismos que generó o debió soportar, las tensiones sobre el nacimiento de la bioética y los efectos que tuvo el descubrimiento de la obra de Jahr sobre el discurso habitual.

En primer término, es muy saludable leer detalles biográficos sobre el bioquímico-oncólogo del Medio Oeste de Estados Unidos, que disputó con el Kennedy Institute of Ethics y el Hastings Center la paternidad de la bioética. Con mirada crítica se examina su carrera, las influencias formativas, las demandas de originalidad que creyó justificar y el curioso análisis de la teóloga Margaret E. Doris sobre la importancia de la “ideología Wisconsin”, asociada al localismo de lo que se conoce como “land grant” en la fundación de universidades e institutos educacionales en Estados Unidos. Reconociendo el valor documental de ese trabajo doctoral, especialmente en cuanto a datos biográficos, se destaca el típico “parochialism” del autor estadounidense, ese localismo enfadoso que desconoce o ignora aportaciones de otras lenguas o latitudes. Vincular lo que después se ha construido como una aportación intelectual (el ideario bioético) a la ideología del capitalismo temprano, ejemplificada por la ideología educacional “land grant” y una suerte de ecologismo trasnochado, con tonalidades de ruralidad orgullosa, es quizá redimensionar a Potter. Hemos leído con demasiada frecuencia panegíricos a Potter por personas que “descubrieron” la bioética y no examinaron, como en este libro, el verdadero substrato de la construcción verbal por la que reclamó originalidad. Contemplando la mudez relativa sobre sus aportes, que tanto Hellegers como Callahan desplegaron, y la ausencia incluso de citas en algunas publicaciones, se explica el afán potteriano por el “marketing” intelectual y la convulsionada oferta de variantes: “bioética global”, “profunda”, “real”, entre muchas otras. Descubro con agrado que, en 2001, poco antes de morir, Potter (su último video lo vimos en Chiapas ese año, cuando ya el famoso hombre no viajaba), dio impulso al Center for Bioethical Sustainability, dirigido por Erin Williams. Usar esa expresión era un corolario natural de la bioética ecológica. También es placentero observar que un periodista, Whitney Gould, escribió sobre el “bio-ethics creed” en el Madison Capital Times, el 25 de abril de 1970 (¿no deberíamos reconocerle cierta importancia en la formulación, aunque sea con guión?).

Parece ser que Potter, pese a sus frustraciones por considerar su idea desnaturalizada por Georgetown y Hastings en dirección a lo biomédico, es un autor afortunado. Se le han atribuido más ideas que las que propuso. Logró una cofradía de seguidores, liderados en parte por Brunetto Chiarelli, que no solamente hicieron de Global Bioethics una ideología, sino la concretaron en una revista. Proponer a Potter para el Premio Nobel no era sino consecuencia de la idea de “movimiento”, que es casi característica de personalidad en algunos pioneros. A lo largo de más de treinta años, he escuchado atribuciones a Potter de profundas intuiciones, de sabias admoniciones y de una compleja red de argumentos. En este libro, con una fina dosis de ironía, se dimensiona mejor lo que fue aquel “descubrimiento” de los años setenta y el antagonismo entre los “ecologistas” y los “biomédicos” en las trayectorias institucionales de la bioética. En realidad, el tema queda abierto para continuar indagando sobre los condicionantes sociales y económicos de prácticas sociales que se “condensan” en un neologismo afortunado. El proceso de migración a través de grupos sociales y lenguas puede estudiarse en las tradiciones literarias y en los “temas” que pasan de “invenciones” a “tópicos”. Sin hablar, por supuesto, de lo que alguna vez denominé el “problema ético de la bioética”. Como en cualquier comunidad intelectual, la de los “bioeticistas” muestra las debilidades humanas, el deseo de prestigio, los incentivos económicos, el afán de originalidad y el plagio desembozado. Especialmente en nuestro marginal continente latinoamericano (desgraciadamente no cubierto en el libro de Muzur y Rincic), con sus despliegues de medianía tercermundista y vocingleras protestas contra casi todo, está abierta una veta riquísima para investigar la conformación de grupos, racionalidades y antagonismos.

El libro de Muzur y Rincic también aborda el tema de las influencias intelectuales sobre Potter. Por cierto, Emerson, Darwin, Teilhard de Chardin, Aldo Leopold, incluso el arquitecto Frank Lloyd Wright. Este ejercicio en filogenia de ideas está muy logrado. Por de pronto, se observa la perspicacia con que autores de una tradición europea contemplan lo que son las influencias ocasionales de lecturas y encuentros sobre un ideario. Y, con sorna, destacan que la avalancha de adjetivos con que se fue recubriendo la palabra “bioética”, reconoce no solamente una necesidad intelectual, sino también más espurias motivaciones (notoriedad, popularidad, dinero, la lista es larga). También es interesante la confrontación de Potter y su círculo con la religión y la creencia. No fue muy popular la “bioteología”, pero alguien empleó el término y Potter parece haber oscilado entre un panteísmo rural y una arrogancia de científico duro para adoctrinar a sus seguidores y aleccionar a los sacerdotes y pastores. En muchos pasajes de este libro, como era de esperar, se constata lo que escribió Jahr en los años veinte y siguientes, con Potter de los setenta y siguientes. Algunos paralelos son menos impresionantes que las diferencias. Jahr era un cultivado conocedor de las tradiciones religiosas y un sólido lector de filosofía europea, que despertaba al progreso científico. Potter, un científico experimental con conocimientos rudimentarios de argumentación filosófica, que se erige en crítico del progreso descontrolado de las ciencias.

Reducida a sus elementos esenciales, aquellas elucubraciones potterianas de los sesenta y setenta (ya se sabe, el término se emplea a partir de 1970-71, pero la arqueología de las ideas encuentra anticipaciones) despiertan de inmediato recuerdo de la tesis de las “dos culturas” de C-P. Snow, famosa desde 1959. En su camaleónica vida, Snow parece haber sido novelista entre científicos y científico entre literatos, y advertía sobre la necesidad de un entendimiento entre las culturas de las humanidades y de las ciencias empíricas. Acá sería tedioso repetir argumentos, pero la deseada convergencia y el necesario diálogo son temas hoy esenciales en los estudios y en las prácticas. No hay mención en este libro de que Potter conociera la idea de Snow u otras parecidas que precedieron al movimiento bioético.

Debe valorarse, en esta contribución de Muzur y Rincic, el cuidado puesto en indagaciones personales y la lectura de primera mano de materiales indispensables para entender la formación de las ideas de Potter. Tuvieron los autores el cuidado de visitar los lugares donde Potter vivió, conversar con descendientes y asociados y leer páginas inéditas de su legado. Ya este trabajo justifica leer y disfrutar este libro. También desarrollan una convincente descripción del contexto, indispensable para entender las ideas y analizar las influencias e impacto del Potter real en disciplinas y prácticas. Esta sobria investigación empírica debería ser leída por todos aquellos que audazmente, cuando no con supina ignorancia, se lanzan a pontificar sobre Potter y sus “bridges”: bridge to the future, bridge between sciences. Por no hablar de los que critican el origen del vocablo y sus supuestos, desconociendo la modesta constelación de influencias que dieron forma a una palabra cuya importancia es más abultada que su historia real.

Como era quizá esperable, no hay mención en este libro, salvo por dos o tres nombres, de la recepción de Potter en América Latina y de cómo lo presentaron nuestros pioneros. En lo personal, escuché por primera vez a José Alberto Mainetti hablarme de bioética en 1986 (lo he contado en más de una ocasión, rindiendo debido homenaje a uno de nuestros precursores). Después fue ritual la mención de Potter, aunque no quedaba claro qué tenía que hacer toda la palabrería sobre el futuro humano y la biósfera con la seca tecnificación de los principios resumidos en el “mantra de Georgetown” (autonomía, beneficencia, no maleficencia, justicia). Incluso yo, en mis primeros escritos de divulgación (en prensa y en libro) repetía mecánicamente lo que entonces se estilaba, si bien era posible discernir “vertientes” (la biomédica y la ecológica) en la tradición. Asimismo, cuando iniciábamos los cursos de maestría en distintas universidades, podíamos hablar con cierta confianza del nivel micro, del nivel meso y del nivel macro. Aludíamos a las relaciones personales, a la dimensión institucional y a la dimensión biosférica de la bioética. Potter hubiera dicho “preocupaciones de corto plazo” (biomédicas) y de “largo plazo” (ecológicas), siempre con ese tono mesiánico de los que advierten apocalipsis esperables, como ha venido ocurriendo desde por lo menos el año 1000 en la cultura occidental.

En síntesis, se trata de una obra de valor documental, de inspiradoras sugerencias, fuente de materiales de raro valor y digna de una lectura crítica. Aparte de sugerir su traducción a la lengua española, pienso que se beneficiaría con algunos agregados que dieran cuenta de la recepción de Potter y sus cercanos en el mundo hispanoparlante.

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