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CUHSO (Temuco)

On-line version ISSN 2452-610X

CUHSO (Temuco), ahead of print  Epub Aug 31, 2020

http://dx.doi.org/10.7770/2452-610x.2020.cuhso.02.a01 

Artículo de investigación

En torno a los orígenes de la Gran Divergencia: debates recientes en historia económica (2000-2018)

About the roots of the Great Divergence: Recent debates about historical economy (2000-2018)

Mauricio Casanova1 

1 Docente en el Departamento de Historia y Ciencias Sociales, Universidad de Concepción, Chile, m.casanovabrito@gmail.com

Resumen:

El objetivo principal de este artículo es analizar el debate reciente en torno a los orígenes históricos de la denominada Gran Divergencia. Se examinan cuatro posturas. Primero, la idea de trampa maltusiana desarrollada por Gregory Clark. Segundo, el punto de vista de la Escuela de California de Historia Económica, liderada por Kenneth Pomeranz. Tercero, la hipótesis de la economía de altos salarios de Robert C. Allen. Cuarto, el concepto de revolución industriosa propuesto por Jan de Vries. El artículo concluye describiendo las tendencias recientes de la historiografía económica: la renovación de las ideas maltusianas, las críticas a la historia social de fines del siglo XX y el énfasis en la historia de Asia.

Palabras clave: Gran Divergencia; Revolución Industrial; Historiografía

Abstract:

The main aim of this article is to analyze the recent debate on the historical origins of the so-called Great Divergence. Four approaches are exanimated. First, the idea of Malthusian trap developed by Gregory Clark. Second, the point of view of the California School of Economic History, led by Kenneth Pomeranz. Third, the Robert C. Allen’s high-wage economy hypothesis. Fourth, the concept of industrious revolution proposed by Jan de Vries. The article concludes by describing the recent trends of economic historiography: the renewal of Malthusian ideas, the critiques on the late-twentieth century social history, and the focus on Asian history.

Keywords: Great Divergence; Industrial Revolution; Historiography

Introducción

El concepto de Gran Divergencia fue propuesto inicialmente por Samuel Huntington (1996) para describir el proceso, desencadenado a inicios del siglo XIX, en donde el orden mundial tradicional da paso a un mundo estructurado por países ricos del primer mundo y países pobres del tercer mundo. Si bien los orígenes históricos de este proceso han sido un tema recurrente en la historiografía (Braudel, 1977;Hobsbawm, 2001; Wallerstein, 2011b, 2011c;), en los últimos años el debate se ha revitalizado, incorporado nuevas perspectivas y ampliando la crítica a las interpretaciones tradicionales. El punto inicial fue indudablemente la publicación de la controvertida obra de Pomeranz The Great Divergence el año 2000, en la que se cuestionan la mayoría de los supuestos asociados a la revolución industrial. Pomeranz argumenta que en el siglo XVIII las pre-condiciones para el take-off industrial se encontraban no sólo en Europa, sino también en ciertas regiones de China, Japón o la India; las causas de la posterior divergencia en siglo XIX deben buscarse entonces en otros factores, incluso en episodios accidentales (2000). Esta tesis impulsó a un sin número de historiadores - por ejemplo, Marks (2007), Goldstone (2008), Perdue (2009), Won y Rosenthal (2011), Von Glahn (2016) - a re-pensar el ejercicio histórico-comparativo entre Asia y Europa durante el periodo pre-industrial, dando vida a lo que se ha denominado como Escuela de California (Beckert & Sachsenmaier, 2018, Coclanis, 2011; Gupta & Ma, 2010; Middell & Rössner, 2016; Prechtl, 2016; Vries, 2010). Junto con este enfoque, han surgido otro sin número de interpretaciones, algunas parcialmente partidarias (Clark, 2008; De Vries, 2008b) y otras abiertamente opositoras inmersas en el debate.

Todos estos autores, a pesar de las diferencias, coinciden en su crítica a la tesis del milagro europeo (Jones, 1987), según la cual en el noroeste de Europa habrían existido diversas pre-condiciones históricas que explicarían la Gran Divergencia: el marco cultural del mundo protestante (Weber, 2003), los conflictos sociales asociados al quiebre del sustento moral de la economía (Aston & Philpin, 1985; Ogilvie, 1996; Thompson, 1967) o el régimen político-institucional (North, 1981; Thomas & North, 1976). En el debate reciente, al contrario, es común referirse al patrón occidental (Western path), caracterizado por la innovación tecnológica y energética, y al patrón de Asia del Este (East Asian path), caracterizado por el aumento de la intensidad del trabajo (Austin & Sugihara, 2013; Grinin & Korotayev, 2015; Pomeranz & McNeill, 2015; Sugihara & Wong, 2015). En ambos casos, la tierra, el capital, el trabajo y la iniciativa empresarial habrían sido organizadas de forma distinta, a partir de marcos político-culturales diferentes, pero con resultados similares.

En la presente discusión bibliográfica se analizan las principales posturas inmersas en el debate en los últimos años. Se inicia con la idea de trampa maltusiana de Clark, en la que se intenta renovar, con datos empíricos de investigaciones recientes, la clásica interpretación de Thomas Malthus sobre las tensiones entre población y recursos en las sociedades pre-industriales. Este punto de inicio es importante, pues - como se detalla en las secciones venideras - todos los autores, a pesar de la diversidad de posturas, van a coincidir en el intento de explicar la Gran Divergencia en términos maltusianos. Si bien la explicación a la que recurre Clark fue duramente criticada debido a que presenta influencias del darwinismo social, su propuesta sobre el comportamiento general de las economías pre-industriales va a ser, con matices dependiendo del caso, ampliamente aceptada. Luego se examinan los postulados de tres corrientes historiográficas recientes que vienen desarrollándose paralelamente desde el 2000: la Escuela de California, la hipótesis de la economía de altos salarios y el concepto de revolución industriosa. En las consideraciones finales, se realiza una reflexión en torno a las repercusiones de estas nuevas corrientes historiográficas.

La trampa maltusiana de Gregory Clark

El concepto de trampa maltusiana de Clark (2008), en el que se intenta renovar la famosa tesis de Malthus (1798) mediante los datos recopilados por la cliometría reciente, se refiere a una tendencia, presente en todas las sociedades con anterioridad a la revolución industrial, en la que los estándares de vida decrecen en la medida en que la población aumenta. La definición no posee mayor especificad temporal o espacial. Para el autor, “la revolución industrial post-1800 representa el primer quiebre de la sociedad humana con respecto a los límites de la naturaleza, el primer quiebre de la economía humana con respecto a la economía natural” (2008, p. 33).

Para explicar este fenómeno, es necesario tener en consideración dos puntos. En primer lugar, se debe tener en cuenta que en el mundo maltusiano los principales factores de la producción eran la tierra, el trabajo y el capital; y que - como sostuvo Ricardo (1817) - si se aumenta cualquiera de estos factores, la producción tiende también a aumentar, pero con rendimiento decreciente (aumenta cada vez menos). Si se adhiere una cierta cantidad de trabajadores, la producción adicional (llamada productividad marginal) ocasionada por el último trabajador, será entonces menor que la provocada por el primero. Por tanto, si se considera - al menos como se hace en la teoría neoclásica (Roncaglia, 2006) - que el salario tiende a igualar la productividad marginal del trabajo, la adhesión de mayor mano de obra tiende a provocar también una baja en los salarios. Por esta razón, el ingreso, en las sociedades pre-industriales, decrece en la medida en que la población aumenta (Clark, 2008, pp. 19-25).

El análisis de la información histórica parece confirmar estos postulados. En 1450, por ejemplo, el estándar de vida y el salario de los trabajadores ingleses era tres veces mayor que el de 1300 y cerca del doble con respecto a los niveles presentes en el 1800 (Allen, 2001, pp. 424-432; Clark, 2008, p. 99). Estas diferencias estaban causadas por un factor demográfico: la brusca disminución de la población ocasionada por el arribo de la peste negra al viejo continente a mediados del siglo XIV (Scheidel, 2017, pp. 291-313). Otros estudios han mostrado que en Europa las muertes evolucionaban en paralelo al desenvolvimiento histórico de los precios de los cereales, los que en el mundo pre-industrial constituían cerca de dos tercios de la dieta promedio (Livi-Bacci, 2017, pp. 85-94). De hecho, el estándar de vida (definido como la cantidad de bienes/servicios a los que se puede optar con un salario en un tiempo/lugar determinado) de la Inglaterra de 1750 no era mejor que el de la Antigua Babilonia o el de la Atenas Clásica (Clark, 2008, p. 48). Por tanto, en el siglo de las luces, en la antesala de la revolución industrial, la economía inglesa no era - como se ha sostenido reiteradamente (Aston & Philpin, 1985; Ogilvie, 1996; Thomas & North, 1976) - el resultado de siglos de continuo progreso. Era, en cambio, según Clark, el resultado de continuos ajustes entre salario, nivel de vida y población (2001, 2005). “No hay ninguna señal de que la Inglaterra pre-industrial en el periodo 1600-1800 haya escapado de las ataduras de la trampa maltusiana” (2008, p. 124).

En segundo lugar, se debe considerar que en estas sociedades el avance tecnológico era relativamente lento, con respecto a los estándares post-1800. Por este motivo, a pesar de que durante siglos se acumularon en distintos lugares considerables avances (nuevos sistemas de cosecha, de transporte, de cultivo, de cría de ganado, de vivienda, de almacenamiento, de regadío, etc.) (Mazoyer, Roudart, & Membrez, 2006), las condiciones materiales no lograban mejorar a largo plazo, pues estos mismos avances paralelamente provocaban el crecimiento de la población; lo que finalmente terminaba por disminuir los salarios y los estándares de vida. “En el mundo pre-industrial el avance tecnológico esporádico produce personas, no riqueza” (Clark, 2008, p. 32).

La trampa maltusiana logra ser superada inicialmente en Inglaterra, sugiere Clark, por dos motivos. En primer lugar, debido a la tecnología: cuando la innovación tecnológica logra alcanzar un nivel y una rapidez tal que las mejoras en las condiciones materiales que ocasiona no pueden ser opacadas posteriormente por el crecimiento demográfico. Según las estimaciones del autor (2008, pp. 197-207), el aumento de la producción por medio del cambio tecnológico es el responsable de cerca de dos tercios del crecimiento económico post-1800. La fábrica textil, por ejemplo, sector insigne de la revolución industrial, experimentó una mejora en su eficiencia para transformar el algodón en bruto a vestuario de un 2,4% anual desde 1760 a 1860; una cifra bastante alta incluso para estándares actuales. La economía en 1860 era 27% más grande solamente debido a las innovaciones de la industria textil. En el contexto pre-industrial, en cambio, las mejoras en la eficiencia eran bastante lentas: 0,025% (1250 D.C), 0,020% (1500 D.C.), 0.045% (1750 D.C.) (Clark, 2008, p. 39). Así, las tasas de innovación tecnológica de los países industriales post-1800 llegaron a ser cerca de treinta veces mayores que las de los siglos anteriores. “En los 1750 años entre el nacimiento de Cristo y la antesala de la revolución industrial, la tecnología mejoró un total de 24% […]. Es decir, que las economías del 1750 obtenían solamente un 24% de producción adicional por acre de tierra, a un determinado nivel de personas por acre, que en el año 1. Esta es la razón por la cual el mundo estuvo atrapado en la trampa maltusiana por tanto tiempo” (Clark, 2008, p. 140).

De esta manera, desde el siglo XIX, el mundo se divide en países industriales que fueron capaces - mediante la eficiencia tecnológica - de superar la tensión población/recursos y países inmersos todavía en el mundo maltusiano, los que - paradójicamente - vieron afectados su estándar de vida debido a la misma abundancia tecnológica. Este sería uno de los principales motivos de la Gran Divergencia:

“La prosperidad, sin embargo, no ha llegado a todas las sociedades. El consumo material en algunos países, principalmente en la África Sub-Sahariana, presenta actualmente niveles muy por debajo que los estándares pre-industriales. Países como Malawi o Tanzania habrían estado mejor en términos materiales si no hubiesen tenido nunca contacto con países del mundo industrializado y hubiesen continuado en su estado pre-industrial. La medicina moderna, los aviones, la gasolina, los computadores - toda la abundancia tecnológica de los siglos XIX y XX - han tenido éxito en producir los estándares de vida más bajos jamás vistos. Estas sociedades africanas han permanecido atrapadas en la era maltusiana, donde los avances tecnológicos producen más población y los niveles de vida decaen hasta la subsistencia […]. La revolución industrial reduce los niveles de desigualdad dentro de las sociedades, pero también incrementa la desigualdad entre las sociedades, en un proceso recientemente denominado La Gran Divergencia” (Clark, 2008, p. 3).

El segundo factor que explicaría la capacidad de Europa de escapar de la trampa maltusiana tiene que ver con la relación entre fecundidad y estándar de vida. Clark sugiere que “hay muy buena evidencia de diferenciales de supervivencia […] en la Inglaterra pre-industrial en los años 1250-1800. El éxito económico se tradujo poderosamente en éxito reproductivo […] los individuos más ricos tenían más del doble de hijos sobrevivientes que los pobres” (2008, p. 113). Es decir, que la fecundidad de los estratos de mayores ingresos habría sido mayor que la de los sectores menos acomodados, logrando de esta manera propagar biológicamente los altos estándares de vida en la población.

Esta segunda indicación del autor, cercana a los postulados del darwinismo social, no ha convencido al resto de los historiadores y ha sido duramente criticada (Allen, 2008; De Vries, 2008a; Pomeranz, 2008). No obstante, en todos sus críticos, como se analiza posteriormente, la idea del mundo pre-industrial como un mundo maltusiano es transversal. Incluso los historiadores enfocados en la historia de Asia coinciden en este aspecto, con la salvedad que - contrariamente a como Malthus había supuesto (1798) - los mecanismos racionales para confrontar la tensión población/recursos no eran exclusivos del mundo occidental, sino que estuvieron presentes también en varias partes del mundo asiático (Lee & Feng, 2001). En general, los historiadores mostraron - con argumentos razonables (Allen, 2008) - que la idea de una excepcionalidad biológica inglesa no tiene, de ninguna manera, respaldo empírico suficiente. Sin embargo, las propuestas de Clark en torno a las características generales del mundo pre-industrial van a ser incorporadas en los análisis de la mayor parte de los autores, los que - con diferentes interpretaciones - intentarán explicar cómo Occidente logra finalmente escapar de las ataduras de la trampa maltusiana.

Carbón y colonias: Keneth Pomeranz y la Escuela de California

Una de las principales propuestas a esta interrogante se enmarca dentro de una corriente historiográfica reciente de historiadores enfocados principalmente en la historia de Asia. Si bien este tipo de propuestas tiene un antecedente histórico - a saber, la obra Reorient de Frank (1998, 2001) - fue con la publicación de The Great Divergence (Pomeranz, 2000) cuando comienzan a sentarse las bases de esta nueva escuela. Negando abiertamente el darwinismo social de Clark, los autores van a proponer dos argumentos. Primero, a mediados del siglo XVIII, las condiciones para un eventual proceso de industrialización eran similares en todos los centros económicos avanzados de Eurasia. Segundo, que fue el fácil acceso tanto al carbón como a los recursos naturales y energéticos de zonas extra-europeas lo que explicaría la capacidad de Inglaterra, y luego del resto de Europa Occidental, de superar la trampa maltusiana. La vía de escape sería, por tanto, de carácter ecológico.

La propuesta historiográfica de Pomeranz inicia con la aseveración que, en el contexto de resurgimiento comercial posterior a la peste negra y - sobre todo - al descubrimiento de América (Frank, 1998), se desarrollaron en varios lugares de Eurasia las condiciones para un eventual take-off industrial. El mundo euroasiático era, usando la descripción del autor, “un mundo de sorprendentes semejanzas” (Pomeranz, 2000, p. 29). Es decir, que, a mediados del siglo XVIII, las pre-condiciones históricas que el pensamiento económico moderno atribuye frecuentemente a la Inglaterra pre-industrial, habrían estado presentes también en los centros económicos del mundo asiático. Por lo tanto, las razones que explican la posterior divergencia deben ser re-pensadas.

Estas pre-condiciones, según el autor, serían cuatro. En primer lugar, la conformación de una estructura empresarial capitalista. Pomeranz analiza diversas empresas chinas que sobrevivieron por siglos, a pesar de las alteraciones en las familias propietarias o en los sistemas político-institucionales en los que se desenvolvieron. La Ruifuxiang Company, empresa textil, por ejemplo, logró perdurar por cerca de trescientos años; lo mismo la Yutang Company, dedicada al procesamiento de productos alimenticios, y que operó entre 1776 y 1949. En Tianjin existieron numerosas familias de mercaderes cuya existencia se extiende desde el siglo XVII hasta el XX. A pesar de que estas firmas estaban asociadas generalmente a un linaje familiar, con frecuencia recibieron capitales extra-familiares, como el de profesionales contratados. Muchas compañías contaban con el capital suficiente para emprender negocios que cruzaban bastas zonas geográficas y contaban con altos niveles de integración vertical. A comienzos del siglo XIX, empresas madereras de Shaanxi contaban con tres mil o cinco mil trabajadores, siendo las compañías de mayor tamaño del mundo pre-industrial. En el puerto de Hankou las empresas estaban normalmente organizadas como sociedades anónimas y poseían inversionistas de diversas procedencias (Glahn, 2016, pp. 295-347; Pomeranz, 2000, pp. 168-170).

Estos casos ponen en duda el supuesto, común en historiadores, que la acumulación de capital en Asia terminaba - contrariamente al caso europeo - diluyéndose en compromisos familiares, como pensiones a viudas, educación o compra de cargos públicos (Braudel, 1977). Si bien existen factores que alejan a estas compañías del tipo ideal de empresa capitalista weberiana, no existen indicios de que los casos europeos hayan presentado, al menos en este periodo, mayor sofisiticación capitalista. Incluso en el mercado de créditos de la China pre-industrial era evidente la existencia de formas mercantiles-capitalistas similares a las europeas, como sostiene Pan (1994). Braudel (1977), por tanto, en opinión de Pomeranz, no se equivoca en su examen sobre el surgimiento de una estructura empresarial capitalista en la antesala de la revolución industrial; el problema es que tiende a ignorar que este proceso no se restringe a Europa y que existen múltiples casos similares en los centros económicos de Asia (Glahn, 2016), incluso en el norte de la India (Subrahmanyam, 2012).

El segundo aspecto en que Pomeranz pone en duda el milagro europeo (Jones, 1987), corresponde a los estándares de vida. Este tema, como se analiza con posterioridad, va ser motivo de un intenso debate con autores de otras posturas, principalmente con Robert C. Allen. Pomeranz, en concordancia con una propuesta realizada anteriormente por Levine (1987, 2013) examina varios argumentos que permiten concluir que el proceso europeo de proto-industrialización tuvo como resultado el deterioro general del estándar de vida de los trabajadores. “Las consecuencias económicas y demográficas para los trabajadores son congruentes con el argumento de Levine: un patrón de involución, estancamiento de los estándares de vida e incremento de la presión sobre los recursos disponibles” (2000, p. 94). Este proceso habría sido evidente en regiones como, por ejemplo, los estados alemanes, en donde el aumento demográfico fue considerable. En Frankfurt, el porcentaje de varones con suficientes propiedades como para ser considerados ciudadanos decrece de 75% en 1723 a cerca de 33% en 1811 (2000, p. 94). Esto sería congruente con el argumento en torno a la persistencia generalizada de la trampa maltusiana en el siglo XVIII (Clark, 2008). Los historiadores, sugiere Pomeranz, cometen con frecuencia el error de comparar los estándares de vida de Londres o Amsterdam con los de Asia en general, lo que supone considerar un nivel de vida considerablemente mayor en Europa. No obstante, para Pomeranz, si se considera el nivel de Europa también en general, incluyendo tanto a Londres como Andalucía, por ejemplo, los resultados son diferentes: existen lugares con estándares de vida notoriamente altos para la época, como los Países Bajos, pero otros cercanos a la subsistencia. En Asia la situación no era diferente. El problema, recalca el autor, son los estado-nación como unidad histórico-comparativa: “En ciertos casos, tenemos unidades comparativas basadas simplemente en actuales estados-nación, por lo que Gran Bretaña es comparada con la India o China. Pero la India o China son más comparables - en tamaño, población y diversidad interna - con Europa en su totalidad que con países europeos individuales” (2000, p. 7).

En tercer lugar, Pomeranz analiza el proceso de revolución industriosa (que será detallado en una sección posterior). Este concepto alude a un supuesto proceso de re-distribución del tiempo en la economía doméstica (en Inglaterra, los Países Bajos y las colonias británicas de América del Norte) en favor de actividades remuneradas u orientadas hacia el mercado, con el propósito de obtener ingresos para acceder a una serie de bienes que habrían cautivado a los consumidores europeos, como tabaco, azúcar, té, porcelana china, entre otros. Este fenómeno, exclusivo de los países avanzados del mundo occidental, no habría existido en el mundo asiático, caracterizado supuestamente por la intensificación de las labores de una mano de obra dócil y abundante (Wittfogel, 1957). La apuesta de Pomeranz es que “la revolución industriosa parece haber sido común en […] los confines de Eurasia” (2000, p. 106). El autor muestra que el consumo de los productos comúnmente asociados a la revolución industriosa, si se considera el contexto europeo en general, es posterior a 1850. Antes, este fenómeno se habría reducido exclusivamente a la economía inglesa: “antes de 1850 tenemos mayoritariamente una revolución inglesa, no una europea” (2000, p. 119). El consumo per cápita de azúcar en 1800, por ejemplo, en Europa (sin considerar Gran Bretaña) era de 2,6 libras, mientras que en Gran Bretaña esta cifra ascendía a 18 (2000, p. 118). No obstante, estos estándares no eran todavía suficientes para ser comparados con los asiáticos: en 1840, el consumo per cápita de té en Inglaterra no superaba las dos onzas, mientras que el chino era cercano a once (2000, p. 117). Un resultado similar resulta de la comparación con otros varios productos propios del periodo pre-industrial, como el café o el tabaco.

El crecimiento de la población en la China post-1750, que tuvo lugar sobre todo en las zonas periféricas (Lee & Feng, 2001), dificulta las comparaciones históricas, pues disminuye el consumo per cápita de China en general. Pero, como muestra Pomeranz, si se focaliza el análisis en los centros económicos (como la región de Jiangnan, por ejemplo), los resultados son diferentes; de la misma manera que el consumo per cápita de Europa en general resulta significativamente más bajo que el de Londres o Amsterdam. Como muestran autores como Clunas (2004), en la China de los siglos XIV-XVII, al igual que en Japón (Yamamura, 1974), el consumo de lujo era frecuente en las clases altas. En general, en los centros económicos de Eurasia los estándares eran similares, como sostuvo Burke (1994). Es entonces el estado-nación como unidad de análisis el que dificulta el ejercicio histórico-comparativo; y la tendencia de comparar Asia en general con Londres, Ámsterdam o Venecia lo que hace resaltar las cifras a favor de Europa.

En cuarto lugar, Pomeranz pone atención en las consecuencias del proceso de proto-industrialización acaecido en los centros económicos de Eurasia: el agotamiento de los recursos naturales. Ya en 1750, los centros económicos de Asia dependían de productos ecológicamente sensibles provenientes del exterior. En la zona de Jiangnan, por ejemplo, se importaba cerca de un 15% del suministro total de alimentos, mientras que en todas las otras regiones económicamente importantes se importaban considerables cantidades de madera, algodón y fertilizantes naturales (frecuentemente a base de frijoles provenientes de Manchuria) (2000, p. 226). Entre 1753 y 1853, el área forestada de Jiangnan desciende de un 40% a un 24% (2000, p. 230). “Para el 1800, los mercaderes madereros chinos habían penetrado cada rincón del imperio, y en ocasiones la madera transitaba por miles de kilómetros hacia su destino final” (2000, p. 252). En Japón, a pesar de la situación de aislamiento existente desde 1640, se experimenta un patrón similar: las regiones exportadoras de productos manufacturados - denominadas región I por Hanley y Yamamura (1977) - comienzan a depender cada vez más de las zonas exportadoras de alimentos o energías (región II). En estas últimas habría llegado un momento en donde el crecimiento demográfico ya no podía seguir su curso debido a la cantidad de tierra disponible. La región de Tosa, por ejemplo, experimentó un severo proceso de crisis y deforestación producto de la exportación de madera hacia Osaka durante el siglo XVII. De hecho, el crecimiento de la población en Japón se estanca desde mediados del siglo XVIII hasta mediados del XIX (Hanley & Yamamura, 1977).

En general, cerca del 1800, en todas estas regiones económicamente relevantes de Asia se había alcanzado el máximo potencial de crecimiento, dada la cantidad de recursos disponibles; proceso denominado como crisis maltusiana. “Se está, por tanto, en presencia de una sobrecarga ecológica [ecological bottleneck], la que, en retrospectiva […] aparece como una severa limitación para la continuidad del crecimiento demográfico, del crecimiento del ingreso per cápita o del movimiento hacia actividades no agrícolas” (2000, p. 234). Pero en Europa, remarca Pomeranz, el fenómeno fue similar; y en ciertos casos, como en Francia, peor. “El déficit energético era un problema considerable en las partes más desarrolladas de Europa […] La escasez de madera en Europa era, sin duda, peor en áreas de cultivo intensivo - desde Sicilia a Dinamarca - pero existieron reportes de esta crisis casi en todas partes del continente; en la era napoleónica, la escasez era percibida como una grave crisis europea” (2000, p. 220).

El principal postulado de la obra de Pomeranz, y de la Escuela de California en general, tiene relación con los mecanismos con los cuales Inglaterra, y luego Europa, lograron escapar de esta crisis. Vries (2001) resume la propuesta de Pomeranz en dos conceptos: carbón y colonias. A pesar de que China contaba con rutas fluviales que conectaban todo el imperio, y que por siglos sirvieron para unificar económicamente amplias zonas geográficas, las regiones en donde se encontraban los recursos energéticos necesarios para la producción a escala industrial se encontraban lejos o eran de muy difícil acceso. El carbón, por ejemplo, era “el único ítem crucial que Jiangnan no pudo obtener en grandes cantidades por vías fluviales o marítimas” (Pomeranz, 2000, p. 184). La situación en Europa era radicalmente distinta: Gran Bretaña contaba con enormes suministros de carbón, el que fue fundamental para escapar de la sobrecarga ecológica y la crisis forestal del siglo XVIII (Allen, 2009).

Además, durante el siglo XVIII, los mercaderes ingleses habían logrado aumentar significativamente la eficiencia de los viajes atlánticos: de 100 días por viaje en 1700 a cerca de 50 en 1770. En Asia, no existía ninguna ruta comparable con la travesía marítima transatlántica. En este aspecto, Europa - y, en particular, Gran Bretaña - contaba con mejores condiciones naturales al momento de enfrentar una crisis maltusiana; pues contaba con mejor acceso tanto al carbón (factor elemental para enfrentar la escasez generalizada de madera) como a los productos primarios americanos (recursos claves para focalizar la mano de obra en actividades no-agrícolas). Según el autor, “las ventajas de Europa para escapar a estas limitaciones fueron, en gran parte, ecológicas” (2000, p. 211.).

También debe considerarse otro factor esencial: el consumo de productos que dieron fuerza a la revolución industriosa no eran elaborados en Europa, sino en el exterior, principalmente en el caribe (azúcar, tabaco, etc.), y con mano de obra no-asalariada (Cook, 2015). Esto permitió no solamente reducir los precios, sino también focalizar todo el tiempo de trabajo de esta mano de obra extra-europea en labores agrícolas sin necesidad de expandir la tierra cultivable. Es decir, que para el sostenimiento ecológico (provisión de calor, alimentos, energía, materia prima para la industria, etc.) de una mano de obra no-agrícola en Inglaterra, era necesario el mantenimiento y el fortalecimiento de la especialización agrícola en el exterior. En este contexto de sobrecarga ecológica surge entonces lo que Wallerstein (2011a) denomina relaciones centro/periferia; y no antes, en el siglo XVI, como comúnmente se piensa.

La postura de Pomeranz, que dio vida a un intenso debate en los años posteriores (Beckert & Sachsenmaier, 2018; Coclanis, 2011; Gupta & Ma, 2010; Middell & Rössner, 2016; Prechtl, 2016; Vries, 2010), se complementa con los estudios de otros historiadores. En todos los autores es recurrente la interrogante por las razones que explican el hecho que Inglaterra, y luego Europa, haya logrado escapar de la tensión entre población y recursos disponibles (Clark, 2008). Además, en todos los autores es persistente la crítica a las explicaciones tradicionales.

Lee y Feng, por ejemplo, en un estudio centrado en la mitología maltusiana en torno a la historia de China (2001), pusieron en cuestión la división clásica de Malthus (1798) entre sociedades occidentales que recurren a las costumbres e instituciones para prevenir el nacimiento (preventive check) y el resto del mundo no-occidental, en donde habrían primado las fuerzas que acortan la existencia humana y se asocian con la mortalidad (positive check). Esta distinción habría sido el origen de la idea - defendida por teóricos e historiadores europeos (Wittfogel, 1957) - de China como una tierra de hambrunas y pobreza. En oposición, Lee y Feng muestran que, a pesar del descenso de la tierra cultivada ocasionado por el aumento demográfico en los siglos XVII-XIX, la producción per cápita de cereales se mantiene constante, lo que sugiere un evidente aumento no sólo de la cantidad de mano de obra, sino de la productividad del trabajo agrícola. Además, antes que las hambrunas, las guerras o las pestes, el principal mecanismo de control de la población era el infanticidio, sobre todo femenino, el que formaba parte de una “cultura de la mortalidad mediada por la agencia individual” (2001, p. 45), más cercana al racionalismo práctico que a una economía de subsistencia.

Desde una perspectiva similar, Rosenthal y Wong (2011) profundizan en la idea, común en la Escuela de California, de un sistema económico eurasiático policéntrico en el siglo XVIII. Para los autores, antes de 1750, no eran evidentes las diferencias ocasionadas por el capitalismo propiamente industrial; y lo que explica el origen de la divergencia post-1750 no es el fenómeno de proto-industrialización, ni el ascetismo protestante, ni la estabilidad institucional, ni la estructura centro-periferia, sino una diferencia en la trayectoria político-institucional de larga data: “a pesar de que tanto China como Europa experimentaron largos periodos de unificación y estratificación, el imperio fue la norma en China, mientras que la división fue más predominante en Europa. Durante la mayor parte de su historia, Europa fue pobre debido a que estaba en guerra. El surgimiento de métodos de producción asociados al uso intensivo de capital en Europa fue una consecuencia inesperada de persistentes luchas políticas” (2011, p. 10). La divergencia, por tanto, no radica en “un patrón de modernización y prosperidad específicamente europeo” (2011, p. 1). En contra de la tesis de North (1981), los autores sugieren que en el mundo pre-1750 la racionalidad de las instituciones en las zonas más desarrolladas de China o Europa no era tan distinta. A pesar de las evidentes diferencias histórico-culturales, la lógica con la cual los diversos actores involucrados respondían a los desafíos que significaban los cambios económicos, no era distinta. Lo mismo sucedía con factores de carácter más estructural, como la evolución de la economía familiar o la productividad del trabajo agrícola.

Ahora bien, como sostiene Vries (2015), en el debate en torno a la Gran Divergencia se suele hacer énfasis en los mecanismos de crecimiento promovidos por el mercado (Smithian growth) o en la utilización de los recursos disponibles por parte de actores económicos extra-estatales. La reflexión sobre el estado como parte de las pre-condiciones históricas del take-off industrial es poco frecuente. En la visión tradicional, promovida sobre todo por economistas, se tiende más bien a asociar la expansión del libre mercado en la era mercantilista con el posterior crecimiento industrial a largo plazo. Sin embargo, como sugiere Beckert (2015), el ascenso de occidente como potencia industrial no puede explicarse sin hacer referencia al rol del estado en la organización de los diversos factores que influyen en el surgimiento de un patrón de crecimiento a largo plazo (Schumpeterian growth). En la visión revisionista de la Escuela de California, si bien el estado no ocupa un rol central, se sugiere que la política económica de la dinastía Qing habría favorecido, por medio de la no-interferencia, el desarrollo de una economía basada en una enorme red de múltiples mercados conectados entre sí. A esta perspectiva se le suele denominar como paternalismo agrario (Dunstan, 1996; Leonard & Antony, 2002; Pomeranz, 2000; Rosenthal & Wong, 2011; Wong, 1999). Perdue incluso califica esta no-interferencia como parte de un supuesto estado agrario desarrollista (2009).

Ciertos críticos al enfoque de California, como Vries (2015), afirman que - considerando las diferencias demográficas - los recursos recaudados por el gobierno central en la Inglaterra del siglo XVIII habrían sido significativamente mayores a los recaudados por el estado chino. El gobierno británico tuvo la posibilidad de acceder al endeudamiento para financiar los gastos militares. En China, en cambio, hasta la mitad del siglo XIX, no se gastaba más de lo que se recaudaba. La cantidad de dinero en manos del gobierno británico, tanto en términos nominales como reales, era mayor en Gran Bretaña que en China. En el país europeo los impuestos indirectos en el siglo XVIII ocupaban un lugar central, mientras que en el asiático los impuestos agrícolas eran la principal fuente de recursos fiscales. En la comparación entre el ingreso per cápita de ambos gobiernos los resultados también son más favorables para Gran Bretaña. El gasto en asuntos bélicos fue en continuo ascenso en Gran Bretaña, mientras que en China - entre el siglo XVII y mediados del siglo XVIII - los gastos en esta materia disminuyeron. Además, como sugiere Ma (2011), en el gobierno central británico, contrariamente al chino, la presencia de burócratas profesionales capacitados y diferenciados del incipiente poder judicial habría sido la norma. Vries concluye aseverando que, en lo que se refiere a la capacidad de extraer recursos de la naturaleza y la población, el gobierno británico fue superior al chino, lo que le permitió estructurar una economía de dos caras: de laissez-faire en el plano interno, y de intervencionismo y expansión militar en el plano externo. Esta cara externa habría sido utilizada para promover - por medio de tarifas y relaciones asimétricas con el resto de los países - la industria y el comercio interno. Estos factores, sugiere el autor, son claves para explicar el despegue industrial europeo y el estancamiento chino.

En la actualidad, el enfoque de la Escuela de California ha alcanzado una notoria trascendencia internacional (Beckert & Sachsenmaier, 2018; Coclanis, 2011; Gupta & Ma, 2010; Middell & Rössner, 2016; Prechtl, 2016; Vries, 2010). Este enfoque, por ejemplo, es transversal en los tomos dedicados al mundo post-1400 de la recientemente publicada Cambridge World History (Bentley, Subrahmanyam, & Wiesner-Hanks, 2015; McNeill & Pomeranz, 2015). Sin embargo, como se analiza en la siguiente sección, este grupo de historiadores revisionistas van a ser criticados por historiadores adherentes a otra postura que en los últimos años ha adquirido también relevancia en la literatura: la denominada High-wage economy hypothesis (HWE).

Altos salarios e innovación tecnológica: la tesis de Robert C. Allen

La hipótesis en torno a la relación entre altos salarios e innovación tecnológica se ha venido desarrollando en paralelo al enfoque de la Escuela de California. Ha sido promovida especialmente por Robert C. Allen, cuya obra se basa - en general - en tres aspectos. Primero, en una crítica exhaustiva a las tesis tradicionales que han intentado explicar el origen histórico de la revolución industrial y del mundo económico moderno, como la tesis weberiana, la tesis institucionalista o la teoría de la proto-industrialización. Segundo, en la propuesta que, para comprender por qué el proceso industrializador surge en un lugar y en un momento determinado, es necesario analizar el problema desde una perspectiva global. Tercero, en la necesidad de elaborar herramientas metodológicas complejas para llevar a cabo el ejercicio histórico-comparativo entre sociedades de distintos periodos y lugares.

En un estudio temprano (2001), todavía restringido al mundo de la investigación cliométrica, Allen propuso que la Europa pre-1800 estuvo caracterizada por una divergencia temprana entre los países del norte - como Inglaterra y los Países Bajos - y el resto del continente - como Italia, España o Europa del Este. Luego de la peste negra, debido a la brusca disminución de la población, el costo de la mano de obra habría aumentado en todo el continente, como sugieren los postulados maltusianos (Clark, 2008). En el siglo XV, la Europa arrasada por las epidemias se habría caracterizado entonces por salarios altos y tierra abundante. Pero, con el tiempo, el aumento demográfico retoma su curso: desde 1400 hasta 1750 la población europea crece en un 0.3% anual, desde 60 a 140 millones (Frank, 1998, p. 74). En consecuencia, los salarios reales habrían disminuido en todo el continente; excepto - propone Allen - en Inglaterra y los Países Bajos: “El patrón dominante de la modernidad temprana en Europa fue la divergencia de ingresos. Inglaterra y los Países Bajos tenían salarios reales más altos que los del resto de Europa en el siglo XV, pero la diferencia era comparativamente pequeña. En los próximos tres siglos, los salarios reales disminuyeron […] en el continente, mientras que en el noroeste de Europa se mantuvieron prácticamente constantes” (2001, p. 414).

Posteriormente, Allen traslada este argumento a la tradicional interrogante en torno a las razones que explican la revolución industrial inglesa (2009). El autor propone que, en Inglaterra, contrariamente al resto del continente, fueron los salarios altos el factor clave que habría incentivado el surgimiento de tecnologías destinadas a ahorrar mano de obra. Este fenómeno, junto a la expansión del comercio internacional, la urbanización, la proto-industrialización rural y el bajo precio del carbón, serían las bases del take-off industrial inglés de fines del siglo XVIII. No obstante, en la teoría de la proto-industrialización (Brenner, 1976), se suponía que el proceso de cercamiento de las tierras comunales (Enclosure Acts) habría ocasionado el crecimiento de la productividad agrícola, la expansión de las ciudades y - finalmente - el crecimiento económico a largo plazo. En cambio, en el esquema de Allen, son el crecimiento del comercio internacional y la urbanización los factores que impulsaron la proto-industrialización agrícola: “Primero fue la ciudad y luego el campo, y no al revés” (2009, p. 58).

En otra obra publicada dos años más tarde (2011), el autor refuerza todavía más la relación entre altos salarios, innovación tecnológica y crecimiento económico, dando forma a lo que otros autores comenzaron a denominar como HWE-hypothesis (Kelly, Mokyr, & Gráda, 2014). En esta ocasión, Allen intenta explicar cómo las innovaciones tecnológicas necesarias para la revolución industrial pudieron ser aplicadas en otras regiones, como Alemania y Estados Unidos a fines del siglo XIX, Japón a comienzos del XX y Corea del Sur, China y Taiwán en el periodo post-1945. La propuesta de Allen es que este proceso fue exitoso en contextos en los que la substitución de trabajo por capital era rentable: “La pregunta obvia es porqué Perú, Zimbawe, Malawi y la India no adoptan tecnología de los países occidentales para enriquecerse de manera independiente. La respuesta es que no generaría ganancias. La tecnología occidental en el siglo XXI utiliza enormes montos de capital por trabajador. El substituir capital por trabajo solo genera ganancias cuando los salarios son altos con respecto a los costos de capital” (2011, p. 54).

Por tanto, en sus obras Allen rechaza tres tesis historiográficas. Primero, la tesis weberiana: “la reforma no explica [la revolución industrial], como se suele asumir, pues el alfabetismo era tan alto en Francia, Bélgica, el valle del Rin - todas áreas católicas - como en Los Países Bajos e Inglaterra. El incremento del alfabetismo fue [más bien] el resultado de una economía comercial de altos salarios (Allen, 2011, p. 26). En segundo lugar, la tesis - complementaria a la weberiana - de una supuesta excepcionalidad de la cultura occidental: “La cultura popular fue transformada más directamente por cambios sociales que por la Principia Mathematica de Newton. El cambio más poderoso fue la urbanización y el crecimiento del comercio” (2011, p. 30). Por último, la crítica recae en la denominada tesis institucionalista, según la cual las causas de la excepcionalidad inglesa habrían estado en los derechos de propiedad, la estabilidad política y la racionalidad de las instituciones (North, 1981; Thomas & North, 1976):

“Los derechos de propiedad eran tan seguros en Francia - y posiblemente también en China - como en Inglaterra. De hecho, se podría argumentar que Francia sufrió debido a que la propiedad era demasiado segura: los proyectos de irrigación lucrativos no eran emprendidos en Provenza debido a que en Francia no existía algo como los private acts del parlamento británico, que reprimían a los propietarios que se opusieran al cercamiento de sus terrenos o a la construcción de canales” (Allen, 2009, p. 5).

Fue, sin embargo, en un artículo publicado el año 2011 cuando la tesis de Allen adquiere notoriedad internacional, al retar abiertamente a la Escuela de California. En el artículo, publicado en conjunto con otros historiadores, se pesquisaron datos sobre salarios y precios en China desde el siglo XVIII al XX, para luego compararlos con los datos de las principales ciudades de Europa, Japón y la India. Los autores concluyeron que, durante el siglo XVIII, el estándar de vida en ciudades como Beijing, Cantón o Suzhou era menor que el de ciudades como Londres o Amsterdam. En China, el estándar era más cercano al del imperio otomano, la India, Japón o las partes más atrasadas de Europa. Por lo tanto, no sería cierto que a mediados del siglo XVIII, como suponen los historiadores de la Escuela de California, los estándares de vida en las partes más avanzadas de Eurasia (Londres, Amsterdam, Beijing, Cantón o Kyoto) eran similares. No existía lo que Pomeranz denomina como un mundo de sorprendentes semejanzas. En realidad, como había propuesto Allen en estudios anteriores, existe una estrecha relación entre el alto costo de la mano de obra, la revolución industrial y el crecimiento económico a largo plazo. Los factores ecológicos a los que alude Pomeranz no son suficientes para explicar la Gran Divergencia y las comparaciones utilizadas por los historiadores que adhieren a su postura adolecen, según Allen, de importantes inconvenientes metodológicos. Para los autores:

“El estándar de vida comparativo de asiáticos y europeos en los inicios de la revolución industrial se ha convertido en un asunto controversial en la historia económica. Los economistas clásicos y muchos investigadores habían aseverado que los estándares de vida europeos excedían a los asiáticos mucho antes de la revolución industrial. Recientemente, el consenso ha sido cuestionado por revisionistas, los que sugieren que los estándares de vida asiáticos estaban a la par con los de Europa en el siglo dieciocho […] Los revisionistas, sin embargo, no han logrado convencer a todos. Una cosa es clara en torno a este debate, y esta es la fragilidad de la evidencia que se ha utilizado” (Allen, Bassino, Ma, Moll-Murata y Zanden, 2011, pp. 38-39).

Recientemente, la tesis de Allen ha sido puesta en duda desde otra perspectiva: la de la historia de las mujeres. Autoras como Humpheries han criticado la metodología basada en salarios y precios, por asumir que el soporte familiar de la economía doméstica estaba centrado en el ingreso de varones adultos (2011, 2013). En la HWE-hypothesis se supone que este ingreso debía ser capaz de garantizar la subsistencia de una unidad familiar equivalente a dos adultos y un niño. Humpheries muestra que, contrariamente, la economía inglesa de los siglos XVIII y XIX estaba todavía caracterizada por una alta mortalidad infantil, y que gran parte del sacrificio - laboral y emocional - de las familias era consumido en hijas e hijos que finalmente no alcanzaban la vida adulta. Por tanto, un ingreso capaz de garantizar la sobrevivencia de dos adultos y un niño o niña, como el analizado en los estudios de Allen, no era suficiente. La metodología de Allen, asevera Humpheries, excluye a la gran masa de niños y niñas que perdieron a sus padres y/o madres a temprana y mediana edad, a los niños que no lograron llegar a la edad adulta y a las unidades familiares que fueron abandonadas por el breadwinner (proveedor). Estas mujeres y niños/niñas, en la forma de mano de obra abundante y de bajo costo, sugiere Humpheries, fueron igual de relevantes en el proceso de innovación tecnológica y revolución industrial. “La mecanización aseguraba el ahorro, pero no sólo remplazando trabajo masculino costoso con capital, sino también reemplazándolo con trabajo barato de mujeres y niños. ¿Cuál motivo fue más importante?” (2013, p. 709). En base a estas críticas, Humpheries llega a sostener que “la propuesta de la economía de altos salarios es engañosa debido a que se centra en hombres y en salarios de hombres, desestimando las necesidades calóricas propias de mujeres y niños, y basando su punto de vista en estándares de vida de una economía doméstica falsa y ahistórica” (2013, p. 695).

En una investigación reciente Humphries & Weisdorf (2015) recopilaron datos sobre salarios de mujeres no-calificadas en Inglaterra desde 1260 a 1850. Los resultados de la investigación también se oponen a la tesis de Allen. En la investigación se pudo constatar que, salvo un periodo esporádico de mejoramiento impulsado por la proto-industrialización a finales del siglo XVII y comienzos del XVIII, el ingreso femenino en la época posterior a la peste negra experimenta un progresivo declive. Parece ser, sugieren los autores, que el trabajo femenino estuvo excluido de la edad de oro post-epidemias, caracterizada por una población decreciente y altos salarios. Además, los resultados muestran que, aquellas mujeres que no fueron capaces de conseguir un empleo fijo, no experimentaron los supuestos beneficios del proceso de industrialización. El mercado laboral, como sugiere la investigación, era incapaz de proveer trabajo asalariado esporádico para las mujeres, por lo que las unidades familiares se hicieron cada vez más dependientes del ingreso del adulto varón. Solamente las mujeres que renegaron de las labores impagas del cuidado familiar, pudieron ser parte de la economía de altos salarios.

La respuesta de Allen (2015) a la crítica dirigida desde la historia de las mujeres no se hizo esperar. El autor aclara inicialmente que su perspectiva difiere con respecto a la de Humpheries. Una premisa fundamental de los estudios de Allen es que la revolución industrial inglesa solamente puede ser explicada con una perspectiva global. Humpheries, en cambio, se enfoca en las relaciones entre la clase trabajadora inglesa, en comparación con la clase media y acomodada. Las conclusiones derivadas de ambas perspectivas pueden ser muy diferentes, indica el autor. Si bien los trabajadores y trabajadoras de la Inglaterra pre-industrial pueden haber vivido en una sociedad caracterizada - bajo estándares actuales - por la pobreza, esta aseveración deja de ser cierta cuando el foco transita hacia la comparación con el resto de las economías de la época. La tesis de Allen es que, mientras que en la mayor parte del mundo pre-industrial las personas consumían una dieta cuasi-vegetariana basada en cereales, en Inglaterra el consumo de carne, queso, mantequilla o cerveza era generalizado; incluso en los estratos de ingresos más bajos. Para poder poseer este nivel de consumo, los ingresos necesariamente tienen que haber sido más altos que los del resto. Como muestra Allen (2015) en su réplica a Humphries, los niños y las mujeres - desde una perspectiva global -fueron también partícipes de una economía de altos salarios en la Inglaterra del siglo XVIII. La visión clásica de la revolución industrial como un mundo caracterizado por una clase trabajadora empobrecida, es - por tanto - uno de los principales focos hacia donde se dirige la crítica Allen.

La revolución industriosa en Asia y Europa

Otra interpretación historiográfica reciente que se contrapone, al igual que la de Allen, a la idea de la revolución industrial como un mundo de bajos estándares de vida, explotación, desigualdad y desmoronamiento del sustento moral de la economía (Aston & Philpin, 1985; Brenner, 1976; Thompson, 1967), es la idea de la revolución industriosa: una revolución acaecida en el mundo interno del consumo, la familia, la fascinación europea por productos foráneos como el azúcar, el tabaco o la porcelana china y la auto-motivación por participar del trabajo remunerado. De Vries sostiene que la revolución industriosa se caracteriza por tres elementos. En primer lugar, por la paulatina re-distribución del tiempo en la economía familiar a favor de actividades orientadas hacia el mercado, como la proto-industria textil. En segundo lugar, el aumento de las actividades asalariadas, ya sea con mano de obra externa dentro de la economía doméstica o con mano de obra del grupo familiar empleada en las afueras de la economía del hogar. En tercer lugar, por la extensión de las horas de trabajo por parte de los actores que participaban de la producción familiar. Por este último factor se define con el término de industriosa a esta revolución. “Los nuevos gustos por bienes producidos para el consumo llevaron [al grupo familiar] a sacrificar el ocio por más trabajo. De Vries ve en estas actividades una preparación básica para la economía moderna” (Sugihara y Wong, 2015, p. 284).

El concepto fue propuesto inicialmente por Hayami (1986) para referirse al patrón japonés hacia la revolución industrial: una pre-revolución basada en la intensificación del trabajo (labour-intensive industrialization). Luego fue ampliado al mundo asiático post-1945, principalmente a Corea del Sur, Taiwán y China, por otros autores (Austin & Sugihara, 2013; Sugihara & Wong, 2015).

En Japón, la revolución industriosa habría sido impulsada por la monetarización, los incentivos del comercio y el aumento de la intensidad del trabajo en la economía doméstica rural, factores que habrían permitido el incremento del ingreso rural en un contexto marcado por la escasez de tierra. En un comienzo, el proceso habría estado centrado en la economía familiar y las comunidades rurales, las que habrían sido capaces de absorber una mano de obra abundante. En esta absorción, la división del trabajo en la comunidad rural habría sido más importante que la especialización y profesionalización individual de los trabajadores. Ante la ausencia de un proceso de acumulación de capital similar al europeo, se habrían preferido otros mecanismos de innovación tecnológica funcionalmente equivalentes, basados - por ejemplo - no en el metal sino en la madera. Por este motivo, cuando - a fines del siglo XIX y comienzos del XX - se comienza a adoptar las innovaciones tecnológicas occidentales, Japón contaba con una tradición - basada en la eficiencia y la división del trabajo comunitario - que habría facilitado el take-off industrial. Contrariamente a las interpretaciones tradicionales sobre la economía japonesa, no fue el trabajo barato y dócil el factor importante, sino el trabajo altamente eficiente con respecto a su costo. De cierta manera, Japón se encontraba en mejores condiciones para una revolución industrial, debido a la existencia previa de una revolución industriosa rural. De hecho, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando la industria textil japonesa era ya competitiva internacionalmente, solamente un 38% de la población habitaba en zonas urbanas (Sugihara, 2007); lo que contrasta con el patrón occidental de industrialización, caracterizado por altas tasas de urbanización (Allen, 2009, 2011).

Así, Hayami, Sugihara y otros autores sugieren la existencia de dos patrones históricos. Primero, el occidental, caracterizado por el uso intensivo del capital para ahorrar trabajo en un contexto caracterizado por el alto costo de la mano de obra (capital-intensive, labour-saving industrialization). Segundo, el asiático, caracterizado por la intensidad y la eficiencia del trabajo comunitario en las villas rurales (labour-intensive industrialization). Si bien en la etapa avanzada del proceso industrializador, los países asiáticos fueron adoptando cada vez más el uso de tecnología occidental, la clave de la competitividad internacional de la industria local seguía siendo la calidad y la organización del trabajo, no el capital ni la tecnología (Hayami, 1986, 2015; Sugihara, 2007; Austin & Sugihara, 2013).

Ahora bien, el concepto de revolución industriosa comienza a ser reconocido internacionalmente cuando De Vries (2008b), en un estudio sobre los patrones de consumo de Inglaterra, los Países Bajos y las colonias británicas de Norteamérica, propuso que lo que caracteriza el proceso industrializador occidental es también una revolución industriosa. Sin embargo, en Occidente este fenómeno habría poseído la característica particular de haber sido impulsado por el deseo de los miembros de la economía doméstica por acceder a un mundo naciente de consumo popular. Para el autor, los historiadores europeos que han tratado el proceso de crecimiento económico acaecido desde finales del siglo XVIII tienden a centrar el análisis en el lado de la oferta y la producción, en desmedro del lado de la demanda y el consumo. El examen reside generalmente en aspectos como el cambio tecnológico, la oferta de capital, la energía y las materias primas, o en las instituciones que hicieron posible la revolución industrial. Se asume que son las fuerzas de la producción las que condicionan las respuestas del mundo del consumo, y no al revés. Las empresas y los empresarios, por tanto, son concebidos como el núcleo central de la toma de decisiones. La apuesta de Jan de Vries es cambiar el foco del examen histórico, transitando desde el lado de la producción hacia el lado del consumo, específicamente hacia el lado de la denominada economía doméstica: “la premisa clave de mi argumento tiene que ver con lo doméstico (usualmente una familia, o con una familia en su centro) y los términos de interacción entre lo doméstico y la economía de mercado” (De Vries, 2008b, p. 10).

A principios del siglo XVI, cerca de un 75% del tiempo de trabajo se utilizaba en labores propiamente agrícolas, de las cuales un 50% correspondían exclusivamente al cultivo de granos. En 1800, en cambio, solamente el 50% del tiempo se utilizaba en labores agrícolas, de las cuales un 30% se dedicaba al cultivo de granos (2008b, p. 94). Este fenómeno, en la perspectiva de De Vries, habría sido el resultado del incremento del uso del tiempo en actividades remuneradas asociadas a la manufactura proto-industrial, en la que niños y mujeres habrían ocupado un rol fundamental. A su vez, esta voluntad por disminuir el tiempo de ocio o las labores agrícolas, e insertarse en actividades asalariadas, habría sido motivada por el interés por acceder a un sin número de productos; como muebles, instrumentos de cocina, adornos para el hogar, pinturas, ron, whiskey, brandy, relojes, libros, vestuario, porcelana, azúcar, té, tabaco o café. Como también sostienen otros autores (Dean, Hann, Overton, & Whittle, 2004; King, 1997) en el siglo XVIII surge un nuevo sentido del estilo renovado (old-fashion/new-fashion) asociado al intento de imitar los estilos de vida aristocráticos, pero con bienes de consumo de acceso general, incluso para las clases trabajadoras. Una tesis similar se presenta en un estudio de Breen (2004), en el que se analiza el rol de este mercado popular de consumo como plataforma política que facilitó la independencia de las colonias británicas de Norteamérica, al dotar de nuevas formas de protesta política - el consumer boycott - e incluir a actores, como mujeres y hombres pobres, sin participación formal en las instituciones.

La propuesta de la revolución industriosa europea se antepone entonces a la mirada del contexto pre-industrial como un proceso de desmoronamiento del sustento moral de la economía (Thompson, 1967), de agudización de las luchas sociales (Aston & Philpin, 1985; Brenner, 1976) o de bajos estándares de vida (Humphries, 2013; Humphries & Weisdorf, 2015). Parece que tanto la proto-industria de artículos de consumo como el incremento del poder de compra se habrían condicionado mutuamente, en un proceso cuyo núcleo habría sido la re-organización temporal del trabajo en la economía doméstica. Como aseveró un observador de mediados del siglo XVIII: “Casi la totalidad de la gente en Gran Bretaña debería considerarse, el uno para el otro, ya sea un cliente de, o un manufacturero para” (en de Vries, 2008b, p. 177).

A pesar de que De Vries coincide con Allen en la existencia de una economía familiar con ingresos suficientes para costear productos característicos de una sociedad - bajo estándares de la época - de altos ingresos, la propuesta de la revolución industriosa europea incorpora un enfoque metodológico que va más allá de la pesquisa de salarios y precios. Según el autor, aludiendo indirectamente a la obra de Allen:

“Los historiadores de las sociedades pre-industriales frecuentemente definen los recursos económicos disponibles para una unidad doméstica en base a la deflactación del salario al nivel de precios. Este índice de salarios reales constituye [solamente] una primera aproximación al poder de compra de la unidad doméstica. El modelo de distribución del tiempo discutido previamente nos alerta sobre la posibilidad de que [el foco en] el uso de la redistribución del tiempo por miembros de la economía doméstica […] tenga como consecuencia que el ingreso monetario siga un curso diferente al sugerido solamente desde los salarios” (2008b, p. 29).

La obra de De Vries representa también un intento de re-interpretación de los postulados de la Teoría Crítica de la Escuela Frankfurt (Jay, 1988; Wiggershaus, 2011). Según autores como Adorno, Marcuse y Horkheimer, la sociedad post segunda guerra mundial ya no estaba caracteriza por la clásica distinción marxista entre un trabajo industrial mecanizado y alienador, por un lado, y una superestructura de ideas, pensamiento y liberación, por otro. En el capitalismo avanzado, el mismo mundo del pensamiento había sido superado por la lógica interna del capitalismo, transformando las ideas - mediante el consumo - en mercancías. En cambio, el enfoque en la revolución industriosa sugiere que el surgimiento de esta sociedad de consumo no es parte de un proceso de re-novación del capitalismo avanzado, sino un fenómeno presente ya en los orígenes de la sociedad moderna.

Consideraciones finales

En todas las corrientes analizadas, es frecuente la crítica a las interpretaciones historiográficas del periodo 1945-2000, como la tesis weberiana, la teoría de la proto-industrialización, la tesis institucionalista o la teoría de la dependencia. La mayor parte de los autores opta por interpretaciones alternativas, a pesar de que en todos los casos exista un antecedente previo; como Malthus (1798) en Clark, Frank (1998) en Pomeranz, Hayami (1986) en De Vries o Habakkuk (1967) en Allen.

Destaca en los autores examinados la utilización generalizada de los postulados maltusianos para referirse al mundo pre-industrial; incluso en la Escuela de California, la que - por la evidente influencia de Frank - puede considerarse como un intento de re-novación historiográfica de la teoría de la dependencia. No obstante, el enfoque de esta teoría era más cercano al marxismo que al pensamiento neoclásico (CEPAL, 1998; Popescu, 2003). La Escuela de California constituye, de cierta forma, una renovación neoclásica de la teoría de la dependencia. Pomeranz, Wong y otros historiadores van a defender la idea de un mundo poli-céntrico en el siglo XVIII, mientras que para autores como Wallerstein (2011a, 2011b), lo característico de ese periodo era precisamente lo contrario: las relaciones centro/periferia.

Tabla 1.  El debate historiográfico en torno a la Gran divergencia (2000-2018) 

Principales autores Estándares de vida en el mundo pre- industrial Proto-industrialización Estructura económica en el mundo pre-industrial Origen histórico de la Gran di vergencia
Trampa maltusiana Clark Más altos en el Norte de Europa Existente en los centros económicos de Eurasia Estructura capitalista avanzada en los centros de Eurasia Éxito reproductivo de estratos con mayores ingresos
Escuela de California Pomeranz, Wong, Gold stone, Marks, Perdue, Von Glahn Similares en Eurasia Existente en los centros económicos de Eurasia Estructura capitalista avanzada en los centros de Eurasia Factores ecológicos
HWE-hy pothesis Allen Más altos en el Norte de Europa Existente solo en el noroeste de Europa Estructura capitalista avanzada en Inglaterra y los Países Bajos Salarios y carbón
Revolución industriosa De Vries Hayami Sugihara Más altos en el Norte de Europa Existente solo en el noroeste de Europa Estructura capitalista avanzada en Inglaterra y los Países Bajos Re-distribución del tiempo en la economía doméstica

Otro aspecto que resalta en estas nuevas corrientes, es la crítica a las posturas de tendencia marxista. Allen, por ejemplo, se opone al esquema clásico de cercamiento de tierras comunales, aumento de la productividad agrícola y urbanización; utilizado por Marx y la historia económico-social post-1945 (Iggers, 2014). El autor sugiere que es la comercialización y la urbanización lo que desencadena la proto-industralización. Este es el sentido de la frase, frecuentemente citada, de su libro sobre la revolución industrial: “Primero fue la ciudad y luego el campo, y no al revés”. (2009, p. 58). En la Escuela de California, en tanto, es evidente la crítica a la idea del desmoronamiento del antiguo régimen como un proceso liderado por una clase burguesa revolucionaria y exclusivamente europea. En realidad, afirman los autores, la estructura capitalista avanzada no era un atributo exclusivo de Europa, sino un aspecto común en todos los centros económicos avanzados del mundo eurasiático. De Vries, de la misma manera, elabora una tesis opuesta a la idea marxista de la acumulación originaria como un proceso marcado por la proletarización coercitiva y la explotación. En cambio, el autor sostiene que los incentivos para formar parte del trabajo asalariado provenían de la misma economía familiar y estaban motivados por la cautivación que supuestamente habría ocasionado el surgimiento de este nuevo mundo del consumo popular. En general, este aparente giro maltusiano de la historiografía reciente parece oponerse con fuerza a las miradas teleológicas de la Gran Divergencia, asociadas a la idea de fases o estadios dentro del proceso de modernización social y económica. La excepcionalidad biológica en Clark, los altos salarios en Allen y los factores ecológicos en Pomeranz responden a un intento de explicar los orígenes del proceso de industrialización sin recurrir a un esquema teórico pre-establecido.

Es también notorio en estas corrientes el giro hacia la historia de Asia. Con frecuencia, los historiadores analizados, para elaborar sus argumentos, recurren a las comparaciones entre Europa y el mundo asiático, en especial a China. Allen lo hace para mostrar que los ingresos y los estándares de vida eran más altos en el Noroeste de Europa; Pomeranz para defender la idea contraria de un mundo de sorprendentes semejanzas; De Vries para destacar los aspectos particulares y específicos de la revolución industriosa occidental; Clark para dar cuenta de la persistencia generalizada de la trampa maltusiana en la era pre-industrial. En la segunda mitad del siglo XX, Latinoamérica se había posicionado como un problema relevante del pensamiento económico internacional, primero con los adherentes del pensamiento cepaliano y luego con la teoría de la dependencia. A comienzos del siglo XXI, parece que el turno es de Asia.

Si bien las comparaciones Europa-Asia no constituyen un aspecto novedoso ni en la historiografía ni en las ciencias sociales, esta renovación del debate sobre el origen de la Gran Divergencia presenta aspectos que, desde una mirada crítica, son relevantes para el futuro desarrollo del conocimiento histórico. En primer lugar, con el concepto de revolución industriosa se ubica en los orígenes del mundo moderno al grupo familiar, que incluye no solo varones, sino también mujeres y niños. Si la re-distribución del tiempo familiar es entendida como un factor relevante en este tránsito histórico, las perspectivas feministas enfocadas en el rol del trabajo impago femenino en la reproducción del capitalismo pueden encontrar en este debate un respaldo empírico significativo. La crítica de Humphries, en este sentido, no se reduce solamente al campo del debate historiográfico, sino que tiene también implicancias en los procesos actuales de debate en torno al sub-valor del trabajo femenino. Además, la relevancia de los denominados factores ecológicos pone en tela de juicio un aspecto frecuente en las narrativas del desarrollo: la idea que la crisis ecológica es una consecuencia (no esperada) del capitalismo industrial. La Escuela de California y la postura de Allen sugieren que la crisis ecológica global no es una consecuencia del capitalismo, sino un fenómeno existente ya desde sus orígenes. Esto, a la luz de los acontecimientos actuales, representaría una crítica potente a las interpretaciones del cambio climático como una supuesta desviación de un proceso industrial que, en algún momento, habría sido sinónimo de desarrollo, modernidad y progreso. Las perspectivas emergentes que proponen la des-industrialización como modelo político-económico, basado en una mirada ética en torno a la relación sociedad/naturaleza, pueden también encontrar en este debate un soporte empírico relevante.

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Sobre el autor:

1 Todas las citas textuales corresponden a traducciones inglés/español realizadas por el autor para este artículo. Cualquier inconveniente (por ejemplo, de redacción o claridad) es exclusiva responsabilidad del autor.

Recibido: 29 de Octubre de 2018; Aprobado: 04 de Julio de 2019

Mauricio Casanova es doctor en Historia Contemporánea, docente en el en Departamento de Historia y Ciencias Sociales, Universidad de Concepción. Correo Electrónico: m.casanovabrito@gmail.com

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